La mordedura de la cal·Episodio 02

El pan y las costras

~8 min · 1694 palabras

Valerio no le apartó la mano con un golpe, sino empujando despacio, con la madera lisa de la vara, hasta que los nudillos de Tadeo cedieron uno por uno como ramas secas que se quiebran sin ruido. La tela del sayo quedó marcada por cuatro estrías de barro negruzco y una mancha aceitosa que olía a sebo rancio, de ese que usan los carreteros para que los cubos de las ruedas no chillen tanto cuando bajan a la ribera. Tadeo se dejó caer hacia atrás, buscando a tientas el taburete chico de pino, ese que tenía una cuña de corteza metida bajo la pata delantera para que no bailara sobre las tablas combadas del piso. Respiraba por la boca, con ese silbido húmedo de los que duermen con el pecho tomado por el relente del río.

El caldero en el rincón era una panza de hierro que no descansaba nunca, borboteando una nata blancuzca donde el vinagre y la cal viva se peleaban por ver cuál quemaba más hondo. El vaho subía en oleadas tibias y pegajosas que se agarraban a las vigas de pino verde, condensándose en gotas lechosas que caían cada tanto sobre las baldosas flojas con un chasquido sordo. Pongamos que uno se acostumbra después de dos inviernos, pero las pestañas se quedan blancas, tiesas como escarcha de corral, y al parpadear se siente una arenilla que raspa las esquinas de los ojos hasta dejarlos encarnizados como mollejas de gallina.

Tadeo sacó del bolsillo del jubón un pedazo de pan de centeno, negro y duro como talón de buey. Lo miró un rato largo, pasándole el pulgar por encima a una mancha de moho verde antes de rasparla contra el borde del taburete con la uña sucia.

—Si lo muerdo me dejo los tres colmillos que me quedan —dijo, y la voz le salió pastosa, como si tuviera la lengua envuelta en lana vieja.

—Mójalo en la tina del fondo —le contestó Valerio sin mirarlo, atizando el fuego bajo el caldero con una paleta de fresno tiznada—. En la que tiene agua de lluvia de ayer, no en la del enjuague. La del enjuague te va a pelar el paladar.

—Sabe a humo de rastrojo de todos modos.

—Pues come aire, si tienes el estómago tan fino.

Silencio.

Tadeo no se movió hacia la tina. Se quedó ahí, con los codos apoyados en las rodillas huesudas y el mendrugo apretado entre las dos manos, esperando que la saliva hiciera el trabajo lento que los dientes ya no podían. Alrededor de las cutículas de Valerio, la cal seca había cavado zanjas microscópicas, líneas rojas y tirantes que no terminaban de sangrar pero ardían con una pulsación sorda cada vez que el vapor del vinagre le rozaba los dedos. Es una molestia mezquina, de esas que no te matan pero te van comiendo la paciencia desde la mañana temprano, como una china en la bota o un tábano zumbando contra el vidrio de una alacena vacía.

Y la verdad es que hubo un tiempo —un tiempo que a Valerio ahora le parecía inventado por otro, qué sé yo, una patraña de viejo para pasar las noches de helada— en que las mañanas olían a pan con anís y a tinta fresca traída de las boticas de Flandes. En la escribanía baja de la Curia, Cosme Almansa tenía una salvadera de plata martillada y una cajita de cedro donde guardaba obleas rojas para sellar los protocolos de herencias ricas, esas donde los huérfanos se repartían dehesas de encinar, cubas de vino de Toro y capas de paño de Segovia forradas en marta cibelina. Almansa firmaba siempre con una pluma de ganso bien templada, despacio, mojando apenas la punta para no salpicar la vitela, mientras se limpiaba las migas de bizcocho de la sotanilla con la palma de la mano izquierda, una mano gorda y sonrosada que no había tocado jamás una mortaja húmeda ni había tenido que raspar la costra de pus de un sayal ajeno para ganarse un cuenco de habas secas.

Pero la memoria es una trampa inútil cuando la ropa mojada pesa como plomo en los brazos.

Valerio metió el cucharón de palo en el fondo del fardo que Tadeo había dejado tirado cerca de la puerta. Era un bulto informe, hediondo a sudor viejo y a la grasa que sueltan los cuerpos cuando la fiebre les seca las entrañas antes del alba. Desde la callejuela de abajo, amortiguado por la cerrazón de la niebla que subía del meandro podrido del río, llegó el chirrido de los ejes de una carreta de la parroquia: metal contra metal sin una gota de unto, un lamento largo y desparejo que hacía temblar las botellas vacías sobre la repisa de pino.

—Pasó la de las cuatro —murmuró Tadeo, chupando la corteza del centeno con un chasquido hueco—. Hoy traen pocos. Los tiran de tres en tres en la fosa del muladar porque ya no quedan zanjas abiertas cerca del muro.

