La isla del tesoro·Episodio 04

La isla del tesoro · III

~14 min · 2710 palabras

A la mañana siguiente bajó, ciertamente, y tomó sus comidas como de costumbre, aunque comió poco y bebió más, me temo, de su ración ordinaria de ron, pues se sirvió él mismo en el mostrador, ceñudo y resoplando por la nariz, sin que nadie se atreviese a estorbárselo. La noche antes del entierro estaba tan borracho como siempre; y resultaba espantoso, en aquella casa de duelo, oírle cantar a grito pelado su vieja y fea tonada marinera; pero tan débil como estaba, todos temíamos por su vida, y el doctor tuvo que salir apresuradamente a atender a un enfermo a muchas leguas de distancia y no volvió a acercarse por la casa tras la muerte de mi padre. He dicho que el capitán estaba débil, y en verdad parecía más bien perder fuerzas que recobrarlas. Subía y bajaba con fatiga las escaleras, iba de la sala al mostrador y volvía otra vez, y a veces asomaba la cabeza fuera para oler el mar, apoyándose en las paredes al andar para sostenerse y respirando con fatiga y prisa como un hombre en una cumbre empinada. Casi nunca se dirigía a mí, y tengo para mí que había olvidado casi por completo sus confidencias; pero su genio era más inconstante y, habida cuenta de su flaqueza corporal, más violento que nunca. Tenía ahora la alarmante costumbre, cuando estaba borracho, de desenvainar el alfanje y colocarlo desnudo ante sí sobre la mesa. Con todo, hacía menos caso de las gentes y parecía encerrado en sus propios pensamientos y algo extraviado. En una ocasión, por ejemplo, con sumo asombro por nuestra parte, entonó una tonada distinta, una especie de canción pastoril de amor que debió de aprender en su juventud, antes de echarse a la mar.

Así fueron pasando las cosas hasta que, al día siguiente del entierro, hacia las tres de una tarde cruda, brumosa y helada, me encontraba yo un momento a la puerta, lleno de tristes recuerdos sobre mi padre, cuando vi acercarse lentamente a alguien por el camino. Era ciego a todas luces, pues tanteaba delante de sí con un bastón y llevaba una gran visera verde sobre los ojos y la nariz; venía encorvado, como por la vejez o el decaimiento, y vestía una enorme capa de mar vieja y andrajosa con una capucha que le hacía parecer positivamente deforme. Jamás vi en mi vida una figura más pavorosa. Se detuvo a poca distancia de la posada, y alzando la voz con una extraña salmodia, se dirigió al aire delante de sí: «¿Habrá algún alma caritativa que informe a un pobre ciego, que ha perdido la preciosa vista de sus ojos en la valerosa defensa de su patria, Inglaterra —¡y Dios bendiga al rey Jorge!—, de dónde o en qué parte de este país se encuentra en este momento?»

—Está usted en el Almirante Benbow, en la caleta de Black Hill, mi buen hombre —le dije.

—Oigo una voz —dijo él—, una voz joven. ¿Queréis darme vuestra mano, mi bondadoso y joven amigo, y conducirme dentro?

Le tendí la mano, y aquella horrible, suave y ciega criatura la aprisionó al instante como en un tornillo de banco. Me sobresalté tanto que forcejeé por retirarla, pero el ciego tiró de mí hacia sí con un solo movimiento de su brazo.

—Y ahora, muchacho —dijo—, llévame ante el capitán.

—Señor —le dije—, bajo mi palabra que no me atrevo.

—¡Ah! —dijo con desdén—, ¿conque esas tenemos? Llévame derecho a él o te romperé el brazo.

Y al hablar le dio una sacudida que me hizo lanzar un grito.

—Señor —le dije—, lo digo por vos mismo. El capitán no es el de antes. Pasa el día con el alfanje desenvainado. Otro caballero...

