La isla del tesoro·Episodio 18

La isla del tesoro

~13 min · 2675 palabras

Y eso no era todo, pues arrastrándose juntos sobre las losas de piedra o dejándose caer al agua con sonoro chapoteo divisé enormes y viscosos monstruos —babosas gigantescas, por decirlo así, de corpulencia increíble— en número de dos o tres veintenas, haciendo resonar las rocas con sus ladridos.

He sabido después que eran leones marinos, enteramente inofensivos. Pero su vista, añadida a la aspereza de la costa y a la furia de los rompientes, fue más que bastante para quitarme las ganas de desembarcar en aquel paraje. Prefería morir de hambre en alta mar a encarar semejantes peligros.

Entretanto se me ofrecía, según creía, una oportunidad mejor. Al norte del cabo de Halacabrestante la tierra se adentra un buen trecho, dejando en marea baja una dilatada faja de arena amarilla. Más al norte todavía se alzaba otro promontorio —el cabo de los Bosques, según rezaba la carta náutica— cubierto de altos pinos verdes que descendían hasta la orilla del mar.

Recordé lo que Silver había dicho de la corriente que corre hacia el norte a lo largo de toda la costa occidental de la Isla del Tesoro, y viendo por mi posición que me hallaba ya bajo su influjo, preferí dejar atrás el cabo de Halacabrestante y reservar mis fuerzas para intentar el desembarco en el más hospitalario cabo de los Bosques.

Había un oleaje tendido y suave en el mar. El viento soplaba constante y bonancible del sur, no habiendo oposición alguna entre la brisa y la corriente, y las olas subían y bajaban sin romperse.

De haber sido de otro modo habría perecido hacía mucho tiempo; pero tal como estaban las cosas era sorprendente con qué facilidad y seguridad cabalgaba mi diminuta y ligera embarcación. A menudo, permaneciendo tendido en el fondo y asomando apenas un ojo por encima de la borda, veía levantarse una cresta azulada muy cerca de mí; pero el barquichuelo daba un brinco elástico, bailaba como sobre muelles y descendía por la otra vertiente en el seno de la ola tan ligero como un pájaro.

Empecé al poco rato a cobrar ánimos y me incorporé para probar mi habilidad en la boga. Pero hasta la menor alteración en la disposición del peso produce cambios violentos en la conducta de una chalupa de mimbre. Apenas me hube movido cuando el bote, abandonando su suave balanceo, bajó zumbando por una pendiente de agua tan empinada que me causó vértigo y metió la proa, con una lluvia de espuma, en el lomo de la ola siguiente.

Quedé empapado y aterrorizado, y me dejé caer de espaldas en mi antigua posición, tras lo cual la barquilla pareció recobrar su aplomo y me condujo con tanta suavidad como antes entre el oleaje. Era evidente que no convenía entrometerse con ella, y a tal paso, no pudiendo influir en su rumbo, ¿qué esperanza me quedaba de ganar la orilla?

Empecé a sentir un pavor espantoso, pero conservé la serenidad a pesar de todo. Primero, moviéndome con suma cautela, fui achicando poco a poco el agua de la barquilla con mi gorro marinero; luego, asomando una vez más la vista sobre la borda, me puse a observar cómo se las arreglaba para deslizarse tan mansamente entre los rompientes.

Descubrí que cada ola, en lugar de la montaña pulida y uniforme que parece desde la orilla o desde la cubierta de un navío, era idéntica a una serranía de tierra firme, llena de crestas, collados y valles. La barquilla, abandonada a sí misma, virando de un lado a otro, serpenteaba por estos parajes bajos y eludía las laderas escarpadas y las rompientes empinadas de la marejada.

—Pues bien —me dije—, está claro que debo quedarme donde estoy sin alterar el equilibrio; pero está claro también que puedo meter la pala por el costado y de vez en cuando, en los remansos llanos, darle uno o dos impulsos hacia tierra firme. Dicho y hecho. Me tendí sobre los codos en la postura más incómoda, y de rato en rato daba una palada suave para orientar la proa hacia la playa.

