La raya de vinagre
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Y la gota número cuarenta y siete cayó exactamente donde caían todas: en la hendidura oscura de la viga maestra, justo encima del jergón de paja. Valerio las contaba para no escuchar el toque de queda, o para engañarse, porque a esa hora de la tarde el vapor de vinagre que subía de los calderos comunales del callejón se colaba por las rendijas del entarimado y volvía el aire espeso, tibio y agrio, una sopa ácida que le irritaba las conjuntivas hasta hacerle lagrimear sin pena ni rabia. Se pasó el dorso de la mano por los ojos. Tenía la piel de las cutículas abierta en grietas microscópicas que sangraban despacio, resecas por el polvillo blanco de cal viva con el que sellaba los marcos cada atardecer. El polvillo se le metía bajo las uñas, se pegaba al sudor del cuello y dejaba un gusto amargo en la boca, como si masticara tiza húmeda.
Afuera, Odría empezaba a cerrarse como una boca desdentada. Se oía a lo lejos el chirrido metálico de los ejes sin engrasar de las carretas de la fosa, ese retumbar pesado sobre los adoquines mugrientos que anunciaba el sellado de los distritos antes de la noche. Valerio conocía la cadencia de memoria; pasaban tres veces al día arrastrando despojos envueltos en lino tieso, hervido tantas veces con lejía y sosa que raspaba la piel igual que corteza de sauce. La niebla del río subía puntual para confundirse con la humareda grasienta de las hogueras donde quemaban la ropa de los caídos, tiñendo el ventanuco de una grisalla uniforme que no dejaba pasar la luz ni permitía disipar la peste.
En los tiempos de la Curia, antes de que el Veedor Cosme Almansa decidiera que las cuentas de la diócesis cuadraban mucho mejor si faltaban escribanos vivos en el archivo, el vinagre no servía para desinfectar muertos sino para aderezar las ensaladas de endibia en el refectorio alto. Valerio recordaba los almuerzos de los viernes de vigilia, aquellas mesas interminables de caoba encerada donde nadie se atrevía a hablar y el único sonido tolerado era el choque monótono de los cubiertos de plata contra los platos de loza blanca, un repiqueteo minucioso y culpable que duraba exactamente cuarenta minutos mientras los novicios servían agua con jarras de estaño sin mirar a los ojos de nadie. Almansa presidía la cabecera sin levantar la vista de su plato, masticando con una lentitud paciente de buey viejo, limpiándose los labios con una servilleta doblada en cuatro antes de dictar una orden de destierro o firmar la confiscación de una botica con la misma indolencia con la que apartaba una pepita de aceituna negra.
Nadie decía nada en esas mesas.
La pureza no es virtud en Odría; es solo miedo hervido con suficiente vinagre. Almansa lo había dejado caer durante su sermón de investidura y Valerio lo había copiado tres veces en pergamino grueso, con tinta de agallas que olía a herrumbre, sin entender entonces que aquella máxima no era teología moral sino el reglamento doméstico de un matadero que funcionaba a destajo.
El frío de Odría siempre entra primero por las muñecas.
Valerio se levantó del taburete, sintiendo el crujido seco y caliente de la rodilla izquierda, y fue hasta el rincón donde guardaba la comida sobre una repisa combada. Quedaba media manzana vieja, arrugada y con la piel marrón por un golpe del fardo. Sacó la navaja de mango de hueso y empezó a pelarla en una sola tira continua, despacio, con cuidado de no llevarse la poca pulpa blanca que no estuviera podrida. En la tabla de pino quedó la marca redonda y oscura de un jarro que llevaba tres días sin limpiarse. Se metió un trozo harinoso a la boca; apenas tenía jugo y sabía a bodega cerrada, pero servía para aplacar el regusto ácido que le subía por el esófago cada vez que tragaba saliva.
La gota cuarenta y ocho no llegó a caer.
