Aprender a cortar leña
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El tronco de coihue verde descansaba sobre el tajamar de aserrar, duro y veteado por la escarcha de tres noches de temporal.
Pascual clavó un hacha de cabo corto en el tocón con un golpe seco de muñeca y dio dos pasos atrás, encendiendo un cigarrillo armado con tabaco negro.
—Diez pedazos para la estufa de la cocina y diez para el taller de los curtidores —dijo, echando el humo por la comisura de los labios—. Si se hace de noche y no terminaste, dormís en el galpón de las herramientas.
Bianca se miró las manos enguantadas. El tobillo todavía le molestaba al pisar, pero el aire seco y frío de las cumbres le despejaba la cabeza mejor que cualquier café.
—Yo vine acá a buscar la verdad sobre mi viejo, no a ser peona de estancia, Meliqueo.
—En la cordillera nadie averigua nada con la panza vacía y la casa helada, Pezoa. Agarrá el mango o devolveme las botas.
La fuerza no es un rugido; es saber dónde apoyar el filo sin titubear.
Bianca apretó los dientes, agarró el cabo de madera con las dos manos y levantó la herramienta sobre su cabeza.
El primer hachazo rebotó contra la corteza congelada con un chasquido inútil que le vibró en las muñecas como una descarga eléctrica. El segundo apenas arrancó una astilla verde.
—Estás pegando como si le tuvieras lástima al leño —le gritó Pascual desde el corral—. No le pidas permiso a la madera. El golpe sale de las caderas, no de los brazos.
Bianca respiró hondo. Cerró los ojos un segundo y dejó que la rabia acumulada —el gimnasio lleno de vecinos cobardes, la cara de prócer de Lisandro sobre la tarima, los dieciocho años de sentirse una intrusa en su propia tierra— bajara en cascada desde su pecho hasta los nudillos.
Cuando abrió los ojos, el mundo parecía haberse ralentizado.
Vio la veta oculta del tronco, la fisura invisible que el hielo había dibujado en el corazón de la madera.
Bajó el hacha.
No hubo esfuerzo. El filo de acero entró limpio, silencioso y perfecto, partiendo el madero en dos mitades simétricas que cayeron sobre la nieve con un golpe seco.
Pascual se quedó quieto con el cigarrillo a medio camino de la boca. Miró el corte liso como vidrio y luego miró a Bianca, que respiraba sin agitarse mientras el vapor blanco de su aliento envolvía el filo reluciente.
—Parece que el hacha no estaba tan desafilada —dijo ella, apoyando el taco en el suelo con una serenidad que nunca antes había sentido.
A las seis de la tarde la luz en la cordillera no se apaga: se vuelve de un añil profundo que tiñe los ventisqueros de violeta antes de dar paso a la noche cerrada.
En la mesa de pino del puesto, la lata oxidada de galletitas de Héctor Pezoa descansaba junto a la calabaza de mate y un pedazo de queso de cabra seco.
Pascual cebó un mate largo, sin espuma, y se lo pasó a Bianca sin mirarla.
—Tu viejo era el único que sabía leer los mapas de catastro viejo de la gobernación militar —empezó Pascual, con la voz pausada de quien va a desenterrar una osamenta—. En el noventa y cuatro, cuando los Véliz quisieron inscribir las nacientes del río a nombre de una sociedad fantasma de Buenos Aires, Héctor se negó a poner la firma de agrimensor.
La verdad entre viejos sale como el mate lavado: tibia, amarga y sin espuma.
Bianca hojeó la libreta de hule negro. Las anotaciones de su padre coincidían punto por punto con los linderos que esa misma mañana los hombres del cañadón habían señalado en los riscos.
—¿Por qué no denunció a la policía provincial? —preguntó ella.
—Porque en la cordillera la policía son los primos de los Loncopán y los jueces de paz comen en la mesa de los Véliz todos los domingos. Si Héctor iba a la comisaría de Esquel, terminaba en el fondo de un zanjón antes de llegar a la bajada del Coihue.
—Entonces se dejó ensuciar el nombre para salvarme a mí.
—Héctor pactó con el viejo Don Cipriano —reveló Pascual, clavando los ojos en el mate—. Les entregó los planos originales a cambio de que te dejaran terminar la escuela en el pueblo sin tocarte un pelo hasta que cumplieras los dieciocho. Él sabía que a los dieciocho la sangre tuya iba a despertar y que ningún tribunal del valle te iba a poder atar a sus leyes.
Bianca apretó el puño sobre la mesa. La libreta de su padre parecía arder bajo sus dedos.
—Lisandro sabía esto, Pascual. Él llevaba la cinta roja que sellaba ese pacto.
—Lisandro creía que te estaba salvando la vida al repudiarte, Bianca. Ese es su pecado: pensó que humillándote en el gimnasio te obligaba a huir antes de que su tío te hiciera desaparecer como a tu viejo.
Bianca soltó una risa seca, desprovista de cualquier piedad.
—Pues se equivocó de cálculo. No huí para esconderme en una cueva. Huí para aprender a romperles el corral.
Fin del Episodio 11 · de 14
Aprender a cortar leña
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