La metamorfosis·Episodio 07

Capítulo III · I

~14 min · 2825 palabras

La grave herida de Gregor, de la que tardó más de un mes en reponerse —la manzana se quedó incrustada en la carne como recuerdo visible, ya que nadie se atrevía a extraerla—, pareció haberle recordado incluso al padre que Gregor, a pesar de su triste y repugnante aspecto actual, era un miembro de la familia al que no se podía tratar como a un enemigo, sino ante el cual el deber familiar mandaba sobreponerse a la repugnancia y tolerar, no hacer más que tolerar.

Y si bien Gregor, a causa de su herida, probablemente había perdido movilidad para siempre y por el momento necesitaba largos, largos minutos para cruzar su habitación como un viejo inválido —trepar por las alturas era impensable—, obtuvo a cambio de este empeoramiento de su estado una compensación que a su juicio era del todo suficiente: siempre hacia el atardecer se abría la puerta del cuarto de estar, que él solía vigilar con atención desde una o dos horas antes, de modo que, tendido en la oscuridad de su habitación, invisible desde la sala, podía ver a toda la familia reunida junto a la mesa iluminada y escuchar sus conversaciones, en cierto modo con el consentimiento general, es decir, de manera muy distinta a como ocurría antes.

Desde luego, ya no eran aquellas animadas conversaciones de antaño, en las que Gregor solía pensar con cierta nostalgia en las pequeñas habitaciones de hotel cuando, rendido de cansancio, tenía que arrojarse a las sábanas húmedas. Ahora casi siempre todo transcurría en gran silencio. El padre se quedaba dormido en su sillón poco después de cenar; la madre y la hermana se instaban mutuamente a guardar silencio; la madre, muy inclinada hacia la luz, cosía ropa blanca fina para una tienda de modas; la hermana, que se había empleado de dependienta, estudiaba por las noches taquigrafía y francés para conseguir tal vez más adelante un puesto mejor. A veces el padre se despertaba y, como si no supiera en absoluto que había estado durmiendo, le decía a la madre: —¡Cuánto estás cosiendo hoy otra vez!—, y volvía a dormirse en el acto, mientras la madre y la hermana se sonreían con cansancio.

Con una especie de obstinación, el padre se negaba a quitarse el uniforme de ordenanza incluso en casa; y mientras la bata colgaba inútil en la percha, el padre dormitaba en su sitio completamente vestido, como si estuviera siempre listo para el servicio y aguardase también allí la voz de su superior. En consecuencia, el uniforme, que de entrada no era nuevo, fue perdiendo limpieza a pesar de todos los cuidados de la madre y de la hermana, y a menudo Gregor se quedaba mirando tardes enteras aquella prenda llena de manchas de arriba abajo, reluciente por sus botones dorados siempre abrillantados, dentro de la cual el anciano dormía en extremo incómodo y, sin embargo, plácidamente.

En cuanto el reloj daba las diez, la madre intentaba despertar al padre hablándole en voz baja para convencerlo luego de que se fuera a la cama, pues allí no dormía como era debido y el sueño le hacía muchísima falta al padre, que debía entrar de servicio a las seis. Pero con la terquedad que se había adueñado de él desde que era ordenanza, se empeñaba siempre en permanecer más tiempo a la mesa, a pesar de que se quedaba dormido con regularidad, y además luego solo a duras penas se le conseguía persuadir de cambiar el sillón por la cama. Por más que la madre y la hermana insistieran con suaves reconvenciones, durante cuartos de hora enteros sacudía lentamente la cabeza, mantenía los ojos cerrados y no se levantaba. La madre le tiraba de la manga, le decía palabras cariñosas al oído, la hermana dejaba sus tareas para ayudar a la madre, pero en el padre nada de eso surtía efecto. No hacía más que hundirse más profundamente en su sillón. Solo cuando las mujeres lo tomaban por las axilas abría los ojos, miraba alternativamente a la madre y a la hermana y solía decir: —¡Vaya una vida! ¡Este es el descanso de mi vejez!—. Y, apoyado en las dos mujeres, se levantaba con dificultad, como si fuera para sí mismo una pesadísima carga, se dejaba conducir por ellas hasta la puerta, les hacía allí una seña de despedida con la mano y continuaba ya por su cuenta, mientras la madre arrojaba a toda prisa la costura y la hermana la pluma para correr tras el padre y seguir asistiéndolo.

