La isla del tesoro·Episodio 20

La isla del tesoro

~13 min · 2574 palabras

Antes de que pudiese rehacerse me hallaba fuera del rincón donde me tenía acorralado, con toda la cubierta por delante para esquivarle. Justo delante del palo mayor me detuve, saqué una pistola del bolsillo, apunté con serenidad aunque se había revuelto ya y venía de nuevo en derechura hacia mí, y apreté el gatillo. Cayó el percutor, pero no hubo fogonazo ni estampido: el cebo estaba inservible por el agua marina. Me maldije por mi negligencia: ¿por qué no había cebado y cargado de nuevo mis únicas armas mucho antes? No me hallaría ahora huyendo como una oveja asustada ante aquel carnicero.

Herido como estaba era asombrosa la rapidez con que se movía, con sus canas cayéndole sobre los ojos y la cara encendida como un pabellón encarnado por la prisa y la cólera. No tuve tiempo de probar mi otra pistola ni muchas ganas tampoco, seguro como estaba de que sería inútil. Una cosa comprendí con claridad: no debía limitarme a retroceder ante él o pronto me tendría acorralado en la proa como poco antes casi me había encerrado en la popa. Una vez allí cogido, nueve o diez pulgadas de aquel puñal ensangrentado serían mi última experiencia en este mundo. Apoyé las palmas de las manos contra el palo mayor, que era de bastante grosor, y aguardé con todos los nervios en tensión.

Viendo que me disponía a esquivarle se detuvo él también; y pasaron unos momentos en fintas por su parte y movimientos correspondientes por la mía. Era un juego idéntico al que a menudo había jugado de muchacho entre las rocas de la caleta de Black Hill, pero jamás, bien podéis creerlo, con el corazón latiéndome con tanta violencia como entonces. Con todo, según digo, era juego de muchachos, y confiaba en mantenerme firme contra un marinero entrado en años con un muslo malherido. En verdad mi valor comenzó a subir tanto que me permití algunas rápidas reflexiones sobre cuál sería el desenlace del lance; y aunque comprendía que podía prolongarlo largo tiempo, no veía esperanza alguna de salvación final.

Pues bien, mientras las cosas estaban así, de pronto La Española tocó fondo, vaciló, rechinó un instante en la arena y luego, rápida como un rayo, escoró hacia la banda de babor hasta que la cubierta formó un ángulo de cuarenta y cinco grados y cerca de un tonel de agua entró por los imbornales formando un charco entre las tablas y la borda.

Ambos fuimos derribados en un segundo y rodamos casi juntos hacia los imbornales, cayendo tras nosotros con rigidez el cadáver del gorro encarnado con los brazos todavía abiertos en cruz. Tan cerca quedamos ciertamente que mi cabeza chocó contra el pie del timonel con un golpe que me hizo castañetear los dientes. Con golpe y todo fui el primero en ponerme en pie, pues Hands se había enredado con el muerto. La brusca escora del buque hacía imposible correr por la cubierta: tenía que hallar una nueva vía de escape y eso en el acto, pues mi enemigo casi me tocaba. Rápido como el pensamiento salté a los obenques de mesana, trepé mano sobre mano y no respiré hasta verme sentado en las crucetas.

Me había salvado mi presteza: el puñal se había clavado a menos de medio pie por debajo de mí mientras trepaba; y allí abajo quedó Israel Hands con la boca abierta y la cara levantada hacia mí, convertida en una verdadera estatua de sorpresa y despecho.

Ahora que tenía un momento de respiro no perdí tiempo en mudar el cebo de mi pistola, y teniendo una lista para servir y para mayor seguridad procedí a sacar la carga de la otra y recargarla de nuevo desde el principio.

Esta nueva ocupación mía dejó a Hands desconcertado: empezó a comprender que los dados rodaban en su contra, y tras manifiesta vacilación se izó pesadamente a los obenques y con el puñal entre los dientes comenzó a subir lenta y fatigosamente. Le costó una infinidad de tiempo y de quejidos arrastrar tras de sí la pierna herida, y yo había terminado sosegadamente mis preparativos antes de que hubiese recorrido un tercio de la subida. Entonces, con una pistola en cada mano, me dirigí a él:

—¡Un paso más, señor Hands —le dije—, y le vuelo la tapa de los sesos! Los muertos no muerden, ya lo sabe —añadí riéndome.

Se detuvo al instante. Pude ver por las contracciones de su rostro que intentaba cavilar, y la operación era tan lenta y trabajosa que en mi recién cobrada seguridad me reí en voz alta. Al fin, tras tragar saliva una o dos veces, habló, mostrando todavía en la cara la misma expresión de perplejidad extrema. Para hablar tuvo que quitarse el puñal de la boca, pero en todo lo demás permaneció inmóvil.

—Jim —dijo—, me parece que hemos tenido un mal encuentro tú y yo y tendremos que firmar la paz. Te habría echado mano de no ser por ese bandazo, pero no tengo suerte ninguna, yo no; y me parece que tendré que rendirme, lo cual es duro, ya ves, para un viejo patrón de barco ante un grumete como tú, Jim.

