La metamorfosis·Episodio 02

Capítulo I · II

~14 min · 2735 palabras

Ahí dentro se ha caído algo —dijo el apoderado en la habitación contigua de la izquierda. Gregor intentó imaginarse si al apoderado no podría ocurrirle alguna vez algo semejante a lo que a él le ocurría hoy; en el fondo, había que admitir tal posibilidad. Pero, como en ruda respuesta a esta pregunta, el apoderado dio entonces en la habitación contigua unos pasos firmes e hizo crujir sus botas de charol. Desde la habitación contigua de la derecha, la hermana susurró para avisar a Gregor: —Gregor, el apoderado está aquí. —Lo sé —dijo Gregor para sí; pero no se atrevió a alzar la voz lo bastante como para que su hermana pudiera oírlo.

—Gregor —dijo entonces el padre desde la habitación contigua de la izquierda—, el señor apoderado ha venido y pregunta por qué no has salido en el tren de la mañana. No sabemos qué decirle. Además, quiere hablar contigo personalmente. Así que, por favor, abre la puerta. Ya tendrá la bondad de disculpar el desorden de la habitación. —¡Buenos días, señor Samsa! —gritó afable el apoderado. —No se encuentra bien —dijo la madre al apoderado, mientras el padre aún hablaba junto a la puerta—; no se encuentra bien, créame, señor apoderado. ¡De qué otro modo iba Gregor a perder un tren! Ese muchacho no tiene en la cabeza más que el negocio. Ya casi me disgusta que nunca salga por las noches; ahora ha estado ocho días en la ciudad, y todas las noches se ha quedado en casa. Se sienta con nosotros a la mesa y lee en silencio el periódico o estudia horarios de trenes. Para él ya es una distracción entretenerse haciendo trabajillos de marquetería. Por ejemplo, en el transcurso de dos o tres veladas talló un marquito; se asombrará usted de lo bonito que es; está colgado ahí dentro, en la habitación; en cuanto Gregor abra ya lo verá. Por lo demás, me alegro mucho de que esté usted aquí, señor apoderado; nosotros solos no habríamos logrado que Gregor abriese la puerta; es tan obstinado; y seguro que no se encuentra bien, a pesar de que esta mañana lo haya negado. —Ya voy enseguida —dijo Gregor lenta y pausadamente, sin moverse para no perderse ni una palabra de la conversación. —De otro modo, distinguida señora, tampoco me lo explico yo —dijo el apoderado—; esperemos que no sea nada grave. Aunque por otra parte debo decir que nosotros, los comerciantes —según se mire, por desgracia o por suerte—, muy a menudo tenemos sencillamente que sobreponernos a un ligero malestar por consideraciones comerciales. —¿Puede pasar entonces el señor apoderado a verte? —preguntó impaciente el padre, y llamó de nuevo a la puerta. —No —dijo Gregor. En la habitación contigua de la izquierda se hizo un silencio penoso; en la habitación contigua de la derecha, la hermana comenzó a sollozar.

¿Por qué no iba la hermana con los demás? Seguramente se acababa de levantar de la cama y ni siquiera había empezado a vestirse. ¿Y por qué lloraba? ¿Porque él no se levantaba y no dejaba entrar al apoderado, porque corría el riesgo de perder el puesto y porque entonces el jefe volvería a importunar a los padres con las viejas deudas? Por ahora, esas preocupaciones eran sin duda innecesarias. Gregor aún estaba allí y no pensaba en lo más mínimo en abandonar a su familia. En aquel momento, es cierto, yacía sobre la alfombra, y nadie que conociera su estado le habría exigido con seriedad que dejara entrar al apoderado. Pero por esa pequeña descortesía, para la que sin duda se encontraría más tarde con facilidad una excusa adecuada, no podían despedir a Gregor sin más. Y a Gregor le parecía que sería mucho más sensato dejarlo en paz en ese momento, en vez de importunarlo con llantos y persuasiones. Pero era precisamente la incertidumbre lo que angustiaba a los demás y disculpaba su conducta.

