La metamorfosis·Episodio 03

Capítulo I · III

~7 min · 1304 palabras

Pero el apoderado se había apartado ya ante las primeras palabras de Gregor, y solo mirando por encima del hombro estremecido, con los labios fruncidos de desprecio, volvía la vista hacia él. Y durante el discurso de Gregor no permaneció quieto ni un instante, sino que, sin apartar los ojos de él, fue retirándose hacia la puerta, pero muy poco a poco, como si existiese una secreta prohibición de abandonar la estancia. Ya se encontraba en el recibidor, y, a juzgar por el brusco movimiento con que retiró por última vez el pie de la sala de estar, se habría podido pensar que acababa de quemarse la suela. Ya en el recibidor, estiró la mano derecha hacia la escalera, como si allí le aguardase una salvación casi sobrenatural.

Gregor comprendió que en modo alguno debía dejar marchar al apoderado en semejante disposición de ánimo, si no quería que su puesto en el negocio quedase sumamente comprometido. Sus padres no entendían todo aquello tan bien; en el transcurso de los largos años se habían formado la convicción de que Gregor tenía la vida asegurada en aquel negocio, y, además, estaban tan ocupados con las preocupaciones del momento que habían perdido toda previsión. Pero Gregor sí la tenía. Había que retener al apoderado, calmarlo, convencerlo y, por último, ganárselo; ¡el porvenir de Gregor y de su familia dependía de ello! ¡Ojalá la hermana hubiese estado allí! Ella era inteligente; ya había llorado cuando Gregor aún yacía tranquilo sobre la espalda. Y seguro que el apoderado, ese admirador de las mujeres, se habría dejado guiar por ella; habría cerrado la puerta de la vivienda y le habría quitado el espanto en el recibidor. Pero la hermana no estaba allí, y Gregor tenía que actuar por sí mismo. Y sin pararse a pensar que aún desconocía por completo sus facultades actuales de movimiento, sin pensar tampoco en que sus palabras tal vez, o más bien probablemente, no habían vuelto a ser comprendidas, abandonó la hoja de la puerta, se deslizó a través de la abertura y quiso dirigirse hacia el apoderado, que ya se agarraba ridículamente con ambas manos a la barandilla del rellano; pero de pronto, buscando un asidero, cayó con un leve gemido sobre sus numerosas patitas. Apenas sucedió esto, sintió por primera vez en aquella mañana un bienestar corporal; las patitas pisaban suelo firme; obedecían a la perfección, como advirtió con alegría, e incluso pugnaban por transportarlo adonde él deseaba; y ya creyó que la mejoría definitiva de todos sus males era inminente. Pero en aquel mismo instante, mientras yacía allí en el suelo, meciéndose a causa de su movimiento contenido, no muy lejos de su madre y justo frente a ella, esta, que parecía tan absorta en sí misma, dio de pronto un brinco con los brazos extendidos y los dedos separados, y gritó: «¡Socorro, por Dios, socorro!», inclinó la cabeza como si quisiera ver mejor a Gregor, pero, contradiciendo tal intención, retrocedió a ciegas; olvidó que detrás de ella estaba la mesa servida; se sentó con precipitación sobre ella al alcanzarla, como distraída, y no pareció advertir en absoluto que, a su lado, de la gran cafetera volcada, el café se derramaba a raudales sobre la alfombra.