Estaba yo bebiéndome sus palabras y sonriendo satisfecho, engreído como un gallo sobre una tapia, cuando en un segundo su brazo derecho se echó hacia atrás sobre el hombro. Algo silbó como una flecha por el aire; sentí un golpe y luego un dolor agudo, y allí me quedé clavado por el hombro contra el mástil. En el tremendo dolor y sorpresa del momento —apenas sabría decir si fue por propia voluntad y estoy seguro de que fue sin apuntar con conciencia— ambas pistolas se dispararon y ambas se me escaparon de las manos. No cayeron solas: con un grito ahogado el timonel soltó los obenques y se precipitó de cabeza en el agua.

XXVII «Doblones de a ocho»

A causa de la escora del navío los mástiles colgaban muy por encima del mar y desde mi asiento en las crucetas no tenía nada debajo fuera de la superficie de la bahía. Hands, que no había subido tanto, se hallaba en consecuencia más cerca del buque y cayó entre la borda y mi persona. Subió una vez a la superficie en un hervidero de espuma y sangre y luego se hundió para siempre. Al serenarse el agua pude verle tendido sobre la arena limpia y brillante a la sombra del casco del navío. Uno o dos peces cruzaron veloces junto a su cuerpo. A veces, por la ondulación del agua, parecía moverse un poco como si intentase incorporarse. Pero estaba bien muerto a pesar de todo, atravesado de balazos y ahogado, sirviendo de pasto a los peces en el mismo paraje donde había planeado mi muerte.

Apenas me hube asegurado de esto cuando empecé a sentir náuseas, desvanecimiento y espanto. La sangre caliente me corría por la espalda y el pecho. El puñal, allí donde me había clavado el hombro contra el mástil, parecía quemar como un hierro candente; con todo, no eran tanto estos dolores reales lo que me angustiaba, pues estos me parecía poder soportarlos sin queja; era el horror que me embargaba de caer desde las crucetas en aquella agua verde y tranquila junto al cadáver del timonel.

Me agarré con ambas manos hasta dolerme las uñas y cerré los ojos como para no ver el peligro. Poco a poco recobré el juicio, el pulso se apaciguó a un compás más natural y volví a ser dueño de mí mismo.

Mi primer pensamiento fue arrancar el puñal, pero o estaba demasiado apretado o me faltaron las fuerzas y desistí con un violento escalofrío. Curiosamente aquel mismo estremecimiento hizo la faena: el cuchillo, en verdad, apenas me había rozado por un milagro: me sujetaba sólo por un pellizco de piel y el temblor la desgarró. La sangre corrió con mayor fuerza, ciertamente; pero volvía a ser libre y sólo permanecía cosido al mástil por mi casaca y mi camisa.

Desgarré estas prendas de un tirón brusco y bajé de nuevo a cubierta por los obenques de estribor. Por nada del mundo me habría aventurado otra vez, maltrecho como estaba, por los obenques colgantes de babor desde donde poco antes había caído Israel.

Bajé a la cámara y me curé la herida como pude: me dolía bastante y sangraba con abundancia, pero no era profunda ni peligrosa ni me impedía mover el brazo. Miré entonces a mi alrededor y como el buque era ahora en cierto sentido mío comencé a pensar en librarlo de su último tripulante: el cadáver de O’Brien.

Había caído, como he dicho, contra la borda, donde yacía como un pelele grotesco y desmadejado, de tamaño natural ciertamente, ¡pero cuán diferente del color y la gallardía de los vivos! En aquella postura me resultaba fácil deshacerme de él, y como la costumbre de trágicas aventuras me había quitado casi todo el miedo a los muertos, lo cogí por la cintura como a un saco de salvado y de un buen empujón lo arrojé por la borda. Cayó con sonoro chapuzón; el gorro encarnado se desprendió quedando a flote sobre el agua; y en cuanto se calmaron las ondas pude verle a él y a Israel tendidos lado a lado, meciéndose ambos con el trémulo movimiento del mar. O’Brien, aunque era todavía un hombre joven, era del todo calvo. Allí yacía, con aquella cabeza pelada sobre las rodillas del hombre que le había quitado la vida y los veloces pececillos cruzando sobre entrambos.

Me hallaba ahora solo a bordo del navío; la marea acababa de cambiar. El sol estaba tan cerca del ocaso que la sombra de los pinos de la orilla occidental comenzaba ya a cruzar todo el fondeadero y a cubrir la cubierta. La brisa del atardecer se había levantado, y aunque la colina de los dos picachos la cortaba por el este, las jarcias habían empezado a silbar suavemente y las velas sueltas a restallar.

Comencé a divisar un peligro para el buque. Los foques los arrié con rapidez haciéndolos caer sobre cubierta, pero la vela mayor era asunto más peliagudo. Desde luego, al escorar la goleta, la botavara se había salido fuera y su contera y una o dos varas de lona colgaban sumergidas bajo el agua. Creí que esto aumentaba el peligro; pero la tensión era tan recia que temí intervenir. Al cabo saqué mi navaja y corté las drizas. El pico cayó al instante, un gran vientre de lona suelta flotó extendido sobre el agua, y como por más que tirase no logré mover el cargador, eso fue todo cuanto pude conseguir. Por lo demás, La Española debía fiarse a la suerte como yo mismo.

