La mordedura de la cal·Episodio 03

El peso de la vara de fresno

~8 min · 1583 palabras

La cochinilla quedó atrapada bajo la costra blanca, un punto negro en un charco de grasa fría. Valerio no la tocó. Se limitó a mirarla con esa paciencia pesada de buey de tiro que se le había ido asentando en los huesos durante los últimos tres inviernos, esperando a que el sebo terminara de perder su brillo aceitoso hasta volverse duro, opaco, una mancha lechosa sobre la veta del pino que alguien tendría que raspar a la mañana siguiente con una gubia sin filo. En la esquina más oscura de la buhardilla, sentado sobre un cesto de mimbre volcado que crujía con cada respiración, Tadeo el Zurdo se rascaba la pantorrilla izquierda con la uña sucia del pulgar. Era un rasquido seco, rítmico, como de rata royendo una pata de mesa. Tenía la manga derecha recogida hasta el codo, dejando ver la piel amoratada donde la cal viva le había comido las capas tiernas del antebrazo, y en la otra mano sostenía una navaja cachirula con la que le sacaba lonchas finas a un nabo reseco que había sacado del bolsillo.

—Le falta grasa de vaca al puchero este —dijo Tadeo sin levantar la cabeza, masticando la pulpa dura con un chasquido de muelas que sonaba hueco en la habitación—. Si le metiéramos aunque fuera una cucharada de manteca vieja, de esa amarilla que tiran en las tenerías del río, tendría otro gusto. A comida de verdad, qué sé yo. A cristiano.

—No hay manteca, Tadeo —contestó Valerio.

—Ya sé que no hay. Digo si hubiera. Uno puede acordarse de las cosas aunque no estén en el plato, digo yo.

Nadie tenía manteca en Odría.

Valerio se acordó de la huerta de su tío Hernando. De las mañanas de domingo cuando la niebla del río no traía este tufo rancio a carroña quemada, sino olor a tierra húmeda y a hojas de parra podridas por la escarcha. Entraban todos a la cocina con los zapatones llenos de barro. Se sentaban a la mesa grande de nogal, una mesa marcada por los culos de los jarros sobre la madera viva, y nadie abría la boca durante media hora mientras las cucharas de peltre repiqueteaban contra los platos hondos. Su tía se quedaba de pie junto al fogón pelando membrillos con una parsimonia infinita, dejando caer la cáscara en una sola tira perfumada sobre el mandil de lino limpio que olía a sol y a ceniza de encina.

Pero las gachas de su tía estaban a cinco leguas de distancia y a cuatro años de muertos.

El aire de la buhardilla pesaba como un fardo de lana mojada. Era esa mezcla espesa de vinagre caliente subiendo de la tina grande, un vapor agrio que saturaba la garganta y picaba en las conjuntivas hasta hacerte lagrimear sin pena ninguna, condensándose en gotas gordas que colgaban de las vigas del techo como sudor oscuro. Abajo, en el empedrado grasiento del callejón, rechinaban los ejes sin engrasar de las carretas de la fosa, ese chirrido de hierro contra hierro que te taladra las muelas al filo del toque de queda, anunciando que los despojos de la tarde iban camino del hoyo común antes de que la campana de San Jerónimo clausurara la noche.

Tres aldabonazos descargados con la contera de hierro de una vara de justicia estremecieron de golpe el marco carcomido de la buhardilla, arrancando una astilla del roble y una lluvia fina de serrín reseco.

—¡Abre de una vez, De la Torre! —bramó desde el rellano la voz pastosa y húmeda del veedor Cosme Almansa, pesada como una manta empapada en lodo—. ¡Abre, que no voy a pasarme la noche en esta escalera meada esperando a que amanezca para llevarme los despojos!

Tadeo dio un brinco en el cesto de mimbre y la navaja se le escapó de los dedos, cayendo sobre los tablones con un golpe sordo. Se llevó las dos manos al pecho, encogiéndose como si el hierro le hubiera pegado en las costillas.

—Valerio... —susurró, y la voz se le quebró en un hilillo agudo, mirando la tranca de madera que apenas encajaba en la hembrilla—. La campana de San Jerónimo ya dio la última hace media hora. No puede entrar aquí hasta el alba, la vara no le da derecho a forzar una puerta cerrada.

—Cosme Almansa no necesita derechos a estas horas de la noche —dijo Valerio. Con una lentitud calculada, tomó un trapo reseco de la repisa y limpió el jugo amargo del nabo de la hoja de la navaja antes de devolvérsela a Tadeo. Luego se frotó la comisura de la boca con el dorso de la mano. Las cutículas le ardían, abiertas en grietas microscópicas por la cal viva que se filtraba a través de las costuras de los guantes. Cada poro le dolía con una punzada seca.

