La isla del tesoro
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Jamás he visto la mar en calma en torno a la Isla del Tesoro. Podía brillar el sol en lo alto, no moverse un soplo de aire y extenderse la superficie tersa y azulada; con todo, aquellos inmensos rompientes rodaban siempre a lo largo de toda la costa exterior, tronando día y noche con fragor incesante; y apenas creo que haya un solo rincón en la isla donde un hombre pudiese hallarse fuera del alcance de su clamor.
Caminé por la orilla de la resaca con gran contento hasta que, creyendo haber avanzado lo bastante hacia el sur, me puse al abrigo de unos espesos matorrales y me deslicé cautelosamente hasta la cumbre de la duna.
Detrás de mí se extendía la mar; delante el fondeadero. La brisa marina, como si se hubiese agotado más pronto por su violencia desusada, había cesado por completo; la habían reemplazado ventolinas ligeras y variables del sur y del sudeste, arrastrando grandes bancos de bruma; y la rada, al abrigo de la Isla del Esqueleto, yacía inmóvil y plomiza como cuando entramos en ella por primera vez. La Española, en aquel terso espejo, se reflejaba con absoluta fidelidad desde la perilla del mástil hasta la línea de flotación, con la bandera negra pendiendo del pico de mesana.
A su costado se hallaba amarrada una de las lanchas, con Silver en la popa —a él lo reconocería en cualquier parte—, mientras un par de marineros se asomaban a la borda de popa, uno de ellos con gorro encarnado: aquel mismo bribón a quien había visto horas antes a caballo sobre la empalizada. Al parecer platicaban y reían, aunque a aquella distancia —más de una milla— no podía ciertamente percibir una sola palabra de lo que decían. De pronto resonaron los chillidos más horribles y descompuestos, que al principio me sobrecogieron de espanto, hasta recordar la voz del capitán Flint e incluso figurarme divisar al pajarraco por su brillante plumaje posado sobre la muñeca de su amo.
Poco después la lancha desatracó y enfiló hacia tierra firme, y el hombre del gorro encarnado y su camarada bajaron a la cámara por la escotilla de popa.
Casi al mismo tiempo el sol se puso detrás de El Catalejo, y como la niebla se espesaba rápidamente empezó a oscurecer en serio. Comprendí que no debía perder un instante si quería encontrar el bote aquella tarde.
La roca blanca, visible sobre la maleza, distaba aún cosa de un octavo de milla más abajo por la restinga, y me costó un buen trecho alcanzarla, gateando a menudo sobre manos y rodillas por entre los matorrales. Casi había cerrado la noche cuando puse la mano sobre sus costados ásperos. Justo debajo había una diminuta hondonada de césped verde, oculta por lomas y una espesura de matorrales que me llegaban a la rodilla y crecían allí con gran frondosidad; y en mitad de la cañada, ciertamente, una tienda pequeña hecha de pieles de cabra, como las que llevan consigo los gitanos en Inglaterra.
Me descolgué en la hondonada, levanté una falda de la tienda y allí estaba el bote de Ben Gunn: casero si alguna cosa lo fue jamás; un tosco y desgarbado armazón de madera nudosa, sobre el cual se extendía una cubierta de piel de cabra con el pelo hacia dentro. La embarcación era en extremo diminuta, aun para mí, y apenas puedo figurarme cómo habría flotado con un hombre corpulento. Llevaba una bancada puesta lo más bajo posible, una especie de pie de carnero a proa y una pala doble para impulsarse.
No había visto yo por entonces un bote de mimbre como los que fabricaban los antiguos bretones, pero he visto alguno después, y no puedo daros mejor idea del barco de Ben Gunn que diciendo que era como el primer y peor bote de mimbre jamás construido por mano humana. Con todo, poseía ciertamente la gran ventaja de las chalupas de cuero, pues era sumamente ligero y portátil.
