Capítulo II · II
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Pero este dinero no bastaba en absoluto para permitir a la familia vivir de las rentas; bastaba tal vez para mantenerla uno, a lo sumo dos años, no más. Era, pues, tan solo una suma que en rigor no debía tocarse y que había que reservar para casos de apuro; el dinero para vivir, en cambio, era preciso ganarlo. Ahora bien, el padre era un hombre ciertamente sano, pero anciano, que llevaba ya cinco años sin trabajar y que, en todo caso, no podía exigirse mucho; en aquellos cinco años, que habían sido las primeras vacaciones de su fatigosa y, con todo, infructuosa vida, había acumulado mucha grasa y se había vuelto bastante pesado de movimientos. ¿Y acaso debía ganar dinero la anciana madre, que padecía de asma, a quien un paseo por la casa ya le suponía un esfuerzo y que pasaba un día sí y otro no con dificultades respiratorias en el sofá junto a la ventana abierta? ¿Y debía ganar dinero la hermana, que aún era una niña con sus diecisiete años y a quien tan justo era desearle la vida que hasta entonces había llevado, consistente en vestir con esmero, dormir hasta tarde, ayudar en las faenas domésticas, participar en unas pocas y modestas diversiones y, sobre todo, tocar el violín? Cuando la conversación recaía en esta necesidad de ganar dinero, Gregorio soltaba siempre primero la puerta y se arrojaba sobre el fresco sofá de cuero situado junto a ella, pues le ardía el cuerpo de vergüenza y aflicción.
A menudo permanecía allí tumbado a lo largo de noches enteras, sin pegar ojo y arañando el cuero durante horas y horas. O bien no reparaba en el enorme esfuerzo de empujar un sillón hasta la ventana, trepar luego al antepecho y, apoyándose en el sillón, asomarse a la ventana, impulsado al parecer por el vago recuerdo de la liberación que antaño le proporcionaba el mirar hacia afuera. Pues, en efecto, de día en día veía las cosas que se hallaban a poca distancia cada vez más borrosas; el hospital de enfrente, cuya visión harto frecuente había maldecido en otro tiempo, ya no lo distinguía en absoluto, y si no hubiera sabido con certeza que vivía en la tranquila pero enteramente urbana calle Charlotten, habría podido creer que miraba desde su ventana a un desierto en el que el cielo gris y la tierra gris se fundían de manera indistinguible. Bastó con que la atenta hermana viera dos veces que el sillón estaba junto a la ventana para que, a partir de entonces, cada vez que arreglaba la habitación, volviera a empujar el sillón exactamente hacia allí, e incluso dejase abierta, de ahí en adelante, la hoja interior de la ventana.
Si Gregorio hubiera podido hablar con su hermana y darle las gracias por todo lo que tenía que hacer por él, habría soportado mejor sus atenciones; pero de este modo sufría por ello. La hermana procuraba, sin duda, disimular en lo posible lo penoso de todo aquello, y cuanto más tiempo pasaba, mejor lo conseguía, desde luego; pero también Gregorio lo percibía todo con mucha mayor claridad a medida que pasaba el tiempo. Ya su sola entrada le resultaba espantosa. Apenas entraba, corría en derechura a la ventana sin tomarse la molestia de cerrar la puerta —por mucho cuidado que pusiera en otras ocasiones para ahorrar a los demás la visión del cuarto de Gregorio— y la abría de golpe con manos presurosas, como si se ahogara, y se quedaba allí un rato, por mucho frío que hiciera, respirando hondo. Con estas carreras y ruidos asustaba a Gregorio dos veces al día; durante todo ese tiempo él temblaba bajo el canapé, aun sabiendo muy bien que ella de buena gana le habría ahorrado semejante trance si le hubiera sido posible permanecer con la ventana cerrada en una habitación donde estuviera Gregorio.
