La isla del tesoro
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Aún más: incluso si las cosas rodaban de tal suerte que se viera obligado a mantener su palabra con el doctor Livesey, ¡cuántos peligros se alzaban todavía ante nosotros! ¡Qué trance tan espantoso sería aquel en que las sospechas de sus secuaces se trocasen en certidumbre y él y yo tuviésemos que batirnos por la vida —él un lisiado y yo un muchacho— contra cinco marineros vigorosos y avezados!
Añadid a esta doble zozobra el misterio que continuaba envolviendo la conducta de mis amigos, su inexplicable abandono de la empalizada, su incomprensible cesión del mapa o, más difícil de entender todavía, la última advertencia del doctor a Silver: «Estad ojo avizor cuando lo encontréis»; y comprenderéis con facilidad qué poco apetito sentí ante mi desayuno y con qué inquietud de ánimo emprendí la marcha detrás de mis captores en demanda del tesoro.
Ofrecíamos una estampa harto singular si alguien hubiese podido contemplarnos: todos con mugrientas ropas marineras y todos, salvo yo, armados hasta los dientes. Silver llevaba dos fusiles cruzados en bandolera —uno por delante y otro a la espalda—, además del enorme alfanje a la cintura y una pistola en cada bolsillo de su amplia casaca. Para colmo de su extraño porte, el capitán Flint descansaba posado sobre su hombro, farfullando retazos sueltos de jerga marinera sin ton ni son. Yo llevaba una cuerda atada a la cintura y seguía sumisamente al cocinero de a bordo, que sujetaba el chicote suelto, ora con la mano libre, ora entre sus potentes dientes. Por todo el mundo, me llevaban exactamente como a un oso de feria.
Los demás hombres iban cargados de diversas maneras: unos con picos y palas —pues había sido lo primerísimo que bajaron a tierra desde La Española—, otros con tocino, galleta y aguardiente para la comida del mediodía. Todas las provisiones, advertí, procedían de nuestras reservas, y pude comprobar la certeza de las palabras que Silver pronunciara la noche anterior. De no haber concertado un pacto con el doctor, él y sus sublevados, abandonados por el barco, se habrían visto forzados a subsistir a base de agua pura y de las piezas que lograran cazar. El agua no habría sido muy de su agrado; un marinero rara vez es buen tirador; y además de todo esto, hallándose tan escasos de víveres, no era de esperar que fuesen muy sobrados de pólvora.
Pues bien, pertrechados de esta guisa emprendimos la marcha —incluso el individuo de la cabeza vendada, que ciertamente habría debido quedarse a la sombra— y bajamos en fila dispersa hacia la playa, donde nos aguardaban los dos botes. Incluso en ellos se advertían las huellas de las borracheras de los piratas: uno con una bancada rota y ambos anegados de lodo y sin achicar. Era preciso llevar ambos con nosotros por razones de seguridad; y así, repartida nuestra comitiva entre ambas embarcaciones, nos hicimos a la mar por las aguas del fondeadero.
Mientras bogábamos se suscitó alguna discusión sobre el mapa. La cruz encarnada era, por descontado, demasiado grande para servir de guía precisa; y las notas del reverso, como oiréis, se prestaban a cierta ambigüedad. Decían así, si el lector lo recuerda:
Árbol alto, loma del Catalejo, marcando un punto al N. del N.N.E. Isla del Esqueleto E.S.E. y cuarta al E. Diez pies.
Un árbol alto constituía, pues, la señal principal. Ahora bien: justo ante nosotros el fondeadero quedaba cerrado por una meseta de doscientos a trescientos pies de elevación, contigua por el norte a la falda meridional del Catalejo y que se elevaba de nuevo hacia el sur en una eminencia escarpada y rocosa llamada la Colina del Mesana. La cima de la meseta se hallaba densamente poblada de pinos de diversas alturas. Aquí y allá, uno de especie diferente se elevaba cuarenta o cincuenta pies por encima de sus vecinos; y cuál de ellos fuese el «árbol alto» particular del capitán Flint sólo podía determinarse sobre el terreno y mediante las lecturas de la aguja de marear.
Sin embargo, a pesar de ser tal la situación, cada tripulante de los botes había elegido ya su pino favorito antes de que hubiésemos cruzado la mitad del trayecto; sólo John el Largo se encogía de hombros y les ordenaba aguardar a que estuviésemos en el sitio.