¿Quién tenía en esta familia agotada y rendida de trabajo tiempo para ocuparse de Gregor más de lo estrictamente necesario? El presupuesto doméstico se redujo cada vez más; a la criada se la despidió al fin; una asistenta gigantesca y huesuda, con cabellos blancos que le revoloteaban alrededor de la cabeza, venía por las mañanas y por las tardes para hacer el trabajo más pesado; de todo lo demás se encargaba la madre, además de su abundante labor de costura. Sucedió incluso que se vendieron varias joyas de la familia que en otro tiempo la madre y la hermana habían lucido llenas de dicha en fiestas y celebraciones, como supo Gregor por la noche al oír comentar los precios obtenidos. Pero la queja constante era que no podían abandonar aquella vivienda, demasiado grande para las circunstancias actuales, pues resultaba inconcebible cómo trasladar a Gregor. Sin embargo, Gregor comprendía bien que no era solo la consideración hacia él lo que impedía la mudanza, pues a él habrían podido transportarlo fácilmente en un cajón adecuado con un par de agujeros para respirar; lo que en el fondo retenía a la familia de cambiar de casa era más bien la absoluta desesperanza y la idea de que los había golpeado una desgracia como a nadie en todo su círculo de parientes y conocidos. Cumplían hasta el extremo lo que el mundo exige a la gente pobre: el padre iba a buscar el desayuno para los empleados subalternos del banco, la madre se desvivía por la ropa de extraños, la hermana corría de un lado a otro detrás del mostrador a las órdenes de los clientes; pero a más no alcanzaban ya las fuerzas de la familia. Y la herida de la espalda volvía a dolerle a Gregor como si fuera reciente cuando la madre y la hermana, tras acostar al padre, regresaban, dejaban a un lado la labor, se arrimaban la una a la otra y permanecían sentadas mejilla contra mejilla; cuando entonces la madre, señalando hacia el cuarto de Gregor, decía: —Cierra ahí la puerta, Grete—, y cuando Gregor volvía a quedarse a oscuras, mientras al lado las mujeres mezclaban sus lágrimas o bien, sin derramar una sola, se quedaban mirando fijamente la mesa.

Gregor pasaba las noches y los días casi por completo sin dormir. A veces pensaba en tomar de nuevo en sus manos los asuntos de la familia, tal como antes, la próxima vez que se abriera la puerta; en sus pensamientos volvieron a aparecer, después de mucho tiempo, el jefe y el apoderado, los dependientes y los aprendices, el mozo tan tardo de entendimiento, dos o tres amigos de otros comercios, una camarera de un hotel de provincias, un dulce y fugaz recuerdo, una cajera de una sombrerería a la que había cortejado con seriedad, pero con demasiada lentitud; todos ellos aparecían entremezclados con desconocidos o personas ya olvidadas, pero en vez de ayudarle a él y a su familia, resultaban todos inaccesibles, y se alegraba cuando desaparecían. Pero luego ya no estaba de ningún modo de humor para preocuparse por su familia; solo la cólera por la mala atención que recibía lo llenaba, y aunque no lograba imaginar nada que le abriera el apetito, hacía planes sobre cómo llegar a la despensa para tomar de allí lo que, aun sin tener hambre, al fin y al cabo le correspondía por derecho. Sin pararse ya a pensar con qué podría darle a Gregor un gusto especial, la hermana, a toda prisa, antes de marcharse a la tienda por la mañana y al mediodía, empujaba con el pie cualquier comida al cuarto de Gregor, para luego por la noche, con indiferencia de si apenas la había probado o —lo más frecuente— si estaba del todo intacta, barrerla hacia fuera de una sola pasada de escoba. La limpieza de la habitación, de la que ahora se ocupaba siempre por las noches, no podía hacerse ya con mayor rapidez. Líneas de suciedad recorrían las paredes; aquí y allá yacían apelotonamientos de polvo e inmundicia. Al principio, a la llegada de la hermana, Gregor se colocaba en rincones particularmente elocuentes para, con tal postura, hacerle en cierto modo un reproche. Pero bien habría podido quedarse allí durante semanas enteras sin que la hermana mejorase; ella veía la suciedad exactamente igual que él, solo que había decidido dejarla estar. Al mismo tiempo vigilaba, con una susceptibilidad en ella del todo nueva, y que de hecho se había apoderado de toda la familia, para que la tarea de limpiar la habitación de Gregor le quedara reservada a ella. En una ocasión, la madre había sometido la habitación de Gregor a una gran limpieza que solo logró llevar a cabo gastando varios cubos de agua —tanta humedad ofendió también, ciertamente, a Gregor, que yacía a lo largo, amargado e inmóvil sobre el canapé—, pero el castigo no se hizo esperar para la madre. Pues apenas hubo notado la hermana, por la noche, el cambio en la habitación de Gregor, corrió, ofendida en grado sumo, a la sala de estar y, a pesar de las manos que la madre alzaba en súplica, rompió en un ataque de llanto que los padres —el padre, por supuesto, se había sobresaltado en su sillón— contemplaron al principio asombrados e impotentes; hasta que ellos también comenzaron a agitarse; el padre, por la derecha, le reprochaba a la madre no haberle dejado la limpieza del cuarto de Gregor a la hermana; por la izquierda, en cambio, le gritaba a la hermana que nunca más se le permitiría limpiar la habitación de Gregor; mientras la madre intentaba arrastrar al dormitorio al padre, fuera de sí por la excitación; la hermana, sacudida por los sollozos, aporreaba la mesa con sus pequeños puños; y Gregor silbaba con fuerza de rabia porque a nadie se le ocurría cerrar la puerta y ahorrarle semejante espectáculo y semejante escándalo.