En cierta ocasión —había transcurrido ya más o menos un mes desde la transformación de Gregorio, y ya no había para la hermana motivo alguno especial para asombrarse de su aspecto—, llegó un poco antes de lo habitual y sorprendió a Gregorio todavía inmóvil, erguido de un modo que infundía verdadero pavor, mirando por la ventana. Para Gregorio no habría sido ninguna sorpresa que no entrara, puesto que con su postura le impedía abrir la ventana de inmediato; pero no solo no entró, sino que retrocedió asustada y cerró la puerta; un extraño bien habría podido pensar que Gregorio la había acechado y querido morderla. Gregorio se escondió enseguida, por supuesto, bajo el canapé, pero tuvo que esperar hasta el mediodía para que la hermana regresara, y parecía mucho más inquieta de lo habitual. Comprendió entonces que su aspecto le seguía resultando insoportable y que tendría que seguir resultándole insoportable, y que ella debía de hacer un gran esfuerzo sobre sí misma para no salir huyendo a la vista de la más mínima parte de su cuerpo que asomaba bajo el canapé. Para ahorrarle también esta visión, cargó un día a la espalda —necesitó cuatro horas de trabajo para ello— una sábana hasta el canapé y la dispuso de tal manera que quedó enteramente oculto y la hermana, aun inclinándose, no pudiera verlo. Si aquella sábana no hubiera sido necesaria a juicio de ella, bien habría podido retirarla, pues quedaba bien claro que no formaba parte del recreo de Gregorio aislarse de semejante modo; pero dejó la sábana tal como estaba, y Gregorio incluso creyó haber sorprendido una mirada de gratitud cuando una vez levantó con cuidado la sábana con la cabeza para ver cómo recibía la hermana aquella nueva disposición.
Durante las dos primeras semanas, los padres no pudieron sobreponerse a entrar a verle, y a menudo él los oía reconocer plenamente el trabajo actual de la hermana, mientras que hasta entonces se habían enfadado con frecuencia con ella porque les parecía una muchacha algo inútil. Pero ahora ambos, el padre y la madre, esperaban a menudo ante la habitación de Gregorio mientras la hermana limpiaba allí dentro, y apenas salía, tenía que contar con todo detalle qué aspecto tenía la habitación, qué había comido Gregorio, cómo se había comportado esta vez y si acaso se advertía una pequeña mejoría. La madre, por lo demás, quiso visitar a Gregorio relativamente pronto, pero el padre y la hermana la disuadieron al principio con razonamientos que Gregorio escuchaba muy atento y que aprobaba por completo. Más adelante, sin embargo, hubo que contenerla por la fuerza, y cuando entonces gritaba: —¡Dejadme ir con Gregorio, que al fin y al cabo es mi desdichado hijo! ¿Acaso no comprendéis que tengo que ir a verlo?—, Gregorio pensaba entonces que quizá fuera bueno, después de todo, que la madre entrara; no todos los días, claro está, pero tal vez una vez por semana; ella entendía todo mucho mejor que la hermana, quien, a pesar de todo su valor, no era más que una niña y, en el fondo, tal vez solo por ligereza infantil había asumido una tarea tan pesada.
