La loba que el alfa rechazó·Episodio 06

La palabra cortada

~5 min · 1020 palabras

Sostuvo la mirada durante tres segundos enteros antes de fingir que le interesaba una planilla arrugada sobre la mesa.

—Te dije que nos quedáramos pegados a los percheros —susurró Pascual sin mover los labios, con el mentón enterrado en la bufanda tejida a dos agujas.

—Los percheros están al lado de la puerta y la puerta no cierra bien, genio. Me niego a morir de hipotermia solo por diplomacia comunal.

—Prefiero la neumonía al tribunal, Bianca.

—Pascual.

—¿Qué?

—Tenés una mancha de grasa en la pera.

Pascual se pasó la manga del chaquetón por la cara con un bufido malhumorado. De su bolsillo sacó la mitad de una torta frita dura envuelta en papel de diario La Mañana de la semana pasada, sopló una pelusa invisible y le ofreció la esquina quebrada. Bianca negó con la cabeza; el estómago no le daba para sólidos.

—Comé vos —dijo ella en voz baja—. Si te da un síncope en medio del alegato, no pienso arrastrarte hasta la vereda.

Cosas que no voy a hacer esta noche:

1. Mirarlo otra vez fijamente a los ojos.

2. Tirarle la carpeta de papá por la cabeza.

3. Recordar que esa campera azul que lleva puesta se la presté yo en mayo y todavía huele a mi suavizante de ropa barato.

El gimnasio municipal apestaba a leña de coihue recién cortada que humeaba con furia dentro de dos tachos de combustible agujereados. El humo flotaba espeso, atrapado bajo las chapas de zinc que chillaban cada vez que una ráfaga del cañadón sacudía la estructura. En un rincón, el termo abollado de la guardia descansaba sobre un cajón de manzanas volcado, junto a dos tazas de plástico manchadas de yerba vieja. Afuera, las balizas naranjas de dos camionetas de Cerro Ceniza barrían la escarcha de los ventanales altos con un pulso intermitente de ambulancia.

En la pantalla rajada del celular, un borrador sin enviar acumulaba polvo digital desde las ocho: Si vas a hacer una estupidez al menos devolveme las llaves del galpón.

Lo borró con el pulgar aterido.

La asamblea no hablaba; murmuraba como agua hirviendo a fuego bajo. Los viejos de la rama Loncopán ocupaban la primera fila de sillas de plástico gris, con las mantas de telar sobre las rodillas y las boinas caladas hasta las cejas. Nadie miraba hacia las gradas vacías. Todo convergía hacia el tablón central, donde el director Cárdenas permanecía de pie, pálido como la cal apagada, con las manos juntas sobre el expediente grueso.

—Buenas noches —dijo una voz que no necesitó megáfono.

El murmullo se cortó en seco.

Silencio.

Lisandro subió a la tarima de madera terciada con el manto de heredero alfa sobre los hombros.

La piel de guanaco sin curtir le caía pesada sobre la espalda, ribeteada con lana teñida de un carmesí rabioso. No rengueaba, pero el paso le sonó seco sobre la madera, un chasquido hueco que retumbó hasta las vigas del techo. En la muñeca derecha, la cinta escarlata estaba atada tan tirante que los nudillos se le veían blancos, casi azulados por el frío que se colaba entre los tablones.

Bianca sujetó el morral con firmeza. El cartón de la carpeta de su padre abultaba bajo el camperón, duro y reconocible al tacto.

—El Consejo de Clanes no sesiona por capricho en víspera de helada grande —habló el más anciano de los Loncopán, levantándose con la ayuda de un bastón de coihue pulido—. Hay deudas que el invierno no perdona y nombres que enturbian el pozo de todos.

Lisandro no miró al anciano. Miró el brasero de hierro forjado que ardía a sus pies, donde las brasas chisporroteaban con olor a resina agria y grasa de capón.

—Sabemos lo que vino a buscar la hija de Héctor Pezoa —dijo Lisandro. La voz le salió clara, raspada en los bordes, con una serenidad calculada para impresionar al fondo del salón.

—Lisandro —soltó Bianca antes de que Pascual pudiera zamarrearle la manga.

Tres ancianos giraron la cabeza al unísono. Pascual cerró los ojos y se pegó más a la pared, murmurando algo que sonó a resignación pura.

—No tenés derecho a hablar de mi papá frente a esta gente —agregó ella, dando un paso al frente sobre el cemento pelado.

—Tengo el manto, Pezoa —respondió él sin levantar la voz, pero clavándole por fin los ojos oscuros, dos astillas de vidrio opaco que no prometían nada bueno—. Y sobre esta tarima, lo que tu padre dejó enterrado no es un secreto: es una condena que nos arrastra a todos si no se corta en seco.

—La carpeta no dice lo que ellos te contaron. Si la leyeras—

—Las carpetas no sangran. Los hombres sí.

Dio dos pasos lentos hacia el borde de la madera terciada. El manto rozó el borde del brasero. El aire caliente distorsionaba su figura, haciéndolo parecer más ancho, más distante, como un desconocido al que jamás le hubiera cebado un mate con cáscara de naranja en la cocina de su abuela.

Bianca lo comprendió un segundo antes de que él abriera la boca; lo vio en la rigidez de su mandíbula, en el desdén impostado con que acomodó el ribete de lana roja sobre su pecho para que nadie viera cómo le temblaba la mano libre.

Lisandro dio un paso al frente, inclinó el rostro sobre el fuego ritual y arrojó un puñado de nieve sucia directamente sobre el lecho de ascuas rojas.

El siseo del carbón apagándose sonó como un latigazo en el galpón helado.

—A partir de este fuego y hasta que la última nieve de Cerro Ceniza se derrita —proclamó Lisandro, mirando a la multitud sin volver a cruzar los ojos con ella—, desconozco el linaje, la palabra y la sangre de la hija del traidor Pezoa. Queda fuera de la empalizada.

El aire del galpón se volvió de pronto irrespirable, quieto como un pozo helado.

Nadie respiró.

—Andate, Bianca —murmuró Pascual tironeándole del abrigo, pero ella no se movió.

En la tarima, Lisandro bajó los brazos con lentitud, como si el veredicto recién pronunciado pesara más que la piel de guanaco que llevaba sobre los hombros.

Fin del Episodio 6 · de 14

La palabra cortada

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