La isla del tesoro·Episodio 06

La isla del tesoro · V

~14 min · 2865 palabras

Al fin el señor Dance dio término a su relato.

—Señor Dance —dijo el caballero—, es usted un hombre nobilísimo. Y en cuanto a haber arrollado a ese miserable y negro facineroso, lo considero un acto de virtud, señor mío, semejante a aplastar una cucaracha. Este muchacho Hawkins es una perla, según veo. Hawkins, ¿quieres tocar esa campanilla? El señor Dance debe beber un poco de cerveza.

—Y bien, Jim —dijo el doctor—, ¿traes contigo lo que ellos buscaban, no es así?

—Aquí lo tiene, señor —contesté yo, entregándole el paquete de hule.

El doctor lo examinó por todos lados, como si le hormigueasen los dedos de ganas de abrirlo; pero en lugar de hacerlo, se lo guardó con calma en el bolsillo de la casaca.

—Caballero —dijo—, cuando Dance haya tomado su cerveza deberá, desde luego, ponerse en camino al servicio de Su Majestad; pero mi intención es que Jim Hawkins duerma esta noche en mi casa, y con su permiso propongo que nos sirvan el pastel frío para que cene.

—Como dispongáis, Livesey —dijo el caballero—; Hawkins se ha ganado algo mejor que un pastel frío.

Trajeron entonces un gran pastel de pichón que colocaron en una mesa rinconera, y yo me di una cena opípara, pues estaba hambriento como un halcón, mientras colmaban de elogios al señor Dance antes de despedirlo.

—Y ahora, caballero —dijo el doctor.

—Y ahora, Livesey —dijo el caballero al mismo tiempo.

—Uno por uno, uno por uno —rió el doctor Livesey—. Supongo que habréis oído hablar de este tal Flint.

—¡Oído hablar de él! —exclamó el caballero—. ¡Oído hablar, decís! ¡Fue el bucanero más sanguinario que jamás surcó los mares! Barbanegra era un chiquillo comparado con Flint. Los españoles le tenían un miedo tan prodigioso que, os aseguro, a veces me sentía orgulloso de que fuese inglés. Yo mismo vi sus gavias con estos propios ojos, frente a Trinidad, y aquel cobarde hijo de una pipa de ron con quien navegaba viró en redondo... viró en redondo, señor, hasta Puerto España.

—Pues bien, yo mismo he oído hablar de él en Inglaterra —dijo el doctor—. Pero la cuestión es: ¿tenía dinero?

—¡Dinero! —gritó el caballero—. ¿Pero no habéis oído la historia? ¿Qué buscaban esos granujas sino dinero? ¿Por qué se preocupan sino por dinero? ¿Por qué arriesgarían sus pellejos de pícaros si no fuera por dinero?

—Pronto lo sabremos —repuso el doctor—. Pero sois tan endemoniadamente arrebatado y exclamativo que no me dejáis meter baza. Lo que yo deseo saber es esto: suponiendo que tenga aquí en mi bolsillo una pista sobre el lugar donde Flint enterró su tesoro, ¿será ese tesoro de mucha cuantía?

—¡De cuánta cuantía, señor! —exclamó el caballero—. De tal cuantía que si tenemos la pista de que habláis, armo un navío en los muelles de Bristol, os llevo a vos y a Hawkins aquí presente, y juro que encontraré ese tesoro aunque me cueste buscarlo un año entero.

—Muy bien —dijo el doctor—. En tal caso, si a Jim le parece bien, abriremos el paquete —y lo depositó ante sí sobre la mesa.

El lío estaba cosido, y el médico tuvo que sacar su estuche de instrumental y cortar las puntadas con sus tijeras de cirugía. Contenía dos cosas: un cuaderno y un pliego sellado.

—Probemos primero con el libro —observó el doctor.

El caballero y yo nos asomamos por encima de su hombro mientras lo abría, pues el doctor Livesey me había hecho una amable seña para que me acercase desde la mesilla rinconera donde cenaba, a fin de gozar de la búsqueda. En la primera página sólo había unos cuantos garabatos, como los que un hombre hace por distracción o práctica con la pluma en la mano. Uno era idéntico al tatuaje: «El capricho de Billy Bones»; luego se leía: «Don W. Bones, segundo», «No más ron», «Frente a Cayo Palma recibió lo suio», y algunas otras notas sueltas, en su mayoría palabras sueltas e ininteligibles. No pude evitar preguntarme quién sería el que «recibió lo suio» y qué fue lo que recibió. Una puñalada en la espalda, muy probablemente.

