La isla del tesoro
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Me deslicé rodeando por el extremo oriental, manteniéndome pegado a la sombra, y en un punto conveniente, donde la oscuridad era más espesa, salté la empalizada.
Para mayor seguridad, me puse a cuatro patas y avancé a rastras, sin hacer el menor ruido, hacia la esquina de la casa. Al aproximarme, se me alivió el corazón de pronto de un peso inmenso. No es un sonido grato en sí mismo, y a menudo me había quejado de él en otras ocasiones, pero en aquel instante me pareció música celestial oír a mis amigos roncando al unísono, tan fuerte y plácidamente en su sueño. El grito de guardia de la marinería, aquel hermoso «¡Todo va bien!», jamás había sonado en mis oídos con tanta quietud.
Entretanto, no cabía duda de una cosa: montaban una guardia rematadamente mala. De haber sido Silver y sus secuaces los que se deslizaban así sobre ellos, ni una sola alma habría visto amanecer. «He aquí lo que ocurre —pensé— cuando el capitán cae herido»; y una vez más me reproché con amargura el haberlos dejado expuestos a tal peligro siendo tan pocos para hacer la guardia.
Para entonces había llegado a la puerta y me puse en pie. Todo estaba oscuro adentro, de suerte que no lograba distinguir nada con la vista. En cuanto a sonidos, se oía el zumbido monótono de los roncadores y un ruidillo leve e intermitente, una especie de aleteo o picoteo que de ningún modo acertaba a explicarme.
Con los brazos extendidos hacia adelante penetré con paso firme. Me tendería en mi rincón (pensé riendo para mis adentros) y gozaría al contemplar sus caras cuando me descubrieran a la mañana siguiente.
Mi pie tropezó con algo blando: era la pierna de uno que dormía; se revolvió y profirió un gemido, pero sin despertar.
Y entonces, de repente, una voz estridente hendió la oscuridad:
—¡Doblones de a ocho! ¡Doblones de a ocho! ¡Doblones de a ocho! ¡Doblones de a ocho! ¡Doblones de a ocho! —y así sucesivamente, sin pausa ni variación, como el tableteo de un molinillo.
¡El loro verde de Silver, el capitán Flint! Era a ella a quien había oído picotear un trozo de corteza; era ella la que, guardando mejor centinela que cualquier ser humano, anunciaba de tal guisa mi llegada con su fastidioso estribillo.
No me quedó tiempo para reponerme. Al seco y chirriante graznido del loro, los durmientes despertaron y se levantaron de un salto; y entre una terrible blasfemia, la voz de Silver bramó: «¿Quién va?»
Giré para escapar, choqué con violencia contra un bulto, retrocedí y fui a dar de lleno en los brazos de un segundo hombre, que por su parte me atenazó y me sujetó firmemente.
—Trae una antorcha, Dick —dijo Silver al comprobar que mi captura era segura.
Y uno de los hombres abandonó el fortín y regresó al instante con una tea encendida.
SEXTA PARTE: El capitán Silver
XXVIII. En el campamento del enemigo
El resplandor rojizo de la tea, iluminando el interior del fortín, me confirmó el cumplimiento del peor de mis temores. Los piratas eran los amos de la casa y de las provisiones: allí estaba el barril de coñac, allí el tocino y las galletas como antes y, lo que multiplicaba por diez mi espanto, ni el menor rastro de prisionero alguno. No pude sino suponer que todos habían perecido, y se me desgarró el alma con el dolor amargo de no haber estado allí para perecer a su lado.
Eran seis bucaneros en total; no quedaba ningún otro vivo. Cinco de ellos estaban en pie, congestionados e hinchados, arrancados súbitamente del primer sueño de la borrachera. El sexto sólo se había incorporado sobre un codo; tenía una palidez mortal y el vendaje manchado de sangre en torno a su cabeza revelaba que había sido herido de fecha reciente y vendado aún más recientemente. Recordé al hombre que había recibido un disparo y huido hacia el bosque durante el gran asalto, y no dudé de que se trataba de él.
El loro descansaba en el hombro de John el Largo, acicalándose las plumas. Él mismo me pareció algo más pálido y severo de lo habitual. Llevaba aún el fino traje de paño con el que había cumplido su embajada, pero en un estado lamentable: embadurnado de arcilla y desgarrado por las zarzas del bosque.