—Cállate y alcánzame el sarmiento seco —le ordenó Valerio, cambiando el peso del cuerpo hacia la pierna sana para aliviar la cadera que le venía doliendo desde que cambió el viento—. Si el fuego se apaga antes de meter la tanda de Almansa, vamos a tener que dormir con el caldo frío apestando el tabuco.

—Almansa no duerme con frío.

—Nadie te preguntó por Almansa.

Tadeo se encogió de hombros, se rascó el pescuezo donde la tiña le había dejado una rodaja de piel blanca y escamosa, y no volvió a decir palabra. Dos hombres en silencio dentro de un cuarto encalado pesan más que un regimiento de vivos allá afuera. El peso no está en lo que dicen, sino en el espacio que dejan entre una tos y la siguiente, en la respiración que tropieza con el mismo aire agrio que ya han respirado cuatro veces antes de que la corriente logre colarse por la rendija del postigo.

◇

La mesa de desbaste era un tablón largo montado sobre dos cubas vacías de salmuera. Valerio empezó a desenrollar las mortajas con la punta de las tenazas de herrar, cuidando de no acercar la cara al remolino de vapor que se levantaba de la tela cruda a medida que el vinagre iba soltando la costra dura del lino. Había piezas que eran casi gasa de puro lavadas, liencillos de parroquia pobre que habían envuelto a tres o cuatro viejos antes de volver a la caldera, con los dobladillos deshilachados y las esquinas comidas por las ratas de los depósitos.

Pero el fardo de Almansa era distinto.

La tela no cedía con la docilidad pastosa de los trapos usados; estaba tiesa, apergaminada por una salazón pegajosa que desprendía un tufo espeso, dulzón, como de carne que se ha quedado tres días al sol detrás de una tapia. Valerio enganchó un pliegue grueso con la tenaza y tiró con fuerza. El lienzo crujió como cuero verde, desgarrándose en una costura mal rematada que dejó escapar una vaharada caliente que le hizo lagrimear los ojos hasta nublarle la vista. Tuvo que parpadear dos veces, secándose la frente con la manga tiznada del jubón.

—Esto no viene de las camas del hospicio —dijo Valerio, deteniendo el movimiento de la tenaza en seco.

Tadeo levantó la cabeza desde su taburete, masticando con desgana la miga ya reblandecida. Se le veía la encía superior, morada y retraída, con un hilo de sangre espesa que le manchaba la comisura del labio.

—El capataz me lo dio en el portillo de San Lázaro —dijo Tadeo, limpiándose la boca con el dorso de la mano zurda—. Me dijo que venía derecho de la casona del arcediano. Que había que hervirlo dos veces antes del toque de queda o nos quitaban la ficha del pósito.

—El arcediano murió hace una semana, pedazo de animal. Al arcediano lo enterraron con paño de Brujas y cuatro cirios de cera virgen en la nave del crucero. Yo mismo le tasé las alhajas del inventario antes de que nos empujaran a este pozo.

—¿Y a mí qué me cuentas? A mí me dieron el fardo cerrado con una soga de esparto y me dijeron carga y calla. Si pesa más de la cuenta no es culpa de mi lomo.

Valerio metió la mano enguantada en cuero crudo por debajo del pliegue mayor, buscando el orillo para extenderlo sobre el banco. Sus dedos tropezaron con algo que no tenía la blandura fofa del lino podrido ni la rigidez correosa del pus reseco. Era algo pequeño, plano, con esquinas que se le clavaban en la palma a través del cuero endurecido por la lejía.

Tiró hacia afuera.

Entre los pliegues de una sábana que conservaba todavía las marcas oscuras de dos piernas hinchadas, resbaló un cordón de cáñamo alquitranado que no había sido cortado con cuchillo, sino arrancado de cuajo de una jamba de roble. Al extremo del cordón, intacto, frío y brillante bajo la luz amarillenta de la vela de sebo, colgaba una galleta gruesa de plomo con las armas de la Veeduría General grabadas a troquel profundo: el águila bicéfala y la balanza con el fiel roto, la marca que Cosme Almansa usaba únicamente para clausurar los cuartos de los moribundos ricos antes de que los escribanos del Concejo entraran a contar las monedas.

El sello no estaba roto. La cera roja de custodia que rodeaba el plomo seguía firme, con la impronta limpia del anillo signatario de Almansa, cruzada por dos pelos de barba blanca que habían quedado atrapados en la mezcla tibia al momento de sellar la puerta.

Aquellas telas no eran mortajas sacadas de los cuerpos para lavarlas por caridad del cabildo.

Eran los lienzos directos de la alcoba cerrada, el aire mismo de la peste atrapado bajo llave y embalado al hombro para dos hombres que se morían de hambre en una buhardilla sin lumbre, dos viejos que habían visto demasiados libros de cuentas como para dejarlos llegar vivos a la Pascua.

En la repisa, la grasa de la vela derretida alcanzó la hendidura de la madera y empezó a gotear despacio, ahogando una cochinilla que pataleaba en seco sobre el pino.

Fin del Episodio 2 · de 4

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