El vado de Pascual
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El barranco caía en picada hacia el cañón del río Limay. En el fondo, el agua negra y brava bramaba entre los bloques de basalto, arrastrando témpanos quebrados con un ruido seco de cristales rotos.
Bianca corría tropezando con las raíces enterradas bajo el manto blanco. Las ramas bajas le azotaban la cara, dejándole marcas ardientes en los pómulos.
Detrás, a menos de trescientos metros falda arriba, las linternas de los rastreadores bailaban entre los troncos como luciérnagas histéricas. Los ladridos de los perros se escuchaban claros, ensordecedores, rebotando en las paredes de piedra volcánica.
—¡Por la orilla del cañadón! —gritó la voz de Nahuel a lo lejos—. ¡No la dejen ganar el río!
Bianca saltó sobre una grieta de hielo. El suelo cedió bajo su pie derecho y rodó ladera abajo entre piedras filosas y espinas de calafate.
El golpe contra una roca plana le sacó todo el aire de los pulmones. Quedó boca arriba, mirando el cielo plomizo del amanecer que empezaba a clarear con una luz violeta y desolada.
La mochila se había desgarrado en un costado. La lata oxidada con la libreta de su padre seguía apretada bajo su brazo izquierdo, golpeándole el costado como un corazón de hierro.
En la montaña nadie te salva gratis; a veces el precio es simplemente aceptar que estás vivo.
Intentó levantarse, pero la pierna derecha le falló con una punzada ardiente en el tobillo. Se arrastró sobre los codos, sintiendo el rocío helado del río salpicarle la frente. El agua estaba a tres metros. Tres metros de corriente furiosa que congelaría a cualquiera en menos de dos minutos.
Un sabueso de manchas pardas rompió el cerco de ramas con las fauces abiertas y la baba congelada en los belfos.
Bianca apretó los dientes, recogió una piedra filosa del lecho y se preparó para morir peleando.
De golpe, un disparo seco retumbó en la quebrada.
No fue una bala de fusil: fue el estampido metálico de una escopeta de dos caños cargada con sal gruesa. El perro aulló asustado y pegó un salto hacia atrás, refugiándose en los matorrales.
Una sombra enorme salió de entre los sauces secos de la orilla.
Una mano curtida por el trabajo con piñones y cuero crudo la levantó del cuello del abrigo con la facilidad con que se levanta a un cachorro empapado.
—Te dije que la yerba cara rinde más si le das vuelta la montañita —dijo una voz que olía a tabaco armado y mate cocido con cáscara de naranja.
Pascual Meliqueo.
Llevaba una campera de cuero de chivo dada vuelta, la escopeta vieja quebrada bajo el brazo y las botas de goma embarradas hasta las rodillas. A diez metros, metido debajo del puente viejo de durmientes del ferrocarril clausurado, roncaba el motor destartalado de un Ford Falcon verde con cadenas oxidadas en las cuatro ruedas.
—¿Qué hacés acá, idiota? —gimió Bianca entre lágrimas de rabia y alivio—. Te van a matar los Loncopán.
—Mi vieja me dijo que si no traía la harina no volviera a la casa —respondió él con una sonrisa torcida, empujándola hacia el asiento del acompañante del Falcon—. Y resulta que la mejor harina de la cordillera se consigue del otro lado del Limay.
Pascual tiró la mochila de Bianca adentro, pegó un portazo que hizo temblar la chapa abollada del auto y saltó al volante.
Metió primera con un crujido de engranajes que se escuchó hasta en Chile y el auto salió arando sobre el ripio escarchado, metiéndose de lleno en las aguas bajas del vado antes de que las balas de los Véliz pudieran alcanzar la orilla libre.
Despertar no dolió; dolió volver a respirar.
El aire no tenía ese filo de gasóleo y chapa oxidada del gimnasio de Cañadón Frío. Olía a resina dulce de ñire seco, a lana cruda tendida sobre un tirante y a ese vaho espeso de grasa de torta frita que se queda flotando en las cocinas de campo cuando la leña agarra con ganas.
Bianca abrió los ojos despacio. El techo era de vigas de ciprés peladas a hacha y piedras volcánicas encastradas sin mezcla, con musgo seco metido en las rendijas para atajar la nevasca.
Estaba acostada sobre un catre de hierro con tres mantas de telar araucano pesándole sobre el pecho como un caparazón de plomo. Debajo de la lana, tenía el tobillo derecho vendado con tiras de sábana limpia y untado en grasa de potro que calmaba el dolor punzante de la caída.
—Si pensás saltar por la ventana, te aviso que afuera hay medio metro de nieve virgen y la ventana tiene reja de arado —dijo una voz desde el rincón de la estufa.
Pascual Meliqueo estaba sentado en una banqueta petisa de sauce, raspando la corteza de una rama con una navaja de cabo de ciervo. Tenía el mate de calabaza apoyado sobre el muslo y la pava de aluminio chillando sobre la chapa al rojo.
—¿Dónde estamos? —preguntó ella, con la garganta seca como un camino de ripio en enero.
—Puesto La Horqueta. Cuatro leguas al sur del Limay. Acá la jurisdicción de los Véliz vale exactamente lo mismo que un billete de diez pesos arrugado en el fondo del río.
El silencio en una cocina caliente es el primer perdón que el cuerpo entiende.
Bianca intentó incorporarse. El cuerpo entero le pasó factura: moretones morados en las costillas, arañazos en las mejillas y los músculos de las piernas acalambrados por la carrera contra los reflectores de la camioneta. Pero al apoyar los pies descalzos sobre el piso de barro pisado, notó algo raro.
El frío no le mordía los huesos.
Dentro de su pecho, allí donde durante dieciocho años había sentido un vacío frío y mudo, latía un calor constante, un pulso bajo y terco que sincronizaba con el chasquido de la leña.
—Tu vieja solía decir que la sangre de los Pezoa no se apaga; solo se hace la muerta hasta que la arrinconan —dijo Pascual, pasándole un jarro de lata con mate cocido hirviendo y dos cucharadas de azúcar negra.
Bianca sostuvo el jarro con las dos manos. El metal caliente le quemó las palmas ateridas, pero no lo soltó.
—Lisandro me repudió frente a todo el pueblo, Pascual. Me dieron doce horas para desaparecer.
—Lisandro es un pibe asustado con un poncho prestado que le queda grande en los hombros —respondió Pascual sin levantar la vista de su madera—. El problema no es que te haya echado a vos. El problema es lo que dejó escapar sin darse cuenta.
Fin del Episodio 9 · de 14
El vado de Pascual
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