La isla del tesoro
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Pasa, Jim —dijo el capitán—. Eres un buen chico en lo tuyo, Jim, pero no creo que tú y yo volvamos a hacernos a la mar juntos. Eres demasiado consentido de la fortuna para mi gusto. ¿Eres tú, John Silver? ¿Qué te trae por aquí, hombre?
—Regreso a mi deber, señor —respondió Silver.
—¡Ah! —dijo el capitán; y no añadió una palabra más.
¡Qué cena tan memorable disfruté aquella noche, rodeado de todos mis amigos! ¡Y qué banquete fue aquel con la carne de cabra salada de Ben Gunn, algunas golosinas y una botella de vino añejo traída de La Española! Jamás, estoy seguro, hubo gente más alegre ni dichosa. Y allí estaba Silver, sentado en la penumbra casi fuera del resplandor de la lumbre, pero comiendo con apetito, presto a acudir al punto en cuanto algo se requería e incluso riendo discretamente con nuestras bromas: el mismo marino afable, cortés y sumiso de la travesía de ida.
XXXIV. Y último
A la mañana siguiente pusimos manos a la obra temprano, pues el traslado de aquella ingente masa de oro a lo largo de cerca de una milla por tierra hasta la playa, y de allí tres millas en bote hasta La Española, representaba una faena formidable para tan corto número de brazos. Los tres amotinados que continuaban sueltos por la isla no nos causaron gran zozobra: un solo centinela apostado en la loma de la colina bastaba para guardarnos de cualquier golpe de mano imprevisto y juzgábamos, además, que habían tenido más que suficiente con lo ya peleado.
Por consiguiente, el trabajo prosiguió con presteza. Gray y Ben Gunn iban y venían con el esquife, mientras los demás, durante sus ausencias, amontonaban el tesoro en la arena. Dos barras de oro, sujetas al chicote de un cabo, constituían una buena carga para un hombre crecido: de las que se llevan a paso lento y con gusto. Por mi parte, como no era de gran utilidad para el acarreo, me tuvieron ocupado todo el día en la cueva metiendo el oro acuñado en sacos de galleta.
Era una colección pasmosa, parecida al botín de Billy Bones por la diversidad de troqueles, pero mucho mayor y más variada, de suerte que jamás experimenté mayor gozo que clasificando aquellas monedas. Inglesas, francesas, españolas, portuguesas; jorges y luises; doblones, dobles guineas, doblones de a ocho y cequíes; las efigies de todos los reyes de Europa a lo largo del último siglo; extrañas monedas orientales estampadas con lo que parecían haces de cuerdas o telarañas; piezas redondas y piezas cuadradas, y monedas horadadas por el centro como para llevarlas colgadas del cuello: casi todas las variedades de numerario del mundo entero debieron de tener cabida en aquel surtido; y en cuanto a su número, os aseguro que eran como hojas caídas en otoño, de tal guisa que se me desriñonó la espalda de agacharme y me dolían los dedos de tanto contarlas.
Día tras día prosiguió aquella labor: cada atardecer quedaba estibada una fortuna a bordo, pero otra fortuna quedaba aguardando para la jornada siguiente; y durante todo este tiempo no tuvimos noticia alguna de los tres piratas supervivientes.
Al fin —creo que fue la tercera noche—, paseábamos el doctor y yo por la ladera de la colina desde donde se dominan las tierras bajas de la isla, cuando de la profunda oscuridad que mediaba abajo el viento nos trajo un rumor entre alarido y cántico. Sólo fue un retazo lo que alcanzó nuestros oídos, seguido por el silencio anterior.
—¡Dios les perdone! —dijo el doctor—. ¡Son los amotinados!
—Borrachos perdidos, señor —intervino la voz de Silver a nuestra espalda.
A Silver, debo advertirlo, se le concedía entera libertad y, a despecho de continuos desdenes cotidianos, parecía considerarse de nuevo como un subalterno privilegiado y afectuoso. En verdad resultaba asombroso con qué entereza sobrellevaba aquellos desaires y con qué incansable cortesía procuraba congraciarse con todos. Sin embargo, creo que nadie lo trataba mejor que a un perro, a no ser Ben Gunn, que aún temblaba de pavor ante su antiguo contramaestre, o yo mismo, que ciertamente tenía motivos de gratitud hacia él; aunque en ese aspecto, imagino, tenía más razones que nadie para juzgarlo peor que a ninguno, pues le había visto meditar una nueva traición en la meseta. De ahí que el doctor le respondiera con aspereza:
—Borrachos o delirantes —dijo.
