La isla del tesoro
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Pero los marineros más viejos acogieron esta observación con profundo desdén.
—¡Bah, a nadie le importa Ben Gunn! —exclamó Merry—. Vivo o muerto, a nadie le importa un comino.
Resultaba extraordinario comprobar cómo les había vuelto el ánimo y cómo el color natural había renacido en sus semblantes. Pronto charlaban entre sí, con breves pausas de cautelosa escucha; y poco después, no oyendo ningún otro rumor, se echaron las herramientas al hombro y reanudaron la marcha, caminando Merry en cabeza con la aguja de Silver para mantenerse en el rumbo debido respecto a la Isla del Esqueleto. Había dicho la pura verdad: vivo o muerto, a nadie le importaba Ben Gunn.
Sólo Dick continuaba aferrado a su Biblia, mirando a su alrededor mientras andaba con ojos medrosos; mas no halló la menor simpatía y Silver llegó incluso a burlarse de sus precauciones.
—Ya te lo advertí —decía—; ya te dije que habías echado a perder tu Biblia. Si no sirve para prestar juramento sobre ella, ¿qué te figuras que va a importarle a un aparecido? ¡Ni tanto así! —y chasqueó sus gruesos dedos, deteniéndose un instante sobre la muleta.
Pero no había consuelo posible para Dick; en verdad, pronto fue evidente para mí que el muchacho estaba cayendo enfermo: avivada por el calor, la fatiga y el sobresalto de su espanto, la calentura pronosticada por el doctor Livesey crecía visiblemente a pasos agigantados.
Daba gusto caminar por aquella cumbre despejada; el sendero descendía en suave declive, pues, como he dicho, la meseta se inclinaba hacia el poniente. Los pinos, grandes y pequeños, crecían muy espaciados; y aun entre los macizos de nuez moscada y azaleas se abrían anchas explanadas soleadas por un sol ardiente. Avanzando como avanzábamos casi en dirección noroeste a través de la isla, nos arrimábamos por un lado cada vez más a las faldas del Catalejo y, por el otro, contemplábamos con mayor amplitud aquella ensenada occidental donde en otro tiempo me había debatido y temblado a bordo de la barquilla de mimbre.
Alcanzamos el primero de los árboles altos y, según las marcaciones, resultó no ser el buscado. Lo propio aconteció con el segundo. El tercero se elevaba casi doscientos pies en el aire por encima de una espesura de matorrales: un gigante vegetal con un tronco rojizo tan grueso como una choza y una ancha copa a cuya sombra habría podido maniobrar una compañía entera. Era visible desde muy lejos en alta mar tanto por el este como por el oeste, y bien habría podido figurar como señal de recalada en las cartas de navegación.
Pero no era su corpulencia lo que impresionaba entonces a mis camaradas: era el convencimiento de que setecientas mil libras en oro yacían enterradas en algún punto bajo su dilatada sombra. El pensamiento del dinero, a medida que se aproximaban, devoró todos sus espantos anteriores. Les ardían los ojos en las cuencas; sus pies se volvieron más ágiles y ligeros; toda su alma se hallaba concentrada en aquella fortuna, en toda aquella vida venidera de derroche y placeres que allí aguardaba a cada uno de ellos.
Silver renqueaba, resoplando sobre su muleta; las aletas de su nariz se dilataban y temblaban; maldecía como un poseso cuando las moscas se posaban en su rostro sudoroso y reluciente; tiraba con furia de la cuerda que me sujetaba a él y de vez en cuando volvía los ojos hacia mí con una mirada homicida. Ciertamente no se tomaba molestia alguna por ocultar sus pensamientos, y a fe mía que yo los leía con tanta claridad como si estuviesen impresos. En la inmediata cercanía del oro todo lo demás había sido arrojado al olvido: su promesa y la advertencia del médico pertenecían al pasado, y no me cabía duda de que abrigaba la esperanza de adueñarse del tesoro, hallar y abordar La Española al amparo de la noche, degollar a todos los hombres honrados de aquella isla y zarpar tal como pretendió al principio, cargado de crímenes y de riquezas.
