La isla del tesoro·Episodio 16

La isla del tesoro

~14 min · 2741 palabras

Apagad el fuego —dijo el capitán—; ya pasó el frío y no debemos tener humo en los ojos.

El caballero Trelawney sacó en vilo el cesto de hierro y ahogó las brasas entre la arena.

—Hawkins no ha desayunado todavía. Hawkins, toma tu ración y vuelve a tu puesto a comerla —prosiguió el capitán Smollett—. Vivo, muchacho, que la vas a necesitar antes de que acabe la fiesta. Hunter, reparte una ronda de aguardiente a todos los hombres.

Y mientras esto se hacía, el capitán completó en su mente el plan de defensa.

—Doctor, vos os encargaréis de la puerta —reanudó—. Cuidad de no exponeros: quedaos dentro y disparad a través del porche. Hunter, toma ese lado este. Joyce, tú quédate al oeste, buen hombre. Señor Trelawney, vos sois el mejor tirador: vos y Gray os encargaréis de este largo lienzo norte con sus cinco aspilleras; ahí está el peligro. Si logran acercarse y dispararnos al interior por nuestras propias troneras, las cosas se pondrán feas. Hawkins, ni tú ni yo valemos gran cosa disparando; nos quedaremos listos para cargar armas y echar una mano.

Como el capitán había dicho, el frío había pasado. En cuanto el sol trepó sobre nuestro cinturón de árboles cayó con toda su fuerza sobre el claro y bebió los vapores de un sorbo. Pronto la arena quemaba y la resina se derretía en los maderos del fortín. Chaquetas y casacas fueron arrojadas a un lado, las camisas desabrochadas en el cuello y arremangadas hasta los hombros; y permanecimos allí, cada cual en su puesto, en una fiebre de calor y de zozobra.

Transcurrió una hora.

—¡Al diablo con ellos! —dijo el capitán—. Esto es tan tedioso como las calmas chichas. Gray, silba pidiendo viento.

Y justo en aquel instante llegaron las primeras noticias del ataque.

—Con su permiso, señor —dijo Joyce—, si veo a alguien, ¿debo disparar?

—¡Ya te lo dije! —exclamó el capitán.

—Muchas gracias, señor —repuso Joyce con la misma sosegada cortesía.

No ocurrió nada durante un rato, pero la advertencia nos puso a todos sobre aviso, aguzando ojos y oídos: los tiradores con las armas equilibradas en las manos, el capitán en mitad del fortín con la boca muy apretada y el ceño fruncido.

Pasaron así unos segundos, hasta que de pronto Joyce alzó el mosquete y abrió fuego. Apenas se había apagado el estampido cuando fue respondido y multiplicado desde fuera en una descarga dispersa, tiro tras tiro como una hilera de gansos, desde todos los costados de la empalizada. Varias balas dieron contra los troncos del fortín, pero ni una sola penetró; y al disiparse el humo la estacada y los bosques circundantes parecieron tan quietos y desiertos como antes. Ni una rama se movió, ni un brillo de cañón delató la presencia de nuestros enemigos.

—¿Le diste a tu hombre? —preguntó el capitán.

—No, señor —respondió Joyce—. Creo que no, señor.

—Decir la verdad es lo segundo mejor —murmuró el capitán Smollett—. Carga su fusil, Hawkins. ¿Cuántos diría usted que había por su lado, doctor?

—Lo sé con exactitud —dijo el doctor Livesey—. Se hicieron tres disparos por esta banda. Vi los tres fogonazos: dos muy juntos y uno más hacia el oeste.

—¡Tres! —repitió el capitán—. ¿Y cuántos por el vuestro, señor Trelawney?

Pero esto no era tan fácil de responder. Habían venido muchos desde el norte: siete según la cuenta del caballero, ocho o nueve según Gray. Por el este y el oeste sólo se había hecho un disparo suelto. Era evidente, por tanto, que el ataque principal se desarrollaría por el norte y que por los otros tres costados sólo pretendían hostigarnos con un simulacro. Pero el capitán Smollett no alteró sus disposiciones: si los sublevados lograban saltar la estacada, argüía, se apoderarían de cualquier aspillera desguarnecida y nos abatirían como a ratas dentro de nuestra propia guarida.

Tampoco tuvimos mucho tiempo para cavilar. De pronto, con un atronador alarido, una bandada de piratas surgió del bosque por el lado norte y corrió derecha contra la estacada. Al mismo tiempo reanudaron el fuego desde la espesura, y una bala de fusil cruzó silbando por la puerta y destrozó el mosquete del doctor en mil pedazos.

Los asaltantes treparon por la empalizada como monos. El caballero y Gray dispararon una y otra vez; cayeron tres hombres: uno hacia adelante dentro del recinto, dos hacia atrás por fuera. Pero de estos últimos uno estaba evidentemente más asustado que herido, pues se puso en pie en un abrir y cerrar de ojos y desapareció al punto entre los árboles.