—¡Vaya! —dijo él—. ¡Aquí está Jim Hawkins, que me parta un rayo! Caído del cielo de visita, ¿eh? Bueno, ven aquí, que lo tomo como una muestra de buena amistad.
Y acto seguido se sentó a horcajadas sobre el barril de aguardiente y se puso a llenar la pipa.
—Préstame la tea, Dick —dijo; y luego, tras prenderla bien—: Ya basta, muchacho —añadió—; clava la luz en el montón de leña; y vosotros, caballeros, ¡haced la ronda! No hace falta que os quedéis en pie ante el joven Hawkins; él sabrá disculparos, podéis darlo por seguro. Y conque, Jim —dijo apisonando el tabaco—, aquí estás, lo cual es una grata sorpresa para el pobre y viejo John. Ya vi que eras despierto desde la primera vez que te eché la vista encima, pero esto se me escapa por completo, a fe mía.
A todo esto, como bien puede suponerse, no di respuesta alguna. Me habían colocado de espaldas a la pared y allí permanecía, mirando a Silver de hito en hito a la cara con bastante serenidad, según confío, en mi apariencia exterior, pero con una negra desesperación atenazándome el pecho.
Silver dio una o dos bocanadas a la pipa con suma flema y luego reanudó su charla.
—Mira, Jim, puesto que estás aquí —dijo—, te diré lo que pienso con franqueza. Siempre te he tenido ley por ser un zagal de bríos y el vivo retrato de mi propia persona cuando era joven y apuesto. Siempre quise que te unieras a la partida y cobraras tu parte para morir como un caballero de fortuna, y ahora, gallito mío, no te queda otra. El capitán Smollett es un buen marino, cosa que reconoceré en cualquier ocasión, pero riguroso con la disciplina. «El deber es el deber», dice él, y no le falta razón. Harías bien en mantenerte lejos del capitán. El propio doctor se ha puesto furioso contra ti: «bribón ingrato» fue lo que soltó; y en resumidas cuentas, toda la historia viene a parar a esto: no puedes regresar con los tuyos, porque no quieren verte ni en pintura; y a menos que formes una tercera tripulación tú solo, lo cual resultaría un tanto solitario, tendrás que alistarte con el capitán Silver.
Bien estaba hasta ahí. Mis amigos seguían con vida, pues, y aunque concedí cierto crédito a las palabras de Silver en cuanto a que los de la cámara estaban indignados conmigo por mi deserción, sentí más alivio que pesar al enterarme de todo aquello.
—No digo nada de que estés en nuestras manos —continuó Silver—, aunque ahí te encuentras, puedes darlo por seguro. Yo soy partidario del razonamiento; jamás vi que saliera nada bueno de las amenazas. Si te acomoda el servicio, pues bien, te enrolas; y si no te gusta, Jim, eres muy libre de responder que no; libre y bienvenido, camarada; y si marinero viviente puede hablar con más justicia, ¡que me parta un rayo!
—¿Tengo que responder ahora? —pregunté con voz muy temblorosa. Por debajo de toda aquella plática socarrona, me hacía sentir la amenaza de muerte que pendía sobre mi cabeza; las mejillas me ardían y el corazón me latía con angustia en el pecho.
—Muchacho —dijo Silver—, nadie te mete prisa. Toma tus rumbos. Ninguno de nosotros te va a apremiar, camarada; el tiempo pasa de maravilla en tu compañía, como puedes ver.
—Bien —dije cobrando un poco de aliento—, si he de elegir, declaro que tengo derecho a saber cómo están las cosas, por qué estáis vosotros aquí y dónde se hallan mis amigos.
—¿Cómo están las cosas? —repitió uno de los bucaneros con un gruñido cavernoso—. ¡Ah, dichoso el que supiera tal cosa!
—Tal vez quieras trincar tus escotillas hasta que te dirijan la palabra, amiguito —le espetó Silver con aspereza a aquel hombre. Y luego, recuperando su tono afable del principio, me respondió—: Ayer por la mañana, señor Hawkins, en la guardia del alba, bajó el doctor Livesey con bandera blanca de parlamento. Y dice: «Capitán Silver, estáis vendidos. El barco ha desaparecido». Bueno, es posible que nos hubiésemos tomado un trago con alguna copla para pasarlo; no digo que no. Por lo menos, ninguno de nosotros había asomado la vista fuera. Miramos entonces y, ¡por todos los truenos!, ¡el viejo barco se había esfumado! Jamás vi una cuadrilla de bobos con caras más pasmadas; y podéis creerlo si os digo que la mía era la más perpleja. «Bien —dice el doctor—, parlamentemos». Negociamos él y yo, y aquí nos tienes: provisiones, aguardiente, el fortín, la leña que tuvisteis la gentileza de cortar y, por así decirlo, todo el bendito bajel desde las crucetas hasta la quilla. En cuanto a ellos, se largaron con viento fresco; no sé dónde diablos andan.