Sobrecogido como me hallaba por tales zozobras, me costaba gran trabajo seguir el paso acelerado de los buscadores de tesoros. De cuando en cuando tropezaba, y era entonces cuando Silver tiraba con tanta rudeza de la soga y me clavaba sus miradas asesinas. Dick, que se había quedado rezagado y cerraba la marcha, farfullaba para sí oraciones y blasfemias a medida que le subía la calentura. Esto aumentaba también mi angustia y, para colmo de males, me obsesionaba el recuerdo de la tragedia que en otro tiempo se había consumado sobre aquella meseta, cuando aquel impío bucanero de la cara azul —aquel que murió en Savannah cantando y pidiendo aguardiente— había degollado allí con su propia mano a sus seis cómplices. Aquella arboleda tan apacible entonces debió de resonar con alaridos de agonía, pensé; y al pensarlo creía percibir aún aquellos ecos estremecedores.
Nos hallábamos ya en el linde de la espesura.
—¡Hurra, camaradas, todos a una! —gritó Merry; y los de cabeza rompieron a correr.
Y de pronto, sin haber avanzado diez varas más, los vimos detenerse en seco. Se alzó un sordo clamor. Silver duplicó el paso, clavando el regatón de la muleta como alma que lleva el diablo; y al instante siguiente él y yo nos detuvimos igualmente pasmados.
Ante nosotros se abría una enorme excavación, no muy reciente, pues las paredes se habían desmoronado y la hierba brotaba en el fondo. En ella yacían el mango de un pico roto en dos y las tablas desvencijadas de varios cajones esparcidas en derredor. En una de aquellas tablas alcancé a ver, marcado a fuego con hierro candente, el nombre WALRUS: el barco de Flint.
Todo quedaba meridianamente claro. El escondrijo había sido descubierto y desvalijado: ¡las setecientas mil libras se habían esfumado!
XXXIII. La caída de un cabecilla
Jamás se vio en este mundo un vuelco semejante. Cada uno de aquellos seis hombres quedó como herido por un rayo. Pero en Silver el golpe pasó de manera casi instantánea. Todos los pensamientos de su alma se habían lanzado a tumba abierta, como galgo en carrera, tras aquel dinero; pues bien: se había estrellado en un solo segundo contra la nada; y sin embargo conservó la serenidad, recobró el dominio de sí y mudó de plan antes de que los otros hubiesen tenido tiempo de percatarse del desengaño.
—Jim —me susurró—, coge esto y prepárate para lo peor.
Y me puso en la mano una pistola de dos cañones.
Al mismo tiempo comenzó a desplazarse con disimulo hacia el norte, y en pocos pasos interpuso la fosa entre nosotros dos y los otros cinco. Luego me miró y asintió con la cabeza, como diciendo: «En un aprieto nos vemos», como en efecto me pareció a mí. Su mirada no era del todo tranquilizadora, y me sentía tan asqueado ante sus continuas mudanzas que no pude contenerme de susurrarle: «Conque habéis vuelto a cambiar de bando».
No le quedó tiempo para responder. Los bucaneros, entre gritos y maldiciones, comenzaron a saltar uno tras otro al foso y a escarbar con las uñas, apartando las tablas a manotazos. Morgan encontró una moneda de oro. La alzó en alto con un torrente de juramentos: era una pieza de dos guineas, y pasó de mano en mano entre ellos durante un cuarto de minuto.
—¡Dos guineas! —rugió Merry blandiéndola hacia Silver—. ¿Este es tu tesoro de setecientas mil libras? ¡Tú eres el hombre de los pactos y los tratos, ¿verdad?! ¡Tú eres el que jamás metía la pata, pedazo de zoquete!
—Seguid cavando, muchachos —dijo Silver con la insolencia más fría—; encontraréis algunas bellotas, no me sorprendería.
—¡Bellotas! —repitió Merry con un chillido—. Camaradas, ¿oís eso? Ya os lo digo yo: ese hombre lo sabía todo desde el principio. Miradle a la cara y lo veréis escrito en ella.
—¡Ah, Merry! —observó Silver—. ¿Postulándote otra vez para capitán? Vaya si eres un zagal decidido.
Pero esta vez todos estaban resueltamente a favor de Merry. Comenzaron a salir a gatas de la excavación, lanzando miradas furibundas hacia atrás. Una circunstancia advertí que resultaba favorable para nosotros: todos treparon por el lado opuesto al que ocupaba Silver.
Allí permanecíamos, pues: dos a un lado y cinco al otro, con el foso de por medio, sin que nadie se decidiese a asestar el primer golpe. Silver no se movió un ápice: los vigilaba muy erguido sobre su muleta y con la compostura más serena que jamás le vi. Era valiente, no cabía duda.
Al fin Merry consideró oportuno arengar a los suyos.