—Vamos, camina —interrumpió él; y jamás oí voz tan cruel, fría y fea como la de aquel ciego. Me acobardó más que el dolor, y comencé a obedecerle al punto, marchando derecho hacia la puerta y en dirección a la sala, donde nuestro viejo y achacoso bucanero estaba sentado, atontado por el ron. El ciego se apretaba junto a mí, sujetándome con un puño de hierro y cargando casi más peso sobre mí del que yo podía soportar. «Guíame derecho hacia él, y cuando me tenga a la vista, grita: ’Aquí hay un amigo para ti, Bill’. Si no lo haces, te haré esto»... y con ello me dio tal tirón que creí que me desmayaba. Entre unas cosas y otras, estaba yo tan aterrado por aquel mendigo ciego que olvidé mi temor al capitán, y al abrir la puerta de la sala grité con voz temblorosa las palabras que me había ordenado.

El pobre capitán levantó los ojos, y de una sola mirada el efecto del ron se disipó dejándole completamente sobrio y atónito. La expresión de su rostro no era tanto de terror como de náusea mortal. Hizo un ademán de incorporarse, pero no creo que le quedasen fuerzas bastantes en el cuerpo.

—Vamos, Bill, quédate quieto donde estás —dijo el mendigo—. Si no veo, oigo moverse una mosca. El negocio es el negocio. Tiende tu mano izquierda. Muchacho, toma su mano izquierda por la muñeca y acércala a mi mano derecha.

Los dos le obedecimos al pie de la letra, y le vi pasar algo desde el hueco de la mano con que sostenía su bastón a la palma del capitán, la cual se cerró al punto sobre ello.

—Y ahora ya está hecho —dijo el ciego; y a estas palabras me soltó repentinamente, y con increíble precisión y ligereza salió de la sala al camino, donde, mientras yo permanecía aún inmóvil, pude oír su bastón haciendo tap-tap-tap en la lejanía.

Pasó algún tiempo antes de que el capitán o yo pareciésemos recobrar el juicio; pero al fin, y casi al mismo tiempo, solté su muñeca, que aún sostenía, y él retiró la mano y miró fijamente la palma.

—¡A las diez en punto! —gritó—. Seis horas. ¡Aún podemos burlarles! —y se puso en pie de un brinco.

Al hacerlo se tambaleó, se llevó la mano a la garganta, quedó oscilando un momento, y luego, con un ruido seco y extraño, se desplomó de bruces en el suelo cuan largo era.

Corrí a su lado al instante, llamando a mi madre. Pero toda prisa fue vana. El capitán había muerto fulminado por una apoplejía fulminante. Es cosa curiosa de entender, pues ciertamente jamás había tenido afecto a aquel hombre, aunque en los últimos tiempos empezaba a compadecerle; pero en cuanto vi que estaba muerto prorrumpí en un mar de lágrimas. Era la segunda muerte que presenciaba, y el dolor de la primera estaba aún fresco en mi corazón.

IV El cofre de mar

No perdí tiempo, naturalmente, en contar a mi madre todo cuanto sabía y cuanto tal vez debí contarle mucho antes, y al punto nos vimos en una situación harto difícil y peligrosa. Algo de dinero del capitán —si es que tenía alguno— ciertamente se nos debía; pero no era probable que los antiguos camaradas de nuestro capitán, y sobre todo aquellos dos ejemplares que yo había visto, Perro Negro y el mendigo ciego, se mostrasen inclinados a ceder su botín para saldar las deudas del difunto. La orden del capitán de montar a caballo y correr en busca del doctor Livesey habría dejado a mi madre sola y desamparada, lo cual no era de pensar. En verdad, parecía imposible que ninguno de los dos permaneciese mucho más tiempo en la casa; la caída del carbón en el hogar de la cocina o el simple tic-tac del reloj nos llenaban de espanto. A nuestros oídos, el contorno parecía poblado de pasos que se aproximaban; y entre el cadáver del capitán tendido en el suelo de la sala y la idea de aquel detestable mendigo ciego rondando en las cercanías dispuesto a volver, había momentos en que, como suele decirse, el corazón se me salía del pecho por el terror. Urgía tomar una resolución, y al cabo se nos ocurrió salir juntos en busca de socorro a la aldea vecina. Dicho y hecho. Con la cabeza descubierta salimos al punto a la noche naciente y a la gélida niebla.

