La llamada de Cthulhu·Episodio 04

El relato del inspector Legrasse · II

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Solo dos de los prisioneros fueron considerados lo suficientemente cuerdos como para ser ahorcados, y el resto fue internado en diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los asesinatos rituales, y afirmaron que las muertes habían sido obra de los Seres de Alas Negras que habían acudido a ellos desde su lugar de reunión inmemorial en el bosque encantado. Pero de aquellos aliados misteriosos jamás pudo obtenerse un relato coherente. Lo que la policía logró extraer provino principalmente de un mestizo sumamente anciano llamado Castro, quien aseguraba haber navegado hacia puertos extraños y conversado con líderes inmortales del culto en las montañas de China.

El viejo Castro recordaba fragmentos de una leyenda espantosa que empequeñecían las especulaciones de los teósofos y hacían que el hombre y el mundo parecieran recientes y transitorios en verdad. Había habido eones en que otras Cosas gobernaron la tierra, y habían tenido grandes ciudades. Vestigios de Ellas, decía que le habían contado los chinos inmortales, aún podían hallarse en forma de piedras ciclópeas en islas del Pacífico. Todas murieron vastas épocas antes de la llegada del hombre, pero existían artes capaces de revivir Las cuando las estrellas volvieran a ocupar las posiciones correctas en el ciclo de la eternidad. En verdad, Ellas mismas habían venido de las estrellas, y habían traído consigo Sus imágenes.

Esos Grandes Antiguos, continuó Castro, no estaban compuestos enteramente de carne y hueso. Tenían forma —pues ¿acaso no lo demostraba esta imagen moldeada por las estrellas?—, pero esa forma no estaba hecha de materia. Cuando las estrellas eran propicias, podían precipitarse de mundo en mundo a través del cielo; pero cuando las estrellas eran desfavorables, no podían vivir. Mas aunque ya no vivían, jamás morirían realmente. Todos yacían en casas de piedra en su gran ciudad de R’lyeh, preservados por los sortilegios del poderoso Cthulhu para una gloriosa resurrección cuando las estrellas y la tierra estuvieran una vez más preparadas para Ellos. Pero en ese momento alguna fuerza exterior debía servir para liberar sus cuerpos. Los sortilegios que los preservaban intactos impedían asimismo que dieran un movimiento inicial, y solo podían yacer despiertos en la oscuridad y pensar mientras transcurrían incontables millones de años. Sabían todo lo que ocurría en el universo, pues su modo de comunicación era el pensamiento transmitido. Aún ahora hablaban en sus tumbas. Cuando, tras infinidades de caos, llegaron los primeros hombres, los Grandes Antiguos hablaron a los sensibles entre ellos moldeando sus sueños; pues solo así su lenguaje podía alcanzar las mentes carnales de los mamíferos.

Entonces, susurró Castro, esos primeros hombres formaron el culto en torno a pequeños ídolos que los Grandes les mostraron; ídolos traídos en eras oscuras desde estrellas tenebrosas. Ese culto jamás moriría hasta que las estrellas volvieran a ser propicias, y los sacerdotes secretos sacarían al gran Cthulhu de su tumba para revivir a sus súbditos y reanudar su dominio de la tierra. El momento sería fácil de reconocer, pues entonces la humanidad se habría vuelto como los Grandes Antiguos; libre y salvaje y más allá del bien y del mal, con las leyes y la moral descartadas, y todos los hombres gritando y matando y regocijándose en el júbilo. Entonces los Antiguos liberados les enseñarían nuevos modos de gritar y matar y regocijarse y disfrutar, y toda la tierra arderá con un holocausto de éxtasis y libertad. Entretanto el culto, mediante los ritos apropiados, debía mantener viva la memoria de aquellos antiguos caminos y vislumbrar la profecía de su regreso.

