La loba que el alfa rechazó·Episodio 13

Fiebre de acónito

~7 min · 1422 palabras

La habitación principal de la estancia Las Horquetas olía a vinagre blanco, alcanfor y piel recalentada.

Lisandro Loncopán se revolvía entre las sábanas de hilo portugués como un potro enredado en alambre de púa. Tenía la piel del cuello cubierta de manchas oscuras, como quemaduras de sol antiguo, y las uñas de las manos se le habían engrosado en garras quebradizas que rasgaban el colchón sin control.

—No es el rechazo del vínculo lo que lo está matando, muchacho —dijo el doctor Garay, cerrando su maletín de cuero con un chasquido metálico—. Es un alcaloide de raíz. Acónito silvestre, concentrado y filtrado en alcohol de quemar.

Junto a la cabecera de cedro, don Cipriano permanecía de pie con las manos apoyadas en el pomo de plata de su bastón. La sombra de la chimenea le cruzaba el rostro en diagonal, acentuando los surcos profundos de su frente.

—Mida sus palabras, doctor —advirtió el viejo en un susurro áspero—. Lisandro bebió del cáliz comunal durante la ceremonia de juramento. Si hubo veneno en esa copa, la mano que lo sirvió pertenecía a uno de los doce ancianos del Consejo.

—Hablo de fisiología, don Cipriano, no de política de comité —retrucó el médico sin inmutarse—. El acónito no mata a un alfa de golpe; le apaga el instinto, le entumece los sentidos y le nubla el juicio durante cuarenta y ocho horas. Justo el tiempo necesario para que un hombre cometa un error irreparable bajo presión.

Desde la cama, un gemido ronco brotó de la garganta de Lisandro. Sus ojos, inyectados en sangre, se abrieron de golpe, buscando el techo artesonado.

—Bianca... —balbuceó el joven alfa, con los labios resecos cubiertos de costras blanquecinas—. La nieve... el olor a humo... el papel que me pusieron enfrente...

Don Cipriano se inclinó sobre su nieto, apoyando una mano pesada y callosa sobre su pecho agitado.

—Descansá, Lisandro. La asamblea ya pasó. El territorio está bajo control de la guardia.

—Mentira —gruñó Lisandro, y un destello dorado y agónico cruzó su pupila dilatada—. No era mi voz... la que habló en el gimnasio. Tenía la lengua dormida, abuelo. Como si masticara ceniza amarga. Quise extender la mano hacia ella... y el cuerpo no me respondió.

La puerta de la alcoba se abrió sin golpear. Entró el sargento Nahuelpan, jefe de la patrulla del vado, con las polainas salpicadas de barro fresco.

—Don Cipriano —anunció el oficial, quitándose la gorra con respeto—. Vidal acaba de regresar de La Horqueta. El caballo tordillo llegó manco por el pedrero.

—¿Trajo los documentos de agrimensura? —preguntó el anciano con urgencia mal disimulada.

—No, señor. La muchacha no quiso entregar nada. Y hay algo más...

—Hable de una vez, sargento. No estamos para rodeos de sobremesa.

—Vidal dice que la muchacha ha cambiado. Que la cabaña vieja está limpia, que Meliqueo tiene víveres para el invierno y que los ojos de Bianca ya no son los de una descastada del bajo. Dice que brillan como los de la gente brava de los mallines altos.

Lisandro soltó una risa seca, rota, que terminó en un acceso de tos con flema renegrida.

—Se los dije... —susurró el alfa, aferrándose al borde de la colcha con dedos de hierro—. Ella no iba a morir de frío en la cordillera. Héctor Pezoa no crió a una oveja sumisa. Crió a la loba que nos va a cobrar cada grano de sal que le mezquinamos.

Don Cipriano miró a su nieto con una mezcla de desprecio y amargura contenida.

—Si la muchacha se niega a colaborar con el clan, no nos deja alternativa —sentenció el patriarca, dándole la espalda a la cama—. La empresa minera tiene derecho legal de prospección sobre la cuenca del arroyo. Si la cuadrilla de seguridad privada necesita limpiar la ladera de ocupantes precarios, la policía provincial no va a intervenir fuera del ejido urbano.

—No te atrevas a mandar fusiles contra La Horqueta, abuelo —rugió Lisandro, intentando incorporarse con los codos temblorosos—. Si le tocan un pelo... mi propio lobo va a morderte la garganta aunque me cueste la vida.

