La isla del tesoro
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—¿Muy malherido? —le pregunté.
Gruñó, o mejor dicho ladró como un perro.
—Si ese doctor estuviese a bordo —dijo— me pondría bueno en dos vueltas de reloj; pero no tengo ninguna suerte, ya ves, y eso es lo que me pasa. En cuanto a ese pelafustán, bien muerto está —añadió señalando al del gorro encarnado—. No era ningún marinero de todos modos. ¿Y de dónde demonios has salido tú?
—Pues bien —le dije yo—: he subido a bordo para tomar posesión de este navío, señor Hands; y tendrá usted la bondad de considerarme su capitán hasta nueva orden.
Me miró con cara de vinagre pero no dijo nada. Algo de color le había vuelto a las mejillas, aunque parecía todavía muy enfermo y continuaba resbalando y acomodándose en la cubierta a cada bandazo del buque.
—A propósito —continué—: no puedo tolerar esta bandera, señor Hands; y con su permiso la voy a arriar. Más vale no tener ninguna que esta.
Y esquivando de nuevo la botavara corrí a las drizas, arrié su maldito trapo negro y lo arrojé por la borda.
—¡Dios salve al rey! —exclamé agitando mi gorro—. ¡Y se acabó el capitán Silver!
Me miraba con fijeza y astucia, con la barbilla pegada al pecho todo el tiempo.
—Me figuro —dijo al cabo—, me figuro, capitán Hawkins, que querrá usted ganar tierra firme. Supongo que podemos hablar.
—Por supuesto —contesté—, con mucho gusto, señor Hands. Diga usted —y volví a mi comida con excelente apetito.
—Este hombre —comenzó señalando débilmente al cadáver—. .. O’Brien se llamaba, un irlandés redomado... este hombre y yo izamos el velamen con intención de llevar el barco de vuelta. Pues bien, ahora está muerto... muerto como el agua de sentina; y quién va a gobernar este navío no lo veo. A menos que yo te dé instrucciones tú no eres hombre para ello, por lo que alcanzo a ver. Ahora bien, mira aquí: tú me das comida y bebida y un viejo pañuelo o trapo para vendarme la herida y yo te diré cómo gobernar el buque; y eso es trato limpio por ambas partes, digo yo.
—Le diré una cosa —repuso yo—: no pienso volver al fondeadero del capitán Kidd. Me propongo entrar en la ensenada del Norte y varar el buque tranquilamente allí.
—¡Naturalmente que sí! —exclamó él—. No soy tan grandísimo zopenco después de todo. Tengo ojos en la cara, ¿verdad? Me jugué mi baza y la he perdido, y usted me ha ganado por la mano. ¿La ensenada del Norte? ¡Pues no tengo elección, ciertamente! Le ayudaría a llevar el buque hasta el mismísimo muelle de las ejecuciones, ¡por todos los santos! Bien seguro que sí.
Pues bien, según me pareció había sensatez en aquello. Cerramos el trato en el acto. En tres minutos tuve a La Española navegando desahogadamente con viento en popa a lo largo de la costa de la Isla del Tesoro, con fundadas esperanzas de doblar el cabo septentrional antes de mediodía y costear de nuevo hasta la ensenada del Norte antes de la pleamar, cuando podríamos vararla con seguridad y aguardar a que la marea vaciante nos permitiese saltar a tierra.
Trinqué entonces la caña del timón y bajé a mi baúl, de donde saqué un suave pañuelo de seda perteneciente a mi madre. Con él y con mi ayuda Hands se vendó la gran puñalada sangrante que había recibido en el muslo, y tras comer un bocado y echar un trago más de aguardiente comenzó a reponerse visiblemente, sentándose más erguido, hablando con mayor fuerza y claridad y pareciendo en todos los aspectos otro hombre.
La brisa nos servía admirablemente. Volábamos delante de ella como un pájaro, desfilando la costa de la isla ante nuestros ojos y mudando el paisaje a cada instante. Pronto dejamos atrás las tierras altas y corrimos junto a una llanura baja y arenosa salpicada de pinos enanos; y pronto rebasamos aquello y doblamos la esquina de la colina rocosa que remata la isla por el norte.