—¡Señor Samsa! —exclamó entonces el apoderado alzando la voz—, ¿qué ocurre? Se atrinchera usted ahí en su habitación, no responde más que con sí o no, causa a sus padres graves e innecesarias preocupaciones y desatiende —dicho sea de paso— sus obligaciones comerciales de una manera francamente inaudita. Hablo aquí en nombre de sus padres y de su jefe, y le pido con toda seriedad una explicación inmediata y clara. Estoy asombrado, verdaderamente asombrado. Creía conocerlo a usted como a un hombre sensato y tranquilo, y ahora parece querer empezar de pronto a hacer ostentación de caprichos extravagantes. El jefe me insinuó esta mañana temprano una posible explicación a su falta —se refería a los cobros que se le han confiado recientemente—, pero la verdad es que casi di mi palabra de honor de que esa explicación no podía ser acertada. Ahora, sin embargo, veo aquí su incomprensible obstinación y pierdo por completo todo deseo de interceder por usted en lo más mínimo. Y su puesto dista mucho de ser el más seguro. En un principio tenía la intención de decirle todo esto a solas, pero ya que me hace perder aquí el tiempo inútilmente, no veo por qué no habrían de enterarse también sus señores padres. Así pues, su rendimiento en los últimos tiempos ha sido muy insatisfactorio; reconocemos que no es la época del año para hacer grandes negocios; pero una época del año en la que no se hagan negocios no existe en absoluto, señor Samsa, no debe existir.

—¡Pero señor apoderado! —gritó Gregor fuera de sí, olvidando todo lo demás en su agitación—, ¡si abro de inmediato, en este mismo instante! Un ligero malestar, un acceso de mareo, me han impedido levantarme. Todavía estoy en la cama. ¡Pero ahora ya vuelvo a sentirme del todo despejado! Justo salgo de la cama. ¡Solo un momentito de paciencia! Aún no va tan bien como creía. Pero ya me encuentro bien. ¡Cómo puede asaltar esto a una persona tan de repente! Ayer por la noche me sentía muy bien, mis padres lo saben, o mejor dicho, ya anoche tuve un pequeño presentimiento. Tendría que habérseme notado. ¡Por qué no lo habré avisado en el negocio! Pero uno siempre piensa que superará la enfermedad sin necesidad de quedarse en casa. ¡Señor apoderado! ¡Tenga consideración con mis padres! No hay ningún motivo para todos los reproches que ahora me hace; además, nunca me habían dicho ni una palabra de ello. Quizá no haya leído usted los últimos pedidos que envié. Por lo demás, saldré de viaje en el tren de las ocho; este par de horas de reposo me han devuelto las fuerzas. ¡No se demore usted más por mí, señor apoderado; enseguida estaré yo mismo en el negocio, y tenga la bondad de comunicarlo y de presentar mis respetos al señor jefe!

Y mientras Gregor soltaba todo esto a borbotones, sin apenas saber lo que decía, se había acercado con facilidad al armario, sin duda gracias a la práctica adquirida ya en la cama, y trataba ahora de erguirse apoyándose en él. De verdad quería abrir la puerta, de verdad quería dejarse ver y hablar con el apoderado; estaba ansioso por saber qué dirían al verlo los demás, que ahora con tanta insistencia reclamaban su presencia. Si se asustaban, Gregor quedaba libre de toda responsabilidad y podía estar tranquilo. Pero si lo aceptaban todo con calma, entonces él tampoco tendría motivos para alterarse y, si se daba prisa, podría estar de verdad en la estación a las ocho. Al principio resbaló unas cuantas veces por el armario liso, pero al fin cobró un último impulso y se mantuvo erguido; ya no prestaba atención a los dolores del bajo vientre, por mucho que le ardieran. Entonces se dejó caer contra el respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se agarró con sus patitas. Con ello había recuperado también el dominio de sí mismo y enmudeció, pues ahora ya podía escuchar al apoderado.