—Mucha razón tiene usted, caballero —respondió Silver—; y bien poco nos importa lo uno o lo otro a usted y a mí.
—Imagino que difícilmente me pediréis que os considere un hombre compasivo —repuso el doctor con una mueca burlona—, de suerte que mis sentimientos podrán sorprenderos, maese Silver. Pero si estuviese seguro de que deliran —pues tengo la certidumbre moral de que al menos uno de ellos yace consumido por las fiebres—, abandonaría este campamento y, arrostrando cualquier riesgo para mi propio pellejo, acudiría a prestarles el socorro de mi ciencia.
—Con perdón de usted, señor, cometería usted un grave desatino —dijo Silver—. Perdería su valiosa existencia, y puede darlo por seguro. Ahora estoy de su parte en cuerpo y alma; y no querría ver debilitada nuestra partida, y menos aún su propia persona, sabiendo lo que le debo. Pero esos hombres de ahí abajo no sabrían guardar su palabra: ni aunque quisieran; y lo que es más, jamás creerían en la de usted.
—Ya lo sé —dijo el doctor—. Vos sois el hombre que cumple su palabra: bien lo sabemos todos.
Pues bien, aquellas fueron prácticamente las últimas noticias que tuvimos de los tres piratas. Sólo una vez oímos un disparo de fusil a gran distancia y supusimos que andaban cazando. Se celebró consejo y se resolvió dejarlos abandonados en la isla: con gran regocijo, debo manifestarlo, por parte de Ben Gunn y con la firme aprobación de Gray. Les dejamos una buena provisión de pólvora y municiones, el grueso de la cabra salada, algunas medicinas y otros menesteres de necesidad: herramientas, ropa, una vela de repuesto, una o dos brazas de cabo y, por expreso deseo del doctor, un magnífico presente de tabaco.
Aquella fue nuestra última disposición en la isla. Antes de partir habíamos dejado el tesoro bien estibado y embarcado suficiente agua y los restos de carne de cabra en previsión de cualquier percance; y por fin, una hermosa mañana, levamos anclas —lo cual supuso cuanto pudimos realizar con tan pocos brazos— y salimos de la Ensenada del Norte, arbolando el mismo pabellón que el capitán había enarbolado y defendido en la empalizada.
Los tres desdichados debieron de habernos espiado más de cerca de lo que creíamos, según tuvimos ocasión de comprobar bien pronto. Pues al franquear la angostura tuvimos que pasar muy cerca de la punta meridional, y allí los vimos a los tres arrodillados juntos en una lengua de arena, alzando los brazos en señal de súplica. A todos se nos partió el corazón, imagino, al abandonarlos en tan miserable desamparo; pero no podíamos exponernos a una nueva rebelión; y llevarlos a Inglaterra para el cadalso habría sido una cruel forma de piedad. El doctor les gritó informándoles de los pertrechos que les habíamos dejado y del sitio en que los hallarían. Pero ellos continuaron llamándonos por nuestros nombres y suplicándonos por el amor de Dios que nos apiadáramos y no los dejásemos morir en semejante soledad.
Al cabo, viendo que el barco proseguía imperturbable su derrota y se alejaba con rapidez fuera del alcance de la voz, uno de ellos —no supe cuál de los tres— se puso en pie de un salto con un alarido ronco, se echó el mosquete a la cara y disparó un tiro que cruzó silbando por encima de la cabeza de Silver y perforó la vela mayor.
Tras aquello nos mantuvimos a cubierto tras las bordas, y cuando volví a asomarme habían desaparecido de la lengua de arena, y la lengua misma se había desvanecido casi en la creciente lejanía. Aquel fue el fin de todo; y antes del mediodía, para inexpresable alborozo de mi alma, la roca más alta de la Isla del Tesoro se había hundido para siempre en el azul del horizonte.
