La metamorfosis·Episodio 06

Capítulo II · III

~8 min · 1635 palabras

Y así fue como se lanzó hacia afuera —las mujeres estaban precisamente apoyadas en el escritorio del cuarto contiguo para recobrar un poco el aliento—; cambió cuatro veces de dirección en su carrera, pues en verdad no sabía qué salvar primero, cuando divisó, llamativo sobre la pared ya por lo demás vacía, el cuadro de la dama envuelta toda en pieles, trepó apresuradamente hacia él y se apretó contra el cristal, que lo retuvo y le produjo un gran alivio en su vientre ardiente. Aquel cuadro al menos, que Gregor tapaba ahora por completo, de seguro nadie se lo arrebataría. Torció la cabeza hacia la puerta de la sala para observar a las mujeres cuando regresaran.

No se habían concedido mucho reposo y ya estaban de vuelta; Grete le había pasado el brazo a la madre y casi la llevaba en volandas. —Bueno, ¿y ahora qué nos llevamos? —dijo Grete mientras miraba a su alrededor. En ese instante sus miradas se cruzaron con las de Gregor en la pared. Sin duda solo gracias a la presencia de la madre conservó la serenidad; inclinó el rostro hacia ella para impedir que mirase en torno y dijo, aunque temblorosa e irreflexiva: —¿Ven, no será mejor que volvamos por un momento a la sala? La intención de Grete era evidente para Gregor: quería poner a salvo a la madre y luego ahuyentarlo a él de la pared. ¡Bueno, al menos podía intentarlo! Él estaba apostado sobre su cuadro y no lo entregaría. Antes le saltaría a Grete a la cara.

Pero las palabras de Grete no hicieron sino alarmar aún más a la madre; se apartó hacia un lado, divisó la enorme mancha parda sobre el papel floreado y gritó, antes de percatarse realmente de que lo que veía era Gregor, con voz chillona y áspera: —¡Dios mío, Dios mío! —, y con los brazos abiertos, como abandonándose por entero, cayó sobre el canapé y no se movió más. —¡Tú, Gregor! —gritó la hermana con el puño en alto y miradas penetrantes. Eran, desde la transformación, las primeras palabras que le dirigía directamente a él. Corrió a la habitación contigua en busca de algún frasco de esencia con el que reanimar a la madre de su desmayo; Gregor también quería ayudar —para salvar el cuadro aún quedaba tiempo—; pero estaba pegado al cristal y tuvo que despegarse a la fuerza; corrió entonces también al cuarto contiguo, como si pudiera darle a la hermana algún consejo, al igual que en otros tiempos; mas tuvo que quedarse inmóvil detrás de ella; mientras revolvía entre diversos frasquitos, ella se asustó aún más al volverse; una botella cayó al suelo y se hizo añicos; una esquirla hirió a Gregor en la cara y algún medicamento corrosivo le salpicó; Grete recogió entonces, sin entretenerse más, cuantos frasquitos pudo abarcar y corrió con ellos hacia la madre; cerró la puerta de un puntapié. Gregor quedó así separado de la madre, que tal vez estuviera al borde de la muerte por su culpa; no se atrevía a abrir la puerta, si no quería ahuyentar a la hermana, que debía permanecer junto a la madre; ya no le quedaba nada por hacer más que esperar; y acosado por los remordimientos y la zozobra, empezó a arrastrarse, recorrió arrastrándose paredes, muebles y techo, y por fin, en su desesperación, cuando la habitación entera empezaba ya a girar a su alrededor, cayó en medio de la gran mesa.

Transcurrió un breve rato; Gregor yacía exhausto, a su alrededor reinaba el silencio, tal vez fuera una buena señal. Entonces sonó el timbre. Como era de esperar, la criada estaba encerrada en la cocina y Grete tuvo, pues, que ir a abrir. Había llegado el padre. —¿Qué ha ocurrido? —fueron sus primeras palabras; el aspecto de Grete debía de habérselo revelado todo. Grete respondió con voz apagada, con el rostro hundido al parecer en el pecho del padre: —La madre se ha desmayado, pero ya está mejor. Gregor se ha escapado. —Ya me lo esperaba —dijo el padre—, siempre os lo he dicho, pero vosotras, las mujeres, no queréis escuchar. Para Gregor era evidente que el padre había interpretado mal la escueta noticia de Grete y suponía que Gregor había cometido algún acto de violencia. Por eso Gregor debía procurar aplacar al padre, pues ni tenía tiempo ni posibilidad de darle explicaciones. De modo que huyó hacia la puerta de su habitación y se apretó contra ella, para que el padre, al entrar desde el vestíbulo, pudiese ver de inmediato que Gregor tenía la mejor intención de regresar sin demora a su cuarto, y que no era necesario ahuyentarlo, sino que bastaba con abrir la puerta y desaparecería en el acto.