—Camaradas —dijo—, ahí sólo están ellos dos: uno es el viejo lisiado que nos trajo a todos aquí para hacernos fracasar de esta guisa; el otro es ese cachorro al que pienso arrancarle el corazón. Y ahora, camaradas...
Alzaba el brazo y la voz, dispuesto a encabezar la embestida. Mas en aquel preciso instante... ¡zas, zas, zas!, tres disparos de mosquete centellearon desde la espesura. Merry cayó de cabeza en el foso; el marinero del vendaje giró sobre sí mismo como una peonza y cayó cuan largo era sobre un costado, donde quedó muerto pero aún agitado por estertores convulsos; y los otros tres dieron media vuelta y echaron a correr con todas sus fuerzas.
Antes de que nadie pudiera pestañear, John el Largo descargó los dos cañones de su pistola sobre el agonizante Merry; y al alzar la víctima los ojos hacia él en las últimas convulsiones: «George —le dijo—, me parece que te he dejado arreglado».
En aquel mismo instante el doctor, Gray y Ben Gunn salieron a nuestro encuentro de entre los árboles con los mosquetes humeantes.
—¡Adelante! —gritó el doctor—. ¡A paso ligero, muchachos! Tenemos que cortarles el paso hacia los botes.
Y emprendimos la marcha a toda carrera, vadeando a veces la maleza hasta el pecho.
Os aseguro que Silver ponía el alma en seguir nuestro ritmo. El esfuerzo titánico que aquel hombre desplegó, saltando sobre su muleta hasta hacer crujir los músculos del pecho, fue una proeza que jamás hombre sano alguno habría igualado; y de la misma opinión era el doctor. Con todo, se hallaba ya a treinta yardas detrás de nosotros y a punto de asfixiarse cuando coronamos la loma de la cuesta.
—¡Doctor! —nos gritó—. ¡Miren allí! ¡No hay prisa!
En efecto, ninguna prisa había. En una zona más despejada de la meseta divisamos a los tres fugitivos corriendo aún en la misma dirección en que habían comenzado: derechos hacia la Colina del Mesana. Nos hallábamos ya apostados entre ellos y las embarcaciones; y así, los cuatro nos sentamos a tomar aliento mientras John el Largo, secándose el sudor, se nos unía fatigosamente.
—Muchas gracias, doctor —dijo—. Han llegado ustedes en el momento oportuno, me parece a mí, para Hawkins y para un servidor. ¡Conque eres tú, Ben Gunn! —añadió—. Vaya, eres un buen pájaro, no cabe duda.
—Soy Ben Gunn, sí señor —respondió el ermitaño, retorciéndose como una anguila en su turbación—. Y... ¿cómo está usted, señor Silver? Muy bien, muchas gracias, dirá usted.
—¡Ben, Ben! —murmuró Silver—. ¡Pensar que me la has jugado tú!
El doctor mandó a Gray a recoger uno de los picos abandonados por los amotinados en su huida y luego, mientras descendíamos con calma hacia el fondeadero de los botes, refirió en breves palabras lo sucedido. Fue un relato que interesó vivamente a Silver; y Ben Gunn, el pobre salvaje medio chiflado, fue el héroe de la historia de cabo a rabo.
Ben, en sus largas y solitarias correrías por la isla, había descubierto el esqueleto: él fue quien lo despojó; él halló el tesoro; él lo desenterró (suyo era el mango del pico que yacía partido en la zanja); él lo transportó a la espalda en incontables y fatigosos viajes desde el pie del pino gigante hasta una cueva que poseía en la colina de dos cumbres, en el ángulo nordeste de la isla; y allí descansaba a buen recaudo desde dos meses antes de la llegada de La Española.
Cuando el doctor le arrancó aquel secreto la tarde del asalto, y cuando a la mañana siguiente vio el fondeadero desierto, acudió a Silver, le entregó el mapa que ya no servía para nada, le cedió las provisiones —pues la caverna de Ben Gunn estaba bien surtida de carne de cabra salada por él mismo— y lo dio todo a trueque de poder trasladarse con seguridad desde el fortín hasta la colina de dos cumbres, para librarse allí de las fiebres y montar guardia sobre las riquezas.
—En cuanto a ti, Jim —dijo el médico—, me partió el alma, pero hice lo que creí mejor para quienes habían permanecido fieles a su deber; y si tú no estabas entre ellos, ¿de quién fue la culpa?