Andábamos tan escasos de marinería que todos a bordo tuvimos que arrimar el hombro; sólo el capitán permanecía tendido en un jergón en la popa impartiendo sus órdenes, pues aunque muy restablecido requería todavía quietud y reposo. Pusimos proa al puerto más cercano de la América española, pues no podíamos arriesgarnos a cruzar el océano de vuelta sin enrolar nuevos tripulantes; y aun así, entre vientos contrarios y un par de temporales recios, llegamos todos exhaustos a destino.
Caía el sol cuando dejamos caer el ancla en un hermosísimo golfo cerrado como un lago, e inmediatamente nos vimos rodeados de canoas repletas de negros, indios mexicanos y mestizos que nos ofrecían frutas y legumbres y se zambullían para sacar monedas del agua. La vista de tantos rostros alegres (en especial de los negros), el sabor de las frutas tropicales y, sobre todo, las luces que comenzaron a encenderse en la ciudad formaban un contraste maravilloso con nuestra tenebrosa y sangrienta estancia en la isla; y el doctor y el caballero, llevándome consigo, bajaron a tierra para pasar las primeras horas de la noche. Se encontraron allí con el capitán de un navío de guerra inglés, trabaron conversación con él, subieron a bordo de su bajel y, en suma, pasaron unas horas tan agradables que comenzaba a despuntar el alba cuando regresamos junto a La Española.
Ben Gunn se hallaba solo sobre cubierta y, apenas pusimos pie a bordo, comenzó con extrañas contorsiones a hacernos una confesión. Silver se había esfumado. El ermitaño había favorecido su evasión en una lancha de la costa unas horas antes, y ahora nos juraba que sólo lo había hecho para preservar nuestras vidas, las cuales ciertamente habrían corrido grave peligro si «aquel hombre de la pata de palo se hubiera quedado a bordo». Pero esto no era todo: el cocinero de a bordo no se había marchado con las manos vacías. Había horadado un mamparo sin ser visto y se había llevado un saco de monedas por valor de unas trescientas o cuatrocientas guineas para subvenir a sus andanzas venideras.
Creo que todos nos alegramos de habernos librado de él a tan poco precio.
En resumen, enrolamos algunos marineros, hicimos una feliz travesía de regreso y La Española arribó a Bristol justo cuando el señor Blandly comenzaba a pensar en equipar el buque de auxilio. Sólo cinco hombres de cuantos habíamos zarpado regresaron con ella. «El aguardiente y el demonio habían dado cuenta de los demás», como solían cantar, aunque ciertamente no quedamos tan mal parados como aquel otro barco de la canción:
Con un solo hombre vivo de su tripulación, la que se hizo a la mar con setenta y cinco.
Todos recibimos una generosa porción del botín y la empleamos juiciosa o alocadamente, según nuestras inclinaciones naturales. El capitán Smollett se halla ya retirado de la marinería. Gray no sólo ahorró su dinero, sino que, acometido de pronto por el deseo de medrar, estudió su profesión y es ahora primer oficial y copropietario de un magnífico navío de tres palos, casado además y padre de familia. En cuanto a Ben Gunn, le tocaron mil libras, que se gastó o perdió en tres semanas, o para ser más exactos, en diecinueve días, pues al vigésimo estaba de nuevo pidiendo limosna. Luego se le dio una portería que guardar, tal como había temido en la isla; y aún vive allí, siendo el hazmerreír y el favorito de los muchachos de la comarca, y un notable cantor en la iglesia los domingos y festividades.
De Silver nada más hemos sabido. Aquel formidable marino de una sola pierna ha salido por fin de mi vida; pero me atrevo a suponer que se reunió con su vieja negra y tal vez viva aún en la abundancia con ella y con el capitán Flint. Es de esperar que así sea, imagino, pues sus probabilidades de gozar de sosiego en el otro mundo son bien escasas.
La plata en barras y las armas todavía yacen, por lo que yo sé, donde Flint las sepultó; y por mi parte ciertamente allí continuarán. Ni con yuntas de bueyes ni con maromas me harían regresar a aquella isla maldita; y las peores pesadillas que jamás tengo son aquellas en que oigo el bramido de las olas rompiendo contra sus costas o me incorporo de un salto en la cama con la aguda voz del capitán Flint resonando todavía en mis oídos: «¡Doblones de a ocho! ¡Doblones de a ocho!».
Fin del Episodio 26 · de 26
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