—Poca instrucción hay aquí —dijo el doctor Livesey al pasar de hoja.

Las diez o doce páginas siguientes estaban llenas de una curiosa serie de asientos. Había una fecha en un extremo de la línea y en el otro una suma de dinero, como en los libros ordinarios de cuentas, pero en lugar de aclaraciones explicativas, sólo un número variable de cruces entre ambas anotaciones. El 12 de junio de 1745, por ejemplo, correspondía a alguien una suma de setenta libras, y no había más que seis cruces para explicar el motivo. En unos pocos casos, la verdad sea dicha, aparecía el nombre de algún lugar, como «Frente a Caracas», o una simple indicación de latitud y longitud, como «62º 17’ 20’’, 19º 2’ 40’’».

El registro abarcaba casi veinte años, aumentando el importe de las distintas partidas a medida que corría el tiempo, y al final figuraba un total general tras cinco o seis sumas equivocadas, con estas palabras añadidas: «El montón de Bones».

—No entiendo ni una palabra de todo esto —dijo el doctor Livesey.

—La cosa es clara como la luz del mediodía —gritó el caballero—. Este es el libro de cuentas de ese perro desalmado. Esas cruces corresponden a los nombres de los buques o villas que hundieron o saquearon. Las sumas representan la parte del pillastre, y donde temió alguna ambigüedad, ved que añadió algo más claro. Ved aquí «Frente a Caracas»; allí abordaron a algún desdichado barco frente a esa costa. ¡Dios se apiade de las pobres almas que lo tripulaban! Coral blanco son desde hace mucho.

—¡Exacto! —dijo el doctor—. Ved lo que vale haber viajado. ¡Exacto! Y los importes aumentan, según veis, al ascender de graduación.

Apenas había algo más en el volumen fuera de unas cuantas marcaciones de lugares anotadas en las hojas en blanco hacia el final y una tabla para reducir monedas francesas, inglesas y españolas a un valor común.

—¡Hombre previsor! —exclamó el doctor—. No era de los que se dejaban engañar.

—Y ahora —dijo el caballero—, vamos por lo demás.

El papel había sido lacrado en varios puntos con un dedal a modo de sello; el mismo dedal, tal vez, que yo había encontrado en el bolsillo del capitán. El doctor abrió los sellos con sumo cuidado, y cayó de allí el mapa de una isla, con su latitud y longitud, sondas, nombres de colinas, bahías y ensenadas, y todos los pormenores precisos para fondear un navío con seguridad en sus costas. Medía unas nueve millas de largo por cinco de ancho, con una forma que bien podía compararse a la de un dragón gordo puesto en pie, y ofrecía dos magníficos fondeaderos abrigados, además de una colina en el centro marcada con el nombre de «El Catalejo». Había varias anotaciones de fecha posterior, pero por encima de todo tres cruces de tinta encarnada: dos en la parte septentrional de la isla y una al sudoeste; y junto a esta última, con la misma tinta encarnada y con letra menuda y limpia, muy diferente de los temblorosos trazos del capitán, estas palabras: «El grueso del tesoro, aquí».

En el reverso, la misma mano había escrito esta información complementaria:

Árbol alto, en la ladera del Catalejo, marcando un cuarto al N. del N.N.E.

Isla del Esqueleto E.S.E. y al E.

Diez pies.

La plata en barras está en el escondrijo norte; puede hallarse siguiendo la dirección del montículo oriental, diez brazas al sur del peñasco negro que tiene cara humana.

Las armas se encuentran fácilmente en la loma de arena, punta N. del cabo de la caleta septentrional, marcando E. y un cuarto al N. J. F.

Eso era todo; pero por breve que fuese, y para mí incomprensible, llenó de regocijo al caballero y al doctor Livesey.

—Livesey —dijo el caballero—, dejaréis de inmediato esta desdichada profesión médica. Mañana salgo para Bristol. En tres semanas... ¡en tres semanas!, ¡en dos semanas!, ¡en diez días! tendremos el mejor barco, señor, y la tripulación más selecta de Inglaterra. Hawkins vendrá como grumete. Serás un magnífico grumete, Hawkins. Vos, Livesey, sois el médico de a bordo; yo soy el almirante. Llevaremos a Redruth, Joyce y Hunter. Tendremos vientos favorables, una travesía rápida y ni la menor dificultad para encontrar el lugar, y dinero para comer, para revolcarnos en él, para tirarlo al agua el resto de nuestros días.