Remamos con calma por indicación de Silver para no fatigar prematuramente a la marinería y, tras una travesía bastante prolongada, desembarcamos en la desembocadura del segundo río: aquel que desciende por una quebrada boscosa del Catalejo. Desde allí, virando hacia la izquierda, comenzamos a trepar por la pendiente en dirección a la meseta.
Al principio, un terreno fangoso y pesado y una vegetación enmarañada y cenagosa demoraron en gran medida nuestra marcha; pero poco a poco la colina comenzó a empinarse y a volverse pedregosa bajo nuestros pies, y el bosque a mudar de aspecto y a clarear con mayor desahogo. Era, a decir verdad, una de las zonas más deliciosas de la isla la que ahora cruzábamos. Una retama de intenso aroma y numerosos arbustos en flor casi habían usurpado el lugar de la hierba. Espesuras de verdes árboles de nuez moscada se alternaban aquí y allá con los fustes rojizos y la ancha sombra de los pinos; y los primeros mezclaban sus aromas especiados con la fragancia de los segundos. El aire, además, soplaba fresco y vivificante, lo cual, bajo los rayos directos del sol, resultaba un bálsamo prodigioso para nuestros sentidos.
La partida se desplegó en abanico, gritando y saltando de un lado a otro. Hacia el centro y a bastante distancia tras ellos, marchábamos Silver y yo: yo sujeto por mi cuerda y él abriéndose paso jadeando penosamente entre las piedras sueltas. De cuando en cuando, ciertamente, hube de tenderle una mano, pues de lo contrario habría perdido pie rodando ladera abajo.
Habíamos avanzado así cerca de media milla y nos aproximábamos a la cima de la meseta cuando el hombre situado en el extremo izquierdo comenzó a proferir alaridos como presa de un terror espantoso. Gritaba una y otra vez, y los demás empezaron a correr en su dirección.
—No puede haber encontrado el tesoro —dijo el viejo Morgan, adelantándonos a la carrera por la derecha—, porque eso está en la mismísima cumbre.
En efecto, según comprobamos al llegar también al lugar, se trataba de algo enteramente distinto. Al pie de un pino bastante corpulento y envuelto entre enredaderas verdes, que habían llegado a levantar algunos de los huesos más pequeños, yacía un esqueleto humano en el suelo con algunos jirones de ropa. Creo que un frío glacial sobrecogió por un instante todos los corazones.
—Era marinero —dijo George Merry, quien, más osado que los demás, se había acercado y examinaba los harapos de tela—. Al menos, este es buen paño de marinero.
—Sí, sí —dijo Silver—; muy probable; no esperarías encontrar un obispo aquí, imagino. Pero, ¿qué postura es esa para unos huesos? No es cosa natural.
En efecto, a una segunda ojeada parecía imposible pensar que aquel cuerpo yaciera en una posición natural. Salvo por cierto desorden (obra, acaso, de las aves rapaces que se habían cebado en él o del lento avance de la enredadera que había ido envolviendo sus restos), el hombre descansaba perfectamente rígido: los pies apuntando en una dirección y las manos, alzadas sobre la cabeza como las de un nadador al zambullirse, señalando derechamente en sentido opuesto.
—Se me ha metido una idea en esta vieja sesera —observó Silver—. Aquí está la brújula; allí despunta el pico más alto de la Isla del Esqueleto, sobresaliendo como un diente. Toma una marcación, haz el favor, a lo largo de la línea que marcan esos huesos.
Así se hizo. El cuerpo señalaba derechamente en dirección a la isla, y la brújula marcó con toda precisión E.S.E. y cuarta al E.
—Ya me lo figuraba —exclamó el cocinero—; esto es una aguja de guía. Hacia allá corre nuestra derrota hacia la estrella polar y los relucientes doblones. Pero, ¡por todos los diablos!, ¡se me hiela la sangre en las venas de pensar en Flint! Esta es una de sus bromas, no cabe duda. Él y estos seis hombres estaban solos aquí; los mató a todos, uno tras otro; y a este lo arrastró hasta aquí y lo colocó por brújula, ¡que me parta un rayo! Son huesos largos y el pelo debió de ser rubio. Sí, este sería Allardyce. ¿Te acuerdas de Allardyce, Tom Morgan?
—Sí, sí —respondió Morgan—; me acuerdo de él: me debía dinero y se llevó mi cuchillo a tierra cuando desembarcó.
—Y hablando de cuchillos —dijo otro—, ¿por qué no encontramos el suyo por aquí tirado? Flint no era hombre de registrar los bolsillos a un marinero; y los pájaros, calculo, lo habrían dejado en paz.
—¡Por todos los poderes del cielo, y bien verdad que es! —exclamó Silver.
