La isla del tesoro
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—¡Vos por aquí, doctor! ¡Muy buenos días tengáis, caballero! —gritó Silver, bien despierto y rebosante de afabilidad al instante—. Madrugador, sin duda; y como suele decirse, al que madruga Dios le ayuda con las raciones. George, sacúdete la modorra, hijo, y ayuda al doctor Livesey a salvar la borda. Todos vuestros pacientes van viento en popa: todos sanos y alegres.
Y así continuaba departiendo, plantado en lo alto de la loma con la muleta bajo el sobaco y una mano apoyada en la fachada del fortín: el mismo John de siempre en voz, ademán y semblante.
—Tenemos una sorpresa para vos, caballero —continuó—. Tenemos aquí a un forasterito... ¡je, je! Un nuevo huésped y camarada de rancho, señor, y tan fresco y afinado como un violín; durmió como un sobrecargo, a fe mía, bien pegadito a John: quilla contra quilla estuvimos toda la noche.
El doctor Livesey había franqueado ya la empalizada y se hallaba bastante cerca del cocinero; alcancé a percibir la alteración de su voz cuando dijo: «¿No será Jim?».
—El mismísimo Jim que viste y calza —respondió Silver.
El doctor se detuvo en seco, sin articular palabra, y pasaron varios segundos antes de que pareciera capaz de dar otro paso.
—Bien, bien —dijo al fin—; primero el deber y luego el placer, como vos mismo diríais, Silver. Pasemos revista a esos pacientes vuestros.
Un momento después penetró en el fortín y, dirigiéndome una severa inclinación de cabeza, procedió a atender a los heridos. No daba muestras de temor alguno, aunque bien sabía que su vida, en medio de aquellos traidores forajidos, pendía de un hilo; y charlaba con los enfermos como si hiciera una visita médica de rutina a una apacible familia campesina inglesa. Sus modales, supongo, contagiaron a los marineros, pues se comportaban con él como si nada hubiese acontecido, como si continuase siendo el médico del barco y ellos leales marineros ante el palo mayor.
—Te estás reponiendo bien, amigo mío —le dijo al hombre del vendaje en la cabeza—; y si alguna vez una persona se ha librado de milagro, has sido tú; debes de tener la cabeza dura como el hierro. Y bien, George, ¿cómo van las cosas? Tienes un color precioso, ciertamente: tienes el hígado del revés, hombre. ¿Tomaste la medicina? ¿Se tomó la medicina, muchachos?
—Sí, sí, señor; se la tomó de veras —respondió Morgan.
—Porque veréis —dijo el doctor Livesey en su tono más risueño—, puesto que soy el médico de los amotinados, o el médico de presidio, como prefiero llamarlo, tengo a gala no perder ni un solo hombre destinado al rey Jorge (¡Dios le bendiga!) y a la horca.
Los bribones se miraron unos a otros, pero encajaron la estocada en silencio.
—Dick no se encuentra bien, señor —dijo uno de ellos.
—¿Ah, no? —repuso el doctor—. Pues acércate aquí, Dick, y déjame ver esa lengua. ¡Vaya, me sorprendería mucho lo contrario! La lengua de este hombre bastaría para asustar a los franceses. Otra calentura.
—¡Ah, ya lo decía yo! —dijo Morgan—. Eso viene de destrozar Biblias.
—Eso viene, como tú dices, de ser unos soberanos majaderos —replicó el médico— y de carecer del juicio preciso para distinguir el aire puro del veneno, y la tierra seca de un cenagal pestilente y corrompido. Considero muy probable —aunque no pase de ser una opinión, claro está— que tengáis que sudar la gota gorda antes de libraros de ese paludismo que lleváis en el cuerpo. ¿Acampar en un pantano? Silver, me asombro de vos. Sois menos tonto que la mayoría, bien mirado; pero no parece que tengáis la menor noción de las reglas elementales de la salud.
—En fin —añadió tras haberles repartido sus dosis correspondientes, que todos tomaron con una docilidad casi risible, más parecidos a escolares de caridad que a sanguinarios piratas y rebeldes—, esto es todo por hoy. Y ahora desearía hablar con ese muchacho, si me hacéis el favor.
Y señaló con la cabeza hacia donde yo estaba con aire despegado.
