El banco del fondo
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Las nueve de la mañana en Cañadón Frío tenían siempre el mismo color: una mezcla sucia entre el hollín de los caños de escape y la claridad amarillenta de las cortinas plásticas del aula.
Bianca apoyó la frente contra la madera del banco. Olía a barniz viejo y a corrector seco. Detrás de ella, el radiador pegado a la pared crujía con golpes sordos, como si alguien estuviera atrapado en las cañerías dándole patadas rítmicas al hierro fundido.
El tribunal de medianoche no había llegado a reunirse. A las once y media cortaron la luz del pueblo, el viento blanco tapó la ruta de Cerro Ceniza y los Loncopán se encerraron con Lisandro en la sala de actas hasta pasadas las tres. A Bianca nadie la llamó. Esperó en el aula de música hasta que Pascual se durmió sobre el crucigrama, y después volvió a su casa caminando por el medio de la ruta, sin saber si la habían perdonado o si solo la estaban dejando para después.
—Si te dormís ahora, el profe Antileo te va a clavar un uno en el práctico de Geografía —susurró Pascual Meliqueo desde el banco de al lado. Tenía los dedos manchados con tinta azul de una lapicera que perdía por la rosca.
—No me estoy durmiendo —murmuró Bianca sin levantar la cabeza—. Estoy fingiendo que no existo. Son disciplinas distintas.
—Ah, claro. Una técnica milenaria.
—Callate, Meliqueo.
Pascual sacó del bolsillo de su campera un paquete arrugado de galletitas de agua. Quedaban dos, partidas al medio y cubiertas de migas que parecían aserrín. Le tendió una mitad sobre el cuaderno espiralado.
—Tomá. Tienen gusto a nada, pero al menos hacen ruido.
—No quiero.
—Comela, Pezoa. Tenés cara de haber pasado la noche entera contando ovejas tuertas.
Bianca suspiró y mordió la galleta. Sabía exactamente a lo prometido: cartón salado y frío de la cordillera. Levantó la vista apenas unos centímetros, lo suficiente para ver la nuca de Lisandro Véliz tres filas más adelante.
Llevaba el pelo todavía húmedo por la llovizna helada que caía sobre el patio de baldosas rotas. Su buzo negro, deshilachado en los puños, dejaba al descubierto la muñeca derecha. Ahí seguía: la hebra escarlata de lana cruda, anudada con tres vueltas firmes. Lisandro sostenía una birome entre los dedos índice y pulgar, haciéndola girar con una monotonía exasperante, sin tomar un solo apunte de la pizarra.
Bianca sacó su teléfono del bolsillo del guardapolvo. Apretó el botón lateral, pero la pantalla cruzada por la rajadura diagonal no encendió: la batería había terminado de morir la noche anterior, justo después de que Lisandro cruzara el pasillo custodiado por los Loncopán.
Se quedó mirando su propio reflejo turbio en el vidrio oscuro, masticando la pregunta que no había llegado a enviarle antes del apagón:
«¿Por qué te pusiste la lana roja si juraste que no ibas a firmar nada con los viejos?»
Guardó el aparato inútil en el bolsillo antes de que Antileo la descubriera.
Cosas que Bianca no pensaba hacer ese martes:
1. Mirarle la espalda a Lisandro cada cuatro minutos.
2. Preguntarle a Pascual si sabía algo del tribunal de medianoche.
3. Recordar que su padre solía decir que hay herencias que pesan más que una bolsa de sal mojada en la espalda.
4. Respirar hondo.
Pascual se inclinó sobre el pasillo que separaba sus mesas.
—¿Viste la chata que estacionó afuera a las siete? —preguntó por lo bajo, fingiendo que buscaba una goma de borrar debajo de su cartuchera con cierre roto.
—No miré.
—Mentira. Estuviste pegada a la ventana del pasillo como un bicho de luz.
—Estaba mirando si nevaba, idiota.
—No nieva con este viento blanco, Bianca. La nieve pasa de largo y te corta la cara, nada más.
Un trozo de tiza golpeó seco contra la esquina del pupitre de Pascual. El profesor Antileo, con su guardapolvo gris abotonado hasta la nuez y los anteojos sujetos por un elástico negro, no apartó los ojos del pizarrón donde dibujaba las curvas de nivel del Cerro Ceniza.
—Meliqueo —dijo Antileo sin darse vuelta—. Si la orografía del cañadón le resulta tan fascinante como para debatirla en susurros, pase al frente y termine de marcar la cuenca.
Pascual se hundió en la silla hasta que las rodillas le chocaron con el cajón de madera.
—Todo bajo control, profe. Estudiando el relieve.
