La loba que el alfa rechazó·Episodio 10

Los descastados del cañadón

~4 min · 855 palabras

A las diez de la mañana la nevasca paró, dejando un cielo de vidrio azul que encandilaba los ojos contra los ventisqueros de la cordillera.

Pascual le prestó unas botas de cuero de potro forradas en piel de oveja que le quedaban un talle grandes y una campera militar que olía a tabaco de pipa. Al cruzar la tranquera baja de sauce, Bianca entendió que La Horqueta no era una tapera solitaria en medio de la estepa.

Era un poblado invisible.

Una docena de casas bajas de piedra y adobe se escalonaban contra la pared del cañadón, camufladas entre los peñascos y los árboles de molle para que no pudieran ser divisadas desde los puestos de vigilancia de la Ruta 40.

Los que sobran en el llano suelen armar barricadas en las piedras altas.

Alrededor del corral de chivas comunal, cuatro hombres y dos mujeres faenaban un capón sobre un tabique de álamo. Ninguno llevaba las cintas rojas de los Véliz ni los ponchos oscuros de los Loncopán. Vestían ropas de arriero remendadas, camperas de trabajo vial y boinas gauchas caladas hasta las cejas.

Al verla renguear al lado de Pascual, el grupo detuvo el trabajo en seco. El silencio cayó sobre el patio con la pesadez de una compuerta hidráulica.

—¿Esta es la que trajo la batida hasta el vado? —preguntó un hombre de unos cincuenta años con la mejilla surcada por una cicatriz vieja de garra y las manos teñidas de sangre animal.

—Esta es la hija de Héctor Pezoa —respondió Pascual con voz firme, sin bajar la cabeza—. Y si los perros de Nahuel llegaron al río fue porque cruzamos con las cadenas puestas en el Falcon.

Una mujer anciana, enjutada como una raíz de coihue y con los ojos lechosos por las cataratas, soltó el cuchillo de desollar y se acercó a Bianca arrastrando las alpargatas por la nieve cuajada.

Le tomó la barbilla con dos dedos callosos y le inclinó la cabeza hacia la luz del mediodía.

En la base del cuello de Bianca, justo debajo de la clavícula izquierda donde la sangre latía con fuerza, la piel mostraba un lunar oscuro con forma de media luna quebrada.

La anciana contuvo el aliento.

—No es una Pezoa cualquiera —dijo la vieja, volviéndose hacia los hombres del corral con un brillo feroz en la mirada gastada—. Es del linaje que cantaba en las cumbres antes de que los Véliz aprendieran a levantar alambrados. La sangre vieja ha cruzado el agua.

◇

En la casa grande de la estancia norte, el fuego de la chimenea de piedra no alcanzaba a calentar el despacho principal.

Lisandro Véliz intentó abotonarse el puño de la camisa de lino con la mano izquierda, pero los dedos de la derecha colgaban inertes a su costado, entumecidos y fríos como si hubiera dormido apoyado sobre un bloque de hielo.

Intentó cerrar el puño. El músculo del antebrazo apenas respondió con un temblor débil.

—No es una contractura por el frío de la asamblea, muchacho —dijo el viejo boticario Evaristo, guardando las pinzas y los ungüentos de árnica en su maletín de cuero gastado.

—Ayer levanté un fardo de cien kilos con ese brazo —masculló Lisandro entre dientes, con la mandíbula apretada y la frente perlada de sudor frío—. No me vengan con cuentos de viejas.

—Ayer tenías el lazo intacto —respondió el médico sin inmutarse, mirándolo con esa frialdad clínica que los curanderos de manada reservan para los moribundos—. Le echaste nieve al fuego del repudio. Desconociste la sangre de tu compañera destinada delante de trescientos testigos para complacer a los viejos del Consejo.

Rechazar lo que te sostiene es como cortarte el tendón y esperar correr más rápido.

Lisandro se dejó caer pesadamente sobre el sillón de cuero vacuno. En la habitación contigua se escuchaban las voces apagadas de su tío Don Cipriano discutiendo los nuevos linderos con los ingenieros de la compañía minera.

—El lazo de sangre no es una ordenanza municipal que se deroga con un acta sellada, Lisandro —continuó el anciano—. Tu núcleo de alfa estaba amarrado al de esa muchacha desde que nacieron. Al cortarlo a la fuerza, la fuerza de ella se fue con sus huellas al sur del río. Y la tuya se está desangrando por la herida abierta.

La puerta del despacho se abrió de golpe.

Nahuel entró con la campera de cuero salpicada de barro podrido y las botas empapadas en agua de deshielo.

—Se nos escapó, Lisandro —soltó su primo con la respiración entrecortada—. Meliqueo la estaba esperando con el auto debajo del puente viejo. Cruzaron el vado a los tiros.

Lisandro levantó la cabeza despacio. Por primera vez en veinticuatro horas, el pánico le asomó en los ojos oscuros.

—¿Está del otro lado del Limay?

—Está con los sin nombre, primo. En territorio libre.

Lisandro intentó ponerse de pie, pero un mareo repentino le nubló la vista y tuvo que apoyarse en la madera del escritorio con su único brazo sano.

En el silencio del despacho, el tic-tac del reloj de péndulo sonó como una cuenta regresiva que nadie en el valle sabía cómo detener.

Fin del Episodio 10 · de 14

Los descastados del cañadón

Siguiente Episodio 11~4 minAprender a cortar leña“La fuerza no es un rugido; es saber dónde apoyar el filo sin titubear.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.