Pero aun cuando la hermana, agotada por su trabajo fuera de casa, se hubiera cansado de cuidar a Gregor como antes, de ningún modo habría tenido la madre que sustituirla y no por ello habría tenido Gregor que quedar abandonado. Porque ahora estaba la asistenta. Esta anciana viuda, que en su larga vida, gracias a su robusta osamenta, debía de haber superado las peores adversidades, no sentía una verdadera repugnancia por Gregor. Sin ser en modo alguno curiosa, una vez abrió por casualidad la puerta de la habitación de Gregor y, ante la vista de este, que, del todo sorprendido, aunque nadie lo perseguía, echó a correr de un lado a otro, se quedó parada con las manos cruzadas sobre el regazo, llena de asombro. Desde entonces no dejaba de entreabrir la puerta con presteza, por la mañana y por la tarde, para echar un vistazo hacia Gregor. Al principio incluso lo llamaba hacia ella con palabras que probablemente consideraba afectuosas, como «¡Ven aquí, viejo escarabajo pelotero!» o «¡Miren al viejo escarabajo pelotero!». A tales interpelaciones Gregor no respondía nada, sino que permanecía inmóvil en su sitio, como si la puerta ni siquiera se hubiera abierto. ¡Ojalá hubieran ordenado a esa asistenta limpiar su cuarto a diario, en vez de dejar que lo molestase inútilmente a su antojo! Una mañana temprano —una lluvia torrencial, tal vez presagio de la primavera venidera, azotaba los cristales—, Gregor se irritó de tal manera cuando la asistenta comenzó de nuevo con sus frases hechas, que se volvió contra ella como dispuesto al ataque, si bien con lentitud y debilidad. Pero la asistenta, en vez de asustarse, no hizo más que alzar en alto una silla que se hallaba cerca de la puerta, y por cómo permanecía allí plantada con la boca abierta de par en par, resultaba evidente su intención de no cerrarla hasta que la silla que sostenía en la mano descargara sobre la espalda de Gregor. —Conque ¿no pasas de ahí? —preguntó cuando Gregor volvió a darse la vuelta, y dejó con calma la silla otra vez en el rincón.