George Merry se hallaba junto a la puerta, escupiendo y haciendo aspavientos por el mal sabor de un brebaje; pero a la primera palabra de la petición del doctor se volvió bruscamente, muy encendido, y gritó: «¡No!», soltando una blasfemia.
Silver golpeó el barril con la palma abierta de la mano.
—¡Silencio! —rugió, mirando a su alrededor exactamente como un león—. Doctor —continuó con su tono habitual—, ya había pensado en eso, sabiendo el afecto que le tenéis al muchacho. Todos os estamos sumamente agradecidos por vuestra bondad y, como veis, confiamos en vos y nos tragamos las pócimas como si fuesen aguardiente. Y me parece que he hallado un medio que convendrá a todos. Hawkins, ¿me das tu palabra de honor de caballero —porque eres un caballero, aunque de cuna humilde—, tu palabra de honor de que no largarás amarras ni intentarás huir?
Di con presteza la promesa solicitada.
—Entonces, doctor —dijo Silver—, salid vos al otro lado de la empalizada, y una vez que estéis allí llevaré al mozo junto a la valla por el interior, y podréis charlar a través de las estacas. Que tengáis buen día, señor, y nuestros más atentos respetos para el caballero y para el capitán Smollett.
La explosión de cólera, contenida tan sólo por las miradas amenazadoras de Silver, estalló en cuanto el doctor hubo cruzado el umbral. Acusaron a Silver a voz en cuello de jugar a dos barajas, de pretender concertar una paz separada para salvarse él solo, de sacrificar los intereses de sus cómplices y secuaces; en una palabra, de estar haciendo exactamente lo que hacía. Me pareció tan evidente la maniobra en aquel caso que no acertaba a imaginar cómo lograría capear el temporal. Pero valía el doble que todos ellos juntos, y la victoria de la noche anterior le confería un inmenso ascendiente moral sobre sus ánimos. Los llamó idiotas y mentecatos hasta hartarse; afirmó que era indispensable que yo conversara con el doctor; blandió el mapa ante sus narices y les preguntó si podían permitirse quebrantar el tratado precisamente el mismo día en que debían partir en busca del tesoro.
—¡No, por todos los truenos! —gritó—. Seremos nosotros quienes rompamos el pacto cuando llegue la hora; y hasta entonces tendré embaucado a ese doctor aunque tenga que untarle las botas con coñac.
Luego les mandó atizar el fuego y salió con paso firme sobre su muleta, con la mano posada en mi hombro, dejándolos desorientados y más bien aturdidos por su elocuencia que convencidos.
—Despacio, muchacho, despacio —me advirtió—. Podrían volverse contra nosotros en un abrir y cerrar de ojos si nos vieran apresurarnos.
Avanzamos, pues, con gran deliberación a través de la arena hasta donde el doctor nos aguardaba al otro lado de la empalizada, y en cuanto estuvimos a tiro de voz, Silver se detuvo.
—Tomaréis buena nota de esto también, doctor —dijo—, y el chico os contará cómo le salvé la vida y fui depuesto por ello del mando, podéis darlo por seguro. Doctor, cuando un hombre navega tan ceñido al viento como yo, jugándose a cara o cruz el último aliento que le queda en el cuerpo, ¿no creeréis excesivo, tal vez, dedicarle una palabra de aliento? Tened en cuenta que ya no se trata sólo de mi vida, sino de la de este mozo por añadidura; habladme con bondad, doctor, y dadme un rayo de esperanza al que agarrarme, por amor de Dios.
Silver parecía otro hombre una vez que estuvo allí fuera, de espaldas a sus compinches y al fortín: se le habían demudado las mejillas, le temblaba la voz y jamás vi a alma viviente más conmovida por la angustia.
—Pero, ¿cómo, John? ¿Acaso tenéis miedo? —preguntó el doctor Livesey.
—Doctor, no soy ningún cobarde; no, por cierto, ¡ni tanto así! —dijo chasqueando los dedos—. Si lo fuera, no lo confesaría. Pero admito con franqueza que siento el escalofrío de la horca sobre el pescuezo. Sois un hombre cabal y honrado; ¡jamás he conocido varón más recto! Y sé que no olvidaréis el bien que haya hecho, como tampoco olvidaréis el mal. Y me aparto a un lado —mirad aquí— para dejaros a solas con Jim. ¡Y apuntad esto también a mi favor, que es una gran prueba de confianza!
