La isla del tesoro·Episodio 05

La isla del tesoro · IV

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Madre —le dije—, cojamos todo y vámonos de una vez —pues estaba seguro de que la puerta atrancada les habría parecido sospechosa y nos echaría encima todo el avispero, aunque nadie que no se hubiese topado con aquel ciego terrible podría comprender cuán agradecido estaba yo de haber echado el cerrojo.

Pero mi madre, con todo su espanto, no consintió en tomar una fracción más de lo que se le debía y se negó obstinadamente a conformarse con menos. No eran aún las siete, dijo, ni con mucho; conocía sus derechos y los haría valer; y todavía estaba disputando conmigo cuando un silbido agudo y apagado sonó a bastante distancia ladera arriba. Aquello fue bastante, y más que bastante, para los dos.

—Me llevaré lo que tengo —dijo, poniéndose en pie de un salto.

—Y yo me llevaré esto para redondear la cuenta —dije yo, recogiendo el paquete de hule.

Al instante siguiente bajábamos los dos a tientas las escaleras, dejando la vela junto al baúl vacío; y al otro habíamos abierto la puerta y nos hallábamos en plena retirada. No habíamos partido un momento demasiado pronto. La niebla se disipaba velozmente; ya la luna brillaba con absoluta claridad en las alturas de ambos lados; y sólo en el fondo mismo de la hondonada y en torno a la puerta de la taberna quedaba aún un tenue velo intacto que ocultaba los primeros pasos de nuestra fuga. Mucho antes de llegar a mitad de camino de la aldea, apenas rebasado el fondo de la colina, tendríamos que salir a la luz de la luna. Y no fue esto todo, pues el rumor de varias pisadas corriendo llegó ya a nuestros oídos, y al mirar hacia atrás en aquella dirección, una luz que oscilaba y avanzaba con presteza demostró que uno de los recién llegados traía una linterna.

—Hijo mío —dijo mi madre de repente—, coge el dinero y corre hacia adelante. Me voy a desmayar.

Aquel era ciertamente el fin de los dos, pensé. ¡Cómo maldije la cobardía de los vecinos! ¡Cómo culpé a mi pobre madre por su honradez y su codicia, por su temeridad pasada y su debilidad presente! Nos hallábamos justamente al pie del pequeño puente, por buena fortuna; y la ayudé, tambaleante como iba, a llegar al borde de la orilla, donde, en efecto, exhaló un suspiro y se desplomó sobre mi hombro. No sé cómo hallé fuerzas para hacerlo, y me temo que fue de manera harto brusca, pero me las arreglé para arrastrarla por el talud y meterla un poco bajo el arco. Más lejos no pude moverla, pues el puente era demasiado bajo para permitirme más que gatear debajo de él. De modo que allí tuvimos que quedarnos: mi madre casi al descubierto y ambos a tiro de voz de la posada.

V El fin del ciego

Mi curiosidad, en cierto modo, fue más poderosa que mi temor, pues no pude quedarme donde estaba, sino que subí de nuevo a gatas por la orilla, desde donde, guareciendo la cabeza tras una mata de retama, podía dominar el camino frente a nuestra puerta. Apenas me hube apostado cuando empezaron a llegar mis enemigos, siete u ocho de ellos, corriendo con furia, golpeando a destiempo el suelo con los pies y el hombre de la linterna unos pasos por delante. Tres hombres corrían juntos, cogidos de la mano; y distinguí, aun a través de la bruma, que el del medio de aquel trío era el mendigo ciego. Al instante siguiente su voz me demostró que no me engañaba.

—¡Abajo la puerta! —gritó.

—¡A la orden! —respondieron dos o tres; y se abalanzaron contra el Almirante Benbow, seguidos del portador de la linterna; y luego les vi detenerse y oí palabras cruzadas en voz baja, como si les sorprendiese hallar la puerta abierta. Pero la pausa fue breve, pues el ciego dio de nuevo sus órdenes. Su voz resonaba más fuerte y chillona, como si ardiese de afán y de cólera.

—¡Adentro, adentro, adentro! —gritó, maldiciéndoles por su tardanza.

Cuatro o cinco obedecieron al punto, quedándose dos en el camino con el formidable mendigo. Hubo una pausa, luego un grito de asombro y después una voz que gritaba desde la casa: «¡Bill está muerto!»