Gregor ya casi no comía nada. Solo cuando por casualidad pasaba junto a la comida preparada, se metía por juego un bocado en la boca, lo retenía allí durante horas y, las más de las veces, volvía a escupirlo después. Al principio pensó que era la tristeza por el estado de su habitación lo que le quitaba las ganas de comer, pero con las transformaciones del cuarto se reconcilió muy pronto. Se había adoptado la costumbre de meter en esa habitación cosas que no cabían en ninguna otra parte, y de esas cosas había ahora muchas, pues habían alquilado una habitación de la vivienda a tres huéspedes. Estos graves caballeros —los tres llevaban barba espesa, según pudo comprobar Gregor una vez por la rendija de la puerta— cuidaban minuciosamente del orden, no solo en su habitación sino, ya que se habían alojado allí, en toda la casa y, por tanto, en particular en la cocina. No toleraban cachivaches inútiles ni mucho menos sucios. Además, en su mayor parte habían traído sus propios muebles. Por esta razón se habían vuelto superfluos muchos objetos que no podían venderse, pero que tampoco se querían tirar. Todos ellos fueron a parar a la habitación de Gregor. Lo mismo el cajón de la ceniza y el cubo de la basura de la cocina. Cualquier cosa que en aquel momento no sirviera, la asistenta, que siempre tenía mucha prisa, la arrojaba sin más al cuarto de Gregor; por fortuna, la mayoría de las veces Gregor solo veía el objeto en cuestión y la mano que lo sostenía. Quizá la asistenta tuviera la intención de recoger las cosas en cuanto tuviera tiempo y ocasión, o de tirarlas todas juntas de una vez, pero lo cierto es que se quedaban allí tendidas donde habían caído al ser arrojadas por primera vez, a menos que Gregor se abriera paso a través de los trastos y los pusiera en movimiento; al principio obligado, porque no quedaba ningún otro espacio libre para arrastrarse, pero más tarde con creciente placer, aunque después de semejantes paseos, mortalmente cansado y triste, volviera a quedarse inmóvil durante horas.

Dado que los huéspedes a veces cenaban también en casa, en la sala de estar común, algunas noches la puerta del cuarto de estar permanecía cerrada; pero Gregor prescindía con total facilidad de que se abriera la puerta, pues ya en bastantes noches en que había estado abierta ni siquiera lo había aprovechado, sino que se había quedado echado en el rincón más oscuro de su cuarto sin que la familia se percatase. Pero una vez la asistenta había dejado la puerta del cuarto de estar entreabierta, y así continuó abierta incluso cuando los huéspedes entraron por la noche y se encendió la luz. Se sentaron a la cabecera de la mesa, donde en otros tiempos se habían sentado el padre, la madre y Gregor, desplegaron las servilletas y tomaron el cuchillo y el tenedor en la mano. De inmediato apareció en la puerta la madre con una fuente de carne y, justo detrás de ella, la hermana con una fuente colmada de patatas. La comida despedía un vapor denso. Los huéspedes se inclinaron sobre las fuentes puestas ante ellos como si quisieran examinarlas antes de comer, y en efecto el que estaba sentado en medio, y que parecía gozar de autoridad ante los otros dos, cortó un pedazo de carne todavía en la fuente, al parecer para comprobar si estaba bastante tierna y si no debía más bien ser devuelta a la cocina. Quedó satisfecho, y la madre y la hermana, que habían observado la escena con tensión, comenzaron a sonreír aliviadas.

La propia familia comía en la cocina. A pesar de ello, el padre, antes de pasar a la cocina, entraba en aquella habitación y, con la gorra en la mano y haciendo una sola reverencia, daba una vuelta alrededor de la mesa. Los huéspedes se ponían todos en pie y murmuraban algo entre barbas. Cuando luego se quedaban solos, comían en un silencio casi absoluto. A Gregor le parecía extraño que, de entre los múltiples ruidos de la comida, se distinguiera una y otra vez el mascar de sus dientes, como si con ello quisieran demostrar a Gregor que hacían falta dientes para comer y que ni con las mandíbulas más hermosas y desdentadas se podía conseguir nada. —Tengo apetito —se dijo Gregor, preocupado—, pero no de estas cosas. ¡Cómo se alimentan estos huéspedes, y yo perezco!

Fin del Episodio 7 · de 9

Capítulo III · I

Siguiente Episodio 8~12 minCapítulo III · II“—¡Oh, por favor! —exclamó el padre, como si fuera él el violinista.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.