Dos habían mordido el polvo, uno había huido, cuatro habían hecho pie dentro de nuestras defensas, mientras desde el abrigo de la arboleda siete u ocho hombres, provistos cada cual al parecer de varios mosquetes, mantenían un fuego graneado aunque inútil sobre el fortín.

Los cuatro que habían saltado adentro corrieron derechos hacia el edificio, gritando a voz en cuello, y los hombres de los árboles les respondían con gritos de aliento. Se hicieron varios disparos, pero fue tal la prisa de los tiradores que ninguno pareció hacer blanco. En un instante los cuatro piratas treparon por la loma y cayeron sobre nosotros.

La cabeza del contramaestre Job Anderson apareció en la aspillera central.

—¡A ellos, todos a una... todos a una! —rugió con voz de trueno.

Al mismo tiempo otro pirata agarró el mosquete de Hunter por la boca, se lo arrancó de las manos a través de la aspillera y de un golpe tremendo dejó tendido al pobre sirviente sin sentido en el suelo. Entretanto un tercero, rodeando la casa sin recibir daño alguno, apareció de repente en el umbral y se abalanzó con su alfanje sobre el doctor.

Nuestra posición había cambiado por completo. Un momento antes disparábamos a cubierto contra un enemigo expuesto; ahora éramos nosotros los que estábamos descubiertos y sin poder devolver golpe por golpe.

El fortín estaba lleno de humo, al cual debimos nuestra relativa salvación. Gritos y confusión, fogonazos y estampidos de pistolas, y un gemido desgarrador resonaron en mis oídos.

—¡Fuera, muchachos, fuera a pelear a cielo raso! ¡A los alfanjes! —gritó el capitán.

Arrebaté un alfanje del montón, y otro hombre, al coger el suyo a la vez, me dio un corte en los nudillos que apenas sentí. Me precipité fuera por la puerta a la brillante luz del sol. Alguien venía pisándome los talones, no supe quién. Delante de mí el doctor perseguía a su agresor colina abajo, y justo cuando mis ojos cayeron sobre él, desarmó su guardia y lo tendió de espaldas de un formidable tajo que le cruzó toda la cara.

—¡Rodead la casa, muchachos! ¡Rodead la casa! —gritaba el capitán; y aun en medio del fragor advertí una alteración en su voz.

Mecánicamente obedecí, doblé hacia el este y con el alfanje en alto corrí por la esquina del edificio. Al instante me encontré cara a cara con Anderson. Rugió ferozmente y su sable subió sobre su cabeza brillando a la luz del sol. No tuve tiempo de asustarme, pero viendo caer el golpe salté a un lado en un santiamén, y perdiendo pie en la arena blanda rodé de cabeza por la pendiente.

Cuando salí por vez primera de la puerta los otros sublevados se hallaban ya saltando la empalizada para acabar con nosotros. Un hombre con un gorro encarnado de dormir, con el alfanje entre los dientes, había alcanzado la cumbre y pasado una pierna al otro lado. Pues bien: tan breve fue el intervalo que cuando me puse en pie todo seguía en la misma postura: el individuo del gorro encarnado a medio pasar todavía y otro asomando la cabeza sobre la empalizada. Y sin embargo, en aquel brevísimo espacio de tiempo, el combate había concluido y la victoria era nuestra.

Gray, que venía pisándome los talones, había derribado al corpulento contramaestre antes de que tuviese tiempo de rehacerse de su último mandoble. Otro había caído atravesado junto a una aspillera en el instante de disparar al interior y yacía ahora en agonía con la pistola humeante en la mano. De un tercero, como he dicho, había dado buena cuenta el doctor de un solo tajo. De los cuatro que habían saltado la valla sólo quedaba uno con vida, el cual, habiendo soltado el alfanje en el terreno, trepaba de nuevo hacia fuera con el pánico de la muerte en el cuerpo.

—¡Fuego, fuego desde la casa! —gritó el médico—. Y vosotros, muchachos, ¡adentro a cubierto!

Pero sus órdenes cayeron en el vacío: nadie disparó y el último asaltante consumó su fuga y desapareció con los demás entre la arboleda. En tres segundos no quedaba de los atacantes más que los cinco caídos: cuatro dentro y uno fuera de la empalizada.

El doctor, Gray y yo corrimos a todo escape hacia el refugio. Los supervivientes volverían pronto donde habían dejado los mosquetes y de un momento a otro el fuego podía recomenzar.

El fortín se hallaba ya algo despejado de humo y pudimos ver de una mirada el precio que habíamos pagado por la victoria. Hunter yacía junto a su tronera, desvanecido; Joyce junto a la suya, con la cabeza atravesada de un balazo, inmóvil para siempre; mientras en mitad de la estancia el caballero sostenía al capitán, tan pálido el uno como el otro.

