Capítulo III · II
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Precisamente esa noche —Gregor no recordaba haber oído el violín en todo aquel tiempo— comenzó a sonar desde la cocina. Los huéspedes ya habían terminado de cenar; el del medio había sacado un periódico, había dado una hoja a cada uno de los otros dos, y ahora leían recostados y fumaban. Cuando el violín empezó a tocar, prestaron atención, se levantaron y fueron de puntillas hasta la puerta del recibidor, donde se quedaron apretujados el uno contra el otro. Debieron de oírlos desde la cocina, pues el padre gritó: «¿Acaso a los señores les resulta desagradable la música? Se puede suspender de inmediato». —Al contrario —dijo el señor del medio—, ¿no querría la señorita entrar aquí con nosotros y tocar en esta habitación, donde al fin y al cabo se está mucho más cómodo y acogedor? —¡Oh, por favor! —exclamó el padre, como si fuera él el violinista. Los señores retrocedieron al interior de la habitación y esperaron. Al poco rato llegó el padre con el atril, la madre con las partituras y la hermana con el violín. La hermana dispuso todo con calma para empezar a tocar; los padres, que jamás habían alquilado habitaciones y por eso exageraban la cortesía con los huéspedes, ni siquiera se atrevían a sentarse en sus propios sillones; el padre se apoyó contra la puerta, con la mano derecha metida entre dos botones de la librea abrochada; a la madre, en cambio, uno de los señores le ofreció un sillón y ella, dejándolo allí donde el caballero lo había colocado por casualidad, se sentó apartada en un rincón.
La hermana empezó a tocar; el padre y la madre seguían con atención, cada cual desde su sitio, los movimientos de sus manos. Gregor, atraído por la música, se había aventurado un poco más adelante y ya tenía la cabeza dentro del cuarto de estar. Apenas se extrañaba de tener últimamente tan pocos miramientos con los demás; antes, esa consideración había sido su orgullo. Y eso que precisamente ahora habría tenido más motivos para esconderse, pues a causa del polvo que lo cubría todo en su habitación y que flotaba al menor movimiento, también él estaba completamente cubierto de polvo; arrastraba sobre el lomo y los costados hilos, pelos y restos de comida; su indiferencia hacia todo era demasiado grande para tenderse sobre el lomo y frotarse contra la alfombra, como solía hacer antes varias veces al día. Y a pesar de semejante estado, no sentía el menor reparo en avanzar un trecho sobre el suelo impecable del cuarto de estar.
Por lo demás, nadie se fijaba en él. La familia estaba enteramente absorta por la música de violín; los huéspedes, en cambio, que al principio se habían colocado con las manos en los bolsillos del pantalón demasiado cerca de la hermana, detrás del atril, de modo que todos podían mirar las partituras, lo que sin duda debía de molestar a la joven, pronto se retiraron a la ventana cuchicheando y con la cabeza gacha, donde permanecieron bajo la inquieta mirada del padre. Daba en verdad la clarísima impresión de que se sentían defraudados en su expectativa de escuchar una pieza de violín hermosa o entretenida, de que estaban hartos de toda la actuación y de que solo por cortesía consentían aún en que se turbara su descanso. Sobre todo la forma en que expulsaban hacia arriba por la nariz y por la boca el humo de sus cigarros delataba un gran nerviosismo. Y sin embargo, la hermana tocaba tan hermosamente. Tenía el rostro inclinado hacia un lado, y con mirada inquisitiva y triste seguía las líneas del pentagrama. Gregor avanzó arrastrándose un poco más y mantuvo la cabeza pegada al suelo para poder cruzar, si era posible, una mirada con la de ella. ¿Acaso era un animal, ya que la música lo conmovía tanto? Sentía como si se le abriera el camino hacia el ansiado y desconocido alimento. Estaba decidido a avanzar hasta su hermana, a tirarle de la falda y darle a entender así que debía ir a su habitación con el violín, pues nadie recompensaba aquí su música como pensaba hacerlo él. No la dejaría salir más de su habitación, al menos mientras él viviera; su figura espantosa le sería de utilidad por primera vez; quería apostarse a la vez en todas las puertas de su cuarto y bufar a los agresores; pero la hermana no debía quedarse con él por la fuerza, sino de buen grado; se sentaría junto a él en el canapé, inclinaría el oído hacia él y entonces él le confiaría que había tenido la firme intención de enviarla al conservatorio y que, de no haberse interpuesto la desgracia, las pasadas navidades —las navidades ya habrían pasado, ¿no?— se lo habría anunciado a todos sin preocuparse de objeción alguna. Tras esta declaración, la hermana prorrumpiría en lágrimas de emoción, y Gregor se levantaría hasta su hombro y le besaría el cuello, que ella, desde que trabajaba en la tienda, llevaba al descubierto, sin cinta ni cuello.