Dicho esto, retrocedió unos pasos hasta quedar fuera del alcance del oído, se sentó sobre el tocón de un árbol y se puso a silbar, volviéndose de cuando en cuando para vigilar ora al doctor y a mí, ora a sus díscolos bribones mientras iban y venían por la arena entre la hoguera —que avivaban afanosamente— y la casa, de donde extraían tocino y galleta para preparar el desayuno.
—Y conque, Jim —dijo el doctor con tristeza—, aquí te tenemos. Quien la hace la paga, muchacho. Dios sabe que no me sale del corazón reprochártelo, pero te diré una cosa, sea dura o compasiva: cuando el capitán Smollett estaba sano no te habrías atrevido a desertar; y marcharte cuando estaba herido y desvalido fue, ¡vive Dios!, una verdadera cobardía.
Confieso que aquí rompí a llorar. «Doctor —dije—, podríais ahorrarme esos reproches. Bastante me he culpado yo mismo; mi vida está perdida de todos modos, y ya estaría muerto a estas horas si Silver no hubiera dado la cara por mí; y creedme, doctor, puedo morir —y bien merecido lo tengo, no lo dudo—, pero lo que temo es el tormento. Si vienen a torturarme...».
—Jim —le interrumpió el doctor, con la voz enteramente mudada—, Jim, no puedo consentir esto. Salta la empalizada y echemos a correr.
—Doctor —respondí—, he empeñado mi palabra.
—¡Ya lo sé, ya lo sé! —exclamó él—. No podemos detenernos en eso ahora, Jim. Yo me echaré la culpa a las espaldas, con toda la vergüenza y el oprobio, muchacho; pero dejarte aquí no lo permitiré jamás. ¡Salta! De un salto estarás fuera y correremos como gamos.
—No —repliqué—; bien sabéis que vos mismo jamás haríais semejante felonía, ni el caballero ni el capitán; y yo tampoco lo haré. Silver confió en mí; empeñé mi palabra y allá regreso. Pero no me habéis dejado concluir, doctor. Si vienen a torturarme, podría escapárseme una palabra sobre el paradero del barco, pues me apoderé de él, en parte por fortuna y en parte por audacia, y se encuentra fondeado en la Ensenada del Norte, junto a la playa del sur, justo por debajo de la pleamar. En la marea baja quedará en seco varado en la arena.
—¡El barco! —exclamó el doctor.
Le referí a escape mis aventuras y me escuchó hasta el cabo en absoluto silencio.
—Hay una especie de providencia en todo esto —observó al concluir yo—. A cada paso que damos, eres tú quien nos salva la vida; ¿y crees acaso que vamos a consentir que pierdas la tuya? Sería una pobre recompensa, muchacho. Descubriste el complot; encontraste a Ben Gunn, la mejor hazaña que jamás hiciste ni harás aunque llegues a los noventa años. ¡Válgame el cielo, y hablando de Ben Gunn! ¡He aquí la salvación misma! ¡Silver! —gritó—. ¡Silver! Voy a daros un consejo —continuó al aproximarse de nuevo el cocinero—: no tengáis demasiada prisa por hallar ese tesoro.
—Mire, señor, hago lo que puedo, que no es mucho —dijo Silver—. Con perdón de usted, sólo buscando ese tesoro puedo salvar mi pellejo y el del muchacho; y puede darlo por seguro.
—Bien, Silver —repuso el médico—; si es así, iré un paso más allá: estad ojo avizor cuando lo encontréis.
—Caballero —dijo Silver—, entre hombre y hombre, eso es demasiado y es muy poco. Qué pretende usted, por qué abandonó el fortín o por qué me dio ese mapa, no lo sé, ¿verdad? Y a pesar de todo he cumplido sus órdenes a ojos cerrados y sin una sola palabra de certidumbre. Pero esto ya es demasiado. Si no quiere decirme claramente lo que significa, dígalo de una vez y dejaré la rueda del timón.
—No —dijo el doctor pensativo—; no tengo derecho a decir más: no es mi secreto, como comprenderéis, Silver, que si lo fuese, os doy mi palabra de que os lo revelaría. Pero iré con vos tan lejos como me sea lícito, y un paso más allá, ¡aunque el capitán me ponga de vuelta y media! Y en primer lugar, os daré un motivo de esperanza: Silver, si salimos ambos con vida de esta trampa de lobos, haré cuanto esté a mi alcance por salvaros, salvo incurrir en perjurio.