Aquella mañana, al percatarse de que yo me vería envuelto en el tremendo desengaño que tenía preparado a los rebeldes, corrió sin aliento hasta la cueva y, dejando al caballero al cuidado del capitán, tomó consigo a Gray y al ermitaño y partió atravesando la isla en diagonal para apostarse junto al pino. Pronto vio, empero, que nuestra comitiva le llevaba ventaja; y Ben Gunn, siendo ágil de piernas, fue despachado por delante para que hiciera lo posible él solo. Se le ocurrió entonces explotar las supersticiones de sus antiguos compañeros de tripulación, y con tan buen éxito que Gray y el doctor pudieron aproximarse y tender la emboscada antes de la llegada de los buscadores de tesoros.
—¡Ah! —dijo Silver—. Fortuna fue para mí llevar a Hawkins a mi lado. Habríais dejado que hicieran picadillo al viejo John sin pestañear, doctor.
—Ni pestañear —repuso el doctor Livesey con jovialidad.
Para entonces habíamos alcanzado los botes. El doctor inutilizó uno de ellos a golpes de pico, y acto seguido nos embarcamos todos en el otro y nos hicimos a la mar rumbo a la Ensenada del Norte.
Era una travesía de ocho o nueve millas náuticas. A Silver, aunque casi muerto de agotamiento, se le puso al remo como a los demás, y pronto nos deslizábamos velozmente sobre aguas sosegadas. No tardamos en salir de los estrechos y doblar la punta sudeste de la isla, la misma que cuatro días atrás habíamos costeado remolcando La Española.
Al cruzar ante la colina de dos cumbres pudimos divisar la boca oscura de la cueva de Ben Gunn y una figura en pie junto a ella, apoyada en un mosquete. Era el caballero; le agitamos un pañuelo y le dimos tres hurras, a los que la voz de Silver se unió con tanto entusiasmo como la que más.
Tres millas más adelante, justo a la entrada de la Ensenada del Norte, ¿qué fuimos a encontrar sino a La Española navegando a su antojo? La última marea la había puesto a flote y, de haber soplado viento recio o corrido fuerte corriente como en el fondeadero del sur, jamás la habríamos recuperado o la habríamos hallado encallada sin remedio. Por fortuna casi nada faltaba, salvo la rotura de la vela mayor. Se preparó otra ancla y se dejó caer en brazas y media de agua. Bogamos todos de nuevo hacia la Ensenada del Ron, el desembarcadero más próximo al tesoro de Ben Gunn; y Gray regresó solo con el esquife a bordo de La Española, donde pasaría la noche de guardia.
Una suave pendiente subía desde la playa hasta la entrada de la caverna. En la cumbre nos salió al encuentro el caballero. Conmigo se mostró cordial y afectuoso, sin pronunciar palabra de censura ni de alabanza por mi escapada. Al cortés saludo de Silver, sin embargo, se encendió ligeramente de cólera.
—John Silver —dijo—, sois un prodigioso malvado y un farsante monstruoso, señor mío. Se me ha advertido que no debo procesaros. Sea, pues: no lo haré. Pero los hombres muertos, caballero, penden de vuestro cuello como piedras de molino.
—Muchas gracias a usted, señor —respondió John el Largo, saludando militarmente una vez más.
—¡Os prohíbo que me deis las gracias! —exclamó el caballero—. Esto es una grave dejación de mi deber. Daos atrás.
Y acto seguido penetramos todos en la caverna. Era un recinto espacioso y ventilado, con un manantial y un remanso de agua cristalina rodeado de helechos. El suelo era de arena fina. Ante una gran hoguera yacía el capitán Smollett; y en un rincón apartado, débilmente alumbrados por los reflejos de las llamas, contemplé montones inmensos de monedas y barras de oro apiladas en cuadriláteros. Aquel era el tesoro de Flint que tan lejos habíamos venido a buscar y que había costado ya la vida de diecisiete tripulantes de La Española. Cuántas vidas había costado amasar semejante caudal, cuánta sangre y aflicción, cuántos nobles bajeles hundidos en los abismos, cuántos valientes arrojados por la tabla con los ojos vendados, qué estampidos de cañón, qué vergüenzas, infamias y crueldades, tal vez ningún hombre viviente sabría decirlo. Con todo, aún quedaban tres hombres en aquella isla —Silver, el viejo Morgan y Ben Gunn— que habían participado en tales felonías y que en vano habían acariciado la esperanza de disfrutar de su botín.
Fin del Episodio 25 · de 26
La isla del tesoro
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