La metamorfosis·Episodio 01

Capítulo I · I

~13 min · 2504 palabras

Una mañana, al despertar de sueños intranquilos, Gregor Samsa se encontró en su cama transformado en un monstruoso insecto. Yacía sobre su espalda, dura como un caparazón, y al levantar un poco la cabeza vio su vientre convexo, pardo, dividido por callosidades arqueadas, sobre cuya cúspide apenas lograba sostenerse el cobertor, a punto ya de resbalar por completo. Sus numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el resto de su volumen, se agitaban impotentes ante sus ojos.

—¿Qué me ha ocurrido? —pensó. No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, sólo que algo pequeña, descansaba tranquila entre sus cuatro bien conocidas paredes. Sobre la mesa, en la que se hallaba extendido un muestrario desembalado de paños —Samsa era viajante de comercio—, colgaba la estampa que poco antes había recortado de una revista ilustrada y colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama que, ataviada con gorro y boa de pieles, permanecía sentada muy erguida y sostenía hacia el espectador un pesado manguito de piel, en el que había desaparecido su antebrazo entero.

La mirada de Gregor se dirigió luego hacia la ventana, y el tiempo sombrío —se oían caer las gotas de lluvia sobre el vierteaguas de cinc— lo puso del todo melancólico. —¿Qué tal si siguiera durmiendo un poco más y olvidase todas estas insensateces? —pensó, pero eso era del todo irrealizable, pues estaba acostumbrado a dormir sobre el costado derecho y en su estado actual era incapaz de ponerse en semejante postura. Por más fuerza que pusiera al lanzarse sobre el lado derecho, una y otra vez volvía a balancearse sobre la espalda. Lo intentó bien un centenar de veces, cerrando los ojos para no ver el pataleo de aquellas extremidades, y sólo cejó cuando empezó a notar en el costado un dolor leve y sordo, jamás sentido hasta entonces.

—¡Ay, Dios! —pensó—, ¡qué profesión tan agotadora he elegido! Un día tras otro de viaje. El ajetreo comercial es mucho mayor que en la propia sede del negocio, y por si fuera poco, tengo que cargar con este tormento de los viajes, las preocupaciones por los enlaces de trenes, la comida irregular y mala, un trato humano en continuo cambio, efímero, que jamás llega a ser cordial. ¡Que se lo lleve todo el diablo! Sintió un leve picor en la parte superior del vientre; se deslizó despacio sobre la espalda hacia el poste de la cama para poder levantar mejor la cabeza; encontró el sitio que le picaba, cubierto enteramente de pequeños puntos blancos que no supo cómo interpretar; y quiso palpar la zona con una pata, pero la retiró de inmediato, pues al contacto le invadieron escalofríos.

Volvió a deslizarse a su postura anterior. —Esto de madrugar tanto —pensó— lo atonta a uno por completo. El hombre necesita sus horas de sueño. Otros viajantes viven como odaliscas. Si yo, por ejemplo, vuelvo a la posada a lo largo de la mañana para pasar a limpio los pedidos obtenidos, esos caballeros se encuentran apenas sentados a desayunar. No tendría más que intentarlo con mi jefe; me pondría de patitas en la calle en el acto. Quién sabe, por lo demás, si no sería lo mejor para mí. Si no me contuviera por mis padres, hace ya tiempo que me habría despedido; me habría plantado ante el jefe y le habría dicho desde el fondo de mi corazón todo lo que pienso. ¡De la mesa de despacho se habría caído! También es una curiosa costumbre esa de sentarse sobre el pupitre y hablarle desde las alturas al empleado, quien además, por la sordera del jefe, tiene que acercarse muchísimo. Bueno, la esperanza no se ha perdido por completo; en cuanto reúna el dinero para saldar la deuda de mis padres con él —serán aún unos cinco o seis años—, lo haré sin falta. Entonces se cortará por lo sano. Por ahora, de todos modos, tengo que levantarme, pues mi tren sale a las cinco.

Y miró hacia el despertador, que hacía tictac encima del armario. —¡Santo Cielo! —pensó. Eran las seis y media y las manecillas avanzaban tranquilamente; ya había pasado incluso de la media, se acercaba ya a menos cuarto. ¿Acaso no habría sonado el despertador? Desde la cama se veía que estaba debidamente puesto a las cuatro; seguro que también había sonado. Sí, pero ¿era posible dormir con tanta tranquilidad con aquel timbrazo que estremecía los muebles? Bueno, lo que se dice tranquilo no había dormido, pero probablemente con más profundidad por ello. Pero ¿qué debía hacer ahora? El tren siguiente salía a las siete; para alcanzarlo habría tenido que darse una prisa disparatada, el muestrario aún no estaba empaquetado y él mismo no se sentía nada fresco ni ágil. Y aun si alcanzaba el tren, no se libraría de una bronca del jefe, pues el mozo de la empresa había esperado en el tren de las cinco y ya hacía rato que habría informado de su ausencia. Era una criatura del jefe, sin dignidad ni juicio propio. ¿Y si se declaraba enfermo? Mas eso resultaría en extremo embarazoso y sospechoso, pues Gregor, en sus cinco años de servicio, no había estado enfermo ni una sola vez. Con certeza vendría el jefe con el médico del seguro de enfermedad, reprocharía a sus padres la holgazanería del hijo y cortaría de raíz cualquier objeción remitiéndose al dictamen del médico, para quien no existen más que individuos perfectamente sanos, pero reacios al trabajo. Y, por lo demás, ¿estaría tan equivocado en este caso? Gregor se sentía en realidad bastante bien, prescindiendo de una somnolencia de veras superflua tras tan largo sueño, e incluso tenía un apetito especialmente voraz.