Pues bien, una vez hallada la barquilla cualquiera habría pensado que ya tenía bastante con mi escapada por una vez; pero entretanto se me había metido otra idea en la cabeza y me encariñé con ella tan obstinadamente que la habría llevado a cabo, según creo, a despecho del mismísimo capitán Smollett. Esta era salir al favor de la noche, cortar las amarras de La Española y dejarla ir a la deriva hacia la orilla donde quisiese. Me había persuadido de que los amotinados, tras su derrota de la mañana, nada deseaban con tanto fervor como levar anclas y huir a alta mar; impedir esto se me antojaba una hazaña magnífica, y habiendo visto que dejaban a sus centinelas desprovistos de bote, consideré que podía ejecutarse con poco riesgo.
Me senté a esperar que cerrase la noche y di buena cuenta de mis galletas. Era una noche de una entre diez mil para mi empresa. La niebla cubría ahora todo el cielo. Al apagarse los últimos reflejos del crepúsculo una oscuridad impenetrable cayó sobre la Isla del Tesoro. Y cuando al fin me eché la barquilla al hombro y salí a tientas de la hondonada donde había cenado sólo dos puntos de luz eran visibles en todo el fondeadero.
Uno era la gran fogata de la playa, junto a la cual los derrotados piratas se embriagaban en la marisma. El otro, una simple mancha luminosa en las tinieblas, señalaba la situación del buque fondeado. Había borneado con la marea vaciante: su proa miraba ahora hacia mí; las únicas luces de a bordo estaban en la cámara y lo que yo divisaba no era más que el reflejo en la niebla de los vivos rayos que salían por la ventana de popa.
La marea vaciaba ya desde hacía algún tiempo y tuve que vadear un largo trecho de arena fangosa, hundiéndome varias veces por encima del tobillo, antes de llegar al borde del agua en retroceso; y adentrándome un poco con cierta fuerza y maña deposité mi barquichuelo, quilla abajo, sobre la superficie.
XXIII Corre la marea vaciante
El barquichuelo de mimbre —como tuve motivos sobrados para comprobar antes de separarme de él— era una embarcación sumamente segura para una persona de mi estatura y peso: boyante y marinera entre las olas; pero resultaba la cosa más indócil y atravesada para gobernar. Hiciese lo que hiciese siempre derivaba más que otra cosa y dar vueltas y vueltas sobre sí misma era la maniobra en que más descollaba. El propio Ben Gunn había confesado que era «rara de manejar hasta cogerle el tranquillo».
Ciertamente yo no le tenía cogido el tranquillo. Viraba en todas direcciones menos en la que yo pretendía ir; la mayor parte del tiempo navegábamos de través, y estoy bien seguro de que jamás habría alcanzado la goleta a no ser por la corriente. Por fortuna, bogase como bogase, la marea continuaba arrastrándome hacia abajo; y allí yacía La Española justo en mitad del canal, imposible de errar.
Primero surgió ante mí como un bulto todavía más negro que la propia noche; luego sus palos y su casco empezaron a dibujarse, y al instante siguiente, según pareció —pues cuanto más avanzaba más rápida corría la corriente vaciante—, me hallé al costado de su amarra y me agarré a ella con ambas manos.
El calabrote estaba tirante como la cuerda de un arco y la corriente era tan viva que el buque cabeceaba sobre su ancla. En derredor del casco, en la negrura, el agua espumaba y susurraba como un torrente de montaña. Un solo tajo con mi navaja marinera y La Española se iría zumbando corriente abajo.
Hasta aquí todo iba a pedir de boca; pero de repente me acordé de que un calabrote tenso, cortado de golpe, es tan peligroso como la coz de un caballo. Diez contra uno a que si cometía la imprudencia de cortar la amarra, yo y mi barquilla saldríamos disparados por los aires.
Esto me detuvo en seco, y si la fortuna no me hubiese favorecido de nuevo de manera singular me habría visto precisado a renunciar a mi intento. Pero las ventolinas que habían empezado a soplar del sur y sudeste rolaron tras el anochecer hacia el sudoeste. Justo mientras cavilaba llegó una racha, dio en el aparejo de La Española y la empujó contra la corriente; y para mi gran contento sentí que el cabo se aflojaba en mi mano y que el puño con que lo asía se sumergía un segundo bajo el agua.