Sonó, en cambio, la madera podrida del descansillo. Fue un quejido agónico, húmedo, de esos peldaños que cedían medio dedo bajo cualquier peso que superara al de una rata gorda. Valerio se quedó inmóvil, con la navaja a medio camino de los labios y el pulgar apoyado contra el filo mellado. Esperó. A veces eran los perros cimarrones que subían las escaleras buscando pellejos de tocino abandonados, o, qué sé yo, algún trapero borracho de orujo que erraba de buhardilla antes de que los alguaciles del Veedor le partieran las costillas con una vara de fresno. Pero los perros no respiraban con ese fuelle roto, ese aire que salía en gorgoteos espesos desde el fondo de los pulmones.
Hubo un tropiezo torpe contra el quicio de pino y un bulto cayó pesadamente contra la estera de esparto que cubría la entrada, sacudiendo la tabla podrida del umbral.
Silencio.
Valerio dejó la fruta mordida sobre la repisa y tomó la vara de avellano que descansaba junto al lebrillo de madera. La punta estaba impregnada en lejía espesa, blancuzca y resbaladiza al tacto, despidiendo ese olor amargo a cloro de pozo que quemaba la nariz al primer respiro. Se acercó a la puerta sin apoyar los talones en las junturas flojas del entarimado. Con el pulgar de la mano libre empujó el cerrojo de hierro, que corrió sin ruido gracias a la manteca rancia con la que engrasaba el mecanismo todas las semanas.
—Apártate —dijo Valerio hacia la hendidura, con la voz baja y seca.
Al otro lado no hubo palabras, solo un jadeo trabajoso y una emanación que no era el vinagre del callejón ni la cal viva de las paredes: era agua estancada de acequia, cuero podrido por la humedad y ese hedor dulzón a carroña reciente que se metía en la lana del sayo y no salía ni con tres hervores de sosa. Valerio empujó la hoja de madera con el extremo de la vara impregnada.
El bulto rodó medio palmo hacia el interior de la pieza, sobre el piso desnudo. Era Tadeo el Zurdo. O la sombra magra de lo que había sido Tadeo antes de que se perdiera en los cenagales del bajo río. Traía una sola bota de vaqueta atada al tobillo con alambre de fardo; la otra pierna terminaba en un muñón de vendajes renegridos que supuraban una humedad amarillenta sobre las tablas limpias.
—Se me cayó el pan —murmuró Tadeo con la boca casi pegada a la madera, arrastrando las sílabas con una lengua pastosa—. En la zanja. Se me cayó...
—Cállate —le dijo Valerio.
—Era de centeno duro, Valerio. Con anís.
—Cállate la boca, Tadeo.
Tadeo cerró los párpados hinchados y dejó caer la frente contra el esparto, respirando a trompicones. Valerio no se movió de su sitio. Miró la escalera vacía en la penumbra del toque de queda, por donde la niebla de las hogueras empezaba a subir como un trapo sucio, y luego miró el plato de barro con las mondas de manzana sobre la mesa. Se agachó con parsimonia, recogió el trapo de lino húmedo que guardaba tras la puerta y limpió la mancha de lodo del descansillo antes de cerrar la hoja y pasar el cerrojo con un golpe seco.
Iba a buscar el jarro de barro para lavarle el hollín de las sienes, o a decirle que se arrastrara hasta el fondo del jergón para no dejar peste en la entrada, pero el cansancio le pesaba más que el rencor.
Con la punta de la vara impregnada en lejía, Valerio apartó con cuidado los lienzos mugrientos que Tadeo llevaba enrollados al pecho como si fueran un sayal de mendigo. La tela bastarda estaba pegada a la carne por una costra seca de pus y barro de zanja, pero al levantarse con la madera dejó al descubierto una esquina limpia, un retazo de seda carmesí bordado con hilo de oro fino que relucía como una blasfemia bajo la luz de la vela de sebo: el monograma entrelazado de la Curia, el sello de la secretaría de Almansa que tres años atrás había firmado su propia sentencia de hambre y despojo. Valerio retrocedió un paso, pero la mano izquierda de Tadeo, rápida y tiesa a pesar de la tembladera, emergió de entre los harapos y le aferró con desesperación el dobladillo del sayo, clavándole en la tela cinco dedos negros de carroña fresca mientras sus labios cuarteados por la fiebre se abrían en una mueca muda.
Fin del Episodio 1 · de 4
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