—¿Ha entendido usted siquiera una palabra? —preguntó el apoderado a los padres—. ¿No se estará burlando de nosotros? —¡Por el amor de Dios —exclamó la madre ya entre sollozos—, tal vez esté gravemente enfermo y lo estamos atormentando! ¡Grete! ¡Grete! —gritó después—. —¿Madre? —llamó la hermana desde el otro lado. Se comunicaban a través de la habitación de Gregor—. Tienes que ir en este mismo instante a buscar al médico. Gregor está enfermo. ¡Rápido a por el médico! ¿Has oído hablar ahora a Gregor? —Eso era la voz de un animal —dijo el apoderado, en un tono llamativamente bajo en comparación con los gritos de la madre—. ¡Anna! ¡Anna! —llamó el padre a través del recibidor hacia la cocina, dando palmadas—, ¡a buscar de inmediato a un cerrajero! Y ya corrían las dos muchachas con faldas crujientes por el recibidor —¿cómo se había vestido la hermana tan deprisa?— y abrieron de par en par la puerta de la vivienda. No se oyó en absoluto cerrarse la puerta; sin duda la habían dejado abierta, como suele ser costumbre en las casas donde ha acontecido una gran desgracia.

Gregor, sin embargo, se había tranquilizado mucho. Cierto es que ya no se comprendían sus palabras, a pesar de que a él le habían parecido bastante claras, más claras que antes, tal vez por habituación del oído. Pero, al fin y al cabo, ya se creía que algo no marchaba del todo bien con él y estaban dispuestos a ayudarle. La confianza y la seguridad con que se habían tomado las primeras disposiciones le hicieron bien. Volvía a sentirse integrado en el círculo humano y esperaba de ambos, del médico y del cerrajero, sin distinguirlos propiamente con precisión, logros grandiosos y sorprendentes. A fin de conseguir una voz lo más clara posible para las decisivas conversaciones que se avecinaban, tosió un poco, esforzándose, eso sí, en hacerlo de forma muy apagada, pues era muy posible que incluso aquel ruido sonara distinto de una tos humana, cosa que él mismo ya no se atrevía a juzgar. En la habitación contigua, entretanto, se había hecho un silencio absoluto. Tal vez los padres estaban sentados a la mesa con el apoderado cuchicheando; tal vez todos estaban pegados a la puerta, escuchando.

Gregor se fue arrastrando lentamente con el sillón hacia la puerta, lo soltó allí, se arrojó contra la hoja, se sostuvo erguido contra ella —las almohadillas de sus patitas tenían un poco de sustancia adhesiva— y descansó allí del esfuerzo por un instante. Pero luego se puso a girar con la boca la llave en la cerradura. Parecía, por desgracia, que carecía de verdaderos dientes —¿con qué iba a agarrar la llave?—, pero a cambio las mandíbulas eran, desde luego, muy fuertes; con su ayuda logró poner en movimiento la llave, sin reparar en que indudablemente se estaba causando algún daño, pues un líquido parduzco le brotaba de la boca, corría por la llave y goteaba en el suelo. —Escuchen nada más —dijo el apoderado en la habitación contigua—, está haciendo girar la llave. Aquello fue para Gregor un gran estímulo; pero todos deberían haberle gritado, también el padre y la madre: —¡Ánimo, Gregor —deberían haber gritado—, adelante, duro con la cerradura!—. Y con la idea de que todos seguían con expectación sus esfuerzos, mordió la llave con cuanta fuerza pudo reunir, fuera de sí. Al compás del avance del giro bailaba en torno a la cerradura, sosteniéndose ya solo con la boca, y según hiciera falta se colgaba de la llave o la empujaba hacia abajo con todo el peso de su cuerpo. El chasquido más claro del pestillo que por fin saltaba reanimó literalmente a Gregor. Respirando aliviado, se dijo: —De modo que no me ha hecho falta el cerrajero—, y apoyó la cabeza en el picaporte para abrir la puerta por completo.

