La loba que el alfa rechazó·Episodio 08

La mochila de lona

~7 min · 1346 palabras

La casa de madera y chapa olía a humedad vieja y al café recalentado de la mañana. No había luz eléctrica; el pueblo entero había quedado a oscuras cuando la usina cortó el generador a la una de la madrugada para racionar el combustible de invierno.

Bianca encendió un cabo de vela y lo pegó sobre el platillo de lata de la mesa con tres gotas de cera hirviendo.

El reloj despertador a cuerda sobre la alacena marcaba la una y cuarto. Le quedaban menos de once horas.

Cosas que entran en una mochila de lona militar gastada cuando sabés que no vas a volver nunca: 1. Tres pares de medias de lana gruesa (las que no tienen agujero en el talón). 2. Una linterna de chapa con las pilas sulfatadas que todavía enciende si le das un golpe seco contra el muslo. 3. El reloj de plata de mamá que dejó de andar a las cuatro y cuarto la tarde que se fue. 4. Dos cajas de fósforos envueltas en una bolsa de plástico para que no las arruine la nevasca.

Cuando huyes, todo lo que no cabe en dos manos se vuelve peso muerto.

Guardó un pedazo de queso duro, medio pan del día anterior y una lata de picadillo abollada. Cerró el cordón de la mochila de un tirón seco. En la penumbra de la habitación, las sombras de los tirantes de álamo del techo parecían costillas de un animal muerto.

Se quedó quieta un segundo, mirando la cama deshecha. Toda su vida cabía en cuatro metros cuadrados: los cuadernos de la secundaria con los márgenes llenos de garabatos de lobos y montañas, el buzo gris que Lisandro había olvidado en el respaldo de la silla el invierno pasado y que ella nunca se había animado a devolver.

Caminó hacia la silla, agarró el buzo de Lisandro y, sin dudar un instante, lo tiró adentro de la estufa a leña sobre las brasas tibias. La lana ardió con un chasquido agrio que llenó el cuarto de humo azulado.

—Pudrite —murmuró.

Fue entonces cuando recordó la manía de su padre.

Héctor Pezoa no era un hombre de discursos ni de cuadernos prolijos, pero tenía la desconfianza del albañil que sabe dónde cede una pared. Bianca se arrodilló junto al zócalo carcomido debajo de la cama. Con la punta de un cuchillo de cocina descalzó dos tablas de pino que no estaban clavadas, sino encastradas a presión.

Metió la mano en el hueco oscuro, entre el olor a tierra seca y lana vieja de aislamiento.

Sus dedos tropezaron con una lata cilíndrica de galletitas oxidada. La sacó con cuidado.

Adentro no había plata ni joyas. Había una libreta de tapas de hule negro y un mapa catastral doblado en cuatro partes, sellado con un sello violeta del Instituto Geográfico Militar de 1994.

Abrió la libreta con las manos temblorosas. La letra apretada y angulosa de su padre cubría las páginas con tinta azul desvaída: «14 de marzo. Don Cipriano y Véliz padre firmaron la cesión del cañadón alto a la compañía minera de Esquel. No le dijeron a la manada. Dijeron que la tierra estaba muerta por la peste de los pinos. Si me opongo, van a decir que me vendí a los forasteros. Dejo las marcas en el Vado del Zorro. Hay otra gente del otro lado del Limay. Gente que no dobla la cabeza por un fardo de pasto.»

Bianca sintió un nudo helado en la garganta.

Su padre no había sido un traidor. Había descubierto que los ancianos del Consejo y la familia Véliz estaban vendiendo los pastizales sagrados de la cordillera a espaldas de la gente común. Lo habían ensuciado para tapar sus propios contratos.

Y Lisandro lo sabía. O al menos, llevaba en la muñeca la cinta roja que sellaba ese silencio.

Metió la libreta en el bolsillo interior del abrigo, bien pegada a las costillas donde late la rabia.

Un crujido seco en el porche de madera la congeló en el sitio.