Mientras sopesaba todo esto a toda prisa, sin poder decidirse a abandonar la cama —el despertador daba precisamente las siete menos cuarto—, llamaron con cautela a la puerta situada a la cabecera de su cama. —Gregor —dijeron; era la madre—, son las siete menos cuarto. ¿No tenías que salir de viaje? ¡Aquella voz tan suave! Gregor se asustó al oír la suya al responder, que era sin duda y de modo inconfundible la de antes, pero en la que se mezclaba, como desde el fondo, un pitido doloroso e incontenible que sólo en el primer instante dejaba las palabras en toda su claridad, para destruirlas en el eco posterior de tal modo que uno no sabía si había oído bien. Gregor habría querido responder con detalle y explicarlo todo, pero dadas las circunstancias se limitó a decir: —Sí, sí, gracias, madre; ya me levanto. Debido a la puerta de madera, el cambio en la voz de Gregor no debió de notarse desde fuera, pues la madre se tranquilizó con esta explicación y se alejó arrastrando los pies. Pero a causa de aquel breve diálogo, los demás miembros de la familia se percataron de que Gregor, contra lo esperado, aún estaba en casa, y ya llamaba el padre a una de las puertas laterales, débilmente, pero con el puño cerrado. —¡Gregor, Gregor! —gritó—, ¿qué pasa? —Y al cabo de un instante insistió de nuevo con voz más profunda—: ¡Gregor! ¡Gregor! En la otra puerta lateral, en cambio, la hermana se lamentaba en voz baja: —¿Gregor? ¿No te sientes bien? ¿Necesitas algo? A ambos lados respondió Gregor: —Ya estoy listo —y se esforzó por despojar a su voz de cualquier anomalía mediante la pronunciación más esmerada y la inserción de largas pausas entre palabra y palabra. El padre regresó entonces a su desayuno, pero la hermana susurró: —Gregor, abre, te lo suplico. Gregor, sin embargo, ni pensaba en abrir, sino que bendijo la precaución, adquirida en los viajes, de cerrar con llave por la noche todas las puertas, incluso en casa.

Ante todo quería levantarse tranquilo y sin que nadie lo molestase, vestirse y, sobre todo, desayunar, y sólo después pensar en lo demás, pues se daba perfecta cuenta de que en la cama sus reflexiones no lo llevarían a ninguna conclusión sensata. Recordó que a menudo había sentido en la cama algún dolor leve, producido tal vez por una mala postura, que luego, al levantarse, resultaba ser una simple ilusión, y tenía curiosidad por ver cómo se disiparían paulatinamente sus figuraciones de hoy. No dudaba lo más mínimo de que el cambio en su voz no era otra cosa que el síntoma precursor de un buen resfriado, enfermedad profesional de los viajantes.

Quitarse de encima el cobertor era facilísimo; sólo tuvo que hincharse un poco y cayó por sí solo. Pero a partir de ahí la cosa se puso difícil, sobre todo porque era extraordinariamente ancho. Habría necesitado brazos y manos para incorporarse; en lugar de eso, sin embargo, sólo tenía las numerosas patitas, que no cesaban de moverse en las direcciones más diversas y que además no lograba dominar. Si quería doblar una, era la primera en estirarse; y cuando al fin conseguía ejecutar con esa pata lo que pretendía, todas las demás trabajaban entretanto, como liberadas de todo freno, en una agitación extrema y dolorosa. —Nada de quedarse inútilmente en la cama —se dijo Gregor.

Al principio quiso salir de la cama con la parte inferior de su cuerpo, pero esta parte inferior, que por lo demás todavía no había visto y de la que tampoco podía formarse una idea cabal, resultó ser demasiado difícil de mover; la cosa iba muy despacio; y cuando por fin, casi enloquecido, reuniendo todas sus fuerzas, se empujó hacia adelante sin miramientos, erró la dirección, chocó violentamente contra el poste inferior de la cama, y el dolor ardiente que sintió le enseñó que precisamente la parte inferior de su cuerpo era en aquel momento tal vez la más sensible.

