El emisario del vado
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El deshielo no avisa con truenos; empieza como un goteo manso en las ramas bajas del coihue y termina pudriendo la nieve vieja hasta convertirla en una greda que se chupa las botas de potro.
Eran las diez de la mañana cuando el perro overo de Meliqueo gruñó contra el zócalo de la puerta. No fue el ladrido histérico de cuando baja un zorro hambriento al corral, sino un carraspeo hondo, con las orejas aplastadas hacia la nuca y el lomo erizado como cepillo de alambre.
Bianca estaba aceitando las bisagras de la estufa rusa con un trapo impregnado en grasa de capón. Dejó la llave fija sobre el cajón de las herramientas y levantó la vista hacia la ventana de doble vidrio.
Por la huella del faldeo subía un caballo tordillo al tranco corto. El jinete no traía poncho de lana criolla ni sombrero de fieltro aludo; vestía una parka sintética color petróleo con el emblema municipal bordado en el pecho y llevaba las riendas flojas con la torpeza típica de los secretarios que solo montan para las fotos de campaña.
—Mirá quién se acordó de los parientes pobres —dijo Pascual desde el rincón del aparador, acomodándose la faja de lana tejida—. Es Vidal. El escribano del Consejo.
—No viene a caballo por gusto —respondió Bianca, secándose los dedos en el delantal de arpillera—. El camino del bajo se cortó con la crecida del arroyo Las Nutrias. Si se arriesgó a meter las patas del tordillo en las piedras bochudas, es porque en el pueblo el agua les llega al cuello.
El hombre desmontó con dificultad junto al palenque desvencijado. Se acomodó los lentes empañados por el vaho de la subida, miró con desconfianza el alero goteante de La Horqueta y golpeó tres veces el marco de lapacho con los nudillos enguantados.
—Pase, escribano —gritó Pascual sin levantarse de la banqueta—. La puerta no muerde, pero los perros no tienen instrucción cívica.
Vidal entró trayendo consigo el olor a humedad de impermeable y loción barata de afeitar. Tenía las mejillas amoratadas por el pampero y los labios partidos por el frío seco de la alta meseta.
—Buenos días, Pascual. Bianca —dijo el hombre, tragando saliva con esfuerzo mientras miraba de reojo el fuego que chisporroteaba tras la mirilla de fundición—. Lamento llegar sin previo aviso, pero las circunstancias en Cañadón Frío son... excepcionales.
—Excepcional es que usted no se haya caído del recado en la subida del pedrero —retrucó Pascual, sirviéndole un mate lavado que no humeaba—. Tómese un trago antes de que se le congele el discurso.
Vidal no tocó la calabaza. Apoyó un portafolios de cuero lustrado sobre la mesa de pino y sacó un sobre de papel manila cerrado con lacre rojo. En el sello no estaba la marca de la intendencia, sino el cuño ancestral de la manada: la cabeza de lobo coronada por tres espigas de coirón.
—Vengo en nombre del alfa —dijo Vidal en voz baja, cuidando cada sílaba como si las paredes de tabla tuvieran orejas.
—Lisandro no tiene autoridad fuera de la empalizada comunal —cortó Bianca, parada junto a la alacena con los brazos cruzados—. Eso lo votaron ustedes hace tres semanas en el gimnasio, delante de trescientas personas y con nieve sucia sobre las brasas. ¿O ya se les olvidó el acta de destierro?
—Lisandro está ardiendo en fiebre, muchacha —soltó Vidal, y por primera vez la máscara burocrática del escribano dejó ver el pánico crudo—. No ha podido levantarse de la cama desde el martes pasado. El enlace... el vínculo que él cortó en la asamblea se le está pudriendo por dentro. La sangre del alfa no acepta otra compañera, y la manada se está quebrando en facciones.
Bianca sintió una puntada seca en el esternón, un calor punzante que reconoció al instante: el hilo invisible que todavía tiraba desde el fondo del valle, esa atadura maldita que se negaba a morir.
—¿Y qué pretende? —preguntó ella, sin mover un solo músculo de la cara—. ¿Que baje a ponerle paños fríos en la frente al hombre que me tiró a los perros?
—No —dijo Vidal, empujando el sobre lacrado hacia el centro de la mesa—. Lisandro no sabe que estoy acá. El Consejo necesita los cuadernos de tu padre. Los registros de agrimensura de la concesión minera.
Pascual dejó escapar una carcajada seca que sonó a chapa golpeada por el granizo.
—Miren qué linda vuelta dio la taba —dijo Meliqueo—. Hace un mes Héctor Pezoa era un traidor a la patria chica; hoy sus garabatos son el salvavidas de los letrados.
—Si la empresa minera mete las retroexcavadoras en el cañadón antes del invierno, el territorio comunal desaparece para siempre —insistió Vidal, inclinándose hacia Bianca con los ojos suplicantes—. Entréguenme los planos originales. A cambio, el Consejo redacta una anulación plena del destierro. Podés volver a tu casa, Bianca. Te devolvemos el terreno del molino y la pensión de tu viejo.
Bianca dio tres pasos lentos hacia la mesa. Miró el sobre con lacre, miró las manos temblorosas del escribano y luego levantó los ojos.
Por una fracción de segundo, la penumbra de la cocina reflejó un destello ambarino en las pupilas de ella: no el reflejo dorado de los cachorros domésticos del valle, sino el fulgor salvaje y fosforescente de los lobos que duermen sobre la roca viva.
Vidal retrocedió medio paso, tropezando con el borde del banco.
—Dígale al Consejo que el molino de mi padre no se compra con papeles mojados —dijo Bianca, y su voz tuvo una vibración que hizo tintinear los pocillos de lata en el vasar—. Y dígale a Lisandro que si el fuego lo quema por dentro, que aprenda a arder solo. La estirpe de los Pezoa ya no apaga incendios ajenos.
El escribano guardó el sobre a toda prisa, pálido como la caliza fresca, y salió al frío sin despedirse.
Fin del Episodio 12 · de 14
El emisario del vado
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