El deseo de Gregor de ver a su madre no tardó en cumplirse. Durante el día, aunque solo fuera por consideración a sus padres, Gregor no quería asomarse a la ventana, pero tampoco podía arrastrarse mucho por los pocos metros cuadrados del suelo; el permanecer quieto tendido ya le resultaba difícil durante la noche, el comer pronto dejó de procurarle el menor placer, y así, para distraerse, adoptó la costumbre de trepar cruzando paredes y techo en todas direcciones. Le gustaba sobre todo quedarse colgado arriba, en el techo; era muy distinto de estar tendido en el suelo; se respiraba más libremente, un leve balanceo le recorría el cuerpo, y en la distracción casi feliz en que Gregor se encontraba allá arriba, podía suceder que, para su propia sorpresa, se soltara y cayera de golpe al suelo. Pero ahora dominaba su cuerpo de un modo muy distinto a como lo hacía antes, y ni siquiera con una caída tan grande se lastimaba. La hermana advirtió en seguida el nuevo entretenimiento que Gregor se había buscado —pues al arrastrarse iba dejando aquí y allá rastros de su sustancia viscosa— y se le metió en la cabeza facilitar a Gregor el arrastrarse en la mayor medida posible y retirar los muebles que se lo impedían, ante todo el armario y el escritorio. Pero ella sola no era capaz de hacerlo; no se atrevía a pedir ayuda al padre; la criada con toda certeza no la habría ayudado, pues aquella muchacha de unos dieciséis años, si bien resistía con valor desde el despido de la anterior cocinera, había pedido la gracia de poder mantener la cocina permanentemente cerrada con llave y de no tener que abrir sino ante una llamada expresa; a la hermana, por tanto, no le quedó más remedio que recurrir a la madre en una ausencia del padre. La madre acudió entre exclamaciones de agitada alegría, pero enmudeció ante la puerta de la habitación de Gregor. Primero, como es natural, la hermana comprobó si todo estaba en orden en el cuarto; solo entonces dejó entrar a la madre. Gregor, con la mayor prisa, había tirado de la sábana aún más abajo y formado más pliegues, de modo que todo parecía realmente una sábana arrojada por casualidad sobre el canapé. Gregor se abstuvo también esta vez de espiar bajo la sábana; renunció a ver a su madre en esta ocasión y solo se alegró de que al fin hubiera venido. —Ven, no se le ve —dijo la hermana, y al parecer llevaba a la madre de la mano. Gregor oyó entonces cómo las dos débiles mujeres movían de su sitio el armario, que al fin y al cabo era pesado y viejo, y cómo la hermana reclamaba sin cesar la mayor parte del trabajo para sí, sin escuchar las advertencias de la madre, que temía que fuera a agotarse. Llevó mucho tiempo. Al cabo de un cuarto de hora de trabajo, la madre dijo que era mejor dejar el armario donde estaba, pues en primer lugar era demasiado pesado, no acabarían antes de que llegara el padre y, con el armario en medio de la habitación, le cortarían a Gregor todos los caminos; en segundo lugar, no era en absoluto seguro que la retirada de los muebles le hiciera ningún favor a Gregor. A ella le parecía más bien lo contrario; a ella la vista de la pared desnuda le oprimía el corazón de un modo insoportable; ¿y por qué no iba a tener Gregor esa misma sensación, puesto que llevaba tanto tiempo acostumbrado a los muebles de su cuarto y por eso se sentiría abandonado en una habitación vacía? —Y además, ¿no es verdad —concluyó la madre en voz muy baja, casi susurrando, como si quisiera evitar que Gregor, de cuyo paradero exacto nada sabía, oyese siquiera el timbre de su voz, pues de que no entendía las palabras estaba convencida—, ¿no es verdad que quitando los muebles parece como si demostráramos que perdemos toda esperanza de mejoría y lo dejamos abandonado a su suerte sin la menor consideración? Creo que lo mejor sería procurar conservar la habitación exactamente en el estado en que estaba antes, para que Gregor, cuando vuelva con nosotros, encuentre todo inalterado y pueda olvidar tanto más fácilmente el tiempo intermedio.
Al escuchar estas palabras de su madre, Gregor comprendió que la falta de todo trato humano directo, unida a la vida monótona en medio de la familia, debía de haberle trastornado el juicio a lo largo de aquellos dos meses, pues de otro modo no se explicaba que hubiera podido desear en serio que le vaciaran la habitación. ¿Tenía de verdad ganas de que aquel cuarto cálido, acogedoramente amueblado con piezas heredadas, se convirtiera en una caverna en la que entonces, ciertamente, podría arrastrarse sin estorbos en todas direcciones, pero a costa de olvidar al mismo tiempo, con rapidez y por completo, su pasado humano? Ya estaba a punto de olvidarlo, y solo la voz de la madre, que hacía tanto tiempo no escuchaba, lo había despertado. No debía retirarse nada; todo tenía que quedarse; no podía prescindir de la buena influencia de los muebles sobre su estado; y si los muebles le impedían entregarse a aquel arrastrarse sin sentido, no era una pérdida, sino una gran ventaja.