Me sentía sumamente ufano con mi nuevo mando y complacido con el tiempo claro y radiante y con aquellas variadas vistas de la costa. Tenía ahora agua abundante y cosas buenas que comer, y mi conciencia, que tan amargamente me había reprochado mi deserción, se tranquilizó ante la gran conquista que acababa de realizar. Creo que nada me habría quedado por desear a no ser por los ojos del timonel que me seguían con burla por la cubierta y por la extraña sonrisa que asomaba sin cesar a sus labios. Era una sonrisa que tenía a la vez algo de dolor y de debilidad —la sonrisa de un viejo demacrado—; pero había además en su expresión una pizca de mofa, una sombra de traición mientras me espiaba astutamente una y otra vez en mis faenas.
XXVI Israel Hands
El viento, soplándonos a pedir de boca, roló entonces hacia el oeste. Podíamos navegar con tanta mayor facilidad desde el extremo nordeste de la isla hasta la boca de la ensenada septentrional. Sólo que, no teniendo medios para fondear y no atreviéndonos a varar el buque hasta que la marea hubiese subido bastante más, las horas se nos hacían largas. El timonel me enseñó a poner el barco a la capa; tras varios ensayos lo conseguí y nos sentamos entrambos en silencio ante otra colación.
—Mi capitán —dijo al cabo con aquella misma sonrisa desasosegante—, aquí está mi viejo compañero O’Brien; supongo que podría usted echarle por la borda. Yo no soy escrupuloso por costumbre y no me pesa haberle despachado, pero no considero que sirva de adorno aquí, ¿y usted?
—No tengo fuerzas bastantes y no me agrada la tarea; y ahí se queda por lo que a mí toca —contesté.
—Este navío es un barco de mala sombra, este navío de La Española, Jim —prosiguió parpadeando—. Ha muerto una barbaridad de gente a bordo de esta nave: una porción de pobres marineros muertos y enterrados desde que tú y yo nos embarcamos en Bristol. Jamás vi tan negra suerte, yo no. Ahí tienes a este O’Brien: está muerto, ¿verdad? Pues bien, yo no tengo letras y tú eres un muchacho que sabe leer y escribir; y hablando en plata, ¿crees tú que un muerto está muerto para siempre o vuelve a revivir?
—Se puede matar el cuerpo, señor Hands, pero no el alma; eso ya debería saberlo usted —le contesté—. O’Brien está en el otro mundo y puede estarnos observando.
—¡Ah! —dijo él—. Pues es una lástima: parece como si matar gente fuese perder el tiempo. De todos modos los aparecidos no valen gran cosa por lo que yo he visto. Me arriesgaré con las ánimas, Jim. Y ahora que has hablado con franqueza te agradecería que bajases a la cámara y me trajeras... bueno, una... ¡maldita sea mi suerte!, no me sale el nombre; bueno, tráeme una botella de vino, Jim: este aguardiente es demasiado fuerte para mi mollera.
Ahora bien, las vacilaciones del timonel me parecieron del todo sospechosas, y en cuanto a la idea de que prefiriese vino a aguardiente, no me la creí en lo más mínimo. Todo aquello era un pretexto. Quería que abandonase la cubierta, eso estaba claro; pero con qué propósito de ningún modo podía colegirlo. Sus ojos esquivaban los míos: erraban de un lado a otro, arriba y abajo, ya mirando al cielo, ya posándose de refilón sobre el cadáver de O’Brien. Todo el tiempo sonreía y asomaba la lengua de la manera más torpe y culpable, de suerte que un niño habría advertido que tramaba alguna felonía. Fui rápido en mi respuesta, con todo, pues comprendí dónde radicaba mi ventaja y que con un sujeto tan torpe me resultaría fácil disimular mis sospechas hasta el final.
—¿Vino? —dije—. Mucho mejor. ¿Lo prefiere blanco o tinto?