—¡Señor Samsa! —gritó al padre el señor del medio, y sin añadir palabra señaló con el dedo índice a Gregor, que avanzaba lentamente. El violín enmudeció; el huésped del medio sonrió primero a sus amigos sacudiendo la cabeza y luego volvió a mirar a Gregor. El padre pareció considerar más necesario calmar antes a los huéspedes que expulsar a Gregor, a pesar de que ellos no estaban en absoluto agitados y Gregor parecía entretenerlos más que el violín. Se precipitó hacia ellos e intentó empujarlos con los brazos abiertos hacia su habitación, a la vez que tapaba con el cuerpo la vista de Gregor. Ellos comenzaron entonces a enfadarse de veras, sin que pudiera saberse si por el proceder del padre o por la certidumbre, que acababan de adquirir, de haber tenido sin saberlo un vecino de habitación como Gregor. Exigían explicaciones al padre, levantaban a su vez los brazos, se mesaban inquietos la barba y retrocedían con lentitud hacia su cuarto. Entre tanto, la hermana había superado el desconcierto en que la había sumido la súbita interrupción de la música; tras haber sostenido durante un rato el violín y el arco en las manos caídas con desgano y haber seguido mirando las partituras como si aún tocara, se sobrepuso de pronto, puso el instrumento en el regazo de la madre, que aún permanecía sentada en su sillón respirando con dificultad y con los pulmones agitados, y corrió a la habitación contigua, a la que los huéspedes ya se aproximaban con mayor rapidez empujados por el padre. Se veía cómo bajo las diestras manos de la hermana las mantas y las almohadas de las camas volaban por el aire y quedaban arregladas. Antes de que los señores hubieran alcanzado la habitación, ella ya había terminado de hacer las camas y salía escurriéndose. El padre parecía de nuevo tan poseído por su terquedad que olvidaba todo el respeto que, al fin y al cabo, debía a sus inquilinos. No hacía más que empujar y empujar, hasta que ya en la puerta del cuarto el señor del medio dio una fuerte patada en el suelo, obligando así al padre a detenerse. —Declaro por la presente —dijo, levantó la mano y buscó también con la mirada a la madre y a la hermana— que, en consideración a las repugnantes condiciones imperantes en esta vivienda y en esta familia —y al decir esto escupió con resolución al suelo—, rescindo de inmediato el alquiler de mi habitación. Desde luego, tampoco pagaré lo más mínimo por los días que he vivido aquí; al contrario, todavía me pensaré si no presento contra ustedes reclamaciones que —créanme— serán muy fáciles de justificar. Calló y miró al frente, como si esperase algo. En efecto, de inmediato sus dos amigos intervinieron con estas palabras: —Nosotros también rescindimos de inmediato. Dicho esto, asió el picaporte y cerró la puerta de un golpe.
El padre vaciló con manos tanteadoras hacia su sillón y se dejó caer en él; parecía disponerse a su habitual cabezada vespertina, pero el enérgico cabeceo de su cabeza, como sin sostén, demostraba que no dormía en absoluto. Gregor había permanecido todo el tiempo quieto en el sitio donde lo habían sorprendido los huéspedes. La decepción por el fracaso de su plan, pero tal vez también la debilidad causada por tanto ayuno, le impedían moverse. Temía con cierta certeza que en el instante siguiente se desencadenara sobre él un derrumbamiento general, y esperaba. Ni siquiera lo sobresaltó el violín, que se deslizó de entre los temblorosos dedos de la madre, cayó de su regazo y produjo un sonido resonante.
—Queridos padres —dijo la hermana, y a modo de introducción dio un golpe en la mesa con la mano—, esto no puede seguir así. Si vosotros tal vez no lo comprendéis, yo sí lo comprendo. Delante de este monstruo no quiero pronunciar el nombre de mi hermano y por eso digo únicamente: tenemos que intentar deshacernos de él. Hemos hecho todo lo humanamente posible por cuidarlo y tolerarlo; creo que nadie puede hacernos el menor reproche.
—Tiene mil veces razón —dijo el padre para sí. La madre, que todavía no conseguía recobrar el aliento, empezó a toser sordamente en la mano interpuesta, con una expresión de demencia en los ojos.
La hermana corrió hacia la madre y le sostuvo la frente. El padre parecía haberse orientado hacia pensamientos más definidos por las palabras de la hermana; se había incorporado, jugueteaba con su gorra de criado entre los platos que aún quedaban sobre la mesa de la cena de los huéspedes, y miraba de vez en cuando al silencioso Gregor.
—Tenemos que intentar deshacernos de él —dijo la hermana dirigiéndose ahora exclusivamente al padre, pues la madre no oía nada entre sus golpes de tos—; va a acabar con vosotros dos, ya lo veo venir. Cuando ya se tiene que trabajar tan duramente como nosotros, no se puede soportar además en casa este tormento eterno. Yo tampoco puedo más. —Y rompió a llorar con tanta fuerza que sus lágrimas cayeron sobre el rostro de la madre, de donde las fue enjugando con movimientos mecánicos de la mano.
—Hija —dijo el padre con compasión y con una notable comprensión—, ¿pero qué podemos hacer?