Como tuvo que abrir la puerta de este modo, esta ya estaba bastante abierta y a él todavía no se le veía. Primero tuvo que girar lentamente alrededor de la hoja de la puerta, y con mucho cuidado, si no quería caer torpemente de espaldas justo antes de entrar en la habitación. Aún estaba ocupado en aquel difícil movimiento, sin tiempo para fijarse en otra cosa, cuando oyó al apoderado soltar un sonoro «¡oh!» —sonó como el silbido del viento—, y entonces lo vio también a él, que era el más cercano a la puerta, taparse con la mano la boca abierta y retroceder lentamente, como si lo empujara una fuerza invisible y constante. La madre —que a pesar de la presencia del apoderado estaba allí con el pelo revuelto aún de la noche y levantado hacia arriba— miró primero al padre con las manos juntas, dio luego dos pasos hacia Gregor y cayó en medio de sus faldas, que se extendían en derredor, con el rostro totalmente oculto, hundido en el pecho. El padre apretó el puño con expresión hostil, como si quisiera empujar a Gregor de vuelta a su habitación, miró luego con incertidumbre a su alrededor por la sala de estar, se cubrió los ojos con las manos y lloró de tal modo que su poderoso pecho se estremecía.

Gregor no llegó a entrar en la habitación, sino que se apoyó por dentro contra la hoja de la puerta encajada por el cerrojo, de modo que solo se veía la mitad de su cuerpo y, por encima de ella, la cabeza inclinada hacia un lado, con la que atisbaba a los demás. Entretanto había aclarado mucho; al otro lado de la calle se distinguía nítidamente una sección del interminable edificio gris negruzco de enfrente —era un hospital—, con sus regulares ventanas que quebraban con dureza la fachada; la lluvia seguía cayendo, pero solo con gotas grandes, visibles una a una y arrojadas casi una por una contra el suelo. La vajilla del desayuno cubría la mesa con gran abundancia, pues para el padre el desayuno era la comida más importante del día, la cual prolongaba durante horas con la lectura de varios periódicos. Justo en la pared de enfrente colgaba una fotografía de Gregor de su época de servicio militar, que lo representaba como teniente, con la mano en el espadín y una sonrisa despreocupada, exigiendo respeto para su porte y su uniforme. La puerta del recibidor estaba abierta y, como la puerta de la vivienda también lo estaba, se veía el rellano de la casa y el comienzo de la escalera que bajaba.

—Bueno —dijo Gregor, bien consciente de que era el único que había conservado la calma—, me vestiré ahora mismo, recogeré el muestrario y me marcharé. ¿Queréis, queréis dejarme marchar? Bien, señor apoderado, ya ve que no soy terco y que trabajo con gusto; viajar es penoso, pero yo no sabría vivir sin viajar. ¿Adónde va usted, señor apoderado? ¿Al almacén? ¿Sí? ¿Dará usted cuenta de todo ajustándose a la verdad? En un momento dado uno puede verse incapacitado para trabajar, pero ese es precisamente el momento oportuno para recordar los servicios prestados con anterioridad y considerar que más adelante, una vez superado el obstáculo, se trabajará sin duda con mayor diligencia y concentración. Al señor jefe le debo tanto, bien lo sabe usted. Por otra parte, tengo la preocupación por mis padres y por mi hermana. Me hallo en un apuro, pero ya saldré adelante trabajando. ¡No me lo ponga usted más difícil de lo que ya es! ¡Póngase de mi parte en el almacén! Al viajante no se le tiene aprecio, bien lo sé. Se piensa que gana un dineral y que encima se da la gran vida. Ni siquiera hay un motivo particular para reflexionar mejor sobre ese prejuicio. Pero usted, señor apoderado, tiene una visión de conjunto de la situación más cabal que el resto del personal, e incluso, dicho sea en total confidencia, más cabal que la del propio señor jefe, quien, en su condición de empresario, se deja extraviar fácilmente en su juicio en detrimento de un empleado. Bien sabe usted también que el viajante, que pasa casi todo el año fuera del almacén, puede convertirse con tanta facilidad en víctima de habladurías, casualidades y quejas infundadas, contra las cuales le es del todo imposible defenderse, ya que casi nunca llega a enterarse de ellas, y solo cuando, exhausto, regresa de un viaje, sufre en propia carne en su casa las funestas consecuencias, cuyas causas ya no se alcanzan a desentrañar. ¡Señor apoderado, no se marche sin haberme dicho unas palabras que demuestren que al menos en parte me da usted la razón!

Fin del Episodio 2 · de 9

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