Intentó, por tanto, sacar primero la parte superior del cuerpo fuera de la cama, y giró con cuidado la cabeza hacia el borde. Esto se logró con facilidad y, a pesar de su anchura y pesadez, la masa de su cuerpo acabó por seguir lentamente el giro de la cabeza. Pero cuando por fin tuvo la cabeza fuera de la cama, al aire libre, le dio miedo seguir avanzando de ese modo, pues si acababa dejándose caer así, tendría que ocurrir un verdadero milagro para que la cabeza no resultase herida. Y perder el conocimiento era algo que, precisamente ahora, no se podía permitir a ningún precio; prefería quedarse en la cama.

Pero cuando, tras un esfuerzo similar, volvió a quedar allí tendido suspirando como antes, y vio de nuevo cómo sus patitas batallaban entre sí, si cabe con más furor, sin encontrar modo alguno de poner paz y orden en semejante anarquía, volvió a decirse que era imposible permanecer en la cama y que lo más sensato era sacrificarlo todo si existía la menor esperanza de librarse con ello de la cama. Al mismo tiempo, sin embargo, no dejaba de recordarse de cuando en cuando que una reflexión sosegada, sosegadísima, era mucho mejor que las resoluciones desesperadas. En tales momentos fijaba los ojos con la mayor agudeza posible en la ventana, pero por desgracia la visión de la niebla matinal, que cubría incluso el otro lado de la estrecha calle, infundía poca confianza y ánimo. —Ya son las siete —se dijo al sonar de nuevo el despertador—, ya son las siete y todavía semejante niebla. Y durante un rato permaneció quieto, respirando débilmente, como si tal vez esperase del silencio absoluto el restablecimiento de las circunstancias reales y naturales.

Pero luego se dijo: —Antes de que den las siete y cuarto tengo que haber salido por completo de la cama. Por lo demás, para entonces vendrá también alguien del almacén a preguntar por mí, pues el almacén se abre antes de las siete. Y se dispuso a balancear el cuerpo en toda su longitud, de manera enteramente uniforme, para sacarlo de la cama. Si se dejaba caer de la cama de este modo, la cabeza, que pensaba levantar bruscamente en la caída, permanecería con toda probabilidad ilesa. La espalda parecía ser dura; a ella no le ocurriría nada al caer sobre la alfombra. Lo que más reparos le causaba era el estruendo que forzosamente se produciría, y que probablemente suscitaría, si no espanto, al menos inquietud tras todas las puertas. Pero había que arriesgarse.

Cuando Gregor ya asomaba la mitad del cuerpo fuera de la cama —el nuevo método era más un juego que un esfuerzo, solo necesitaba balancearse a impulsos sucesivos—, se le ocurrió lo sencillo que sería todo si acudieran en su ayuda. Dos personas robustas —pensó en su padre y en la criada— habrían bastado por completo; no habrían tenido más que deslizar los brazos bajo su curvada espalda, extraerlo así de la cama, agacharse con la carga y luego limitarse a consentir con cuidado que él ejecutase el balanceo decisivo en el suelo, donde era de esperar que las patitas cobraran algún sentido. Ahora bien, dejando aparte que las puertas estaban cerradas con llave, ¿habría debido realmente pedir socorro? A pesar de toda su tribulación, no pudo reprimir una sonrisa ante semejante pensamiento.

Ya había llegado a un punto en que apenas conservaba el equilibrio si se mecía con más fuerza, y muy pronto tendría que tomar una decisión definitiva, pues faltaban cinco minutos para las siete y cuarto, cuando llamaron a la puerta de la vivienda. —Es alguien del almacén —se dijo, y casi se quedó paralizado, mientras sus patitas bailaban con más prisa aún. Durante un instante todo permaneció en silencio. —No abren —se dijo Gregor, presa de alguna insensata esperanza. Pero entonces, como siempre, la criada fue hacia la puerta con paso firme y abrió. A Gregor le bastó con oír las primeras palabras de saludo del visitante para saber quién era: el apoderado en persona. ¿Por qué estaba condenado Gregor a prestar servicio en una empresa donde la menor falta despertaba de inmediato las mayores sospechas? ¿Acaso eran todos los empleados, sin excepción, una cuadrilla de granujas? ¿No había entre ellos ningún hombre fiel y entregado que, aun desaprovechando para el negocio tan solo un par de horas de la mañana, se volviese loco por los remordimientos de conciencia y fuera del todo incapaz de abandonar la cama? ¿No bastaba en verdad con enviar a un aprendiz para preguntar —si es que semejante indagación era necesaria—, sino que tenía que venir el mismísimo apoderado, teniendo que mostrarse así a toda una familia inocente que la investigación de este asunto sospechoso solo podía encomendarse a las luces del apoderado? Y más por la excitación en que tales reflexiones sumieron a Gregor que por una verdadera resolución, se lanzó con todas sus fuerzas fuera de la cama. Se produjo un golpe sonoro, pero no fue un auténtico estruendo. La caída quedó amortiguada en parte por la alfombra, y además la espalda era más elástica de lo que Gregor había creído; de ahí que el sonido sordo no resultara tan llamativo. Solo que no había mantenido la cabeza con la debida precaución y se la golpeó; la giró y la frotó contra la alfombra, de rabia y de dolor.

Fin del Episodio 1 · de 9

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