Pero el padre no estaba de humor para reparar en tales sutilezas. —¡Ah! —exclamó nada más entrar con un tono como si estuviera a la vez furioso y alegre. Gregor retiró la cabeza de la puerta y la alzó hacia el padre. Realmente no se lo había imaginado tal como estaba allí plantado; bien es cierto que en los últimos tiempos, absorto en su novedoso arrastrarse, había descuidado enterarse de lo que ocurría en el resto de la vivienda como hacía antaño, y en rigor tendría que haber estado preparado para encontrarse con una situación distinta. Con todo, con todo, ¿era aquel todavía el padre? ¿El mismo hombre que yacía sepultado de cansancio en la cama cuando antaño Gregor salía de viaje de negocios; que lo recibía al anochecer, al volver a casa, en bata y sentado en el sillón; que no era del todo capaz de levantarse, sino que tan solo levantaba los brazos en señal de alegría; y que en los raros paseos en común unos pocos domingos al año y en las máximas festividades, entre Gregor y la madre, que ya de por sí caminaban despacio, avanzaba todavía un poco más lento, envuelto en su viejo abrigo, apoyando siempre el bastón con cautela, y que, cuando quería decir algo, casi siempre se detenía y congregaba a sus acompañantes en torno a sí? Pero ahora estaba bien erguido; vestido con un ceñido uniforme azul con botones dorados, como los que llevan los ordenanzas de las entidades bancarias; sobre el cuello alto y tieso de la casaca se desplegaba su pronunciada papada; bajo las pobladas cejas, la mirada de los ojos negros brillaba viva y atenta; el pelo blanco, de ordinario revuelto, estaba peinado con una raya reluciente y escrupulosa. Arrojó su gorra, que llevaba un monograma de oro, probablemente el de un banco, describiendo un arco a través de toda la habitación hasta el canapé, y avanzó hacia Gregor con el rostro crispado, las faldas de la larga casaca vueltas hacia atrás y las manos en los bolsillos del pantalón. Es de suponer que ni él mismo sabía lo que se proponía; con todo, levantaba los pies a una altura desacostumbrada, y Gregor se asombró del gigantesco tamaño de las suelas de sus botas. Pero no se demoró en ello, pues bien sabía desde el primer día de su nueva vida que el padre solo consideraba apropiada respecto a él la mayor severidad. Y así corrió delante del padre, se detenía cuando el padre se paraba, y volvía a apresurarse apenas el padre se movía. De este modo dieron varias vueltas a la habitación sin que ocurriese nada decisivo, e incluso sin que el conjunto, a causa de su lentitud, tuviera la apariencia de una persecución. Por eso Gregor permaneció de momento en el suelo, sobre todo porque temía que el padre pudiera considerar una huida a las paredes o al techo como una particular malicia. Desde luego, Gregor tuvo que decirse que ni siquiera semejante carrera la aguantaría mucho tiempo, pues mientras el padre daba un paso, él tenía que ejecutar una infinidad de movimientos. Ya empezaba a acusar la falta de respiración, como tampoco en su época anterior había poseído unos pulmones del todo confiables. Y mientras así se tambaleaba para reunir todas sus fuerzas en la carrera, apenas con los ojos abiertos; sin pensar en su embotamiento en otra salvación que no fuera correr; y habiendo casi olvidado ya que tenía a su disposición las paredes, que allí, ciertamente, estaban obstruidas por muebles primorosamente tallados y llenos de picos y salientes, cayó junto a él, arrojado con suavidad, algo que fue rodando por delante. Era una manzana; enseguida le siguió una segunda; Gregor se quedó quieto de espanto; continuar corriendo resultaba inútil, pues el padre se había decidido a bombardearlo. Del frutero del aparador se había llenado los bolsillos y lanzaba ahora, por el momento sin apuntar con precisión, manzana tras manzana. Estas pequeñas manzanas rojas rodaban por el suelo como electrizadas y chocaban entre sí. Una manzana arrojada sin fuerza rozó la espalda de Gregor, pero resbaló sin causarle daño. En cambio, otra que vino volando justo después se le clavó literalmente en el dorso; Gregor quiso seguir arrastrándose, como si aquel dolor sorpresivo e increíble pudiera mitigarse con el cambio de lugar; mas se sintió como clavado y quedó tendido, sumido en una confusión absoluta de todos los sentidos. Solo con una última mirada llegó a ver cómo se abría de par en par la puerta de su habitación y, por delante de la hermana que gritaba, salía corriendo la madre, en camisa, pues la hermana la había desvestido para que pudiera respirar en su desmayo; cómo luego la madre corría hacia el padre y por el camino las faldas desatadas se le iban escurriendo una tras otra hasta el suelo; y cómo ella, tropezando con las faldas, se precipitaba sobre el padre y, abrazándolo, en total unión con él —pero entonces la vista de Gregor ya desfallecía—, con las manos en la nuca del padre, suplicaba por la vida de Gregor.

Fin del Episodio 6 · de 9

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