La mordedura de la cal·Episodio 04

Ceniza en las yemas

~5 min · 1055 palabras

El estrépito de los faldones contra los peldaños se fue apagando hacia el portalón de la calle, ahogado por ese chapoteo sordo y grasiento que tienen las botas caras cuando intentan correr en el lodo. Después, un golpe de madera seca contra el quicio de abajo, un juramento a medio tragar y nada más. Afuera ya no había pasos.

El frío de Odría se metió de golpe por el vano que había dejado la puerta desvencijada, arrancada de su gozne inferior por el empellón del veedor. Era una bocanada espesa, cargada de la humedad podrida del estuario y del humo bajo de las turberas, pero empujó en un segundo la nube caliente de acedumbre que llevaba horas flotando pegada a las vigas. El aire que entra por la puerta rota muerde como salitre, pero al menos ya no huele a entierro. Valerio se quedó inmóvil junto a la artesa, con la vara de avellano todavía levantada a media cintura, sintiendo cómo se le enfriaban los párpados irritados por el vapor y cómo el sudor de la nuca se le volvía una costra helada bajo la tirilla de la camisa de cañamazo.

Nadie vino a buscarlo.

Tadeo seguía tirado sobre las tablas del suelo, arrimado al montón de cáñamo deshilachado como un fardo que hubieran dejado caer de una carreta. No se movía mucho; apenas si flexionaba los dedos de la mano izquierda contra la rodilla huesuda, midiéndose el temblor. Tenía la manga derecha pegada al antebrazo por una mezcla de cal húmeda y mugre vieja que empezaba a secarse en un tono gris ceniciento, igual que la piel alrededor de sus uñas, donde el pellejo levantado formaba pequeñas aureolas rosadas que rezumaban despacio.

—Se le cayó una hebilla —dijo Tadeo de pronto, con la voz pastosa de quien lleva medio día respirando vapores sin tragar saliva.

—¿Qué? —preguntó Valerio.

—Al gordo. En el segundo escalón. Una hebilla de latón, o un botón, qué sé yo. Hizo ruido a lata vieja.

Valerio no miró hacia la escalera. Apoyó la vara contra el canto de la tina, se agachó con un crujido seco en la articulación de la cadera y recogió del piso una cuña de madera podrida que solía trabar la pata más corta de la mesa de despiece. La limpió con la palma de la mano de un modo mecánico, sin mirarla realmente, quitándole las briznas de estopa sucia antes de volver a calzarla bajo el leño combado.

Y es que las casas viejas de la ribera tenían eso: siempre había algo que enderezar para que las cosas no rodaran hacia el rincón del desagüe, una tontería que te ocupaba las manos mientras el resto del mundo se iba pudriendo despacio alrededor. Se acordó, sin venir a cuento, de las tardes de invierno en el taller de su padre, allá en el barrio de las Tenerías, cuando su madre se sentaba a coser junto al brasero apagado y nadie decía una sola palabra durante dos horas enteras, solo el chasquido del hilo encerado pasando por el cuero crudo y el sonido metálico de la cuchara de peltre rascando el fondo de una cacerola para sacar los restos de grasa de carnero. En esa cocina no se hablaba porque hablar daba hambre, o porque se gastaba el calor de la boca en decir cosas que al día siguiente seguían siendo exactamente las mismas miserias. Al final uno se acostumbra a que el silencio sea eso: no una espera, sino una manera de no gastar lo poco que queda.

Ahora la niebla baja lame los adoquines.

—Habrá que tapar ese agujero —murmuró Tadeo, señalando la puerta con la barbilla sin levantar la cabeza—. Si se cuela la rasca del río se nos va a pasmar la masa.

—No hay masa que se pasme —dijo Valerio. Su voz sonó plana, como un golpe sobre cuero mojado.

Se acercó al fogón de barro de la entrada, donde las brasas de carrasca apenas daban un resplandor cobrizo sepultado bajo dos dedos de ceniza gris. Con la punta roma de un cuchillo mellado que usaban para desollar cordeles, empezó a raspar la grasa quemada que se había quedado pegada al borde de hierro. Era una costra dura, brillante como pez, que saltaba en esquirlas minúsculas sobre los tizones. Tadeo lo miraba de reojo, pasándose la lengua por un labio partido que no terminaba de cicatrizar nunca, vigilando cada golpe de la hoja contra el metal como si esperara que de ahí saliera una orden o una recriminación. Si Almansa llegaba a la capitanía del puerto antes del alba, los corchetes no tardarían ni media hora en subir la escalera.

Pero no servía de nada pensar en los corchetes ahora.

Valerio dejó el cuchillo sobre el banco y se volvió hacia el cesto de mimbre donde todavía quedaban tres mortajas dobladas: las piezas que el veedor había tachado con el carboncillo antes de que el vinagre le saltara a la pechera. El lino estaba tieso, acartonado por las sales del lavado y áspero como corteza de encina seca. Las agarró con las dos manos, sin usar las tenazas de sauce ni ponerse los trapos de protección en las muñecas, sintiendo el polvillo agrio de la cal morderle de inmediato las grietas de las cutículas, esa quemazón fina y persistente que se metía por debajo de la carne viva.

Las echó una a una sobre el rescoldo del brasero. El tejido no prendió en llamas enseguida; primero soltó un chisporroteo sordo, un humo blanco y denso que olía a lejía rancia y a trapo de hospital podrido, encogiéndose en bordes negros que se retorcían como hojas secas en otoño.

Valerio metió la mano en el bolsillo del sayón y sacó el mendrugo de centeno que le quedaba de la ración matutina, negro y pesado como una piedra de río, con la corteza llena de muescas de polvo blanco. Con los pulgares abiertos en canal por la salmuera y los tendones tensos, apretó hasta que el pan se partió en dos con un chasquido sordo, soltando unas pocas migas pardas que cayeron sobre la ceniza fresca de las mortajas. Dio tres pasos largos, se plantó frente a Tadeo y le tendió la mitad más gruesa con la mano desnuda, sosteniéndole la mirada turbia sin una sola palabra y sin buscar el amparo del vinagre.

Fin del Episodio 4 · de 4

Ceniza en las yemas

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