Chupó de nuevo con calma de su pipa.
—Y para que no se te meta en esa mollera —prosiguió— que tú estabas comprendido en el tratado, he aquí la última palabra que cruzamos: «¿Cuántos sois —le pregunté— para partir?». «Cuatro —respondió—; cuatro y uno de nosotros malherido. En cuanto a ese muchacho, no sé dónde para, mal rayo le parta —añadió—, ni me importa un comino. Ya estamos hasta la coronilla de él». Esas fueron sus mismísimas palabras.
—¿Eso es todo? —pregunté.
—Bueno, es todo cuanto has de oír, hijo mío —repuso Silver.
—¿Y ahora tengo que elegir?
—Y ahora te toca elegir, y puedes darlo por seguro —dijo Silver.
—Bien —dije—, no soy tan necio como para no saber lo que me aguarda. Pónganse las cosas como se pongan, poco me importa. He visto morir a demasiados hombres desde que me junté con vosotros. Pero hay una o dos cosas que tengo que deciros —añadí, y a esas alturas me sentía ya muy exaltado—; y la primera es esta: aquí estáis, en un trance bien negro: habéis perdido el barco, habéis perdido el tesoro, habéis perdido hombres y toda vuestra empresa se ha ido a pique; y si queréis saber quién lo causó todo... ¡fui yo! Yo estaba metido en el barril de manzanas la noche en que avistamos tierra, y os oí a ti, John, y a ti, Dick Johnson, y a Hands, que ahora yace en el fondo del mar, y referí cada una de vuestras palabras antes de que pasara una hora. Y en cuanto a la goleta, fui yo quien cortó su amarra, fui yo quien dio muerte a los tripulantes que teníais a bordo y fui yo quien la fondeó donde jamás volveréis a verla ninguno de vosotros. La partida está de mi lado; os he llevado la delantera en todo desde el principio; no os temo más de lo que temo a una mosca. Matadme si os place o perdonadme la vida. Pero una sola cosa os diré y nada más: si me salváis, lo pasado pasado estará, y cuando os juzguen ante un tribunal por piratería os defenderé cuanto me sea posible. A vosotros os toca elegir: matar a uno más sin sacar ningún provecho, o perdonarme y conservar un testigo que os libre de la horca.
Me detuve, pues os aseguro que me faltaba el aliento, y con gran pasmo de mi parte ni un solo hombre se movió: todos se me quedaron mirando como otros tantos carneros. Y mientras continuaban mirándome fijamente, rompí a hablar de nuevo: «Y ahora, señor Silver —dije—, creo que vos sois el mejor hombre de esta partida, y si las cosas se ponen feas, os agradeceré que le hagáis saber al doctor cómo supe encajarlo».
—Lo tendré presente —dijo Silver con un acento tan singular que por nada del mundo habría podido asegurar si se burlaba de mi ruego o si le había impresionado favorablemente mi audacia.
—Yo añadiré una cosa más a la cuenta —exclamó el viejo marinero de rostro de caoba, llamado Morgan, a quien había visto en la taberna de John el Largo en los muelles de Bristol—: ¡Él fue quien reconoció a Perro Negro!
—¡Pardiez, y oíd esto otro! —añadió el cocinero de a bordo—. ¡Yo añadiré otra cosa más a la cuenta, por todos los truenos! ¡Porque fue este mismo zagal quien le birló el mapa a Billy Bones! ¡De cabo a rabo, nos hemos estrellado contra Jim Hawkins!
—¡Pues allá va! —dijo Morgan entre juramentos.
Y se puso en pie de un salto, desenvainando el cuchillo con la agilidad de un muchacho de veinte años.
—¡Alto ahí! —rugió Silver—. ¿Quién te crees tú que eres, Tom Morgan? A lo mejor pensabas que mandabas aquí de capitán. ¡Por los poderes del cielo, ya te enseñaré modales! Crúzate en mi derrota y marcharás adonde han ido tantos hombres de provecho antes de ti a lo largo de estos treinta años: unos colgados de una verga, ¡que me parta un rayo!, y otros arrojados por la borda, y todos para pasto de los peces. Jamás hombre viviente me miró fijamente a los ojos y conoció después un día venturoso, Tom Morgan, y puedes darlo por seguro.
