La marca sobre el zinc
~7 min · 1380 palabras
Bianca se acomodó el morral que se le resbalaba del hombro antes de soltar la carcajada seca.
—Claro, y mañana voy a la salita a pedir un certificado con fiebre de mentira —le contestó—. Qué buena idea, Lisandro. Siempre tan práctico para resolver la vida ajena.
Lisandro no sonrió. Se pasó la mano izquierda por la muñeca derecha, rozando con el pulgar la hebra áspera de la cinta roja de lana cruda. La miraba como si Bianca fuera una gotera en el techo de un galpón recién pintado: un problema doméstico que nadie quería reparar en pleno invierno.
—No es chiste —dijo él, bajando la voz—. Los Loncopán no subieron desde Cerro Ceniza para tomar mate con tortas fritas. Si estás ahí adentro cuando llamen por lista, vas a tener que poner la carpeta sobre el tablón. Y vos sabés qué significa ese sello.
—Cosas que no voy a hacer esta noche: 1. Quedarme encerrada comiendo fideos recalentados. 2. Hacerte caso. 3. Tenerte miedo.
Lisandro soltó un bufido seco, vapor blanco escapando entre sus dientes apretados.
—Siempre la última palabra, Pezoa.
—Es mi mejor cualidad, según mamá.
Dio media vuelta sobre el barro endurecido y echó a caminar antes de que él pudiera inventar otra advertencia solemne. El crujido de la escarcha bajo sus zapatillas sonaba como vidrio roto, un crujido parejo y seco que le marcaba el pulso hasta la esquina de la usina.
La cocina de Pascual Meliqueo olía a pan tostado sobre la chapa y a grasa vieja de torta frita de anteayer, de esas que venían envueltas en papel de diario La Mañana con manchas circulares de aceite transparente. El agua de la pava ya había hervido dos veces, dejándola con un sarro blanco y crujiente en el pico.
Pascual estaba sentado en un banquito petiso de sauce, con una lija fina en la mano y el mango de un hacha de mano apoyado en las rodillas. Ni siquiera levantó la vista cuando Bianca empujó la puerta desvencijada.
—Se te va a enfriar el mate —dijo él.
—Ya está frío. Tiene gusto a pasto podrido.
—Es yerba misionera de la barata, no le pidas peras al olmo. ¿Lo viste?
—Estaba de guardia contra el alambre de la usina como un perro con collar nuevo —dijo Bianca, tirando el morral sobre la mesa de hule floreado. Enchufó el teléfono en el cargador remendado con cinta aisladora que colgaba junto a la mesada, esperando que al entibiarse reviviera la batería que se le había muerto en el callejón—. Me dijo que no vaya al galpón comunal.
Pascual dejó caer la viruta de madera al piso con un soplido.
—Tiene razón el pibe.
—¿Vos también? Por favor, Pascual. Si no voy, van a decir que me escapé a Bariloche con los papeles.
—Nadie entra a la jaula por gusto, salvo cuando afuera la nevasca aprieta más fuerte —soltó Pascual, limpiándose los dedos en el pantalón de corderoy marrón—. Y esta noche el viento viene derecho del cerro. Mirá las chapas.
Afuera, el techo de zinc de la leñera crujía con un bramido metálico, quejumbroso, doblado por una ráfaga que bajaba arrastrando astillas de hielo y hojas secas de coihue. El cielo se había cerrado en un gris plomo pesado, aplastando las cumbres contra el valle.
La tarde se les fue consumiendo en esa vigilia helada, viendo cómo la luz turbia se moría contra las cortinas mientras el agua de la pava volvía a hervir sobre la chapa. Recién pasadas las diez y media de la noche, el teléfono vibró sobre el hule con una sola rayita de señal y el cuatro por ciento agónico que había conseguido sacarle al cargador remendado. Una vibración corta, sin fuerza.
Mamá [22:41]: ¿Pasaste a buscar la harina al almacén de doña Elba? Se va a largar fiero.
Bianca apoyó los pulgares en el teclado táctil, escribió: Mamá, hay reunión obligatoria por lo de papá y no sé si vuelvo a dormir. Lo miró durante tres segundos. Borró todo con toques rápidos del pulgar.
Escribió: Sí ma, voy para allá en un rato.
No lo envió. Apagó la pantalla.
