La loba que el alfa rechazó·Episodio 04

Víspera de dieciocho

~7 min · 1311 palabras

Pascual se quedó inmóvil a medio camino entre la mesa y la bacha, con la pava en una mano y un repasador con agujeros de polilla colgándole del hombro.

—Decime que eso fue una piedra suelta por el viento —susurró Bianca, apretando la carpeta de su viejo contra las costillas.

—Si el viento de Cañadón Frío aprendió a tirar barro con olor a bosta de caballo de los Loncopán, estamos más jodidos de lo que pensaba.

Pascual apoyó la pava con un tintineo desganado sobre la hornalla apagada. Caminó arrastrando las pantuflas a cuadros hasta la ventana chica, esa que daba al callejón lateral y tenía el vidrio rajado pegado con cinta de embalar. Apartó apenas la cortina floreada. La condensación en el plástico le dejó los nudillos húmedos.

—Nadie —dijo, soltando el aire—. Un rastro de suela chica en el escarchado. Fue alguno de los pendejos de Antileo haciendo mandados. Te dejaron la marca en el zócalo para avisar que saben que entraste acá.

—Qué atentos.

—Unos caballeros de la frontera.

Bianca miró la carpeta. El medallón de lacre negro parecía absorber la poca luz turbia que entraba desde el patio. Tenía una uña clavada en el borde del cartón y el pulgar todavía colorado por la chispa de la salamandra, pero el impulso de abrirlo se le había evaporado, reemplazado por esa pesadez ácida que se le instalaba en la boca del estómago cada vez que el pueblo decidía recordarle el apellido que cargaba.

—No lo abras ahora —dijo Pascual, sin darse vuelta—. Si te encuentran con eso desprecintado antes del toque de queda, ni Cárdenas va a poder inventar que te lo dio para ordenar el archivo.

—No me lo dio para ordenar nada. Me lo dio para sacárselo de encima.

—Con más razón.

Pascual agarró un pedazo de torta frita fría del plato de lata, lo sopló con una seriedad ridícula para sacarle una supuesta pelusa invisible y le pegó un mordisco. Masticó despacio, mirando el techo de chapas combadas que crujía con cada sacudida del viento del sudoeste.

—Tenés que irte a tu casa antes de que baje la camioneta de la comisión —agregó él—. Tu vieja va a empezar a llamar a los vecinos y ya sabés cómo se pone la línea cuando caen dos copos: no anda ni el discado de emergencia.

Bianca guardó la carpeta dentro del morral de lona, debajo del buzo de gimnasia y un paquete de pastillas de menta aplastadas.

—Cosas que no voy a hacer hoy —murmuró mientras se subía el cierre del camperón hasta la pera—: uno, tenerle miedo a una plasta de barro. Dos, pedirle permiso a nadie para respirar.

—Tres: devolverme la linterna que me robaste en mayo —completó Pascual.

—Esa linterna se murió por causas naturales en el galpón, Pascual. No inventes.

◇

El aire de la calle cortaba como hojalata recién afilada.

El barro de la vereda se había petrificado en crestas filosas bajo una capa fina de escarcha blanca. Cada paso de Bianca sobre las huellas secas sonaba como cáscaras de huevo partiéndose bajo la goma de sus zapatillas. A lo lejos, contra el corte plomizo de la cordillera que amenazaba con la primera nevasca brava de junio, las balizas anaranjadas de una Toyota 4x4 municipal parpadeaban con una monotonía de boya perdida en la nada.

Bianca sacó el teléfono del bolsillo.

La pantalla astillada parpadeó un instante con el último aliento de batería antes de volver a apagarse, pero no le hacía falta verla para recordar las palabras exactas.

En el vidrio negro todavía ardía el borrador que no había llegado a mandar antes del apagón:

«¿Por qué te pusiste la lana roja si juraste que no ibas a firmar nada con los viejos?»

Apretó el aparato inútil en la palma y se metió las manos en los bolsillos, apurando el paso por el callejón que bordeaba la usina vieja.