Morgan se contuvo, pero un sordo murmullo brotó entre los demás.
—Tom tiene razón —dijo uno.
—Bastantes abusos he aguantado ya de uno —añadió otro—. ¡Que me cuelguen si permito que tú me mangonees, John Silver!
—¿Acaso alguno de ustedes, caballeros, quiere ajustar cuentas conmigo? —bramó Silver echándose hacia adelante desde su asiento en el barril, con la pipa aún humeante en la diestra—. ¡Decid claramente lo que pretendéis, que no sois mudos, imagino! El que lo desee, tendrá su ración. ¿He de haber vivido todos estos años para que a la vejez venga a tocarme las narices un hijo de un tonel de ron? Ya sabéis cómo se dirimen estas cosas; todos sois caballeros de fortuna, según decís. Pues bien: ¡aquí me tenéis listo! ¡Empuñe un alfanje el que se atreva y veré de qué color son sus tripas, con muleta y todo, antes de que se apague esta pipa!
Ni un hombre se movió; ni un hombre respondió.
—¿De esa calaña sois? —añadió volviendo a ponerse la pipa en la boca—. Bueno, ofrecéis un lindo cuadro, ciertamente. No valéis gran cosa a la hora de pelear. Tal vez alcancéis a entender el inglés del rey Jorge. Mando aquí de capitán por elección. Soy capitán porque soy el más bragado a una milla náutica a la redonda. Si no queréis combatir como deben hacer los caballeros de fortuna, entonces, ¡por todos los diablos!, ¡vais a obedecer, podéis darlo por seguro! Le tengo ley a este chico; jamás he visto un zagal más bravo. Es más hombre él solo que cualquier par de ratas de las que estáis en esta casa; y lo que os digo es esto: ¡que se atreva alguien a ponerle una mano encima! ¡Eso es lo que digo, y podéis darlo por seguro!
Siguió a esto un largo silencio. Yo continuaba inmóvil contra la pared, con el corazón golpeándome como un martillo de fragua, pero con un rayo de esperanza alumbrándome el pecho. Silver se apoyó de espaldas contra los maderos con los brazos cruzados y la pipa en la comisura de los labios, tan sosegado como si estuviera en la iglesia; no obstante, su mirada se movía con cautela y no quitaba el ojo de encima a sus díscolos secuaces. Éstos, por su parte, se fueron arrimando hacia el extremo opuesto del fortín, y el apagado siseo de sus murmullos me llegaba de continuo como el murmullo de un arroyo. De tarde en tarde alzaban los ojos y el resplandor rojizo de la tea iluminaba por un instante sus semblantes demudados; pero no era hacia mí, sino hacia Silver, hacia donde dirigían las miradas.
—Parece que tenéis mucho que parlamentar —observó Silver escupiendo a lo lejos—. Desembuchad para que yo os oiga o quedaos al pairo.
—Con perdón de usted, señor —repuso uno de los marineros—, usted se toma muchas libertades con algunas reglas; a lo mejor tiene la bondad de prestar atención a las demás. Esta tripulación está descontenta; a esta tripulación no le asustan los gritos ni las bravatas; esta tripulación tiene sus fueros como cualquier otra, y me tomo la libertad de decirlo; y según sus propias leyes, podemos deliberar entre nosotros. Con perdón de usted, reconociéndole todavía como capitán por el momento, reclamo mi derecho y salgo afuera a celebrar consejo.
Y haciendo un ceremonioso saludo marinero, aquel individuo, un sujeto alto, de mal cariz y ojos amarillentos de unos treinta y cinco años, caminó con paso frío hacia la puerta y desapareció fuera de la estancia. Uno tras otro los demás siguieron su ejemplo: cada cual saludando al pasar y mascullando alguna excusa. «Conforme a las leyes», dijo uno. «Consejo de castillo de proa», soltó Morgan. Y así, entre unas palabras y otras, desfilaron todos hacia fuera y nos dejaron a Silver y a mí a solas junto a la tea.
El cocinero de a bordo se quitó la pipa de la boca al instante.
Fin del Episodio 21 · de 26
La isla del tesoro
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