La isla del tesoro·Episodio 03

La isla del tesoro · II

~13 min · 2684 palabras

Y cuando le hube indicado la roca y le hube dicho por dónde solía volver el capitán y cuán pronto regresaría, respondiendo a algunas otras preguntas: «¡Ah! —dijo él—, esto va a saberle a gloria a mi camarada Bill».

La expresión de su rostro al pronunciar estas palabras no fue nada agradable, y yo tenía mis razones para pensar que el forastero se equivocaba, aun suponiendo que dijese lo que pensaba. Pero no era asunto mío, según creí; y además, era difícil saber qué hacer. El forastero no se apartaba de la puerta de la posada, atisbando por la esquina como un gato que espera al ratón. Una vez salí yo mismo al camino, pero me llamó inmediatamente, y como no obedecí con la presteza que a él le plugo, un cambio espantoso mudó su pálido semblante y me ordenó entrar con un juramento que me hizo dar un brinco. En cuanto volví a la sala recobró sus maneras anteriores, mitad zalameras, mitad burlonas, me dio unas palmaditas en el hombro, me dijo que era yo un buen chico y que le había caído muy en gracia. «Tengo yo un hijo mío —dijo— tan parecido a ti como dos gotas de agua, y es todo el orgullo de mi corazón. Pero lo principal para los muchachos es la disciplina, hijo... disciplina. Ahora bien, si hubieses navegado con Bill, no te habrías parado a que te repitiesen una orden dos veces... tú no. Jamás fue esa la costumbre de Bill, ni la de quienes con él navegaban. Y ahí viene, a fe mía, mi camarada Bill con el catalejo bajo el brazo, Dios bendiga su viejo pellejo. Vamos a entrar en la sala, muchacho, y nos pondremos detrás de la puerta para darle a Bill una pequeña sorpresa... bendito sea su corazón, digo otra vez».

Diciendo esto, el forastero retrocedió conmigo a la sala y me colocó detrás de sí en un rincón, de suerte que los dos quedábamos ocultos por la puerta abierta. Yo estaba muy inquieto y alarmado, como podéis suponer, y aumentaba mis temores observar que el forastero estaba ciertamente atemorizado. Acomodó la empuñadura de su alfanje y aflojó la hoja en la vaina; y todo el tiempo que estuvimos allí esperando tragaba saliva como si tuviese un nudo en la garganta.

Al fin entró el capitán a grandes pasos, cerró la puerta tras de sí de un golpe sin mirar a derecha ni a izquierda y cruzó la habitación derecho hacia donde le aguardaba el desayuno.

—¡Bill! —dijo el forastero con voz que me pareció que procuraba hacer recia y animosa.

El capitán dio media vuelta sobre sus talones y se encaró con nosotros; todo el color tostado había desaparecido de su rostro y hasta su nariz estaba azulada; tenía el aire de un hombre que ve un fantasma, o al maligno, o algo peor si cabe; y bajo mi palabra, me dio lástima verle envejecer y demudarse tan repentinamente.

—Vamos, Bill, tú me conoces; conoces bien a un viejo camarada de a bordo, Bill, sin duda alguna —dijo el forastero.

El capitán dio una especie de boqueada.

—¡Perro Negro! —dijo.

—¿Y quién si no? —repuso el otro, recobrando el aplomo—. Perro Negro en persona, que viene a ver a su viejo camarada Billy en la posada del Almirante Benbow. ¡Ah, Bill, Bill! ¡Qué de cosas hemos visto los dos desde que perdí estas dos garras! —añadió, mostrando su mano mutilada.

—Oye tú —dijo el capitán—: me has acorralado; aquí me tienes; habla de una vez: ¿qué quieres?

—Ese eres tú, Bill —contestó Perro Negro—; tienes razón, Billy. Tomaré un vaso de ron de manos de este querido muchacho, que tanto me ha agradado; y nos sentaremos, si te place, para hablar con franqueza, como viejos camaradas.

Cuando volví con el ron, estaban ya sentados a ambos lados de la mesa del desayuno del capitán: Perro Negro junto a la puerta y de costado, de suerte que tenía un ojo puesto en su antiguo compañero y el otro, según juzgué, en su vía de escape.