Olió a tabaco mascado y a bota empapada a través de las rendijas.

Valerio descorrió el cerrojo sin prisa, dejando que el gozne oxidado chillara todo lo que quisiera. Al abrirse la hoja hacia adentro, el frío negro del tiro de la escalera se metió de golpe en la buhardilla, chocando contra el vapor caliente del vinagre y formando una neblina densa a la altura de las rodillas. Cosme Almansa llenaba casi todo el vano de la puerta. Era un hombre ancho, fondón, metido en un sayo de paño fino con solapas anchas de terciopelo verde oscuro que la llovizna de la tarde había jaspeado de manchas redondas. En la diestra sostenía la vara de fresno pulido, coronada por la contera de hierro con la que acababa de golpear la madera; en la zurda, una linterna sorda de latón que proyectaba un círculo de luz mortecina sobre los tablones carcomidos. Apestaba a orujo barato y a ese alcanfor rancio con el que los veedores intentaban taparse la nariz cuando cruzaban las parroquias bajas.

—Te estás durmiendo sobre el trabajo, pellejero —soltó Almansa, escupiendo un gargajo espeso hacia el rincón del descansillo, sin cruzar del todo el umbral pero metiendo la puntera enlodada de la bota de becerro para trabar la madera—. El corregidor quiere la cuenta cerrada antes de los maitines. Los tres fardos que llegaron del lazareto a media tarde salen conmigo ahora mismo.

—No salen —dijo Valerio. No levantó la voz ni un milímetro. La buhardilla estaba tan cargada de vapor que las palabras parecían flotar en el aire como trapos sucios—. Están en el fondo de la caldera, señor veedor. Tienen que cocerse en el ácido hasta la primera luz o el tejido se pudre antes de llegar a la fosa. Y si los saco ahora, el tizne se queda pegado al cáñamo.

—A mí no me vengas con tus mañas de calderero, De la Torre —rugió Almansa, y dio un paso entero hacia el interior de la buhardilla, haciendo crujir las tablas bajo sus suelas gruesas. La vara de fresno se levantó en el aire, pesada y amenazante, apuntando al pecho de Valerio—. Si digo que los fardos salen secos o mojados, salen como yo ordene. Que para eso llevo la insignia del concejo y tú no eres más que un apestado anotado en el censo. Te saco de aquí a palos y te dejo pudriéndote en el barro de la muralla.

Valerio lo miró fijamente a las pupilas dilatadas por el aguardiente. El vapor de la tina le subía por el cuello de la camisa, quemándole la garganta con su acidez sofocante. Había visto a tres corregidores morir echando espuma negra en los mismos colchones que ahora él hervía un día sí y otro no, y a damas principales envueltas en sábanas que apenas tapaban la carroña. La arrogancia de los vivos siempre le había parecido un estorbo ridículo.

Afuera, el silencio de la noche se tragó el último crujido de las carretas lejanas.

Acorralado entre el umbral y la tina humeante donde el vinagre borboteaba en burbujas espesas, Valerio no retrocedió. Bajó la vista hacia su propia mano izquierda. Con una calma deliberada, casi perezosa, metió los dedos en el puño del guante de cuero reseco, tieso como corteza de sauce por las salpicaduras de la lejía. Tiró despacio. El cuero se despegó de la carne con un sonido húmedo, desgarrando costras diminutas en el nacimiento de las uñas, y cayó al suelo entre los dos hombres con un golpe sordo.

La mano que quedó al descubierto era un espanto grisáceo: la piel despellejada, cuarteada por surcos blanquecinos de cal viva que supuraban una linfa turbia, todavía despidiendo un vapor tibio y hediondo de vinagre concentrado. Antes de que Cosme Almansa pudiera adivinar el movimiento o levantar la vara de fresno, Valerio dio un paso firme al frente y apoyó la palma desnuda, húmeda y cenicienta, de lleno sobre la solapa de terciopelo verde del veedor, aplastando los cinco dedos contra la tela limpia hasta que el polvo cáustico y el ácido mancharon el pecho del sayo con una impronta lechosa e imborrable.

El veedor se quedó petrificado, con los ojos hinchados mirándose el pecho como si le hubieran apoyado un hierro al rojo. Soltó un gemido ahogado, una especie de hipo que le vació los pulmones de golpe, y dio un traspié torpe hacia atrás, trastabillando contra la contera de su propia vara. Bajó los tres primeros escalones de espaldas, tropezando con sus propios faldones mientras se limpiaba la pechera con la manga en un manoteo desesperado y estéril, sabiendo que el veneno de la fosa ya no saldría jamás de ese terciopelo.

Fin del Episodio 3 · de 4

El peso de la vara de fresno

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