Era faena fatigosa y lenta, pero ganaba terreno a ojos vistas; y al acercarnos al cabo de los Bosques, aunque comprendí que no alcanzaría aquella punta, había avanzado unos cien metros hacia el este. Me hallaba, ciertamente, muy cerca de tierra. Podía ver las frescas copas verdes de los árboles meciéndose con la brisa, y no dudaba de que ganaría el promontorio siguiente sin falta.

Ya era hora, pues empezaba a atormentarme la sed. El ardor del sol en lo alto, su reflejo multiplicado por las olas, el agua salada que me salpicaba y se secaba sobre mi piel cubriéndome los labios de salitre, se combinaban para abrasarme la garganta y hacerme doler la cabeza. La vista de los árboles tan próximos casi me ponía enfermo de deseo; pero la corriente no tardó en rebasar la punta, y al abrirse la ensenada siguiente divisé un espectáculo que mudó por completo el curso de mis pensamientos.

Justo delante de mí, a menos de media milla de distancia, vi a La Española navegando a toda vela. Creí al punto, por descontado, que caería prisionero; pero me hallaba tan angustiado por falta de agua que apenas sabía si alegrarme o entristecerme con la idea, y mucho antes de llegar a una conclusión la sorpresa se apoderó de mi ánimo y no pude hacer otra cosa que mirar y maravillarse.

La Española navegaba con la vela mayor y dos foques, y el hermoso lienzo blanco relucía al sol como nieve o plata. Cuando la avisté por primera vez todas sus velas tiraban de firme; llevaba un rumbo aproximado al noroeste y supuse que los tripulantes daban la vuelta a la isla de regreso al fondeadero. Al poco rato empezó a caer más y más hacia el oeste, de suerte que creí que me habían visto y viraban en mi persecución. Al cabo, con todo, se fue derecho a la línea del viento, quedó en facha y permaneció inmóvil durante un rato con el velamen temblando al viento.

—¡Torpes! —me dije—. Todavía deben de andar borrachos como cubas. Y pensé en cómo el capitán Smollett los habría puesto a saltar.

Entretanto la goleta arribó poco a poco, llenó de nuevo por la otra amura, navegó velozmente durante un minuto y volvió a ponerse proa al viento. Una y otra vez se repitió la maniobra. De un lado a otro, arriba y abajo, al norte, al sur, al este y al oeste, La Española navegaba a bandazos y arremetidas, y a cada repetición terminaba como había empezado, con las velas flameando ociosas. Me resultó evidente que nadie empuñaba el timón. Y siendo así, ¿dónde estaban los hombres? O estaban ebrios perdidos o habían abandonado el buque, pensé; y acaso si lograba subir a bordo podría devolver el navío a su capitán.

La corriente arrastraba a la barquilla y a la goleta hacia el sur a paso parejo. En cuanto al andar de esta última era tan desordenado e intermitente, y permanecía cada vez tanto tiempo en facha, que ciertamente nada ganaba si es que no perdía terreno. Con sólo atreverme a incorporarme y remar estaba seguro de poder alcanzarla. La empresa tenía un aire de aventura que me entusiasmaba, y el pensamiento del cuñete de agua dulce junto a la escala de proa redobló mi creciente audacia.

Me puse en pie, fui saludado casi al instante por otra nube de espuma, pero esta vez me mantuve firme en mi propósito y me puse, con todas mis fuerzas y cautela, a remar en pos de la errante nave. Una vez embarqué un golpe de mar tan pesado que tuve que parar y achicar con el corazón palpitante como un pájaro; pero poco a poco le cogí el tranquillo a la faena y goberné mi chalupa entre las olas, recibiendo sólo de trecho en trecho un golpe en la roda y una rociada de espuma en la cara.