Me ordenó salir y dejar la puerta bien abierta. «Nada de espiar por las cerraduras, muchacho», dijo; y los dejé solos, retirándome al mostrador.

Durante largo rato, aunque ciertamente hice cuanto pude por escuchar, no oí más que un sordo cuchicheo; pero al fin las voces comenzaron a subir de punto y alcancé a percibir algunas palabras, casi todas juramentos del capitán.

—¡No, no, no, no; y acabemos de una vez! —gritó en una ocasión. Y luego—: Si hay que ir a la horca, que nos cuelguen a todos, digo yo.

Luego, de pronto, hubo una tremenda explosión de juramentos y estrépito: la silla y la mesa rodaron por el suelo, siguió un choque de aceros, luego un alarido de dolor, y al instante vi a Perro Negro en plena fuga y al capitán en su persecución, ambos con los alfanjes desenvainados y manando sangre el primero por el hombro izquierdo. Justo al pie de la puerta, el capitán descargó contra el fugitivo un último y tremendo tajo que le habría partido en dos de no haberse interpuesto nuestro gran letrero del Almirante Benbow. Todavía hoy puede verse la muesca en la parte inferior del marco.

Aquel golpe puso fin a la contienda. Una vez en el camino, Perro Negro, a pesar de su herida, puso pies en polvorosa con prodigiosa agilidad y desapareció por la loma de la colina en medio minuto. El capitán, por su parte, se quedó mirando el cartelón como aturdido. Luego se pasó la mano por los ojos varias veces y al fin volvió a entrar en la casa.

—Jim —me dijo—, ron... —y al hablar se tambaleó un poco y se apoyó con una mano en la pared.

—¿Está usted herido? —exclamé.

—¡Ron! —repitió—. Tengo que salir de aquí. ¡Ron! ¡Ron!

Fui corriendo a traérselo, pero estaba tan desconcertado por cuanto había sucedido que rompí un vaso y encallé la espita; y mientras me aturullaba, oí una pesada caída en la sala, y acudiendo al punto vi al capitán tendido cuan largo era sobre el suelo. En aquel mismo instante mi madre, alarmada por los gritos y la riña, bajó corriendo las escaleras para ayudarme. Entre los dos le levantamos la cabeza. Respiraba con gran fuerza y dificultad, pero tenía los ojos cerrados y el rostro de un color espantoso.

—¡Válgame Dios! —exclamó mi madre—; ¡qué deshonra para la casa! ¡Y tu pobre padre enfermo!

Entretanto no sabíamos qué hacer para socorrer al capitán, ni se nos ocurría otra cosa sino que había recibido una herida mortal en la refriega con el forastero. Fui por el ron, sin duda, e intenté hacérselo tragar, pero tenía los dientes fuertemente apretados y las mandíbulas duras como el hierro. Fue un gran alivio para nosotros cuando la puerta se abrió y entró el doctor Livesey, en su visita diaria a mi padre.

—¡Oh, doctor! —exclamamos—; ¿qué haremos? ¿Dónde está herido?

—¿Herido? ¡Pamplinas! —dijo el doctor—. No está más herido que vosotros o yo. A este hombre le ha dado un ataque, tal como le advertí. Ahora, señora Hawkins, suba usted con su marido y no le diga una sola palabra de esto, si es posible. Por mi parte, haré cuanto pueda por salvar la vida tres veces inútil de este canalla; Jim, tráeme una palangana.

Cuando volví con la palangana, el doctor ya había rasgado la manga del capitán dejando al descubierto su grueso y musculoso brazo. Lo tenía tatuado en varios sitios. «Buena suerte», «Viento en popa» y «Billy Bones su capricho» estaban dibujados con gran primor y claridad en el antebrazo; y cerca del hombro había un dibujo de una horca con un hombre colgado de ella, ejecutado, según me pareció, con gran acierto.

—Profético —dijo el médico, tocando la estampa con el dedo—. Y ahora, maese Billy Bones, si ese es vuestro nombre, vamos a ver de qué color tenéis la sangre. Jim —añadió—, ¿te asusta la sangre?

—No, señor —contesté.

—Pues bien —dijo él—, sostén la palangana —y con ello tomó la lanceta y le abrió una vena.

