La noche de los telegrafistas ciegos·Episodio 01

El chasquido en el bronce

~5 min · 942 palabras

A cuatro mil metros sobre el nivel del mar, en el cobertizo de chapa galvanizada y vigas de quebrancho de la estación La Cumbre, el frío no entraba por las rendijas: se condensaba en el aire como un polvo de salitre que entumecía los nudillos en cinco segundos. Para Julián Arboleda, ciego desde los siete años por una explosión de pólvora en las canteras de San Luis, el mundo no se medía en horizontes ni en cumbres nevadas, sino en el timbre exacto de los tres receptores Morse montados sobre la mesa de lapacho.

La Compañía del Ferrocarril Trasandino solo empleaba operadores ciegos en los pasos altos. La razón no era piadosa ni benéfica: los hombres sin vista desarrollaban una sensibilidad táctil y auditiva capaz de interpretar la cadencia de los puntos y las rayas a través del ruido blanco de las tormentas eléctricas, distinguiendo un despacho oficial de la estática de San Telmo que encendía chispas azules en los postes de pino.

Esa noche de julio de 1912, el barómetro de mercurio en la pared había descendido a niveles que el jefe de estación, el viejo Balboa, solo recordaba del invierno del terremoto. Afuera, la ventisca del sudoeste barría el paso con ráfagas que hacían crujir los tirantes de hierro del tejado como las costillas de un velero zozobrando en alta mar.

Julián tenía los dedos índices apoyados con ligereza sobre la palanca de latón del receptor central. La línea conectaba Mendoza con Los Andes a través de sesenta leguas de alambre de cobre tendido sobre desfiladeros imposibles. A las 23:40, un crujido sordo, semejante al latigazo de una cuerda de piano al romperse en una sala vacía, recorrió el bastidor de la mesa.

—Se fue el tramo del Salto del Soldado —dijo Balboa desde el rincón de la estufa de fundición, donde hervía un jarro de café negro con aguardiente de orujo—. Se vino abajo la torre tres. Hasta la primavera no sube una cuadrilla a empatar ese cobre.

Balboa tenía sesenta años y la voz gastada por el tabaco negro y cuarenta inviernos respirando humo de carbón de piedra. Se levantó pesadamente para desconectar el conmutador de cuchilla y aislar las baterías de ácido para evitar un cortocircuito. Pero antes de que su mano alcanzara el tablero de baquelita, la armadura de hierro dulce del receptor número dos dio un salto brusco.

Clac. Clac-clac. Clac.

Julián contuvo el aliento. Sus dedos se tensaron sobre la baquelita fría.

La oscuridad de la montaña no asusta a quien no tiene ojos: lo que hiela la sangre es el metal que empieza a hablar a solas.

El receptor no estaba conectado a la línea de Chile, que yacía seccionada en el fondo del cañón, sino al borne auxiliar de reserva: un cable blindado con gutapercha enterrado en 1868 durante las guerras de frontera, que según los manuales de la compañía terminaba en una casamata abandonada en las faldas del volcán Tupungato.

El chasquido del electroimán no tenía la vacilación de un aprendiz ni el desorden caótico de una descarga atmosférica. Era un pulso militar seco, marcial, de setenta caracteres por minuto, transmitido por una mano experta con un manipulador pesado de resorte endurecido. Julián colocó una hoja de papel carbón en su máquina de escribir Remington con tipos en relieve y apoyó los diez dedos sobre las teclas de acero.

Los operadores videntes enviados por la superintendencia de Buenos Aires nunca duraban más de tres semanas en La Cumbre. La combinación de hipoxia por la altura, el aislamiento absoluto y el zumbido constante de la ventisca contra la chapa galvanizada terminaba por provocarles alucinaciones auditivas: juraban escuchar risas infantiles en las chispas de los pararrayos o voces de mujer en el frotamiento de los cables tensores. Julián, en cambio, habitaba un silencio ordenado donde cada sonido ocupaba un casillero geométrico en su mente.

Para mantener la sensibilidad táctil en las yemas, se sumergía las manos dos veces al día en una salmuera tibia preparada con sal marina y corteza de sauce amargo. El tratamiento endurecía la piel contra el frío sin quitarle esa receptividad microscópica que le permitía distinguir una micra de holgura en el tornillo de contacto del manipulador o una fluctuación de medio milivoltio en la línea.

Balboa echó dos paladas más de carbón de piedra al vientre incandescente de la estufa. El hierro fundido irradiaba un círculo de calor seco que apenas alcanzaba a entibiar el borde de la mesa de lapacho, dejando los rincones del galpón cubiertos por estalactitas de escarcha que colgaban de las cabezas de los remaches. Afuera, en el andén desierto, la nieve alcanzaba ya la altura de los alféizares de las ventanas.

El receptor número dos no tenía por qué sonar. Era un circuito muerto, un desecho de las guerras civiles que el tendido moderno del ferrocarril trasandino había sepultado bajo toneladas de balasto de piedra partida. Y sin embargo, la cadencia del electroimán no solo continuaba, sino que ganaba firmeza, como si la batería subterránea que lo alimentaba se estuviera cargando con la propia electricidad estática de la tormenta de nieve.

Julián acarició el botón de marfil del manipulador con una reverencia casi religiosa. Había aprendido el oficio en el asilo de huérfanos de San Vicente, donde los frailes enseñaban a los ciegos a distinguir la vibración del metal como un lenguaje divino que no necesitaba ojos para ser comprendido. Para él, cada pulsación de la aguja era una palabra viva que viajaba a través de la noche andina, llevando noticias de nacimientos, muertes y cargamentos de plata a través de los desfiladeros donde los cóndores no se atrevían a volar con temporal.

Fin del Episodio 1 · de 5

El chasquido en el bronce

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