La aldea distaba apenas unos cientos de pasos, aunque fuera de la vista, al otro lado de la caleta siguiente; y lo que me infundía gran aliento era que se hallaba en dirección opuesta a aquella de donde había venido el ciego y a la que presumiblemente había regresado. No tardamos muchos minutos en el camino, aunque a veces nos deteníamos para asirnos uno a otro y escuchar. Pero no se oía ningún rumor extraño, nada fuera del murmullo del oleaje y el graznido de las aves del bosque.

Habían encendido ya las velas cuando llegamos a la aldea, y jamás olvidaré el consuelo que me dio ver la luz amarillenta en puertas y ventanas; pero aquello fue, como luego se vio, todo el auxilio que pudimos obtener por aquel lado. Porque —se diría que a los hombres les habría dado vergüenza de sí mismos— ni un alma consintió en regresar con nosotros al Almirante Benbow. Cuanto más les contábamos nuestras congojas, tanto más hombres, mujeres y niños se aferraban al cobijo de sus hogares. El nombre del capitán Flint, aunque a mí me resultaba extraño, era bien conocido por algunos allí y acarreaba un pavor inmenso. Algunos hombres que habían estado trabajando en el campo al otro lado del Almirante Benbow recordaban, además, haber visto a varios forasteros por el camino, y tomándolos por contrabandistas, habían echado a correr; y uno al menos había visto un lugre pequeño fondeado en lo que llamábamos el Pozo de Kitt. De modo que cualquiera que fuese camarada del capitán bastaba para asustarles hasta la muerte. Y en resumidas cuentas, aunque hallamos a varios dispuestos a cabalgar hacia la casa del doctor Livesey, que caía en otra dirección, ninguno quiso ayudarnos a defender la posada.

Dicen que la cobardía es contagiosa; pero también la razón, por otra parte, infunde gran aliento; de suerte que, cuando cada cual hubo dicho lo suyo, mi madre les dirigió una arenga. Declaró que no perdería el dinero que pertenecía a su hijo huérfano: «Si ninguno de vosotros se atreve —dijo—, Jim y yo nos atreveremos. Volveremos por donde vinimos, y malditas las gracias que os debemos a vosotros, hombres fornidos y cobardes. Abriremos ese baúl aunque nos cueste la vida. Y le agradeceré que me preste esa bolsa, señora Crossley, para traer nuestro dinero legítimo».

Naturalmente dije que iría con mi madre, y desde luego todos prorrumpieron en lamentos por nuestra temeridad; pero aun así ni un solo hombre quiso acompañarnos. Todo cuanto hicieron fue entregarme una pistola cargada por si nos atacaban, y prometer que tendrían caballos ensillados por si nos perseguían a nuestro regreso, mientras un muchacho salía al galope en busca de auxilio armado a casa del doctor.

El corazón me latía con fuerza cuando los dos emprendimos la marcha en la noche fría para llevar a cabo aquella peligrosa empresa. La luna llena empezaba a salir asomando rojiza por los bordes superiores de la niebla, y esto apresuró nuestro paso, pues resultaba evidente que antes de volver a salir todo estaría tan claro como el día y nuestra retirada expuesta a los ojos de cualquier espía. Nos deslizamos junto a los setos, silenciosos y veloces, sin ver ni oír nada que aumentase nuestros temores, hasta que, para alivio nuestro, la puerta del Almirante Benbow se cerró tras nosotros.

Eché el cerrojo al punto, y nos quedamos jadeando un momento en la oscuridad, solos en la casa con el cadáver del capitán. Luego mi madre cogió una vela en el mostrador, y tomados de la mano avanzamos hacia la sala. Yacía tal como le habíamos dejado, de espaldas, con los ojos abiertos y un brazo extendido.

—Baja la cortina, Jim —susurró mi madre—; podrían acercarse y espiar desde fuera. Y ahora —dijo cuando hube terminado—, tenemos que quitarle la llave a ese; ¡y a ver quién es el guapo que le toca! —y dio una especie de sollozo al pronunciar estas palabras.