—Aquí no queda ni una pizca de nada —dijo Merry, que continuaba tanteando entre los huesos—: ni un ochavo de cobre ni una tabaquera. Esto no me parece nada natural.
—No, por vida mía que no lo es —convino Silver—; ni natural ni agradable, dices bien. ¡Válgame Dios! Camaradas, si Flint estuviese vivo, este sería un sitio bien caliente para vosotros y para mí. Seis eran ellos y seis somos nosotros; y huesos mondos es lo que son ahora.
—Yo lo vi muerto con estos mismísimos ojos —dijo Morgan—. Billy me llevó a verlo. Allí yacía tendido, con peniques de cobre sobre los párpados.
—Muerto... sí, bien muerto está y allá abajo se pudre —dijo el marinero del vendaje—; pero si algún espectro anduvo jamás errante por el mundo, ese sería el de Flint. ¡Madre mía, qué mala muerte tuvo!
—¡Vaya si la tuvo! —observó otro—. Unas veces rugía, otras aullaba pidiendo ron y otras cantaba. «Quince hombres» era su única copla, camaradas; y os digo la verdad: jamás me gustó oírla después. Hacía un bochorno tremendo, la ventana estaba abierta y oí llegar aquella vieja canción tan clara como el agua... y las garras de la muerte estaban ya sobre él.
—¡Vamos, vamos! —atajó Silver—. Dejad esa plática. Está bien muerto y los muertos no andan, que yo sepa; por lo menos no andan de día, podéis darlo por seguro. Las penas matan al burro. ¡Adelante en busca de los doblones!
Reanudamos la marcha, ciertamente; pero a pesar del sol ardiente y de la luz cegadora del día, los piratas ya no corrían dispersos y gritando por el bosque, sino que caminaban muy juntos y hablaban en voz baja. El terror del bucanero difunto había caído como una losa sobre sus ánimos.
XXXII. La busca del tesoro: la voz entre los árboles
En parte por el efecto desalentador de aquella alarma, y en parte para dar un respiro a Silver y a los convalecientes, toda la partida se sentó en cuanto alcanzaron la loma de la subida.
Hallándose la meseta algo inclinada hacia el oeste, aquel paraje en que nos detuvimos dominaba un amplísimo panorama a ambos lados. Ante nosotros, por encima de las copas de los árboles, contemplábamos el Cabo de los Bosques ribeteado de rompientes; a la espalda no sólo divisábamos el fondeadero y la Isla del Esqueleto, sino que veíamos —claramente por encima de la lengua de arena y de las tierras bajas del este— una gran extensión de mar abierto hacia levante. A plomo sobre nosotros se alzaba el Catalejo, salpicado aquí de pinos aislados y allá negro de precipicios. No se percibía más rumor que el de las olas lejanas rompiendo en torno a la costa y el chirrido de innumerables insectos en la maleza. Ni un alma, ni una vela sobre el mar; la inmensidad misma del paisaje acrecentaba la sensación de soledad.
Silver, sentado en el suelo, tomó varias marcaciones con su aguja de marear.
—Hay tres «árboles altos» —dijo—, más o menos en la línea recta que viene de la Isla del Esqueleto. «Loma del Catalejo» significa, me parece a mí, esa punta más baja de allí. Ahora es un juego de niños dar con el tesoro. Casi me dan ganas de comer primero.
—No tengo el cuerpo para nada —gruñó Morgan—. Pensar en Flint... eso fue lo que me revolvió las tripas.
—Bueno, hijo mío, da gracias a tus estrellas de que esté criando malvas —dijo Silver.
—Era un engendro del demonio —exclamó un tercer pirata con un estremecimiento—; ¡y tan azul como se le puso la cara!
—Así es como lo dejó el aguardiente —añadió Merry—. ¿Azul? Vaya si estaba azul. No hay palabra más cierta.
Desde que habían tropezado con el esqueleto y caído en aquellas cavilaciones, hablaban cada vez más bajo, y a esas alturas casi susurraban, de suerte que el murmullo de sus voces apenas turbaba el silencio del bosque. De pronto, de entre la espesura de los árboles situados frente a nosotros, una voz aflautada, aguda y temblorosa entonó la conocida tonada y sus palabras:
—Quince hombres en el cofre del muerto... ¡ron, ron, ron, la botella de ron!
Jamás he visto a hombres más espantosamente sobrecogidos que aquellos piratas. El color huyó de sus seis semblantes como por ensalmo; unos se pusieron en pie de un brinco, otros se aferraron a sus compañeros; Morgan se arrastró temblando por el suelo.