El rostro de Silver resplandeció de júbilo. «¡No podríais decir más, señor, ni aunque fuerais mi propia madre!», exclamó.
—Esa es mi primera concesión —añadió el doctor—. Mi segunda es un consejo: mantened al chico bien pegado a vos y, si necesitáis auxilio, dad un grito. Marcho ahora mismo a buscarlo para vosotros, y eso mismo os demostrará que no hablo por hablar. ¡Adiós, Jim!
Y el doctor Livesey me estrechó la mano a través de la empalizada, le hizo una señal con la cabeza a Silver y se internó a paso vivo en el bosque.
XXXI. La busca del tesoro: el indicio de Flint
—Jim —dijo Silver en cuanto nos quedamos solos—, si yo te salvé la vida, tú has salvado la mía; y no lo olvidaré. Vi al doctor haciéndote señas para que escaparas —con el rabillo del ojo lo vi—, y te vi decir que no tan claramente como si te oyera. Jim, te debo una grande. Este es el primer rayo de esperanza que tengo desde que fracasó el asalto, y te lo debo a ti. Y ahora, Jim, vamos a salir en busca de ese tesoro con órdenes selladas, y no me gusta nada el asunto; tú y yo debemos permanecer muy unidos, espalda contra espalda, y salvaremos los pellejos a pesar del destino y de la fortuna.
En aquel preciso momento un hombre nos gritó desde la hoguera anunciando que el desayuno estaba servido, y poco después nos hallábamos sentados acá y allá sobre la arena ante unas galletas y cecina frita. Habían encendido una hoguera como para asar un buey, y desprendía ya tal calor que sólo era posible acercarse a ella a sotavento, y aun allí no sin tomar precauciones. Con el mismo espíritu derrochador habían cocinado, calculo, tres veces más viandas de las que podíamos comer; y uno de ellos, con una carcajada estúpida, arrojó las sobras al fuego, que crepitó y rugió de nuevo alimentado por aquel combustible insólito. Jamás en mi vida vi hombres tan despreocupados del mañana: vivir al día es la única expresión que puede describir su conducta; y entre los alimentos desperdiciados y las guardias dormidas, aunque eran lo bastante bravos para un choque violento y salir del paso, comprendí su absoluta incapacidad para sostener cualquier campaña prolongada.
Incluso Silver, comiendo con apetito con el capitán Flint posado en el hombro, no tuvo una sola palabra de censura para semejante insensatez. Y esto me sorprendió tanto más cuanto que juzgué que jamás se había mostrado tan ladino como entonces.
—Sí, camaradas —decía—; suerte tenéis de contar con Barbacoa para cavilar con este magín que Dios le dio. Conseguí lo que quería, bien sabéis. Desde luego tienen el barco. Dónde lo esconden no lo sé todavía; pero una vez que demos con el tesoro, nos daremos maña para averiguarlo. Y entonces, camaradas, los que tengamos los botes seremos, me parece a mí, los dueños de la situación.
De este modo continuaba perorando con la boca llena de tocino caliente; así les infundía esperanza y confianza y, según sospecho vivamente, recomponía las suyas al mismo tiempo.
—En cuanto al rehén —proseguía—, me da la corazonada de que esta ha sido su última plática con esos a quienes tanto quiere. Ya obtuve mis noticias, y bien se lo agradezco; pero se acabó lo que se daba. Lo llevaré atado con un cabo cuando salgamos en busca del tesoro, porque lo guardaremos como oro en paño por si ocurre algún percance, tenedlo en cuenta, y entretanto nos aseguramos el tiro. Una vez que tengamos el bajel y el oro a bordo y nos hagamos a la mar como alegres camaradas, entonces ajustaremos cuentas con el señor Hawkins y le daremos su parte, desde luego, por todas sus atenciones.
No era de extrañar que la marinería estuviese de buen humor a esas alturas. Por mi parte, me sentía horriblemente abatido. Si el plan que acababa de trazar resultaba factible, Silver, ya traidor por partida doble, no vacilaría un instante en ponerlo en práctica. Tenía todavía un pie en cada bando, y no cabía duda de que preferiría la riqueza y la libertad con los piratas a librarse por los pelos de la horca, que era lo mejor que podía aguardar de nuestra parte.
Fin del Episodio 23 · de 26
La isla del tesoro
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