La loba que el alfa rechazó·Episodio 14

La noche de los reflectores

~6 min · 1268 palabras

La oscuridad cayó sobre el bosque de lengas como un manto de fieltro empapado.

En La Horqueta no encendieron lámparas de kerosén ni abrieron el tiro de la estufa para evitar que la chimenea delatara humo blanco contra las copas negras de los árboles. Pascual estaba acurrucado junto a la tronera del cobertizo con una escopeta de dos caños calibre dieciséis apoyada sobre el alféizar de madera.

—Tienen reflectores de xenón sobre los techos de las chatas —susurró el arriero, siguiendo los tres conos de luz blanca que barrían el bajo del arroyo—. Si abren fuego desde el camino, nos astillan las tablas de la cocina en dos minutos.

—No van a tirar a ciegas —dijo Bianca, agachada en el piso de tierra junto a la mochila que guardaba la placa de cobre y los cuadernos de agrimensura—. Necesitan asegurarse de que los papeles se quemen adentro. Si la pericia demuestra que hubo incendio provocado antes de revisar la casa, la denuncia judicial les traba los permisos de exportación.

Un megáfono carraspeó entre la arboleda helada. La voz que brotó del altavoz no tenía el acento pausado y musical de la Patagonia; era el tono metálico y despectivo de los jefes de seguridad contratados en Buenos Aires:

—Atención a los ocupantes del puesto rural La Horqueta. Tienen cinco minutos para salir con las manos en alto y depositar cualquier documentación catastral en el suelo de la tranquera. De lo contrario, procederemos al desalojo preventivo por orden judicial sumaria.

—Mirá qué orden judicial más gaucha —masculló Pascual con una mueca torcida—. Con gomías de asalto y pasamontañas negros para que no se les enfríen las orejas a los doctores.

—Quedate acá, Pascual —ordenó Bianca con una calma que erizó los vellos de los brazos del viejo arriero—. Pase lo que pase afuera, no asomes el caño de la escopeta hasta que no escuches el silbato de retirada.

—¿Estás loca, muchacha? —susurró Pascual, intentando agarrarla de la manga—. Son seis o siete tipos curtidos en seguridad privada. Tienen chalecos antibalas y proyectiles de punta hueca.

—Tienen chalecos para parar plomo —respondió ella, desabrochándose los botones del chaleco de lana y tirándolo sobre la banqueta—. Pero nadie fabrica chalecos contra lo que duerme en esta sierra.

Bianca abrió la puerta trasera que daba hacia el zanjón oscuro. El aire bajo cero le mordió los hombros desnudos, pero no sintió frío. Sentía, en cambio, la sangre corriendo a borbotones por sus venas, caliente como brea hirviendo, empujando los límites de su carne humana.

Caminó en silencio entre las sombras espesas de los maitenes, rodeando el semicírculo trazado por los reflectores de las camionetas.

Uno de los guardias, con casco de combate y un fusil semiautomático colgado al pecho, encendió un cigarrillo detrás del paragolpes delantero de la primera camioneta. El resplandor rojo de la brasa le iluminó la mandíbula cuadrada.

—Che, Quiroga —dijo el hombre a su compañero a través del intercomunicador—. Esto es un gallinero abandonado. El jefe nos hace perder el tiempo con dos campesinos muertos de hambre.

Desde la penumbra del sotobosque, una rama crujió no con el chasquido ligero de una liebre, sino con el crujido hondo de trescientos kilos de peso aplastando la madera podrida.

El guardia giró el haz de su linterna táctica hacia la maleza.

—¿Quién anda ahí? Identifíquese o tiro.

El haz de luz atravesó las hojas húmedas del arrayán y se clavó en dos faros ambarinos que ardían a un metro y medio del suelo. No había miedo en aquellos ojos; había una ferocidad ancestral, antigua como los glaciares del Lanín.

El hombre bajó el cigarrillo despacio, con la boca abierta y el aliento congelado en la garganta.