Pero el ciego volvió a maldecirles por su dilación.

—¡Registradle, zánganos de agua dulce, y los demás subid arriba a por el cofre! —gritó.

Pude oír el tropel de sus pisadas subiendo por nuestra vieja escalera, que crujía con tal fuerza que la casa parecía estremecerse. Poco después sonaron nuevas exclamaciones de estupor; la ventana de la habitación del capitán se abrió de golpe con estrépito de cristales rotos, y un hombre asomó medio cuerpo a la luz de la luna y se dirigió al mendigo ciego en el camino debajo de él.

—¡Pew! —gritó—; se nos han adelantado. Alguien ha revuelto el cofre de arriba abajo.

—¿Está allí? —rugió Pew.

—El dinero está aquí.

El ciego maldijo el dinero.

—¡El papel de Flint, me refiero! —gritó.

—Por aquí no aparece de ningún modo —repuso el hombre.

—¡Eh, vosotros los de abajo! ¿Lo lleva Bill encima? —gritó de nuevo el ciego.

A esto, otro individuo, probablemente el que se había quedado abajo registrando el cadáver del capitán, se asomó a la puerta de la posada. «A Bill ya le han vaciado los bolsillos —dijo—; no le queda nada».

—¡Son las gentes de la posada... es ese chico! ¡Ojalá le hubiese sacado los ojos! —gritó el ciego Pew—. Hace un momento estaban aquí... tenían la puerta atrancada cuando yo probé el cerrojo. ¡Dispersaos, muchachos, y encontradles!

—Por de pronto dejaron aquí su candela —dijo el hombre desde la ventana.

—¡Dispersaos y buscadles! ¡Registrad la casa de arriba abajo! —repitió Pew, golpeando con su bastón sobre el camino.

Siguióse entonces un gran alboroto por toda nuestra vieja posada, pesadas pisadas corriendo de un lado a otro, muebles volcados, puertas descerrajadas a patadas, hasta que las rocas mismas hacían eco y los hombres volvieron a salir, uno tras otro, al camino declarando que no se nos hallaba por ninguna parte. Y en aquel instante el mismo silbido que nos había alarmado a mi madre y a mí sobre el dinero del capitán muerto volvió a oírse claramente en la noche, pero esta vez repetido dos veces. Yo había creído que era la trompeta del ciego, por así decir, llamando a su cuadrilla al asalto, pero comprendí ahora que era una señal desde la ladera hacia la aldea, y por el efecto que produjo en los bucaneros, un aviso de peligro inminente.

—¡Ahí está Dirk otra vez! —dijo uno—. ¡Dos veces! ¡Tenemos que largarnos, camaradas!

—¡Moveros, cobardes! —gritó Pew—. Dirk fue siempre un mentecato y un gallina... no le hagáis caso. Tienen que andar cerca; no pueden estar lejos; lo tenéis en la punta de los dedos. ¡Dispersaos y buscadles, perros! ¡Ay, por vida de mis huesos —gritó—, si yo tuviese ojos!

Esta increpación pareció surtir algún efecto, pues dos de los hombres comenzaron a buscar aquí y allá entre los matorrales, pero a medias, según me pareció, y con un ojo puesto todo el tiempo en su propio pellejo, mientras los demás permanecían indecisos en el camino.

—¡Tenéis miles de libras en las manos, bobos, y os echáis atrás! —gritó Pew—. Seríais ricos como reyes si lo encontraseis, y sabéis que está aquí, y os quedáis ahí acobardados. ¡Ninguno de vosotros se atrevió a plantarle cara a Bill, y yo lo hice... un ciego! ¡Y voy a perder mi parte por vuestra culpa! ¡He de ser un pobre pordiosero arrastrado, mendigando por un trago de ron, cuando podría andar en carroza! Si tuviéseis el valor de un gorgojo en una galleta, los atraparíais todavía.

—¡Maldita sea, Pew, tenemos los doblones! —rezongó uno.

—Podían haber escondido el maldito papel —dijo otro—. Coge los doblones, Pew, y no te quedes ahí chillando.

Chillar era la palabra; la furia de Pew subió tan de punto ante aquellas objeciones que al cabo, dominado enteramente por la rabia, comenzó a repartir bastonazos a diestro y siniestro en su ceguera y su palo sonó pesadamente sobre más de uno.

