La loba que el alfa rechazó·Episodio 01

Grasa fría y gasóleo

~6 min · 1209 palabras

La estufa de chapa del aula de música zumbaba con un traqueteo ronco que mezclaba el olor a gasóleo crudo con el de tiza vieja. Afuera, la tarde se caía a pedazos contra el cañadón, teñida de ese gris plomo pesado que anuncia nevasca antes de que el pronóstico provincial se digne a actualizarse.

Cosas que una persona con dos dedos de frente no debería estar haciendo a las seis de la tarde: 1. Esperar que el agua tibia de una pava abollada haga milagros. 2. Rasquetear con la uña la grasa pegada a un papel de diario. 3. Contar los minutos exactos que faltan para que la sangre de manada venga a cobrarle una cuenta que ella nunca firmó.

Faltaban exactamente seis horas para la medianoche. Bianca apoyó las dos palmas enguantadas contra la rejilla tibia del calefactor, esperando un golpe de calor que nunca terminaba de llegar a los dedos de los pies. El frío de la cordillera no avisa cuando entra; se mete despacio entre la suela y el hueso.

—Si le seguís echando yerba encima sin vaciar la calabaza, vamos a terminar tomando cemento —dijo Pascual Meliqueo sin levantar la vista de su crucigrama gastado.

Estaba desparramado en un banco doble de fórmica rayada, con una campera de corderoy descolorida que le quedaba dos talles grande y los restos de una torta frita tiesa envuelta en papel del Diario Río Negro sobre las rodillas.

—La yerba está cara, Pascual. Se le da vuelta la montañita y rinde dos termos más.

—Eso no es una montañita, Pezoa. Es un pantano.

—Tomátelo y callate.

Pascual sorbió la bombilla. Hizo un ruido cavernoso, como de cañería vieja desatascándose con desgana, pero no se quejó más. Había nacido en Cañadón Frío con la paciencia de las piedras del lecho y un instinto de conservación bastante deficiente, lo que explicaba por qué seguía sentado ahí adentro en vez de haber huido en la última chata que bajó a Paso del Coihue antes de que la escarcha endureciera el barro del camino.

—¿A qué hora dijiste que venía la comitiva? —preguntó él, masticando la masa fría.

—No es una comitiva.

—Bueno, el tribunal. Los muchachos del bosque con delirios de terratenientes. Como prefieras llamarlos.

—A las doce. En la tranquera de la Escuela 12.

—Divino. Justo cuando cortan la luz del pueblo para ahorrar el gasoil del generador.

Bianca sacó el teléfono del bolsillo del buzo. La pantalla tenía una rajadura diagonal que le cruzaba la cara a la foto de fondo y la batería titilaba con un miserable cuatro por ciento. Abrió la aplicación de mensajes por puro reflejo, casi por inercia muscular, y miró la conversación anclada en el fondo de la lista.

Borrador no enviado (17:48): «Si vas a venir con los viejos Loncopán al menos avisame. Y devolveme el buzo de lana, caradura.»

El cursor parpadeaba sobre el botón de enviar con una insistencia idiota. Lo borró letra por letra con la yema del pulgar entumecido.

Cobarde.

—Te vas a quedar sin batería antes de que empiece el baile —apuntó Pascual, estirando las piernas hasta que las puntas de sus botas de goma chocaron contra las patas de hierro de la mesa.

Afuera, un latigazo de viento blanco sacudió el edificio y arrancó un quejido agudo de las chapas de zinc del gimnasio municipal.

—Mejor. Así no tengo que fingir que me importa lo que digan.

—Lisandro no es de dar discursos, Bianca. Es más bien de poner cara de prócer de bronce y dejar que las cosas exploten solas.

—Nadie le pidió un análisis psicológico al copiloto.

—Solo digo. Si yo fuera el heredero de los Véliz, probablemente andaría escondido debajo de un fardo de pasto antes que venir a dar la cara frente a vos. Pero bueno, Lisandro tiene esa costumbre tan suya de caminar como si la cordillera entera le debiera plata.

Bianca no contestó. Se guardó las manos en los bolsillos y caminó hacia el ventanal del aula. El vidrio vibraba con un zumbido sordo transmitido por el motor diésel de una camioneta comunal que maniobraba en la entrada. Las balizas naranjas del vehículo giraban en la penumbra del patio de ripio, tiñendo la escarcha de destellos intermitentes.

Y si tan solo hubiera tenido el coraje de decir que no cuando—

Apretó los dientes y dejó el pensamiento cortado en seco. No tenía sentido escarbar en el otoño pasado cuando el invierno ya estaba masticando los techos.

◇

El pasillo principal de la Escuela Provincial N° 12 olía a piso encerado con querosén y a la humedad de cincuenta abrigos que ya no estaban colgados en las perchas de madera. A los chicos los habían despachado temprano para evitar que el temporal los dejara aislados camino a Cerro Ceniza, y ahora solo quedaba el parpadeo pálido de los tubos fluorescentes contra el cielo raso de machimbre.

Bianca caminaba despacio, arrastrando los pies sobre las baldosas graníticas. Pascual venía dos pasos detrás, haciendo girar la bombilla vacía entre los dedos con una habilidad ociosa.

—No entiendo por qué no te vas a tu casa, Pascual.

—Porque mi vieja me mandó a buscar dos bolsas de harina a la cooperativa y cerraron temprano por la nevada. Si vuelvo con las manos vacías me pone a picar leña de coihue verde hasta que aclare. Prefiero la diplomacia territorial. Es menos exigente para la espalda.

Bianca soltó una risa seca, pequeña, la primera en muchas horas.

—Sos un desastre.

—Soy un sobreviviente rural. Hay una diferencia.

La puerta vaivén del ala norte se abrió.

No hubo un golpe violento: solo el crujido sordo de la madera pesada contra el tope de goma y una ráfaga helada que barrió el pasillo con partículas diminutas de escarcha. Pascual se frenó de golpe. Bianca también.

Eran tres. Dos hombres mayores de la rama Loncopán, envueltos en ponchos oscuros empapados en aguanieve y con las caras curtidas por el aire de las cumbres, y él en el medio.

Lisandro Véliz.

Llevaba la campera negra de lona encerada abierta a pesar del frío, el pelo oscuro pegado a la frente por el agua y esa línea dura en la mandíbula que ponía cada vez que el peso de su apellido se volvía insoportable. Caminaba con zancadas largas, los ojos fijos en la puerta de vidrio del fondo donde esperaban las actas y las firmas de los mayores.

Bianca se quedó quieta junto a los azulejos desteñidos de la pared. Esperó el gesto. El mínimo desvío. Una pestaña que dudara, la comisura de la boca torciéndose en esa media mueca que solía poner cuando se cruzaban a caballo cerca del vado, cualquier señal diminuta que dijera sé que estás parada ahí, Bianca.

Nada.

Pasó a menos de medio metro de ella, trayendo consigo una estela de aire limpio y humo de leña fría, sin mirarla ni una sola vez. Su hombro casi rozó el de ella al avanzar, ciego y resuelto, como si ella fuera apenas parte del revoque descarcarado del corredor.

Pero en su muñeca derecha, atada con dos nudos ciegos sobre la piel expuesta al viento, colgaba la cinta roja de lana cruda que solo llevan los herederos comprometidos con otra sangre.

Y la medianoche ni siquiera había llegado.

Fin del Episodio 1 · de 14

Grasa fría y gasóleo

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