Con eso tomé una resolución: saqué mi navaja, la abrí con los dientes y fui cortando cordón tras cordón hasta que el navío quedó sujeto sólo por dos filásticas. Me quedé entonces quieto, esperando cortar estas últimas cuando la tensión se aliviase una vez más por una racha de viento.
Durante todo este tiempo había escuchado el rumor de recias voces en la cámara; pero a decir verdad mi mente había estado tan absorta en otros pensamientos que apenas les había prestado atención. Ahora, sin embargo, no teniendo otra cosa que hacer, comencé a escuchar con más cuidado.
Una de las voces la reconocí por la del timonel Israel Hands, que había sido artillero de Flint en otros tiempos. La otra era, desde luego, la de mi conocido del gorro encarnado. Ambos hombres estaban notoriamente bebidos y continuaban bebiendo, pues mientras escuchaba uno de ellos abrió con un grito de borracho la ventana de popa y arrojó fuera algo que adiviné era una botella vacía. Pero no estaban sólo ebrios: estaban enfurecidos a todas luces. Los juramentos llovían como granizo y de rato en rato estallaba una disputa tan violenta que creí que terminaría en golpes. Pero cada vez la riña se calmaba y las voces gruñían más bajo durante unos momentos, hasta que llegaba la crisis siguiente para disiparse a su vez sin consecuencias.
En la playa divisaba el resplandor de la gran hoguera ardiendo alegremente a través de los árboles de la orilla. Alguien cantaba una canción marinera vieja, monótona y arrastrada, con un temblor y una modulación al final de cada estrofa, sin más término aparentemente que la paciencia del cantor. La había oído en el viaje más de una vez y recordaba estas palabras:
—«¡Sólo un hombre de su gente con vida, De setenta y cinco que salieron a la mar!»
Y me pareció una tonada harto lúgubre y apropiada para una cuadrilla que había sufrido tan crueles pérdidas aquella mañana. Pero ciertamente, por lo que pude ver, aquellos bucaneros eran tan insensibles como el mar por donde navegaban.
Al fin llegó la brisa; la goleta garreó y se acercó en la oscuridad; sentí que el cabo aflojaba de nuevo y con un esfuerzo recio y certero corté las últimas hebras.
La brisa apenas tenía efecto sobre la barquilla y fui empujado al punto contra la roda de La Española. Al mismo tiempo la goleta comenzó a girar sobre sus talones, virando despacio de un extremo a otro a través de la corriente.
Trabajé como un condenado esperando ser anegado a cada instante; y viendo que no podía separar la barquilla de frente la empujé derecho hacia la popa. Al cabo me vi libre de mi peligrosa vecina, y justo al darle el último empuje mis manos tropezaron con un cabo suelto que colgaba por la borda de popa. Lo así al instante.
Por qué lo hice apenas sabría decirlo. Al principio fue mero instinto; pero una vez que lo tuve en las manos y lo hallé firme, la curiosidad se apoderó de mí y resolví asomarme una vez por la ventana de la cámara.
Fui cobrando el cabo mano sobre mano y cuando me juzgué bastante cerca me incorporé con infinito riesgo hasta media estatura, dominando así el techo y un sector del interior de la cámara.
Para entonces la goleta y su pequeño acompañante se deslizaban con bastante rapidez por el agua; ciertamente nos habíamos emparejado ya con la fogata del campamento. El buque hablaba, como dicen los marineros, con fuerza, hendiendo las aguas con continuo y sonoro murmullo; y hasta que asomé los ojos sobre el alféizar de la lumbrera no pude comprender cómo los guardianes no se habían alarmado. Una sola mirada, con todo, me bastó; y sólo una mirada me atreví a echar desde aquella inestable chalupa. Me mostró a Hands y a su compañero trabados en lucha mortal, con una mano cada cual en la garganta del otro.