Estos, a su vez, respondieron maldiciendo al desalmado ciego, le amenazaron con palabras atroces e intentaron en vano arrebatarle el bastón de las manos.

Aquella disputa fue nuestra salvación, pues mientras ardía aún en su apogeo, otro ruido llegó desde la cumbre de la colina por el lado de la aldea: el galope tendido de caballos. Casi al mismo tiempo, el fogonazo y estampido de un pistoletazo sonaron desde el seto. Y aquella fue evidentemente la última señal de peligro, pues los bucaneros dieron media vuelta al instante y huyeron a la desbandada en todas direcciones: uno hacia la orilla de la caleta, otro colina arriba a campo traviesa, y así los demás, de suerte que en medio minuto no quedó rastro de ellos con excepción de Pew. A él le habían abandonado, ya fuese por puro pánico o por vengarse de sus malas palabras y de sus golpes, no lo sé; pero allí se quedó atrás, recorriendo el camino de arriba abajo en un frenesí, tanteando y llamando a sus camaradas. Al fin tomó una dirección errada y pasó corriendo a pocos pasos de mí hacia la aldea, gritando: «¡Johnny, Perro Negro, Dirk!... ¡no abandonaréis al viejo Pew, camaradas... al viejo Pew no!»

Justo en aquel instante el estruendo de los caballos coronó la loma, y cuatro o cinco jinetes aparecieron a la luz de la luna bajando a rienda suelta por la cuesta.

Al sentirlo comprendió Pew su extravío, dio media vuelta lanzando un alarido y corrió derecho a la zanja, donde cayó rodando. Pero se puso en pie al segundo e hizo otro avance, completamente extraviado, derecho bajo los cascos del caballo que venía más cerca.

El jinete intentó esquivarle, pero fue en vano. Cayó Pew con un grito que resonó en lo alto de la noche; y los cuatro cascos le pisotearon y pasaron de largo. Cayó de costado, luego se desplomó de bruces y no se movió más.

Me puse en pie de un salto y di voces a los jinetes. Habían sofrenado sus monturas, en todo caso, horrorizados por el percance; y pronto vi quiénes eran. Uno, que venía rezagado tras los demás, era el muchacho que había salido de la aldea en busca del doctor Livesey; los demás eran guardias de rentas reales, con los que se había topado en el camino y con quienes había tenido la prudencia de regresar al punto. Ciertas noticias del lugre del Pozo de Kitt habían llegado a oídos del inspector Dance y le habían hecho salir aquella noche hacia nuestra costa, y a tal circunstancia debimos mi madre y yo el salvarnos de la muerte.

Pew estaba muerto, muerto de remate. En cuanto a mi madre, cuando la hubimos llevado a la aldea, un poco de agua fría y sales la reanimaron pronto, y no sufrió daño alguno fuera del susto, aunque continuó lamentando la pérdida del resto del dinero. Entretanto el inspector cabalgó a toda prisa hacia el Pozo de Kitt; pero sus hombres tuvieron que apearse y bajar a tientas por la barranca, llevando de la rienda y a veces sosteniendo a sus monturas, con continuo recelo de emboscadas; de suerte que no fue de extrañar que al llegar abajo el lugre se hallase ya navegando, aunque todavía cerca de la orilla. Les dio el alto. Una voz le respondió diciéndole que se apartase de la luna si no quería recibir una ración de plomo, y al mismo tiempo una bala silbó rozándole el brazo. Poco después el lugre dobló la punta y desapareció. El señor Dance se quedó allí plantado, como él decía, «como pez fuera del agua», y todo lo que pudo hacer fue despachar un hombre a B—— para alertar al guardacostas. «Y eso —dijo él— viene a ser casi lo mismo que nada. Han escapado limpios y se acabó. Sólo que —añadió— me alegro de haberle pisado los callos al señor Pew», pues para entonces ya había oído mi relato.

Volví con él al Almirante Benbow, y no podéis imaginar una casa en tal estado de destrozo; hasta el reloj de pared había sido derribado por aquellos truhanes en su furiosa persecución de mi madre y de mí; y aunque en realidad no se habían llevado nada fuera de la bolsa de dinero del capitán y unas monedas de plata del mostrador, comprendí al punto que estábamos arruinados. El señor Dance no sabía qué pensar de semejante cuadro.

