Los nombres del regimiento
~4 min · 858 palabras
La campanilla de retorno del carro de la máquina de escribir sonó con un golpe agudo. Julián no necesitaba encender lámparas; en la penumbra helada del barracón, el repiqueteo de las teclas metálicas marcaba el ritmo implacable de la transcripción.
El despacho venía cifrado en el código numérico que el Ministerio de Guerra y Marina había dejado de usar antes de la batalla de Pavón. Pero Julián, cuya memoria albergaba las tablas de señales de tres compañías telegráficas extintas, no requería el libro de claves para traducir las secuencias al vuelo.
—¿Qué dice, muchacho? —preguntó Balboa, deteniéndose a medio metro de la mesa. El olor a alcohol de caña y a paño mojado de su capote llenó el aire entre ambos.
—No es tráfico de carga, don Balboa —susurró Julián sin apartar las manos de las teclas—. Es una lista de bajas del Batallón Cuarto de Línea. Pide confirmación de sepultura en la capilla de Las Cuevas.
Balboa no contestó. El silencio del anciano se volvió tan espeso que Julián pudo percibir el silbido irregular de sus bronquios inflamados por el tabaco.
Un telegrama oficial no pide perdón: registra quién debía vivir y quién fue borrado de la nómina antes del alba.
—Sargento Mayor Evaristo Balboa —leyó Julián, deletreando las letras que sus dedos acababan de fijar en la cinta entintada—. Cabo Primero Manuel Varela. Soldado raso Pedro Nolasco. Muerte por asfixia en la galería de ventilación del túnel dos. Causa asentada en el libro mayor: insubordinación ante orden de marcha con temporal desatado.
Un ruido seco sacudió la estancia: el jarro de peltre de Balboa había caído al suelo de tablas, derramando el café hirviente en una mancha humeante que siseó contra la leña del zócalo.
—Mi abuelo no murió en el túnel —dijo Balboa con una voz que parecía salir de una garganta llena de grava—. La familia cobró la pensión del ejército durante treinta años. El parte oficial decía que una avalancha se lo había llevado en el paso de Uspallata mientras escoltaba la caja de sueldos de la tropa.
—El manipulador no miente, don Balboa —replicó Julián, sintiendo cómo el martillo del electroimán continuaba su golpeteo rítmico—. Y no está transmitiendo desde Mendoza ni desde Santiago. La corriente de línea marca apenas tres voltios. Quien está apretando la llave está a menos de doscientos metros de esta pared.
Julián cambió la cinta entintada de la máquina de escribir con la destreza que da la memoria muscular pura. Sus dedos esquivaban los engranajes sin tocar las palancas calientes de la platina, alimentando la cinta de seda de dos colores con una rapidez que asombraba a los inspectores de la línea. Sobre el rodillo de caucho endurecido por la helada, cada golpe del martillo metálico dejaba una huella indeleble en la hoja de papel oficial con membrete del ferrocarril.
El código del telegrama no contenía abreviaturas modernas. Seguía el protocolo solemne de las órdenes del general Mitre, donde cada compañía militar era identificada con el nombre de su santo patrono y cada oficial llevaba el tratamiento de 'caballero de la orden'. Pero en mitad de la lista de víveres requisados y cartuchos de bala cónica consumidos en el cruce de las cordilleras, el texto comenzó a intercalar frases que no pertenecían a un informe de intendencia.
—'No hay leña en la meseta' —leyó Julián en voz alta, con un hilo de voz que apenas superaba el rumor de la ventisca—. 'Hemos quemado los cureñas de los cañones de a cuatro para no congelarnos en los vivacs. El capitán ordenó racionar el charqui a dos onzas por barba, pero los arrieros se niegan a pasar el ventisquero sin mulas de refresco'.
Balboa se apoyó pesadamente en el respaldo de la silla de mimbre. Sus nudillos estaban tan blancos que parecían tallados en hueso de buey. En las familias de la cordillera, el orgullo militar era la única herencia que no se desvanecía con las quiebras del ganado o las devaluaciones del papel moneda; descubrir que el abuelo venerado en los retratos de plata ovalada había sido fusilado o asfixiado en un túnel tapiado equivalía a demoler los cimientos de la casa paterna.
Balboa sirvió dos dedos de orujo en un vaso de cristal grueso y se lo bebió de un trago sin quitarse el sombrero de fieltro. El alcohol le devolvió un poco de calor a las mejillas curtidas, pero no logró disipar la sombra que nublaba su mirada. Durante cuarenta años había caminado con la cabeza alta por las calles de Mendoza, orgulloso de descender de un héroe de la patria cuyo nombre figuraba en el bronce de la plaza departamental; ahora descubría que su linaje descansaba sobre una fosa común que el gobierno provincial había sellado para encubrir una estafa militar.
Julián continuó transcribiendo sin juzgar ni comentar. El rodillo de la máquina avanzaba línea a línea, registrando las coordenadas de cada mojón de frontera y el testimonio de los últimos soldados que vieron a los zapadores entrar en la galería con sus picos y sus lámparas de aceite. El repiqueteo del carro sonaba como una salva fúnebre disparada en la soledad de la cumbre.
Fin del Episodio 2 · de 5
Los nombres del regimiento
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.