—¿Tenés fósforos? —preguntó ella, hurgándose el bolsillo.
—En la repisa, al lado de la lata de grasa —contestó Pascual sin mirarla—. No toques el tarro de clavos que se vuelca fácil.
—No soy torpe.
—Ayer volteaste el mate lavado sobre la boleta del gas, Bianca.
—Esa boleta ya estaba vencida de todos modos.
Se quedaron en silencio. El único sonido era el chirrido rítmico de la lija contra la madera dura del hacha y el zumbido sordo del gasóleo en la estufa de la pieza contigua. Bianca miró la carpeta que asomaba por la lona gastada de su bolso: el lacre negro parecía un ojo ciego apretado contra el cartón. El cuño de la garra partida. Su padre siempre decía que las deudas en la cordillera no se pagan con plata porque la plata se humedece y se pudre; se pagan con presencia, poniendo el cuero bajo el alero cuando caen los carámbanos.
Un bostezo se le escapó a traición. Se frotó los ojos ardidos por el humo de la leña verde.
—Pascual.
—¿Qué querés?
—¿Vos le tenías miedo a mi viejo?
Pascual detuvo el brazo. La lija quedó inmóvil a dos centímetros del ojo del hacha. Una mota de aserrín flotó en el aire espeso y cayó sobre el termo lleno de calcomanías de cooperativas ganaderas y marcas de lubricantes.
—Héctor era un tipo que no sabía cuándo callarse —dijo despacio, con una voz más grave que la suya, como prestada de su abuelo—. Eso no da miedo, Pezoa. Eso da lástima cuando se junta con el invierno.
A las once en punto de la noche, las sirenas de la usina aullaron.
Fue un bramido agudo, largo y desgarrador que cortó el rumor del viento blanco. Las chapas de todo Cañadón Frío parecieron vibrar al unísono, un lamento de metal oxidado llamando al ganado antes de la helada grande.
Pascual dejó el hacha en el suelo. No dijo nada más. Se levantó despacio, se puso el chaquetón de cuero duro con cuello de chiporro y agarró la linterna grande de cuatro pilas.
—Vamos —dijo.
—Pensé que me ibas a atar a la silla para que no fuera.
—Si te ato, me rompés la silla. Es de mi vieja.
La calle era un desierto de barro petrificado por el frío y manchones de nieve sucia. En la esquina de la municipalidad, las camionetas cuatro por cuatro de la comisión de Cerro Ceniza estaban estacionadas en fila india, con los motores en marcha moderando en falso y el destello naranja de las balizas tiñendo la neblina de un color sucio y oxidado.
Hombres con camperones térmicos oscuros y fajas criollas bajaban de las cajas traseras sin hablarse, escupiendo al suelo y ajustándose las boinas con las manos entumecidas.
Bianca caminaba dos pasos detrás de Pascual. El frío le calaba la lona de las zapatillas deportivas viejas; la derecha tenía un tajo diminuto en la puntera por donde la escarcha se colaba como agujas finas. Sentía los dedos de los pies duros como ramas secas.
—Entrás, te ponés contra la pared del fondo y no abrís la boca hasta que pregunten tres veces —murmuró Pascual sin girar la cabeza—. Si Lisandro te hace señas, no lo mires.
—No pensaba mirarlo ni aunque se prenda fuego para calentarse.
—Mejor.
Llegaron a la explanada del galpón comunal, el viejo gimnasio municipal. Las puertas de chapa doble, pintadas de un verde institucional descascarado por el salitre y el viento, estaban cerradas a medias para frenar la entrada del aire cordillerano. Adentro se escuchaba el murmullo cavernoso de cientos de gargantas, ese rumor espeso que parece un río subterráneo a punto de desbordar la alcantarilla.
Bianca se acomodó la correa del bolso cruzado sobre el pecho. La carpeta con el lacre negro golpeaba rítmicamente contra sus costillas.
Respiró hondo.
El aire le quemó la garganta con olor a gas quemado y sudor de lana mojada.
Empujó la hoja de chapa con el hombro entumecido. El golpe sordo del metal contra el marco rebotó en el tinglado y cortó las conversaciones en seco.
Al fondo, junto al tablón iluminado por tubos fluorescentes, Lisandro levantó la cabeza.
Fin del Episodio 5 · de 14
La marca sobre el zinc
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