—¡Es Flint, por ——! —exclamó Merry.
El cantar se interrumpió tan bruscamente como había comenzado: cortado, se diría, en mitad de una nota, como si alguien hubiese puesto la mano sobre la boca del cantor. Llegando a través de la atmósfera límpida y soleada entre las verdes copas de los árboles, a mí me había parecido dulce y melodioso; y el efecto en mis acompañantes resultó tanto más sobrecogedor.
—Vamos —dijo Silver, pugnando con labios cenicientos por articular palabra—; esto no puede ser. Preparados para virar. Esta es una jugarreta extraña y no reconozco la voz, pero es de alguien que se está burlando de nosotros... alguien de carne y hueso, podéis darlo por seguro.
El valor le había retornado mientras hablaba y parte del color a su rostro junto con él. Los demás empezaban ya a prestar oídos a tales palabras de aliento y volvían un poco en sí, cuando la misma voz hendió el aire de nuevo: no cantando esta vez, sino en una lejana y plañidera llamada que resonó aún más tenue entre las quebradas del Catalejo.
—¡Darby M’Graw! —gemía, pues esa es la palabra que mejor describe aquel sonido—: ¡Darby M’Graw! ¡Darby M’Graw! —una y otra y otra vez; y luego, alzándose un poco más y con una blasfemia que omito—: ¡Trae acá el ron, Darby!
Los bucaneros permanecieron clavados al suelo con los ojos desorbitados. Mucho después de haberse extinguido la voz, continuaban mirando fijamente hacia adelante, sobrecogidos de espanto.
—¡Eso lo remata todo! —jadeó uno—. Vámonos.
—Fueron sus últimas palabras —gimió Morgan—; sus últimas palabras en este mundo.
Dick había sacado su Biblia y rezaba con fervor. Había recibido buena crianza, el pobre Dick, antes de hacerse a la mar y caer en malas compañías.
Aun así, Silver no se daba por vencido. Pude oír cómo le castañeteaban los dientes en la boca, pero aún no se había rendido.
—Nadie en esta isla oyó hablar jamás de Darby —masculló—; nadie salvo los que estamos aquí presentes. —Y luego, haciendo un esfuerzo supremo—: ¡Camaradas! —gritó—. He venido aquí a buscar ese oro y no me dejaré vencer ni por hombre ni por diablo. Jamás le tuve miedo a Flint en vida y, ¡por todos los poderes celestiales!, ¡le plantaré cara después de muerto! Hay setecientas mil libras esterlinas a menos de un cuarto de milla de aquí. ¿Cuándo se vio que un caballero de fortuna le volviese la popa a semejante caudal por un viejo marinero borracho de cara azul... y encima bien muerto?
Pero no hubo señal alguna de recobrado valor en sus seguidores, sino más bien de un creciente pavor ante la irreverencia de sus palabras.
—¡Muerde la lengua, John! —dijo Merry—. No desafíes a un aparecido.
Y los restantes estaban demasiado aterrorizados para responder. Habrían escapado a la desbandada si se hubiesen atrevido; pero el miedo los mantenía juntos y muy pegados a John, como si su audacia los escudase. Él, por su parte, había dominado casi por completo su flaqueza.
—¿Un aparecido? Bueno, puede ser —dijo—. Pero hay una cosa que no me cuadra. Había eco. Ahora bien: ningún hombre vio jamás a un aparecido con sombra; y entonces, ¿qué hace con un eco a sus espaldas, me gustaría saber? Eso no cabe en la naturaleza, a fe mía.
Este argumento me pareció bastante endeble. Mas nunca se sabe qué puede impresionar a los supersticiosos y, con gran asombro de mi parte, George Merry respiró con inmenso alivio.
—Bueno, eso es verdad —dijo—. Tienes sesos en la cabeza, John, no cabe duda. ¡A virar en redondo, muchachos! Esta tripulación navega con rumbo falso, me parece a mí. Y pensándolo bien, se parecía a la voz de Flint, no lo niego, pero no sonaba del todo tan limpia después de todo. Más bien se parecía a la voz de otro... se parecía a...
—¡Por todos los diablos, Ben Gunn! —rugió Silver.
—¡Sí, eso mismo era! —exclamó Morgan levantándose sobre las rodillas—. ¡Era Ben Gunn!
—Poco cambia el asunto, ¿no os parece? —preguntó Dick—. Ben Gunn no está aquí en cuerpo más de lo que está Flint.
Fin del Episodio 24 · de 26
La isla del tesoro
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