La hermana se limitó a encogerse de hombros en señal de la perplejidad que se había apoderado de ella mientras lloraba, en contraste con su seguridad anterior.
—Si nos entendiera... —dijo el padre en tono casi interrogativo; la hermana, en medio del llanto, agitó con vehemencia la mano para indicar que era impensable.
—Si nos entendiera —repitió el padre, y al cerrar los ojos hizo suya la convicción de la hermana sobre la imposibilidad de tal cosa—, entonces tal vez fuera posible un acuerdo con él. Pero así...
—¡Tiene que marcharse! —exclamó la hermana—, es el único remedio, padre. Solo tienes que intentar quitarte de la cabeza la idea de que es Gregor. Haberlo creído durante tanto tiempo ha sido nuestra verdadera desgracia. Pero ¿cómo va a ser Gregor? Si fuera Gregor, hace ya mucho que habría comprendido que no es posible que seres humanos convivan con un bicho semejante, y se habría marchado por su propia voluntad. No tendríamos hermano, pero podríamos seguir viviendo y honrar su memoria. En cambio, este animal nos persigue, echa a los huéspedes, quiere evidentemente quedarse con toda la casa y dejarnos a dormir en la calle. ¡Mira, padre! —gritó de pronto—, ¡ya empieza otra vez! —Y presa de un terror completamente incomprensible para Gregor, la hermana abandonó incluso a la madre, prácticamente se impulsó hacia atrás apartándose del sillón como si prefiriera sacrificar a la madre antes que permanecer cerca de Gregor, y corrió a guarecerse tras el padre, quien, alterado únicamente por la conducta de ella, también se levantó y alzó a medias los brazos como para protegerla.
Pero a Gregor ni por asomo se le ocurría querer asustar a nadie, y menos aún a su hermana. Solo había comenzado a darse la vuelta para emprender el regreso a su habitación, y ciertamente resultaba llamativo, ya que, debido a su penoso estado, para dar los difíciles giros tenía que ayudarse con la cabeza, que levantaba y golpeaba contra el suelo en repetidas ocasiones. Se detuvo y miró a su alrededor. Parecía haberse comprendido su buena intención; no había sido más que un espanto momentáneo. Ahora todos lo miraban en silencio y con tristeza. La madre yacía en su sillón, con las piernas extendidas y juntas, y los ojos se le cerraban casi por el agotamiento; el padre y la hermana estaban sentados uno junto al otro, y la hermana le había echado el brazo al cuello al padre.
—Quizá ya pueda darme la vuelta —pensó Gregor, y reanudó su faena. No podía contener los resoplidos por el esfuerzo y también tenía que descansar de tanto en tanto. Por lo demás, nadie lo apremiaba, todo dependía de él. Cuando hubo completado el giro, empezó en seguida a caminar en línea recta hacia su cuarto. Se asombró de la gran distancia que lo separaba de su habitación, y no comprendía cómo, con su debilidad, poco antes había recorrido el mismo trayecto casi sin darse cuenta. Pendiente solo y en todo momento de arrastrarse con rapidez, apenas reparó en que ninguna palabra, ninguna exclamación de su familia lo interrumpía. Solo cuando ya estuvo en la puerta volvió la cabeza, no del todo, pues sentía el cuello agarrotado; con todo, llegó a ver que nada había cambiado a sus espaldas, salvo que la hermana se había levantado. Su última mirada rozó a la madre, que ya se había quedado completamente dormida.
Apenas estuvo dentro de su habitación, cerraron la puerta a toda prisa, echando el cerrojo y pasando la llave. Con el repentino estrépito a sus espaldas, Gregor se asustó tanto que se le doblaron las patitas. Había sido la hermana quien tanta prisa se había dado. Había permanecido allí erguida esperando, y luego había saltado hacia adelante con pies ligeros —Gregor ni siquiera la había oído llegar—, y un «¡Por fin!» gritó a los padres, mientras giraba la llave en la cerradura.
—¿Y ahora qué? —se preguntó Gregor, y miró a su alrededor en la oscuridad. Pronto descubrió que ya no podía moverse en absoluto. No se asombró de ello; más bien le parecía antinatural que hasta entonces se hubiera podido desplazar en verdad con esas patitas tan delgadas. Por lo demás, se sentía relativamente cómodo. Cierto era que le dolía todo el cuerpo, pero le parecía como si los dolores se debilitaran poco a poco y acabaran por desaparecer por completo. La manzana podrida en su lomo y la zona inflamada a su alrededor, cubierta por entero de suave polvo, ya casi ni las sentía. Recordaba a su familia con emoción y cariño. Su parecer acerca de que debía desaparecer era, de ser posible, todavía más resuelto que el de su hermana. En este estado de vacía y apacible meditación permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada. Aún llegó a presenciar el comienzo del clarear general tras la ventana. Luego, sin intervenir su voluntad, la cabeza se le desplomó del todo, y por sus fosas nasales fluyó débilmente su último aliento.
Fin del Episodio 8 · de 9
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