Mucha sangre le sacó antes de que el capitán abriese los ojos y mirase con turbia mirada a su alrededor. Primero reconoció al médico con un ceño inconfundible; luego sus ojos cayeron sobre mí y pareció aliviado. Pero de pronto demudó el color e intentó incorporarse, gritando: «¿Dónde está Perro Negro?»

—Aquí no hay ningún Perro Negro —dijo el doctor—, salvo el que lleváis a vuestras espaldas. Habéis estado bebiendo ron; habéis sufrido un ataque, exactamente como os advertí; y acabo, muy contra mi voluntad, de sacaros de la fosa por los pelos. Y ahora, señor Bones...

—Ese no es mi nombre —le interrumpió él.

—Poco me importa —repuso el médico—. Es el nombre de un bucanero de mi conocimiento, y os llamo así por abreviar. Lo que tengo que deciros es esto: un vaso de ron no os matará, pero si tomáis uno tomaréis otro y otro, y me juego la peluca a que si no lo dejáis en seco, moriréis... ¿lo entendéis bien?... moriréis e iréis a vuestro lugar, como aquel hombre de la Biblia. Vamos, haced un esfuerzo. Por esta vez os ayudaré a subir a la cama.

Entre los dos, con no poca dificultad, conseguimos subirle las escaleras y le tendimos en su lecho, donde dejó caer la cabeza sobre la almohada como si fuese a desmayarse.

—Y ahora, conste —dijo el doctor—: descargo mi conciencia... para vos, el ron se llama muerte.

Y con esto se fue a ver a mi padre, llevándome consigo agarrado del brazo.

—Esto no es nada —dijo en cuanto cerró la puerta—. Le he sacado bastante sangre para tenerle sosegado un tiempo; conviene que guarde cama una semana entera... es lo mejor para él y para vosotros; pero otro ataque acabará con él.

III La mancha negra

Hacia el mediodía me detuve ante la puerta del capitán con algunas bebidas refrescantes y medicinas. Yacía casi en la misma postura en que le habíamos dejado, sólo que un poco más incorporado, y parecía a la vez débil y excitado.

—Jim —dijo—, tú eres el único aquí que vale algo, y bien sabes que siempre me he portado bien contigo. No ha habido mes que no te diese una pieza de cuatro peniques para ti. Y ya ves, camarada, me encuentro muy postrado y abandonado de todos; y tú, Jim, me traerás un dedalito de ron, ¿verdad que sí, muchacho?

—El doctor... —empecé a decir.

Pero él me interrumpió maldiciendo al doctor con voz débil pero con toda su alma. «Los médicos son todos unos marineros de agua dulce —dijo—; y ese doctorcillo de ahí, ¿qué sabe él de hombres de mar? Yo he estado en parajes ardientes como la pez, con los compañeros cayendo a mi alrededor víctimas del vómito negro, y la santa tierra meciéndose como el mar con los terremotos... ¿qué sabe ese médico de tierras semejantes?... Y he vivido a base de ron, te lo aseguro. Para mí ha sido carne y bebida, hombre y mujer; y si no he de tener mi ron ahora que soy un pobre casco viejo encallado en costa brava, mi sangre caerá sobre ti, Jim, y sobre ese matasanos de agua dulce»... y prosiguió desatado en juramentos. «Mira, Jim, cómo me tiemblan los dedos —continuó en tono suplicante—. No puedo tenerlos quietos, no puedo. No he probado gota en todo este santo día. Ese doctor es un mentecato, te lo digo yo. Si no tomo un trago de ron, Jim, me entrarán los horrores; ya he visto algunos de ellos. He visto al viejo Flint en aquel rincón de ahí, detrás de ti; tan claro como en un grabado le he visto; y si me entran los horrores, soy hombre que ha vivido duro y armaré la de Dios es Cristo. Tu propio médico dijo que un vaso no me haría daño. Te daré un doblón de oro por un vaso, Jim».

Cada vez se excitaba más, y esto me alarmaba por mi padre, que estaba aquel día muy decaído y necesitaba reposo; además, me tranquilizaban las palabras del doctor, citadas ahora por él, y me ofendía el soborno.