Pero la hermana, por desgracia, era de otra opinión; se había acostumbrado, no sin cierta razón, a actuar ante los padres como una experta sin igual a la hora de tratar los asuntos de Gregor, y así, también ahora, el consejo de la madre fue para la hermana motivo suficiente para empeñarse no ya en la retirada del armario y del escritorio, en los que había pensado al principio, sino en la retirada de todos los muebles, a excepción del imprescindible canapé. Naturalmente, no fueron solo la terquedad infantil y la seguridad en sí misma, tan inesperada y penosamente adquirida en los últimos tiempos, las que determinaron esta exigencia; también había observado de hecho que Gregor necesitaba mucho espacio para arrastrarse y que, en cambio, por lo que se podía ver, no utilizaba los muebles en lo más mínimo. Pero tal vez influyera también el espíritu exaltado propio de las muchachas de su edad, que busca satisfacción a la menor oportunidad y por el cual Grete se dejaba tentar ahora por el deseo de hacer la situación de Gregor todavía más aterradora, para poder hacer aún más por él de lo que hasta entonces había hecho. Pues en una habitación en la que Gregor señoreara en absoluta soledad sobre las paredes desnudas, difícilmente se atrevería a entrar jamás ningún ser humano aparte de Grete.
Y así no se dejó disuadir de su decisión por la madre, que además en aquella habitación parecía insegura de pura zozobra, no tardó en enmudecer y ayudó a la hermana con todas sus fuerzas a sacar el armario. Bueno, del armario aún podía prescindir Gregor en caso de necesidad, pero el escritorio tenía que quedarse. Y apenas las mujeres hubieron salido de la habitación con el armario, contra el cual empujaban gimiendo, cuando Gregor asomó la cabeza por debajo del canapé para ver cómo podía intervenir con cautela y con la mayor consideración posible. Pero por desgracia fue precisamente la madre la primera en regresar, mientras Grete, en la habitación contigua, rodeaba el armario con los brazos y lo balanceaba sola de un lado a otro, sin moverlo, claro está, del sitio. Pero la madre no estaba acostumbrada a la vista de Gregor, que habría podido enfermarla, de modo que Gregor, asustado, corrió hacia atrás a toda prisa hasta el otro extremo del canapé, pero ya no pudo evitar que la sábana se moviera un poco por delante. Eso bastó para llamar la atención de la madre. Se detuvo, permaneció inmóvil un instante y volvió luego junto a Grete.
A pesar de que Gregor se repetía una y otra vez que no ocurría nada extraordinario, sino que solo se estaban cambiando de sitio unos cuantos muebles, aquel ir y venir de las mujeres, sus breves llamadas, el chirrido de los muebles sobre el suelo, acabó teniendo en él, como no tardó en reconocer, el efecto de un gran alboroto alimentado por todas partes, y tuvo que decirse inevitablemente, por mucho que encogiera la cabeza y las patas y aplastara el cuerpo contra el suelo, que no lo resistiría por mucho tiempo. Le estaban desmantelando la habitación; le quitaban todo lo que amaba; ya se habían llevado el armario donde estaban la sierra de calar y otras herramientas; aflojaban ahora el escritorio, ya firmemente clavado en el suelo, sobre el cual había escrito sus tareas como estudiante de la academia de comercio, como alumno de la escuela ciudadana y hasta de la primaria... Ya no le quedaba tiempo para examinar las buenas intenciones de aquellas dos mujeres, de cuya existencia, por lo demás, casi se había olvidado, pues del agotamiento trabajaban ya en silencio y solo se oía el pesado pisar de sus pies.
Fin del Episodio 5 · de 9
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