—Bueno, me da exactamente lo mismo, camarada —respondió—; con tal de que sea fuerte y abundante, ¿qué más da?
—Muy bien —le dije—. Le traeré oporto, señor Hands. Pero tendré que buscarlo en el fondo.
Con esto bajé por la escala de la cámara haciendo todo el ruido posible, me descalcé las zapatillas, corrí en silencio por el pasillo enrejado, subí la escala del castillo de proa y asomé la cabeza por la escotilla delantera. Sabía que no me esperaría por allí, pero tomé todas las precauciones imaginables, y ciertamente la peor de mis sospechas resultó ser bien fundada.
Se había incorporado sobre manos y rodillas, y aunque la pierna herida debía de dolerle atrozmente al moverse —pues le oí sofocar un gemido—, se arrastraba por la cubierta a un paso sumamente vivo. En medio minuto alcanzó los imbornales de babor y sacó de entre un rollo de cabos un cuchillo largo, o más bien un puñal corto, ensangrentado hasta la empuñadura. Lo contempló un momento adelantando la mandíbula inferior, probó la punta en la mano y ocultándolo a toda prisa en el seno de la casaca se arrastró de vuelta a su antiguo puesto junto a la borda.
Eso era todo cuanto necesitaba saber. Israel podía moverse, estaba armado, y si se había tomado tantas molestias para alejarme era evidente que yo estaba destinado a ser su víctima. Qué pensaba hacer después —si intentaría arrastrarse a través de la isla desde la ensenada del Norte hasta el campamento de las marismas o si dispararía el cañón confiando en que sus camaradas acudiesen antes en su auxilio— era ciertamente más de lo que yo podía prever.
Con todo, estaba seguro de que podía confiar en él en un punto, puesto que en ello coincidían nuestros intereses: en la varada de la goleta. Ambos deseábamos encallarla con seguridad en un paraje resguardado de suerte que a su debido tiempo pudiese ser reflotada con el menor trabajo y peligro posible; y hasta que eso quedase hecho consideraba que mi vida no corría riesgo inminente.
Mientras daba vueltas a estas cavilaciones en mi cabeza no había permanecido ocioso con el cuerpo. Me había deslizado de vuelta a la cámara, calzado de nuevo mis zapatillas y tomado al azar una botella de vino; y ahora, con esta disculpa, reaparecí sobre cubierta.
Hands yacía como le había dejado, encogido como un ovillo y con los párpados caídos como si estuviese demasiado débil para soportar la luz del día. Alzó la vista, con todo, al verme llegar, rompió el gollete de la botella como hombre acostumbrado a tal faena y echó un buen trago con su brindis predilecto: «¡Por la buena suerte!». Permaneció quieto un instante y luego, sacando un rollo de tabaco, me rogó que le cortase un pedazo.
—Córtame una tajada de eso —dijo—, pues no tengo navaja ni fuerzas para usarla si la tuviera. ¡Ay, Jim, Jim, me parece que he perdido el rumbo! Córtame una ración que será probablemente la última, muchacho, pues voy derecho a la fosa sin remedio.
—Bueno —le dije—, le cortaré un poco de tabaco; pero si estuviese en su lugar y me sintiese tan mal, me pondría a rezar como un buen cristiano.
—¿Por qué? —preguntó—. Dime por qué.
—¿Por qué? —exclamé—. Me preguntaba usted hace un instante por los muertos. Ha quebrantado su palabra; ha vivido en el pecado, la mentira y la sangre; tiene a un hombre a quien asesinó tendido a sus pies en este instante, ¡y me pregunta por qué! ¡Por la misericordia de Dios, señor Hands, por eso!
Hablé con cierta vehemencia, pensando en el puñal ensangrentado que ocultaba en el pecho y con el cual pensaba, en su perversa intención, acabar conmigo. Él, por su parte, echó un gran trago de vino y habló con la más insólita gravedad.
