La noche de los telegrafistas ciegos·Episodio 03

El cable bajo la escarcha

~4 min · 875 palabras

Para un operador ciego, el exterior de la estación no era un paisaje visual, sino un mapa de presiones de aire, ecos en las paredes de roca y el crujido de la nieve bajo las suelas de cuero crudo. Julián se ató la bufanda de vicuña sobre la boca y salió al porche voladizo, sujetándose del pasamanos de soga alquitranada que conducía al poste terminal de los aisladores.

El viento del suroeste lo golpeó con la violencia de una puerta que se cierra de golpe. La temperatura rondaba los dieciocho grados bajo cero, pero la ventisca reducía la percepción a una quemadura continua en las mejillas. Con la mano derecha protegida por un guante de lana recortado en las yemas, tanteó los cuatro aisladores de porcelana blanca atornillados a la viga maestra del alero.

Los tres cables comerciales estaban cubiertos de una funda de hielo de tres pulgadas, tiesos y mudos como varillas de hierro. Pero el cuarto hilo, el conductor militar enfundado en plomo que bajaba verticalmente hacia el basamento de mampostería de la estación, vibraba con un zumbido agudo y tibio.

Tocar el cobre desnudo en plena cordillera enseña una sola verdad: la corriente busca la tierra con la misma furia que un hombre busca el aire.

Julián deslizó los dedos a lo largo del forro de plomo. El cable no subía hacia los postes de la línea general que se adentraban en la niebla del glaciar; se introducía directamente en una rendija entre los bloques de granito del cimiento, bajando hacia la antigua bodega de pólvora que la compañía había tapiado con ladrillo refractario cuando el ferrocarril inauguró el túnel cumbre.

Regresó al interior y trabó el cerrojo de hierro. Balboa estaba sentado frente a la estufa, con las manos temblorosas apoyadas en las rodillas y los ojos fijos en la máquina de escribir.

—El cable baja al sótano, don Balboa —dijo Julián, sacudiéndose la escarcha de los hombros—. En la bodega vieja no hay baterías ni personal desde que pusieron los rieles nuevos. ¿Quién tiene la llave de la reja?

El anciano levantó la cabeza con lentitud de estatua.

—Esa reja no tiene llave, Julián. Mi padre la soldó con soplete en 1891, después de que el ejército ordenara vaciar el arsenal de la frontera. Allí abajo no hay nada más que cajas de dinamita descompuesta y vigas podridas.

—Entonces baje conmigo a escuchar la pared —respondió Julián, señalando el suelo con el mentón—. Porque el relé no está sonando por electricidad inducida. Están usando el alambre de retorno de la vía para cerrar el circuito a mano.

Caminar a ciegas sobre el entablado del porche exterior requería una concentración absoluta. A la izquierda de la barandilla de soga alquitranada, el terreno caía en un talud de pizarra desmenuzada que terminaba trescientos metros más abajo en el lecho pedregoso del río de las Cuevas; un resbalón con las suelas ateridas por el hielo significaba despeñarse sin posibilidad de rescate en mitad de la ventisca.

Julián avanzó arrastrando la punta de su bastón por la ranura entre los dos tablones centrales del porche, el camino seguro que había memorizado a lo largo de seis años de guardias nocturnas. Al llegar a la esquina sudoeste, donde la pared de piedra del cobertizo se unía a la roca viva de la montaña, localizó el tubo de hierro galvanizado por donde el cable militar descendía hacia los cimientos.

El tubo estaba caliente al tacto. No era un calor ardiente de fuego, sino esa temperatura constante y febril que desprenden los electrodos sumergidos en ácido cuando la reacción química se desborda. Al apoyar la oreja contra el metal helado de la boca del conducto, escuchó un silbido finísimo, continuo y regular, como el murmullo de un enjambre de avispas encerrado dentro de una campana de bronce.

El tendido militar no era una simple línea de telégrafo: formaba parte de una red de galerías de escucha acústica excavadas por los ingenieros de la frontera durante el conflicto limítrofe con Chile. Las cavernas subterráneas actuaban como cajas de resonancia gigantescas, amplificando el paso de las tropas en los desfiladeros vecinos y transmitiendo las vibraciones a través de los tubos de hierro directamente a los sótanos de la estación.

El tendido transandino era una proeza de la ingeniería que había costado la vida a más de doscientos obreros italianos y chilenos durante su construcción en la década de 1880. Los postes de alerce se sostenían sobre zapatas de granito ancladas con pernos de hierro forjado al borde mismo de los precipicios, donde las cuadrillas de peones tenían que trabajar atadas con cuerdas para no ser arrastradas por las ráfagas que subían del Pacífico.

Julián conocía cada poste por su sonido particular: el poste doce, situado en el collado del viento, silbaba en un tono de mi bemol cuando la ventisca venía del sur; el poste catorce, plantado junto a la cascada de hielo, vibraba con un zumbido grave que se transmitía por el suelo hasta el sótano de la estación. Al tocar el conductor militar, comprendió que el cable no estaba colgado de los postes exteriores, sino enterrado en una zanja protegida por losas de basalto que los zapadores habían excavado a pico y pala antes de ser traicionados.

Fin del Episodio 3 · de 5

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