Una risa ahogada recorrió las dos primeras filas. Lisandro no se rió. Ni siquiera detuvo el giro de la birome entre sus dedos largos y pálidos, enrojecidos en los nudillos por la helada de la mañana.
La puerta del aula se abrió sin golpear.
El chirrido de las bisagras oxidadas congeló el murmullo de la clase. El director Cárdenas se recortó en el marco. Traía el sobretodo de paño oscuro todavía cubierto de gotitas brillantes y una carpeta de cartón marrón apretada bajo el brazo. Olía a tabaco armado y al café recalentado de la sala de preceptores.
—Disculpe, profesor —dijo Cárdenas, barriendo el salón con una mirada que no buscaba culpables de ninguna travesura infantil.
El aula quedó muda.
—Pezoa.
Bianca se quedó quieta. La galleta seca se le trabó en la garganta.
—¿Yo? —atinó a decir, señalándose el pecho con la punta de los dedos fríos.
—Junte sus cosas y acompáñeme a la rectoría. Ahora.
Un murmullo bajo, espeso y rápido empezó a rodar por los bancos de madera como una corriente de aire filtrada por una rendija. Dos chicas de la fila del medio se codearon disimuladamente. Pascual la miró de reojo, abriendo los ojos con una alarma que no logró disimular detrás de su sonrisa torcida.
Por primera vez en toda la mañana, Lisandro Véliz detuvo la lapicera.
Giró la cabeza hacia atrás, apenas un cuarto de perfil. Sus ojos oscuros encontraron los de Bianca durante medio segundo. No hubo burla ni distancia en su gesto; solo una rigidez tensa en la mandíbula, y ese leve temblor involuntario en los dedos que delataba el frío que le subía por la sangre desde la muñeca atada con lana roja.
—Vamos, Pezoa. No tenemos todo el día —apuró el director desde el pasillo.
Bianca metió el cuaderno sin doblar en la mochila gastada, el teléfono muerto en el bolsillo y se levantó. El banco raspó el piso con un quejido agudo que le puso los pelos de punta.
—Si te suspenden, me quedo con tu campera de abrigo —susurró Pascual mientras ella pasaba.
—En tus sueños, Meliqueo.
El pasillo de la escuela era largo, umbrío y olía a lavandina barata mezclada con el vaho de treinta camperas húmedas secándose sobre los percheros de caño. Cada paso de Bianca detrás de los zapatones de Cárdenas sonaba hueco, amplificado por el techo alto de chapa que vibraba con los embates del viento cordillerano.
Nadie hablaba. Cárdenas caminaba rápido, con las manos metidas en los bolsillos del sobretodo y la cabeza gacha, esquivando los tachos de plástico azul colocados en el suelo para juntar las goteras del deshielo.
—¿Hice algo malo, director? —preguntó ella a mitad de camino, apurando el paso para no quedarse atrás.
—Usted no hizo nada, Pezoa.
La respuesta seca no ayudó a calmar el golpeteo sordo en las sienes de Bianca.
Entraron a la rectoría. El despacho era chico, atiborrado de archivadores metálicos de color verde oliva y diplomas descoloridos enmarcados en madera barata. Una estufa halógena de dos velas iluminaba con un resplandor anaranjado el piso de linóleo gastado.
Cárdenas no se sentó tras el escritorio. Se quedó parado junto a la ventana que daba al patio trasero, donde las camionetas de la comisión del Consejo todavía tenían los motores en marcha, largando bocanadas de humo blanco contra el cerco de alambre.
—Cierre la puerta —indicó sin volverse.
Bianca empujó la hoja de madera hasta que el pestillo trabó con un chasquido metálico. Sus ojos fueron directo al centro del escritorio de roble raspado.
Ahí, justo entre un portalápices de plástico y un talonario de amonestaciones, descansaba una carpeta gruesa de cartulina amarilla, con los bordes gastados por años de manoseo.
En la portada se leía el nombre de su padre, escrito a máquina con cinta gastada:
PEZOA, HÉCTOR DANIEL — REGISTRO DE CASTA Y LINAJE.
Cruzando el cierre de la solapa, un cordel de cáñamo grueso sostenía un medallón de lacre negro, brillante y duro como la obsidiana, marcado a fuego con la garra partida del Consejo de Clanes.
La cera negra no se usaba para las faltas escolares ni para los traslados de expediente.
Se usaba para los muertos o para los traidores.
El viento empujó la chapa exterior de la ventana con un golpe seco.
—Léalo si quiere —dijo Cárdenas en voz muy baja, sin apartar la vista de los vehículos que esperaban afuera—. Porque antes del mediodía van a venir a buscarlo.
Fin del Episodio 2 · de 14
El banco del fondo
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