—Tu lobo está atado a una cama con suero y paños de vinagre, muchacho —dijo el viejo sin mirarlo, abriendo la puerta del corredor—. Y este valle pertenece a los que tienen la fuerza para sostener la tierra, no a los que se enferman por orgullo herido.

◇

El viento en el filo de Cerro Ventana no sopla: afeita.

Sube desde el abismo del lago Nahuel Huapi cargado de agujas de escarcha que te pelan la piel de la nariz en diez minutos si no te cubrís con una bufanda de lana grasosa. Bianca caminaba con las raquetas de mimbre atadas a las botas de caña alta, marcando huella en la nieve virgen con la regularidad de un metrónomo.

Detrás venía Pascual con un morral militar cargado con cinceles, una maza de cinco libras y el termo de mate cocido con aguardiente.

—Decime otra vez por qué no nos quedamos calentando tortas fritas junto a la salamandra —refunfuñó Meliqueo, jadeando con cada paso mientras el vapor se le congelaba en el bigote poblado.

—Porque si los ingenieros de la mina llegan primero al mojón catorce, dinamitan la toba volcánica y dicen que el límite comunal terminaba en el cañadón del bajo —respondió Bianca sin detenerse—. Mi viejo no pasó veinte inviernos midiendo con teodolito para que un gringo con chequera le borre la firma a la cordillera.

Llegaron a la cresta rocosa donde los vientos del este y del oeste chocaban con un bramido continuo. El paisaje se abría a sus pies en trescientas sesenta leguas de estepa árida, mallines verdes aprisionados por el hielo y, a lo lejos, el manchón diminuto de techos de chapa de Cañadón Frío.

En medio del pedrero sobresalía un túmulo de piedras basálticas apiladas en forma de cono truncado: el Mojón del Tigre, colocado por los antiguos arrieros antes de que existieran los mapas oficiales del Instituto Geográfico.

Bianca se arrodilló sobre la costra helada y apartó la nieve con las manos desnudas. Sus dedos no sentían el entumecimiento que atormentaba a Pascual; desde hacía dos semanas, una corriente tibia y constante le circulaba bajo la dermis, un pulso subterráneo que la mantenía despierta y alerta aun en medio de la ventisca.

—Acá está —dijo, golpeando con el talón de la bota una laja plana de pórfido color chocolate.

Pascual le alcanzó la maza y el cincel de acero templado. Bianca apoyó la punta en la juntura y asestó tres golpes secos y precisos. La laja cedió con un chasquido sordo, dejando al descubierto una hendidura sellada con brea vegetal y cera de abeja silvestre.

Dentro había una chapa de cobre grabada al ácido y envuelta en lienzo engrasado.

Bianca sopló el polvo de basalto y leyó en voz alta las coordenadas que su padre había trazado en el invierno de 2004:

—'Desde la naciente del Arroyo Perdido hasta la cumbre de la Ventana, territorio comunal inalienable de las familias originarias del Limay. Prohibida toda enajenación minera por ordenanza comunal número doce.'

—Héctor no era ningún caído del catre —admiró Pascual, sacando el pañuelo para secarse los lagrimales—. Dejó la trampa legal armada hace veinte años. Sabía que algún día los Loncopán iban a querer vender la tierra para pagar sus deudas de casino.

—No es una trampa legal, Pascual —corrigió Bianca, pasando la yema de los pulgares por el relieve del cobre—. Es la verdad. Y la verdad no prescribe en el juzgado de paz.

De pronto, el silencio de la cumbre fue rasgado por el zumbido distante de un motor diesel engranado en baja.

Bianca se puso de pie de un salto, entrecerrando los ojos contra el reflejo cegador de la nieve. Allá abajo, en la curva cerrada del puesto El Rincón, tres camionetas cuatro por cuatro de color blanco avanzaban en fila india, levantando plumas de aguanieve por la huella de herradura.

—No son patrullas del clan —dijo Meliqueo, reconociendo las jaulas antivuelco y las antenas de radioenlace montadas sobre el techo—. Son los custodios de la concesionaria Minera del Sur. Vienen con custodios armados.

—No vienen a buscar papeles, Pascual —susurró Bianca, y sintió cómo los músculos de sus omóplatos se contraían en una tensión salvaje y deliciosa—. Vienen a volar el mojón antes de que lo presentemos en la gobernación.

—Tenemos media hora de ventaja por el atajo del pedrero —dijo el arriero, cargándose la maza al hombro—. Apretá el paso, muchacha, que hoy la merienda viene con plomo.

Fin del Episodio 13 · de 14

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