Me dejé caer sobre la bancada una vez más, y no fue demasiado pronto, pues estuve a punto de irme al agua. No podía ver de momento más que aquellas dos caras furiosas y enrojecidas retorciéndose juntas bajo la lámpara humeante, y cerré los ojos para acostumbrarlos de nuevo a la oscuridad.
La interminable balada había concluido al fin y la menguada cuadrilla congregada en torno al fuego rompió en el coro que tantas veces había escuchado:
—«Quince hombres en el cofre del muerto... ¡Yo-ho-ho, y una botella de ron! La bebida y el diablo dieron cuenta de los demás... ¡Yo-ho-ho, y una botella de ron!»
Hallábame pensando cuán atareados andaban la bebida y el diablo en aquel preciso instante en la cámara de La Española cuando me sorprendió un repentino vaivén de la barquilla. Al mismo tiempo dio una guiñada brusca y pareció cambiar de rumbo. La velocidad se había incrementado de modo asombroso.
Abrí los ojos al punto. En derredor mío el agua formaba rizadas espumosas con un rumor agudo y silbante y ligeramente fosforescente. La propia Española, a pocas yardas en cuya estela continuaba siendo arrastrado, parecía vacilar en su curso, y vi cabecear sus palos contra la negrura de la noche; más aún: al mirar con fijeza me aseguré de que viraba hacia el sur.
Miré sobre mi hombro y el corazón me dio un brinco en el pecho. Allí, justo a mi espalda, brillaba el resplandor de la fogata. La corriente había torcido en ángulo recto arrastrando consigo a la alta goleta y a la frágil barquilla; acelerando por momentos, espumando cada vez más alta y mugiendo con redoblado fragor, corría vertiginosa por la garganta hacia alta mar.
De pronto la goleta que me precedía dio una violenta guiñada, virando quizá veinte grados; y casi en el mismo instante sonó un grito tras otro a bordo; pude oír pies pisando apresuradamente la escala de la cámara y comprendí que los dos borrachos habían sido interrumpidos al fin en su reyerta y advertían la magnitud de su desastre.
Me tendí cuan largo era en el fondo de aquel frágil esquife y encomendé devotamente mi espíritu al Creador. En la boca del canal estaba seguro de que tropezaríamos con alguna rompiente furiosa donde todos mis pesares hallarían pronto término; y aunque quizá no temía morir, no podía soportar ver venir la muerte cara a cara.
Así debí de permanecer horas enteras, sacudido continuamente de un lado a otro sobre las olas, bañado de vez en cuando por salpicaduras volantes y aguardando la muerte a cada zambullida. Poco a poco la fatiga se apoderó de mí: un entorpecimiento, un sopor pasajero cayó sobre mi ánimo aun en mitad de mis terrores, hasta que el sueño me venció por fin y en mi zarandeado barquichuelo me quedé dormido soñando con mi casa y con el viejo Almirante Benbow.
XXIV El crucero del bote de mimbre
Era ya de día claro cuando desperté y me encontré flotando en el extremo sudoeste de la Isla del Tesoro. El sol se había levantado pero me quedaba oculto todavía tras la mole inmensa de El Catalejo, que por esta banda descendía casi a plomo sobre el mar en acantilados pavorosos.
El cabo de Halacabrestante y el cerro del Palo de Mesana estaban a mi lado: la colina desnuda y oscura, el promontorio cortado por precipicios de cuarenta o cincuenta pies de altura guarnecidos de enormes peñascos caídos. Hallábame apenas a un cuarto de milla mar adentro y mi primer pensamiento fue bogar hacia la orilla y tomar tierra.
Pronto renuncié a semejante propósito. Entre las rocas desprendidas los rompientes hervían y bramaban; sonoros ecos y densas salpicaduras de espuma se sucedían de segundo en segundo; y comprendí que si intentaba acercarme me estrellaría contra la costa abrupta o agotaría en vano mis fuerzas para escalar los riscos inaccesibles.
Fin del Episodio 17 · de 26
La isla del tesoro
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