—Trelawney —dijo el doctor—, iré con vos; y salgo por fiador de que Jim también irá y será un honor para la empresa. Sólo hay un hombre a quien temo.

—¿Y quién es ese hombre? —gritó el caballero—. ¡Dad el nombre de ese perro, señor!

—Vos —repuso el doctor—, porque no sabéis callaros la boca. No somos los únicos hombres que conocen este papel. Esos bribones que asaltaron la posada esta noche —hombres osados y desesperados, por cierto— y los demás que quedaron a bordo de ese lugre, y otros más que me atrevo a decir no andan lejos, están empeñados por completo, a toda costa, en apoderarse de ese dinero. Ninguno de nosotros debe ir solo hasta hacernos a la mar. Jim y yo permaneceremos juntos entretanto; vos os llevaréis a Joyce y a Hunter al cabalgar hacia Bristol, y de principio a fin ni uno solo de nosotros debe soltar una palabra sobre lo que hemos descubierto.

—Livesey —contestó el caballero—, siempre tenéis la razón. Seré mudo como una tumba.

VII Voy a Bristol

Transcurrió más tiempo del que el caballero había supuesto antes de que estuviésemos listos para hacernos a la mar, y ninguno de nuestros proyectos primitivos —ni siquiera el del doctor Livesey, de tenerme a su lado— pudo llevarse a cabo según lo convenido. El doctor tuvo que marchar a Londres en busca de un médico que se encargase de sus enfermos; el caballero trabajaba de firme en Bristol, y yo continué viviendo en la mansión solariega al cuidado del viejo Redruth, el guardabosque, casi prisionero, pero con la cabeza llena de sueños marineros y de las más halagüeñas ilusiones sobre islas desconocidas y aventuras. Me pasaba horas enteras cavilando sobre el mapa, de cuyos detalles me acordaba a la perfección. Sentado junto al fuego en el cuarto de la gobernanta, me acercaba en mi imaginación a aquella isla por todos los rumbos posibles; exploraba cada palmo de su superficie; subía mil veces a aquella alta loma llamada El Catalejo y desde la cumbre gozaba de las más varias y admirables vistas. A veces la isla estaba plagada de salvajes contra los cuales luchábamos; a veces repleta de fieras que nos perseguían; pero en todas mis fantasías nada ocurrió que fuese tan extraño ni tan trágico como nuestras verdaderas aventuras.

Así fueron pasando las semanas hasta que un buen día llegó una carta dirigida al doctor Livesey, con esta advertencia: «Para abrirse, en su ausencia, por Tom Redruth o el joven Hawkins». Obedeciendo a esta orden, hallamos, o mejor dicho hallé yo —pues el guardabosque era muy torpe para leer cosas que no estuviesen de molde—, las siguientes importantes noticias:

Posada de la Vieja Ancla, Bristol, 1 de marzo de 17...

Querido Livesey: Como no sé si os encontráis en la mansión o todavía en Londres, os envío este pliego por duplicado a ambos parajes.

El barco está comprado y equipado. Yace fondeado, listo para la mar. Jamás imaginasteis una goleta más primorosa; un niño podría gobernarla; doscientas toneladas; nombre: LA ESPAÑOLA.

La conseguí por medio de mi viejo amigo Blandly, quien se ha portado en todo este negocio como un caballero insigne. El excelente amigo ha trabajado literalmente como un esclavo a mi favor, y lo mismo puedo decir de cuantos hay en Bristol tan pronto tuvieron viento del puerto hacia el que zarpamos... es decir, del tesoro.

—Redruth —dije yo, interrumpiendo la lectura—, al doctor Livesey no le gustará esto. El caballero ha estado hablando a pesar de todo.

—Bueno, ¿y quién tiene más derecho? —gruñó el guardabosque—. ¡Cosa extraña sería que el señor no pudiese hablar por causa del doctor Livesey, digo yo!

Ante aquello renuncié a todo comentario y continué leyendo de corrido:

Blandly en persona halló LA ESPAÑOLA, y con una maña admirable la consiguió por una friolera. Hay una caterva de gentes en Bristol con grandes prejuicios contra Blandly. Llegan al extremo de afirmar que este honrado sujeto haría cualquier cosa por dinero, que LA ESPAÑOLA le pertenecía y que me la vendió a un precio escandaloso: las calumnias más transparentes. Ninguno de ellos se atreve, con todo, a negar las bondades del navío.

Hasta aquí no hubo tropiezo alguno. Los operarios, ciertamente —reparadores de jarcias y demás gente—, anduvieron con una lentitud exasperante; pero el tiempo puso remedio a eso. Lo que me causó desvelos fue la tripulación.

