La salamandra de hojalata
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La carpeta no pesaba más que un kilo de harina, pero Bianca la llevaba apretada contra el pecho debajo del camperón como si fuera una garrafa clandestina.
Salió por la puerta trasera del gimnasio antes de que el timbre del recreo largo terminara de sonar. A las once y cuarto, Cañadón Frío era una sola masa de aire gris suspendida entre los cerros, con las balizas de las camionetas del Consejo titilando allá abajo, en el cruce de la ruta, como dos brasas anaranjadas que nadie se molestaba en apagar.
Pascual ya estaba esperándola en la tranquera de su casa, pateando un terrón de tierra congelada con la punta de las botas de goma.
—Te tardaste media vida —dijo él, sin mirarla—. Antileo casi me hace copiar el mapa hidrográfico de memoria porque no estabas para pasarme la goma.
—Cárdenas me dio esto.
Pascual miró el bulto bajo el abrigo. El medallón de lacre negro asomaba apenas por el cierre entreabierto, opaco y frío.
—Ah —dijo Pascual. Se rascó la oreja con el hombro—. Qué lindo. Me alegro de no ser vos.
—Sos un sol, Pascual. De verdad, un apoyo emocional invalorable.
La cocina olía a humedad reconcentrada y a viruta de pino.
La salamandra de hojalata —un tambor de chapa remendado con alambre dulce en la base— gruñía cada vez que el viento bajaba por el caño exterior, pero el calor no terminaba de despegarse de las paredes de metal. Bianca abrió la puertuela con la punta de una cuchara oxidada y metió dos astillas de coihue que todavía chorreaban resina clara.
Mala idea.
Una bocanada de humo denso y lechoso le dio de lleno en la cara, haciéndola toser hasta que se le saltaron las lágrimas.
—El fuego que echa humo blanco es el que menos abriga y el que más arde en los ojos —recitó Pascual desde la mesa, desenvolviendo un paquete de papel de diario grasiento.
—No empieces con los proverbios de tu tía, te lo pido por favor.
—No es un proverbio, es física de la cordillera. Metiste leña recién volteada, genia. Se te va a apagar antes de que entibie la pava.
Bianca dejó caer la cuchara sobre la mesada. Resopló, apartándose un mechón húmedo de la frente con el dorso de la mano.
Cosas que no voy a hacer hoy:
1. Llorar sobre una salamandra oxidada.
2. Pensar en por qué Lisandro Véliz no fue capaz de sostenerle la mirada en el pasillo.
3. Mirar el teléfono.
Sacó el teléfono muerto del bolsillo.
La pantalla cruzada por la rajadura diagonal siguió en tinieblas, tan fría como el fierro de la cocina.
En el vidrio apagado todavía resonaban las palabras que no había llegado a mandar antes de que muriera la batería:
«¿Por qué te pusiste la lana roja si juraste que no ibas a firmar nada con los viejos?»
Apartó el aparato inútil sobre el hule con un empujón amargo.
No.
Pascual partió una torta frita por la mitad. Estaba fría, dura como suela de zapato de invierno, con una costra de azúcar que crujía tristemente bajo los dientes.
—Tomá —dijo él, ofreciéndole la mitad más grande—. Si la ponés sobre la tapa de la salamandra dos minutos, zafa. Parece comida humana.
—No tengo hambre.
—Comé, Pezoa. Tenés cara de velorio y todavía ni abriste el coso ese.
Bianca tomó la masa tiesa. La apoyó sobre el hierro tibio. La masa empezó a chillar despacio contra la chapa, despidiendo un vapor espeso que al menos tapaba un poco el tufo picante del coihue verde.
—Lisandro se va a quedar con el puesto de la margen sur —dijo Pascual de pronto, masticando con la boca semiabierta.
Bianca no se movió.
—¿Quién te dijo?
—Nadie me tiene que decir nada. La cinta roja de lana cruda solo se la ponen los Loncopán cuando cierran un traspaso de invernada. Si él la tiene puesta en la derecha, es porque aceptó el pacto. Se casa con la hija del capataz o se hace cargo de la tranquera grande en Cerro Ceniza. Una de dos.
—La hija del capataz tiene catorce años, Pascual, no seas imbécil.
—Bueno, la tranquera grande, entonces. Es lo mismo. Significa que a partir del solsticio manda él.
Bianca miró la torta frita. La grasa burbujeaba apenas en un borde chamuscado.
—No me importa lo que haga Véliz con su vida —mintió.
—Se nota. Sobre todo por cómo se te quemó el desayuno.
Maldijo por lo bajo y retiró la masa con los dedos desnudos. Se quemó la yema del pulgar, se la llevó a la boca para chupar el calor y miró por fin la carpeta de cartulina amarilla que descansaba sobre el hule floreado de la mesa.
El medallón de lacre negro tenía la marca profunda de una garra partida: el cuño del Consejo de Clanes que solo se usaba para sellar los legajos de los muertos en deshonor.
Su padre, Héctor Daniel Pezoa, nunca había sido un hombre de deshonras; o al menos eso era lo que Bianca se había repetido durante siete inviernos enteros para poder dormir con la casa temblando por el viento.
—¿La vas a abrir o nos quedamos mirándola hasta que nos congelemos? —preguntó Pascual, limpiándose las migas del pulóver gastado.
—Cárdenas dijo que antes del mediodía iban a venir a buscarla.
—Son las once y media.
—Lo sé.
—Y afuera se está largando agua-nieve.
—También lo sé.
Bianca estiró la mano hacia el lacre. La cera estaba quebradiza por el frío de la habitación, con pequeñas grietas que parecían venas oscuras recorriendo el cartón. El papel crujió bajo sus dedos.
Si rompía ese sello, no había vuelta atrás con los Loncopán.
Si no lo rompía, Lisandro y su gente se quedarían con todo lo que su padre había dejado al otro lado del alambrado.
Dudó.
Un golpe seco, pesado y viscoso retumbó contra la chapa exterior de la puerta.
No fue un nudillo.
Fue el chasquido sordo de una mano abierta arrojando una plasta de barro fresco de la frontera directo contra la madera.
Fin del Episodio 3 · de 14
La salamandra de hojalata
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