Me arrodillé al punto. En el suelo, junto a su mano, había un redondel de papel tiznado de negro por un lado. No pude dudar de que era la mancha negra; y al recogerla hallé escrito en el reverso, con letra muy clara y legible, este breve aviso: «Tienes hasta las diez de esta noche».

—Tenía hasta las diez, madre —le dije; y en aquel preciso instante nuestro viejo reloj empezó a dar las horas. Aquel repentino estruendo nos sobresaltó de mala manera; pero la noticia era buena, pues sólo eran las seis.

—Y ahora, Jim —dijo ella—, la llave.

Registré sus bolsillos, uno tras otro. Unas cuantas monedas pequeñas, un dedal, hilo y agujas grandes, un trozo de tabaco de cuerda mordisqueado en un extremo, su navaja con el mango torcido, una brújula de bolsillo y una yesca fue cuanto encontramos, y empecé a desesperar.

—Tal vez la lleve al cuello —insinuó mi madre.

Venciendo una profunda repugnancia, le abrí la camisa por el cuello, y allí, en efecto, colgada de un pedazo de bramante embreado que corté con su propia navaja, hallamos la llave. Ante aquel triunfo nos llenamos de esperanza y subimos apresuradamente sin tardanza al cuartito donde había dormido tanto tiempo y donde su baúl descansaba desde el día de su llegada.

Por fuera era como cualquier otro baúl de marinero, con la inicial «B» marcada a fuego en la tapa y las esquinas algo maltrechas por el uso largo y rudo.

—Dame la llave —dijo mi madre; y aunque la cerradura estaba muy dura, logró hacerla girar y levantar la tapa en un santiamén.

Un fuerte olor a tabaco y brea subió del interior, pero arriba no se veía más que un traje de muy buena tela, cuidadosamente cepillado y doblado. Jamás se lo había puesto, dijo mi madre. Debajo de aquello empezaba el variado surtido: un cuadrante, un cubilete de hojalata, varias barras de tabaco, dos pares de pistolas muy hermosas, un lingote de plata, un reloj español antiguo y algunas otras baratijas de escaso valor y casi todas de factura extranjera, un compás guarnecido de latón y cinco o seis conchas raras de las Indias Occidentales. Muchas veces me he preguntado después por qué llevaría consigo aquellas conchas en su errante, culpable y acosada vida.

Entretanto no habíamos encontrado nada de valor fuera de la plata y las alhajas, y ninguna de las dos cosas nos servía. Debajo había una vieja capa de bote, blanqueada por la salitre en muchas barras de puerto. Mi madre la alzó con impaciencia, y allí apareció ante nosotros, como último fondo del cofre, un fardo atado con hule que parecía contener papeles, y una taleguilla de lona que produjo, al tocarla, el tintineo del oro.

—Voy a demostrar a esos pícaros que soy una mujer honrada —dijo mi madre—. Me cobraré lo que se me debe, y ni un ardite más. Sostén la bolsa de la señora Crossley. —Y empezó a contar el importe de la deuda del capitán pasándolo de la taleguilla del marinero a la que yo sostenía.

Fue una tarea larga y penosa, pues las monedas eran de todos los países y tamaños: doblones, luises de oro, guineas y piezas de a ocho, revueltas al azar. Las guineas, además, eran las más escasas, y era sólo con estas como mi madre sabía hacer sus cuentas.

Cuando íbamos casi por la mitad, de pronto le puse la mano sobre el brazo, pues había oído en el aire silencioso y helado un sonido que me puso el corazón en la boca: el tap-tap del bastón del ciego sobre el camino escarchado. Se acercaba más y más, mientras nosotros nos quedábamos conteniendo el aliento. Luego golpeó con fuerza la puerta de la posada, y después pudimos oír cómo forcejeaba con el picaporte y cómo se estremecía el cerrojo mientras el desdichado ser pugnaba por entrar; y luego hubo un largo rato de silencio tanto dentro como fuera. Al fin el golpeteo del bastón se reanudó y, para indecible gozo y gratitud nuestros, se fue perdiendo poco a poco en la distancia hasta dejar de oírse.

Fin del Episodio 4 · de 26

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