—No quiero nada de vuestro dinero —le dije—, salvo lo que debéis a mi padre. Os traeré un vaso y nada más.

Cuando se lo llevé, lo agarró con codicia y se lo bebió de un trago.

—¡Ay, ay! —dijo—; esto ya es otra cosa, a fe mía. Y dime, camarada, ¿dijo ese doctor cuánto tiempo tendría que quedarme tumbado en este camastro?

—Una semana por lo menos —le contesté.

—¡Rayo de Dios! —gritó—. ¡Una semana! No puedo hacer eso; para entonces ya me habrían entregado la mancha negra. Esos patanes andan ya rondando para ganarme el barlovento en este bendito momento; patanes que no supieron guardar lo que tenían y quieren echar mano a lo ajeno. ¿Es esa conducta marinera, digo yo? Pero yo soy alma ahorradora. Jamás malgasté mi buen dinero, ni lo perdí tampoco; y volveré a burlarles. No les temo. Largará un rizo más, camarada, y volveré a darles esquinazo.

Mientras hablaba así se había levantado de la cama con gran dificultad, apoyándose en mi hombro con una fuerza que casi me hizo gritar de dolor y moviendo las piernas como si fuesen un peso muerto. Sus palabras, arrogantes por su sentido, contrastaban tristemente con la debilidad de la voz con que las pronunciaba. Se detuvo al quedar sentado en el borde del lecho.

—Ese doctor ha acabado conmigo —murmuró—. Me zumban los oídos. Acuéstame otra vez.

Antes de que pudiera yo hacer gran cosa por ayudarle, se había desplomado de nuevo en su lugar, donde quedó tendido en silencio un buen rato.

—Jim —dijo al fin—, ¿viste hoy a aquel marinero?

—¿A Perro Negro? —le pregunté.

—¡Ah! Perro Negro —dijo él—. Ese es un mal bicho; pero peores son los que le enviaron. Ahora bien, si no logro escapar de ningún modo y me entregan la mancha negra, ten por seguro que lo que buscan es mi viejo baúl marino; monta a caballo... sabes montar, ¿verdad? Pues bien, montas a caballo y te vas... ¡voto a tal, sí, lo haré!... te vas a ver a ese maldito doctor y le dices que toque zafarrancho general... magistrados y demás gente... y les abordará aquí en el Almirante Benbow... a toda la vieja tripulación de Flint, chicos y grandes, a todos los que quedan. Yo era el primer oficial, sí señor, el primer oficial del viejo Flint, y soy el único que conoce el sitio. Me lo dio en Savannah, cuando agonizaba, lo mismo que estoy yo ahora, ¿lo ves? Pero no soltarás prenda a menos que me den la mancha negra, o a menos que vuelvas a ver a ese Perro Negro o a un marinero con una sola pierna, Jim... a ese sobre todo.

—Pero ¿qué es la mancha negra, capitán? —le pregunté.

—Es un emplazamiento, camarada. Ya te lo diré si me la traen. Pero mantén el ojo avizor, Jim, y partiré contigo a partes iguales, bajo mi palabra de honor.

Desvarió un poco más con voz cada vez más débil; pero poco después de haberle dado su medicina, que tomó como un niño con la observación de «si algún marinero necesitó pócimas, ese soy yo», cayó al cabo en un sueño pesado y letárgico, en el que le dejé. Lo que yo habría hecho de marchar las cosas bien, no lo sé. Probablemente se lo habría contado todo al doctor, pues me hallaba en mortal zozobra de que el capitán se arrepintiese de sus confesiones y me quitase de en medio. Pero tal como rodaron las cosas, mi pobre padre murió repentinamente aquella misma noche, lo cual puso a un lado todos los demás asuntos. Nuestra natural aflicción, las visitas de los vecinos, los preparativos del entierro y todo el trabajo de la posada que había que atender entretanto me tuvieron tan ocupado que apenas tuve tiempo de pensar en el capitán, y mucho menos de temerle.

Fin del Episodio 3 · de 26

La isla del tesoro · II

Siguiente Episodio 4~14 minLa isla del tesoro · III“—Está usted en el Almirante Benbow, en la caleta de Black Hill, mi buen hombre —le dije.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.