Para entonces todo el fondeadero había caído en sombras: los últimos rayos, lo recuerdo bien, cruzaban por un claro del bosque y brillaban como joyas sobre el manto florido del viejo pecio. Comenzaba a hacer frío; la marea corría velozmente mar adentro y la goleta se asentaba cada vez más sobre su costado.

Me arrastré hacia proa y miré hacia abajo. Parecía haber poco fondo, y sosteniendo el calabrote cortado con ambas manos por mayor seguridad me descolgué suavemente al agua. Apenas me llegaba a la cintura; la arena era firme y rizada por las ondas, y salí a la orilla con excelente ánimo dejando a La Española de costado con su vela mayor tendida sobre la superficie de la bahía. Casi al mismo tiempo el sol se puso por completo y la brisa silbó suavemente en la penumbra entre los pinos mecidos por el viento.

Al menos, y al fin, me hallaba fuera del mar y no había regresado con las manos vacías. Allí yacía la goleta, libre al cabo de bucaneros y lista para que los nuestros la abordasen y se hiciesen de nuevo a la mar. Nada deseaba tanto mi imaginación como llegar a la estacada y jactarme de mis proezas. Quizá me regañasen un poco por mi escapada, pero la reconquista de La Española constituía una respuesta aplastante y esperaba que el propio capitán Smollett confesase que no había perdido el tiempo.

Pensando en esto y de un humor inmejorable emprendí el regreso hacia el fortín y mis compañeros. Recordé que el más oriental de los riachuelos que desaguan en el fondeadero del capitán Kidd bajaba de la colina de los dos picos a mi izquierda, y dirigí mis pasos en aquel sentido para vadear la corriente donde era menuda todavía. El bosque estaba bastante despejado, y costeando por las estribaciones bajas pronto doblé la esquina de aquella colina y no mucho después vadeé el arroyo con el agua a media pantorrilla.

Esto me condujo cerca del paraje donde había encontrado a Ben Gunn, el náufrago; y caminé con mayor cautela mirando a todos lados. La penumbra era casi completa y al desembocar en la garganta entre los dos picachos advertí un resplandor trémulo en el cielo donde, según juzgué, el hombre de la isla cocinaba su cena ante una gran hoguera. Y con todo me maravilló en mi fuero interno que se mostrase tan descuidado. Pues si yo divisaba aquel resplandor, ¿no alcanzaría los ojos del mismísimo Silver acampado en la orilla entre los pantanos?

Poco a poco la noche se hizo más cerrada; apenas lograba orientarme a tientas hacia mi destino; la colina doble a mi espalda y El Catalejo a mi derecha se dibujaban cada vez más borrosos; las estrellas eran pocas y pálidas; y en los terrenos bajos por donde vagaba tropezaba sin cesar entre matorrales y rodaba en hoyos de arena.

De pronto una claridad me iluminó. Levanté la vista: un pálido destello de luna se había posado en la cumbre de El Catalejo, y poco después vi algo ancho y plateado asomar por detrás de los árboles y comprendí que la luna había salido.

Con esta ayuda franqueé rápidamente el trecho que me quedaba de camino y caminando a ratos y a ratos corriendo me aproximé impaciente a la estacada. Con todo, al comenzar a cruzar la arboleda que se extiende ante ella, no fui tan atolondrado como para no acortar el paso y avanzar con cierta cautela. Habría sido un triste desenlace de mis aventuras caer muerto por un disparo de los míos por equivocación.

La luna subía más y más, su luz comenzaba a caer a raudales por los claros del bosque, y justo ante mí apareció entre los árboles un resplandor de color diferente: era rojizo y ardiente, y de cuando en cuando se oscurecía un poco, como si fuesen las brasas de una fogata que se consumía lentamente.

Por nada del mundo lograba imaginar qué podía ser aquello.

Al fin salí a los linderos mismos del descampado. El extremo occidental estaba ya inundado de luna; el resto, y el propio fortín, yacía todavía en una sombra negra surcada de largas franjas plateadas. Al otro lado de la casa una inmensa fogata se había consumido en ascuas vivas y arrojaba un constante resplandor encarnado en vivo contraste con la dulce palidez de la luna. No se movía un alma ni sonaba otro ruido que el murmullo de la brisa.

Me detuve con gran asombro en el pecho y acaso también con un poco de terror. No era nuestra costumbre encender grandes hogueras; estábamos, en verdad, por orden del capitán, harto escasos de leña; y empecé a temer que alguna desgracia hubiese ocurrido durante mi ausencia.

Fin del Episodio 20 · de 26

La isla del tesoro

Siguiente Episodio 21~14 minLa isla del tesoro“Para mayor seguridad, me puse a cuatro patas y avancé a rastras, sin hacer el menor ruido, hacia la esquina de la casa.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.