Iba ganando rápidamente sobre la goleta; podía ver el bronce relucir en la caña del timón mientras golpeaba a uno y otro lado, y ningún alma viviente aparecía sobre cubierta. No me quedaba más remedio que suponerla desierta. Si no, los hombres yacían ebrios abajo, donde acaso podría encerrarlos bajo escotilla y disponer del buque a mi antojo.

Durante algún tiempo la nave estuvo haciendo lo peor que podía hacer para mí: quedarse inmóvil. Apuntaba casi derecho al sur, guiñando por descontado a cada momento. Cada vez que arribaba sus velas se henchían en parte y la metían de nuevo en la línea del viento. He dicho que esto era lo peor para mí porque, desamparada como parecía con las lonas restallando como cañonazos y los motones golpeando contra las tablas, continuaba alejándose de mí no sólo con la velocidad de la corriente sino con toda su deriva, que era naturalmente considerable.

Pero al fin se me presentó la oportunidad. La brisa amainó durante unos instantes, soplando muy suave, y la corriente haciéndola girar poco a poco, La Española viró lentamente sobre su centro y me presentó al cabo su popa, con la ventana de la cámara abierta de par en par y la lámpara sobre la mesa encendida todavía en pleno día. La vela mayor colgaba lacia como una bandera. Permanecía inmóvil salvo por el arrastre del agua.

Durante los últimos minutos había perdido terreno, pero redoblando mis esfuerzos comencé a darle caza de nuevo.

No distaba cien yardas de ella cuando el viento sopló de golpe con una ráfaga; llenó por la amura de babor y salió disparada de nuevo, cabeceando y deslizándose como una golondrina.

Mi primer impulso fue de desesperación, pero el segundo fue de júbilo. Viró en redondo hasta quedar de costado ante mí... viró aún más hasta cubrir la mitad, dos tercios y luego tres cuartas partes de la distancia que nos separaba. Podía ver las olas hervir blancas bajo su roda. Inmensamente alta me parecía desde mi humilde puesto en la barquilla.

Y entonces, de repente, comprendí. Apenas tuve tiempo de pensar... apenas tiempo de obrar para salvar la vida. Hallábame en la cumbre de una ola cuando la goleta se abalanzó sobre la siguiente. El bauprés estaba sobre mi cabeza. Me puse en pie de un salto y me arrojé hacia arriba, aplastando la barquilla bajo el agua. Con una mano me así al botalón mientras mi pie se trababa entre el estay y la braza; y mientras permanecía allí colgado y jadeante, un golpe sordo me advirtió que la goleta había embestido y destrozado mi barquilla y que me quedaba sin retirada a bordo de La Española.

XXV Arrío la bandera negra

Apenas había ganado una posición en el bauprés cuando el foque volante restalló y llenó por la otra amura con un estampido semejante a un cañonazo. La goleta se estremeció hasta la quilla bajo el golpe; pero al instante, continuando las demás velas su tiro, el foque volvió a deshincharse y quedó colgando ocioso.

A punto estuvo esto de arrojarme al mar; pero sin perder un instante me arrastré por el bauprés y caí de cabeza sobre la cubierta.

Hallábame en la banda de sotavento del castillo de proa, y la vela mayor, que continuaba tirando, me ocultaba una porción de la toldilla. No se veía un alma. Las tablas, que no habían sido baldeadas desde el motín, mostraban las huellas de muchos pies, y una botella rota por el cuello rodaba de un lado a otro como cosa viva en los imbornales.

De pronto La Española se puso de nuevo en la línea del viento. Los foques tras de mí restallaron con fuerza, el timón dio un portazo, todo el buque sufrió un estremecimiento espantoso y en el mismo instante la botavara mayor giró hacia adentro, gimiendo la escota en los motones, y me dejó al descubierto la cubierta de popa.

Allí estaban los dos centinelas, sin duda alguna: el del gorro encarnado de espaldas, tieso como un espeque, con los brazos abiertos en cruz y los dientes asomando entre los labios abiertos; Israel Hands apoyado contra la borda, con la barbilla sobre el pecho, las manos abiertas sobre las tablas y la cara blanca, bajo su moreno, como una vela de sebo.