—Quiroga... —tartamudeó por la radio, retrocediendo contra el guardabarros—. Traé la escopeta pesada. No es un perro cimarrón. Te juro por mi madre que no es un perro.

◇

La transformación no fue el doloroso desgarro que relatan las crónicas timoratas de los ancianos del valle.

Fue una liberación. Como si una coraza de yeso apretado se hiciera trizas alrededor de su pecho, permitiendo que sus pulmones inhalaran por primera vez el aire puro de la montaña. Sus huesos se alargaron con el sonido sordo de cuerdas de violonchelo afinadas a la fuerza; su piel se cubrió de un pelaje espeso, plateado como la escarcha de los maitenes al amanecer, con una franja negra que le corría desde la coronilla hasta la punta de la cola.

La loba plateada emergió de la espesura con un salto elástico que la depositó sobre el capó de la camioneta líder.

El metal crujió bajo sus garras curvadas. El parabrisas blindado se rajó en una telaraña blanca por el impacto. El guardia que estaba fumando soltó el fusil al barro y cayó de espaldas, arrastrándose con los talones mientras sollozaba incoherencias.

—¡Fuego, carajo! ¡Abran fuego! —bramó el jefe de la cuadrilla desde el estribo de la segunda cuatro por cuatro.

Tres ráfagas cortas de fusil rasgaron la noche con fogonazos naranjas. Las esquirlas de plomo picaron en la chapa y arrancaron astillas de las ramas secas, pero Bianca ya no estaba sobre el capó.

Se movía como una ráfaga de viento blanco entre las sombras. Con un zarpazo certero arrancó el reflector montado sobre la barra de remolque; con otro, golpeó el radiador de la tercera camioneta, reventando las mangueras de refrigerante en una nube de vapor caliente y silbante.

No mordió cuellos. No desgarró carne humana. No necesitaba rebajarse a la carnicería ciega de las bestias acorraladas: su fuerza era la de un señor feudal expulsando a intrusos armados de sus dominios hereditarios.

En menos de tres minutos, dos de las camionetas tenían las cuatro cubiertas reventadas y la tercera retrocedía a toda marcha por la huella de ripio, derrapando en las curvas con las puertas traseras batiendo al aire.

Los guardias restantes arrojaron las armas al zanjón y corrieron a pie tras las luces rojas de la camioneta en fuga, perdiéndose en el desfiladero con gritos de terror que rebotaban en las paredes de piedra.

El silencio volvió a adueñarse de La Horqueta, quebrado únicamente por el goteo del agua y el jadear rítmico de la loba sobre la roca más alta del mirador.

Pascual salió lentamente de la cabaña, con la escopeta terciada al hombro y los ojos desorbitados por el asombro. Se detuvo a diez metros de ella, bajó el cañón hacia la tierra y asintió con una reverencia lenta y solemne.

—Tu padre estaría orgulloso, Bianca —dijo el arriero con la voz temblorosa por la emoción—. Muy orgulloso.

La loba plateada no bajó la cabeza. Levantó el hocico hacia el cielo despejado, donde la luna menguante brillaba como una hoz de plata entre las estrellas frías del sur, y soltó un aullido hondo, sostenido y vibrante que rodó falda abajo por todo el cañadón.

Cuarenta kilómetros al este, en la habitación principal de la estancia Las Horquetas, Lisandro Loncopán abrió los ojos de golpe en medio de la penumbra.

El sudor de la fiebre se le había secado en las sienes. El temblor de sus manos se detuvo al instante. El eco de aquel aullido cruzó las ventanas cerradas, atravesó los cortinados de terciopelo y le resonó en el centro del pecho como un gong de bronce.

Lisandro se sentó en la cama con una fuerza que hizo crujir los tirantes de roble. Sus ojos brillaron en la oscuridad con un oro puro, recuperado y furioso.

—Ella no está muerta —susurró el alfa, mirando hacia las cumbres oscuras de la cordillera—. Ella es la dueña de la montaña. Y viene por nosotros.

Fin del Episodio 14 · de 14

La noche de los reflectores

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