En los tiempos primordiales, hombres elegidos habían hablado con los Antiguos sepultados en sueños, pero entonces algo había sucedido. La gran ciudad de piedra de R’lyeh, con sus monolitos y sepulcros, se había hundido bajo las olas; y las aguas profundas, llenas del único misterio primordial a través del cual ni siquiera el pensamiento puede pasar, habían cortado la comunicación espectral. Pero la memoria nunca murió, y los altos sacerdotes decían que la ciudad volvería a alzarse cuando las estrellas fueran propicias. Entonces surgieron de la tierra los espíritus negros de la tierra, mohosos y sombríos, y llenos de vagos rumores recogidos en cavernas bajo fondos marinos olvidados. Pero de ellos el viejo Castro no se atrevía a hablar mucho. Se interrumpió apresuradamente, y ninguna cantidad de persuasión o sutileza pudo arrancarle más en este sentido. Del tamaño de los Antiguos, asimismo, se negó curiosamente a hablar. Del culto, dijo que creía que el centro se hallaba en medio de los desiertos sin caminos de Arabia, donde Irem, la Ciudad de los Pilares, sueña oculta e intacta. No estaba emparentado con el culto de brujas europeo, y era virtualmente desconocido más allá de sus miembros. Ningún libro había sugerido jamás nada al respecto, aunque los chinos inmortales decían que había dobles sentidos en el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred que los iniciados podían leer como quisieran, especialmente el tan comentado parejón:

«No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con los extraños eones hasta la muerte puede morir».

Legrasse, profundamente impresionado y no poco desconcertado, había inquirido en vano acerca de las filiaciones históricas del culto. Castro, al parecer, había dicho la verdad cuando afirmó que era totalmente secreto. Las autoridades de la Universidad Tulane no pudieron arrojar luz alguna ni sobre el culto ni sobre la imagen, y ahora el detective había acudido a las más altas autoridades del país y no había hallado más que el cuento groenlandés del profesor Webb.

◇

El interés febril despertado en la reunión por el relato de Legrasse, corroborado como estaba por la estatuilla, resuena en la correspondencia posterior de los asistentes, aunque apenas se hace mención de ello en la publicación formal de la sociedad. La prudencia es el primer cuidado de aquellos acostumbrados a lidiar con el charlatanismo y la impostura ocasionales. Legrasse cedió la imagen por algún tiempo al profesor Webb, pero a la muerte de este le fue devuelta y permanece en su poder, donde la contemplé no hace mucho. Es verdaderamente algo terrible, e inconfundiblemente afín a la escultura onírica del joven Wilcox.

Que mi tío estuviera entusiasmado por el relato del escultor no me extrañaba, pues ¿qué pensamientos no habrían de surgir al enterarse, tras conocer lo que Legrasse había averiguado sobre el culto, de un joven sensible que no solo había soñado la figura y los jeroglíficos exactos de la imagen hallada en el pantano y la tablilla del demonio de Groenlandia, sino que había dado en sus sueños con al menos tres de las palabras precisas de la fórmula pronunciada por igual por los diabólicos esquimoles y los mestizos luisiananos? La inmediata iniciativa del profesor Angell de emprender una investigación de la más absoluta minuciosidad era eminentemente natural; aunque en privado yo sospechaba que el joven Wilcox había oído hablar del culto por algún medio indirecto, y que había inventado una serie de sueños para realzar y prolongar el misterio a expensas de mi tío. Los relatos de sueños y los recortes coleccionados por el profesor eran, por supuesto, una fuerte corroboración; pero el racionalismo de mi mente y la extravagancia de todo el asunto me llevaron a adoptar lo que consideraba las conclusiones más sensatas. Así pues, tras estudiar a fondo el manuscrito de nuevo y correlacionar las notas teosóficas y antropológicas con el relato del culto de Legrasse, hice un viaje a Providence para ver al escultor y darle la reprimenda que creía apropiada por engañar tan descaradamente a un hombre docto y anciano.

Wilcox aún vivía solo en el edificio Fleur-de-Lys en la calle Thomas, una espantosa imitación victoriana de arquitectura bretona del siglo XVII que hace alarde de su fachada estucada en medio de las encantadoras casas coloniales de la antigua colina, y bajo la misma sombra del campanario georgiano más hermoso de América. Lo encontré trabajando en sus habitaciones, y enseguida deduje por los especímenes esparcidos por allí que su genio es en verdad profundo y auténtico. Creo que se hablará de él algún día como uno de los grandes decadentistas; pues ha cristalizado en arcilla y un día reflejará en mármol esas pesadillas y fantasías que Arthur Machen evoca en prosa, y Clark Ashton Smith hace visibles en verso y en pintura.