Quería una veintena de hombres —por si había salvajes, bucaneros o los odiosos franceses—, y me vi negro como el demonio para encontrar siquiera media docena, hasta que un golpe de fortuna verdaderamente portentoso me deparó al hombre preciso que necesitaba.

Hallábame en el muelle cuando, por pura casualidad, trabé conversación con él. Descubrí que era un viejo marinero, que regentaba una taberna, que conocía a todos los hombres de mar de Bristol, que había perdido la salud en tierra y que anhelaba una buena plaza de cocinero para volver a navegar. Se había acercado cojeando aquella mañana, según dijo, para respirar el olor a salmuera.

Me sentí enternecido en extremo —como vos mismo lo habríais estado— y por pura compasión lo contraté en el acto como cocinero de a bordo. Se llama John Silver el Largo y le falta una pierna; pero eso lo consideré una recomendación, puesto que la perdió al servicio de su patria, bajo el inmortal Hawke. No tiene pensión, Livesey. ¡Imaginaos en qué época tan inicua vivimos!

Pues bien, señor, creí haber hallado sólo un cocinero, pero era una tripulación entera lo que había descubierto. Entre Silver y yo reunimos en pocos días una compañía de los más rudos lobos de mar que cabría imaginar: no muy hermosos a la vista, pero hombres, a juzgar por sus semblantes, del temple más indómito. Os aseguro que podríamos batirnos contra una fragata.

John el Largo incluso se deshizo de dos de los seis o siete marineros que yo había apalabrado antes. Me demostró al instante que eran la clase de marineros de agua dulce a quienes debíamos temer en una expedición de tanta monta.

Gozo de una salud y un ánimo inmejorables, comiendo como un toro, durmiendo como un tronco; con todo, no disfrutaré de un solo instante de sosiego hasta no oír a mis viejos lobos embreados pisar con fuerza en torno al cabrestante. ¡Hacia el mar! ¡Al diablo con el tesoro! Es la gloria marina lo que me ha trastornado el juicio. De modo que venid volando, Livesey; no perdáis una hora si me tenéis algún aprecio.

Que el joven Hawkins vaya de inmediato a visitar a su madre, con Redruth por escolta; y luego vengan ambos a todo escape hacia Bristol. John Trelawney

Posdata.—No os he dicho que Blandly, quien por cierto nos enviará un buque de socorro si no regresamos a fines de agosto, encontró un admirable sujeto para patrón: un hombre severo, lo cual lamento, pero en todo lo demás una joya. John Silver el Largo desenterró a un hombre competentísimo como segundo, llamado Arrow. Tengo un contramaestre que toca el pito, Livesey; de suerte que las cosas marcharán como en un navío de guerra a bordo de la buena nave LA ESPAÑOLA.

Olvidaba deciros que Silver es hombre de posibles; sé de buena tinta que tiene cuenta abierta en el banco, sin descubierto alguno. Deja a su mujer al frente de la posada; y como es mujer de color, a un par de solterones como vos y yo se nos perdonará si conjeturamos que es la esposa, tanto como la salud, lo que le empuja de nuevo a correr mundo. J. T.

Segunda posdata: Hawkins puede pernoctar una noche con su madre. J. T.

Fácil es imaginar el alboroto en que aquella carta me sumió. Estaba loco de contento; y si alguna vez desprecié a un hombre fue al viejo Tom Redruth, que no hacía más que refunfuñar y quejarse. Cualquiera de los ayudantes de guardabosque habría cambiado con gusto su puesto con él; pero tal no era el antojo del caballero, y la voluntad del caballero era ley entre todos ellos. Nadie más que el viejo Redruth se habría atrevido siquiera a rezongar.

A la mañana siguiente nos pusimos en marcha a pie hacia el Almirante Benbow, y allí hallé a mi madre con buena salud y excelente ánimo. El capitán, que durante tanto tiempo había sido causa de tantas zozobras, se había ido allá donde los impíos dejan de atormentar. El caballero lo había hecho reparar todo, pintando de nuevo las salas y la muestra de la posada, y había añadido algunos muebles: en especial un hermoso sillón para mi madre en el despacho. Le había buscado también un muchacho como aprendiz para que no le faltase ayuda durante mi ausencia.

Fin del Episodio 6 · de 26

La isla del tesoro · V

Siguiente Episodio 7~14 minLa isla del tesoro“Pasó la noche, y al día siguiente, después de comer, Redruth y yo nos pusimos en pie y emprendimos el camino.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.