Durante un rato el barco continuó cabeceando y corcoveando como un caballo indómito, henchiéndose las velas ya por una amura ya por otra y la botavara oscilando de banda a banda hasta hacer crujir el mástil bajo el esfuerzo. De vez en cuando también caía una nube de espuma sobre la borda y la proa daba un golpe tremendo contra la marejada; tanto peor tiempo hacía para este gran navío que para mi pequeña y tosca barquilla de mimbre, sepultada ya en el fondo del mar.

A cada salto de la goleta el del gorro encarnado rodaba de un lado a otro; pero —cosa espantosa de contemplar— ni su postura ni su mueca rígida que mostraba los dientes se alteraban en lo más mínimo con aquel rudo trato. A cada salto también Hands parecía hundirse más en sí mismo y escurrirse sobre la cubierta, deslizándose los pies cada vez más lejos y ladeándose todo el cuerpo hacia la popa, de suerte que su rostro me quedaba poco a poco oculto; y al cabo no pude ver más allá de su oreja y el mechón deshilachado de una patilla.

Al mismo tiempo observé alrededor de ambos manchas oscuras de sangre sobre las tablas y me persuadí de que se habían dado muerte mutuamente en su cólera de borrachos.

Mientras me hallaba así mirando y maravillado, en un instante de calma en que el barco quedó quieto, Israel Hands se volvió a medias y con un gemido sordo se incorporó penosamente a la posición en que le había visto al principio. Aquel quejido, que revelaba dolor y debilidad mortal, y el modo en que le colgaba la mandíbula me llegaron al corazón. Pero al recordar la conversación escuchada desde el barril de manzanas toda compasión me abandonó.

Caminé hacia popa hasta llegar al palo mayor.

—A bordo estoy, señor Hands —le dije con ironía.

Rodó los ojos pesadamente, pero se hallaba demasiado maltrecho para mostrar asombro. Todo cuanto pudo hacer fue balbucear una palabra: «Aguardiente».

Comprendí que no había tiempo que perder, y esquivando la botavara cuando cruzaba una vez más la cubierta me deslicé hacia popa y bajé por la escala de la cámara.

Ofrecía tal cuadro de desorden que apenas cabría imaginarlo. Todos los armarios habían sido forzados en busca del mapa. El suelo estaba cubierto de barro donde los bribones se habían sentado a beber o deliberar tras vadear las marismas de su campamento. Los mamparos, pintados de blanco limpio y ribeteados de oro, lucían huellas de manos sucias. Docenas de botellas vacías chocaban entre sí en los rincones al vaivén del barco. Uno de los libros de medicina del doctor yacía abierto sobre la mesa, con la mitad de las hojas arrancadas, según presumo, para encender las pipas. En mitad de todo esto la lámpara despedía todavía un resplandor humoso, oscuro y pardo como sombra de albayalde.

Bajé a la despensa: todos los barriles habían desaparecido y de las botellas un número sorprendente había sido vaciado y arrojado a un lado. Ciertamente, desde que estalló el motín, ni un solo hombre de la tripulación debía de haber permanecido sobrio.

Revolviendo por allí encontré una botella con algún aguardiente para Hands; y para mí saqué unas galletas, fruta en conserva, un gran racimo de pasas y un trozo de queso. Con esto subí a cubierta, deposité mi botín detrás de la caña del timón y bien fuera del alcance del timonel, me encaminé a proa hacia el cuñete de agua y bebí con avidez un buen trago largo, y entonces, y no antes, le entregué la botella a Hands.

Debió de beberse un cuartillo antes de apartar la botella de los labios.

—¡Ah! —dijo—. ¡Por vida mía, cómo necesitaba esto!

Me había sentado ya en mi rincón y me puse a comer.

Fin del Episodio 18 · de 26

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