Oscuro, frágil y de aspecto algo descuidado, se volvió lánguidamente ante mi llamada y me preguntó el motivo de mi visita sin levantarse. Cuando le dije quién era, mostró cierto interés; pues mi tío había despertado su curiosidad al indagar en sus extraños sueños, pero jamás le había explicado el motivo del estudio. No amplié su conocimiento a este respecto, sino que busqué con cierta sutileza hacerlo hablar.

En poco tiempo me convencí de su absoluta sinceridad, pues hablaba de los sueños de un modo que nadie podía malinterpretar. Estos y su residuo subconsciente habían influido profundamente en su arte, y me mostró una estatua morbosa cuyas formas casi me hacían temblar por la potencia de su oscura sugerencia. No recordaba haber visto el original de aquello salvo en el bajorrelieve de su propio sueño, pero los contornos se habían formado imperceptiblemente bajo sus manos. Era, sin duda, la gigantesca figura sobre la que había delirado. Pronto dejó claro que en realidad no sabía nada del culto oculto, salvo por lo que el implacable interrogatorio de mi tío había dejado escapar; y de nuevo me esforcé por pensar en alguna manera en que pudiera haber recibido aquellas extrañas impresiones.

Hablaba de sus sueños de un modo extrañamente poético; haciéndome ver con terrible viveza la húmeda ciudad ciclópea de verdosa y viscosa piedra —cuya geometría, según decía extrañamente, estaba completamente mal— y oír con aterrorizada expectación la incesante llamada medio mental procedente del subsuelo: «Cthulhu fhtagn», «Cthulhu fhtagn».

Estas palabras habían formado parte de aquel temible ritual que hablaba de la vigilante espera del difunto Cthulhu en su cripta de piedra de R’lyeh, y me sentí profundamente conmovido a pesar de mis creencias racionales. Wilcox, estaba seguro, había oído hablar del culto de manera fortuita, y pronto lo había olvidado entre la masa de sus lecturas e imaginaciones igualmente extrañas. Más tarde, en virtud de su pura fuerza expresiva, había encontrado cauce subconsciente en los sueños, en el bajorrelieve y en la terrible estatua que ahora contemplaba; de modo que su engaño hacia mi tío había sido de lo más inocente. El joven era de un tipo, a la vez un tanto afectado y un tanto descarado, que jamás podría llegar a agradarme; pero ahora estaba bastante dispuesto a reconocer tanto su genio como su honradez. Me despedí de él amistosamente y le deseé todo el éxito que su talento prometía.

El asunto del culto seguía fascinándome, y a veces abrigaba visiones de fama personal a partir de investigaciones sobre su origen y conexiones. Visité Nueva Orleans, hablé con Legrasse y con otros miembros de aquella antigua partida de asalto, vi la espantosa imagen e incluso interrogué a los prisioneros mestizos que aún sobrevivían. El viejo Castro, por desgracia, llevaba ya algunos años muerto. Lo que ahora escuchaba de primera mano con tanta viveza, aunque en realidad no fuera más que una confirmación detallada de lo que mi tío había escrito, me entusiasmó de nuevo; pues estaba seguro de ir tras la pista de una religión muy real, muy secreta y muy antigua cuyo descubrimiento me convertiría en un antropólogo de renombre. Mi postura seguía siendo de absoluto materialismo, como desearía que aún fuera, y resté importancia con una perversidad casi inexplicable a la coincidencia de las notas sobre los sueños y los extraños recortes recopilados por el profesor Angell.

Una cosa que comencé a sospechar, y que ahora temo saber, es que la muerte de mi tío estuvo lejos de ser natural. Cayó en una estrecha calle cuesta arriba que conducía desde un antiguo malecón rebosante de mestizos extranjeros, tras el empujón descuidado de un marinero negro. No olvidé la sangre mestiza y las ocupaciones marineras de los miembros del culto en Luisiana, y no me sorprendería enterarme de métodos secretos y agujas venenosas tan despiadados y ancestralmente conocidos como los ritos y creencias enigmáticos. A Legrasse y a sus hombres, es verdad, se los ha dejado en paz; pero en Noruega cierto marinero que vio cosas está muerto. ¿Acaso las indagaciones más profundas de mi tío, tras toparse con los datos del escultor, no habrían llegado a oídos siniestros? Pienso que el profesor Angell murió porque sabía demasiado, o porque estaba a punto de saber demasiado. Si habré de correr su misma suerte está por verse, pues ahora yo he aprendido mucho.

Fin del Episodio 4 · de 6

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