—Treinta años llevo navegando por los mares —dijo— y he visto lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, bonanzas y temporales, acabarse los víveres, volar los cuchillos y qué sé yo. Pues bien, ahora te digo: jamás vi que saliese bien alguno de la bondad. El que pega primero es mi hombre; los muertos no muerden; ese es mi parecer... amén, hágase así. Y ahora, mira aquí —añadió mudando bruscamente de tono—: ya hemos tenido bastante de esta monserga. La marea ha subido ya lo suficiente. Cumpla mis órdenes, capitán Hawkins, y entraremos de golpe para acabar con esto.
En total nos quedaban apenas dos millas por recorrer; pero la navegación era delicada: la entrada a este fondeadero septentrional era no sólo estrecha y somera sino que corría de este a oeste, de modo que la goleta debía maniobrarse con primor para ser introducida. Creo que fui un segundo diligente y despierto, y estoy bien seguro de que Hands era un práctico consumado, pues fuimos virando y costeando, rozando los bajos con una seguridad y limpieza que daba gloria verlos.
Apenas hubimos franqueado las puntas cuando la tierra nos rodeó por completo. Las orillas de la ensenada del Norte estaban tan densamente arboladas como las del fondeadero meridional, pero el espacio era más largo y angosto y más semejante a lo que en verdad era: el estuario de un río. Justo delante de nosotros, en el extremo sur, vimos el pecio de un navío en el último grado de ruina. Había sido un gran buque de tres palos, pero llevaba tanto tiempo expuesto a los rigores de la intemperie que colgaban de él grandes guirnaldas de algas chorreantes y sobre su cubierta habían echado raíces matorrales de tierra firme que florecían ahora colmados de capullos. Era una vista melancólica, pero nos demostró que el fondeadero era tranquilo.
—Mire allí —dijo Hands—; ese es un rincón de perlas para encallar un buque. Arena fina y llana, ni una racha de viento, árboles en derredor y flores brotando como un jardín en ese viejo barco.
—Y una vez encallada —pregunté—, ¿cómo la sacaremos de nuevo a flote?
—Pues así —respondió—: lleva usted una amarra a la otra orilla en bajamar, le da una vuelta a uno de esos pinos grandes, la trae de vuelta, la afirma al cabrestante y espera a la marea. Llega la pleamar, todos los brazos tiran del cabo ¡y sale tan suavemente como la seda! Y ahora, muchacho, mantente alerta. Estamos cerca del sitio ya y lleva demasiado andar. Un poco a estribor... así... firme... estribor... babor un poco... ¡firme, firme!
Así impartía sus órdenes, que yo obedecía sin aliento, hasta que de pronto gritó: «¡Ahora, muchacho, orza!». Metí la caña a fondo a barlovento y La Española viró con rapidez encarándose de proa contra la orilla baja y arbolada.
La emoción de estas últimas maniobras me había distraído un tanto de la vigilancia que hasta entonces había mantenido, con bastante cautela, sobre el timonel. Aun en aquel instante me hallaba tan absorto esperando que el barco tocase fondo que había olvidado por completo el peligro que se cernía sobre mi cabeza y permanecía asomado sobre la borda de estribor contemplando las ondas abrirse ante la roda. Habría perecido sin luchar por mi vida de no haberme asaltado un repentino desasosiego que me hizo volver la cabeza. Quizá hubiese oído un crujido o visto su sombra moverse por el rabillo del ojo; acaso fuese un instinto felino; pero ciertamente, al mirar atrás, allí estaba Hands, a medio camino hacia mí, con el puñal en la mano derecha.
Ambos debimos de gritar con fuerza al cruzarse nuestras miradas, pero mientras el mío fue un chillido agudo de pavor el suyo fue un rugido de furia como el de un toro embravecido. Al mismo instante se arrojó hacia adelante y yo di un salto de costado hacia la proa. Al hacerlo solté la caña del timón, que saltó bruscamente a sotavento, y creo que esto me salvó la vida, pues dio a Hands en pleno pecho y le detuvo en seco por el momento.
Fin del Episodio 19 · de 26
La isla del tesoro
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