No era el viento. Era el peso inconfundible de una bota hundiéndose en la nieve fresca acumulada contra la puerta de entrada.

Bianca sopló la vela en un acto reflejo y la oscuridad total se tragó la cocina.

Desde afuera, una sombra alta se recortó contra el vidrio empañado de la ventana.

◇

Bianca no esperó a que golpearan. Salió por la ventana trasera que daba al gallinero abandonado, dejándose caer sobre la nieve blanda sin hacer más ruido que una rama de sauce quebrándose bajo el peso de un pájaro.

El frío de las dos de la mañana le mordió la cara con la violencia de una bofetada. El pueblo de Cañadón Frío dormía bajo una sábana blanca y pesada, sin una sola luz encendida salvo por las balizas lejanas de la comisaría provincial sobre la Ruta 40.

Se ajustó los tirantes de la mochila y echó a correr hacia el faldeo de la montaña, evitando el camino principal donde las camionetas de los clanes patrullaban con focos halógenos de caza.

La nieve cubre las huellas del que escapa, pero congela los dedos del que duda.

Cada paso costaba el doble. La costra de hielo se quebraba bajo sus zapatillas gastadas, hundiéndole las piernas hasta las pantorrillas en un polvo blanco que se filtraba a través de las medias de lana.

A los diez minutos de marcha forzada, el corazón le martillaba contra el pecho con un ritmo desbocado. Pero dentro de sus pulmones no había solo cansancio: había un calor nuevo, denso y antiguo, como si una brasa que llevaba años dormida bajo las cenizas hubiera recibido su primer golpe de aire puro.

Su loba.

Durante dieciocho años los ancianos le habían dicho que su sangre era débil, que la línea Pezoa no tenía la fuerza de los colmillos ni la resistencia de los Véliz. Mentiras. Todo había sido un corral armado para que no levantara la vista.

Al llegar a la alcantarilla del kilómetro 182 de la Ruta 40, el rugido de un motor diésel la obligó a tirarse de bruces contra una mata de coirón espinoso.

La luz blanca de dos reflectores de techo barrió el asfalto congelado a menos de tres metros de su cabeza. Era la Toyota Hilux negra de los Véliz, con el paragolpes de hierro reforzado y la antena de radio látigo temblando contra el viento.

No habían esperado al mediodía. Lisandro o su gente habían salido a cazar antes de que el sol asomara sobre los cerros.

La camioneta redujo la marcha. La ventanilla del acompañante bajó despacio, dejando escapar una bocanada de humo de cigarrillo rubio y cumbia santafesina amortiguada por los parlantes.

—Por acá no pasó nadie, zurdo —gritó una voz áspera desde adentro—. La nieve está lisa como mesa de billar.

—Mirá los alambrados, te dije —respondió otra voz que Bianca reconoció al instante: era Nahuel Véliz, el primo hermano de Lisandro—. La perra no puede haber ido lejos a pie. Si la agarramos antes del puente, el pibe no se va a enterar de nada.

Bianca contuvo la respiración, hundiendo la boca en la lana de la bufanda para que el vaho blanco de su aliento no la delatara en el haz de luz.

La camioneta aceleró con un chirrido de cadenas sobre el hielo y se perdió curva abajo, rumbo al puesto de Vialidad.

Bianca se puso de pie con las rodillas temblando de rabia y frío. No iban a dejarla llegar al Limay. Para los clanes, una fugitiva con la libreta de Héctor Pezoa en el bolsillo era un peligro que ninguna frontera podía dejar con vida.

Se apartó de la ruta y se internó en la quebrada del Zorro, donde el bosque de lengas se cerraba como un techo negro sobre las piedras.

Fue entonces cuando el viento trajo el primer aullido.

No era el aullido de un animal silvestre: era el ladrido corto, seco y coordinado de los sabuesos de rastreo de la estancia norte, soltados en jauría sobre la nieve fresca.

Y venían directo hacia su rastro.

Fin del Episodio 8 · de 14

La mochila de lona

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