—¿Dices que se llevaron el dinero? Pues bien, Hawkins, ¿qué diablos buscaban entonces? ¿Más dinero, supongo?

—No, señor; no era dinero, creo yo —le contesté—. De hecho, señor, creo que tengo la cosa en el bolsillo de mi chaqueta; y a decir verdad, me gustaría ponerla a buen recaudo.

—Desde luego, muchacho; haces muy bien —dijo él—. Yo la guardaré, si quieres.

—Había pensado que tal vez el doctor Livesey... —empecé a decir.

—Perfectamente pensado —interrumpió él con agrado—, perfectamente pensado: un caballero y un magistrado. Y ahora que lo pienso, bien puedo cabalgar hasta allí yo mismo y darle parte a él o al caballero Trelawney. El señor Pew ha muerto, a fin de cuentas; no es que yo lo sienta, pero ha muerto, ya lo ves, y las gentes no dejarán de achacárselo a un oficial de rentas de Su Majestad, si pueden achacarlo. Pues bien, te diré una cosa, Hawkins: si quieres, vendrás conmigo.

Le agradecí de corazón el ofrecimiento y volvimos a la aldea donde habían quedado los caballos. Para cuando hube informado a mi madre de mi propósito, estaban todos ya sobre sus monturas.

—Dogger —dijo el señor Dance—, tenéis un buen caballo; subid a este muchacho a la grupa.

En cuanto estuve montado, agarrándome al cinto de Dogger, el inspector dio la orden de partida, y la comitiva echó a andar a buen trote por el camino hacia la casa del doctor Livesey.

VI Los papeles del capitán

Cabalgamos con brío todo el trayecto hasta sofrenar ante la puerta del doctor Livesey. La fachada de la casa estaba a oscuras.

El señor Dance me dijo que saltase y llamase a la puerta, y Dogger me prestó el estribo para apearme. La criada abrió casi al instante.

—¿Está el doctor Livesey? —pregunté.

No, dijo ella; había llegado por la tarde pero había subido a la casa solariega a cenar y pasar la velada con el señor Trelawney.

—Pues hacia allá vamos, muchachos —dijo el señor Dance.

Esta vez, como la distancia era corta, no monté, sino que corrí junto al estribo de Dogger hasta las verjas de entrada y a lo largo de la ancha alameda sin hojas bañada por la luna, hasta donde la silueta blanca de los edificios de la mansión se alzaba entre grandes y viejos jardines. Aquí el señor Dance echó pie a tierra y, llevándome consigo, fue admitido al punto en la casa.

El criado nos condujo por un pasillo enmoquetado y nos introdujo al fondo en una gran biblioteca, rodeada de estanterías de libros coronadas de bustos, donde el caballero y el doctor Livesey estaban sentados, con la pipa en la mano, a ambos lados de un fuego espléndido.

Jamás había visto al caballero de tan cerca. Era un hombre alto, de más de seis pies de estatura y corpulento en proporción, con un rostro resuelto y franco, enrojecido, curtido y marcado por sus largos viajes. Sus cejas eran negrísimas y muy móviles, lo que le daba un aire de genio vivo, no áspero, pero pronto y altivo.

—Adelante, señor Dance —dijo con aire ceremonioso y afable.

—Buenas noches, Dance —dijo el médico inclinando la cabeza—. Y buenas noches a ti también, amigo Jim. ¿Qué buen viento te trae por aquí?

El inspector se mantuvo erguido y firme y refirió su historia de carrerilla; y habríais debido ver cómo los dos caballeros se inclinaban hacia adelante mirándose el uno al otro, olvidando fumar en su asombro e interés. Cuando oyeron cómo mi madre había vuelto a la posada, el doctor Livesey se dio una gran palmada en el muslo y el caballero gritó «¡Bravo!» y rompió su larga pipa contra la rejilla del hogar. Mucho antes de que terminase el relato, el señor Trelawney (ese era, recordaréis, el apellido del caballero) se había levantado de su asiento y recorría la estancia a grandes pasos, y el doctor, como para oír mejor, se había quitado la empolvada peluca y se hallaba sentado ofreciendo un aspecto ciertamente singular con su propio pelo negro cortado al rape.

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