—Madre, madre —dijo Gregor en voz baja, alzando la vista hacia ella. El apoderado se le había ido por un momento de la cabeza; en cambio, ante la vista del café que corría, no pudo reprimir el chasquear las mandíbulas varias veces en el vacío. Ante esto, la madre volvió a gritar, huyó de la mesa y cayó en los brazos del padre, que corría a su encuentro. Pero Gregor no tenía ahora tiempo para sus padres; el apoderado estaba ya en la escalera; con la barbilla sobre la barandilla, miró hacia atrás por última vez. Gregor tomó impulso para alcanzarlo con la mayor seguridad posible; el apoderado debió de sospechar algo, pues dio un salto sobre varios peldaños y desapareció; pero aún gritó: «¡Uf!», y el grito resonó por toda la caja de la escalera. Por desgracia, esta fuga del apoderado pareció desconcertar también por completo al padre, que hasta entonces se había mostrado relativamente sereno, pues, en vez de correr él mismo tras el apoderado o al menos no entorpecer la persecución de Gregor, agarró con la diestra el bastón del apoderado, que este se había dejado sobre un sillón junto con el sombrero y el gabán, tomó con la izquierda un gran periódico de la mesa y se dispuso, pateando el suelo y blandiendo el bastón y el periódico, a hacer retroceder a Gregor a su habitación. De nada sirvieron los ruegos de Gregor, ningún ruego fue tampoco comprendido; por más humildemente que girase la cabeza, el padre pateaba con más fuerza todavía. Al otro lado, a pesar del tiempo frío, la madre había abierto una ventana de par en par y, asomada a ella, hundía la cara muy afuera entre las manos. Entre la calle y la caja de la escalera se formó una fuerte corriente de aire, las cortinas de las ventanas se agitaron, los periódicos de la mesa crujieron y algunas hojas volaron por el suelo. Inexorable, el padre hostigaba y profería silbidos como un salvaje. Ahora bien, Gregor no tenía práctica alguna en andar hacia atrás, y la maniobra iba en verdad muy lenta. Si tan solo le hubiese estado permitido darse la vuelta, habría entrado enseguida en su habitación, pero temía impacientar al padre con ese lento giro, y en cualquier momento le amenazaba el golpe mortal del bastón que empuñaba el padre sobre la espalda o sobre la cabeza. Al fin, sin embargo, a Gregor no le quedó otra opción, pues advirtió con horror que al retroceder ni siquiera era capaz de conservar la dirección; de modo que empezó, lanzando incesantes y temerosas miradas de reojo al padre, a darse la vuelta lo más deprisa posible, aunque en realidad no fuese sino con gran lentitud. Quizá el padre apreció su buena voluntad, pues no lo molestó en ello, sino que incluso dirigió de vez en cuando el giro desde lejos con la punta del bastón. ¡Si no hubiera sido por aquel insoportable silbido del padre! Hacía que Gregor perdiese por entero la cabeza. Estaba ya casi completamente girado cuando, atento siempre a ese silbido, llegó a equivocarse y volvió a girar un trecho hacia atrás. Pero cuando por fin logró situar felizmente la cabeza frente a la abertura de la puerta, se comprobó que su cuerpo era demasiado ancho para pasar sin más. Al padre, por supuesto, en su estado actual, ni remotamente se le ocurrió abrir la otra hoja de la puerta para dejar a Gregor espacio suficiente. Su obsesión era tan solo que Gregor entrase lo antes posible en su habitación. Jamás habría consentido tampoco los prolijos preparativos que Gregor necesitaba para enderezarse y tal vez cruzar la puerta de ese modo. En cambio, empujaba a Gregor hacia adelante haciendo un ruido tremendo, como si no existiese obstáculo alguno; detrás de Gregor aquello ya no sonaba en absoluto a la voz de un solo padre; la cosa ya no admitía bromas, y Gregor se precipitó— pasara lo que pasase —en la abertura. Un costado de su cuerpo se levantó, quedó cruzado en el vano de la puerta, un flanco se le desolló por completo, en la blanca puerta quedaron manchas repugnantes, pronto se quedó atascado y ya no habría podido moverse por sí solo, las patitas de un lado colgaban temblorosas arriba, en el aire, las del otro estaban dolorosamente aplastadas contra el suelo; entonces el padre le propinó por detrás un golpe enérgico, verdaderamente liberador, y Gregor voló, sangrando copiosamente, al interior de su habitación. La puerta fue cerrada aún de un golpe con el bastón, y luego se hizo por fin el silencio.

Fin del Episodio 3 · de 9

Capítulo I · III

Siguiente Episodio 4~13 minCapítulo II · I“Pero ¿y si ahora toda la tranquilidad, toda la prosperidad, todo el sosiego habían de tener un final espantoso?”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.