El transformador comunal zumbaba con una vibración grave que se le metía a uno en los empastes de las muelas. El aceite aislante del aparato goteaba una mancha negra sobre el suelo congelado, humeando apenas por el contraste térmico.

Apoyado contra la reja de alambre tejido, con los puños hundidos hasta el fondo de los bolsillos de su campera de lona encerada y la capucha baja, estaba él.

Lisandro.

No llevaba guantes.

Tenía la mandíbula apretada y la nariz enrojecida por el aire helado, pero lo primero que los ojos de Bianca buscaron —por puro reflejo traidor— fue su muñeca derecha. La manga se le había subido un centímetro. Ahí estaba: la hilacha áspera de lana cruda teñida de escarlata, apretada contra el tendón.

Bianca frenó a tres pasos. El barro congelado crujió bajo sus pies.

—Te estás volviendo predecible, Véliz. Si querías dar explicaciones podías dejar un recado en la tranquera y ahorrarte la neumonía.

Lisandro no sonrió. Ni siquiera parpadeó rápido.

—No vengo a darte explicaciones, Bianca.

Tenía la voz opaca, gastada, como si hubiera estado tragando polvo de aserradero toda la mañana. Dio un paso hacia adelante, saliendo del resguardo de la chapa de la usina, y el viento le desordenó el pelo oscuro sobre la frente.

—Pascual no tendría que haberte dejado salir con esa carpeta —dijo él, bajando el tono hasta convertirlo en un murmullo que casi tapaba el zumbido de los cables de alta tensión.

—Pascual hace lo que se le canta. Y yo también.

—No sabés lo que estás cargando.

—Sé perfectamente lo que cargo. El nombre de mi viejo. Que a ustedes les da vergüenza ajena porque no se arrodilló a tiempo cuando vinieron a marcar los corrales.

Lisandro apretó los dientes. Bianca notó el salto diminuto en el músculo de su mandíbula, ese tic que tenía desde los catorce años cuando perdía la paciencia en los picados de fútbol del potrero.

—Tu viejo era un tipo terco que creía que se podía torear a la cordillera con una pala oxidada —soltó él, y por un instante la frialdad se le quebró en una rabia viva—. Y terminó como terminó por no escuchar a los que veían venir la helada.

—Qué lindo discurso. ¿Te lo enseñó don Loncopán mientras te ataba la cintita roja o lo inventaste vos solo mientras ensillabas la yegua?

Lisandro dio otro paso. Quedó tan cerca que Bianca pudo sentir el vaho tibio de su respiración rompiéndose contra el aire helado entre los dos. Olía a humo de leña verde de coihue y a tabaco armado.

—No hables de lo que no viste.

—Vi suficiente. Te vi el lunes en la escuela haciéndote el sordo cuando pasé por el pasillo.

—Tenía que hacerlo.

—Qué sacrificio enorme. Casi lloro.

Lisandro la miró fijo. Los ojos oscuros de él, del color que tenían los pozones del río cuando el deshielo venía turbio, estaban cargados de una fatiga que no parecía de chico de diecisiete años. Parecía más viejo. Parecía gastado por dentro.

—Sos una idiota, Pezoa.

—Y vos un mandado con título de puestero.

Se quedaron callados. El transformador zumbó más fuerte, una descarga sorda que hizo vibrar el alambrado a sus espaldas.

A lo lejos sonó la campana de bronce de la Escuela Provincial N° 12 llamando al turno tarde, pero el tañido llegó deformado por las ráfagas, roto en pedazos metálicos que se disolvían en el cañadón.

—Mi viejo solía decir una cosa antes de que todos ustedes borraran su nombre de las actas —dijo Bianca, sosteniéndole la mirada sin pestañear—. Decía que una advertencia a medias es casi lo mismo que una trampa cavada con pala ajena.

Lisandro bajó la vista un segundo hacia el pecho de Bianca, hacia el bulto cuadrado que hacía el morral bajo el abrigo.

Cuando volvió a levantar los ojos, la distancia entre ellos ya no era de orgullo.

Era miedo.

—Esta noche no vayas al galpón comunal, Bianca. Hacete la enferma.

Fin del Episodio 4 · de 14

Víspera de dieciocho

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