—El capitán está herido —dijo el señor Trelawney.

—¿Han huido? —preguntó el señor Smollett.

—Todos cuantos han podido, podéis jurarlo —respondió el doctor—; pero cinco de ellos jamás volverán a correr.

—¡Cinco! —exclamó el capitán—. Vamos, eso está mejor. Cinco menos contra tres nos deja cuatro contra nueve. Son mejores probabilidades que las del principio. Éramos siete contra diecinueve entonces, o así lo creíamos, y eso era más duro de sobrellevar.

Los sublevados no tardaron en ser sólo ocho, pues el marinero alcanzado por el señor Trelawney a bordo de la goleta falleció aquella misma tarde a consecuencia de su herida. Pero esto, por descontado, no lo supo nuestra leal partida hasta mucho tiempo después.

QUINTA PARTE Mi aventura en el mar

XXII Cómo empecé mi aventura en el mar

No hubo regreso de los amotinados: ni un solo disparo más partió del bosque. Habían recibido «su ración de aquel día», como decía el capitán, y nos dejaron dueños del campo con tiempo sosegado para curar a los heridos y preparar la comida. El caballero y yo cocinamos fuera a pesar del peligro, y aun al aire libre apenas sabíamos lo que hacíamos, sobrecogidos de horror por los lamentos que nos llegaban de los pacientes del doctor.

De los ocho hombres caídos en la refriega sólo tres respiraban aún: aquel de los piratas herido junto a la aspillera, Hunter y el capitán Smollett; y de estos los dos primeros eran casi hombres muertos. El forajido murió bajo el bisturí del médico, y Hunter, por más que hicimos, no volvió a recobrar el sentido en este mundo. Agonizó toda la jornada respirando con estertor como el viejo bucanero en su ataque apoplético; pero tenía el pecho destrozado por el golpe y el cráneo fracturado en la caída, y en algún momento de la noche siguiente, sin gemido ni queja, rindió su alma al Creador.

En cuanto al capitán, sus heridas eran graves pero no mortales. Ningún órgano vital había sido alcanzado. La bala de Anderson —pues fue Job quien le disparó primero— le había roto el omóplato y rozado un pulmón sin gravedad; la segunda le había desgarrado los músculos de la pantorrilla. Sanaría con certeza, según dictaminó el doctor; pero entretanto y durante varias semanas no debía caminar, ni mover el brazo, ni tan siquiera hablar salvo en caso de necesidad absoluta.

Mi propio corte casual en los nudillos no era más que una picadura. El doctor Livesey me lo vendó con un esparadrapo y de propina me tiró de las orejas.

Después de comer el caballero y el médico permanecieron un rato conferenciando junto al lecho del capitán; y cuando hubieron hablado a su gusto, siendo ya algo más de mediodía, el doctor tomó su sombrero y sus pistolas, se ciñó el alfanje, se guardó el mapa en el bolsillo y con un mosquete al hombro saltó la empalizada por el lado norte y echó a andar a paso vivo por entre la arboleda.

Gray y yo estábamos sentados juntos en el extremo opuesto del fortín para no oír la conversación de nuestros jefes; y Gray se quitó la pipa de la boca y se le olvidó por completo volver a ponérsela, tan atónito quedó ante semejante ocurrencia.

—¡Por vida mía! —exclamó—. ¿Acaso se ha vuelto loco el doctor Livesey?

—¡Qué va! —le contesté—. Es el último de toda esta tripulación a quien le pasaría semejante cosa, digo yo.

—Bueno, compañero —dijo Gray—, loco no estará; pero si él no lo está, puedes darlo por seguro: lo estoy yo.

—Me parece a mí —respondí— que el doctor tiene su propósito; y si no me equivoco va ahora a entrevistarse con Ben Gunn.

No me equivocaba, según se vio más tarde; pero entretanto, estando el fortín sofocante de calor y abrasada por el sol de mediodía la arena del recinto, empezó a bullir en mi mollera otra ocurrencia que no era de ningún modo tan acertada. Empecé a envidiar al doctor que caminaba por la fresca sombra de los bosques con los pájaros en derredor y el agradable aroma de los pinos, mientras yo permanecía achicharrándome allí, con la ropa pegada por la resina derretida, rodeado de tanta sangre y de tantos pobres cadáveres insepultos que le cobré al lugar un asco casi tan intenso como el miedo.

Todo el tiempo que pasé limpiando el fortín y lavando los platos de la comida, esta aversión y esta envidia fueron creciendo sin cesar, hasta que al cabo, hallándome cerca de un saco de pan y viendo que nadie me observaba, di el primer paso hacia mi calaverada y me llené entrambos bolsillos de la casaca con galletas.

Fui un necio, bien podéis decirlo, y ciertamente me disponía a cometer una imprudencia temeraria; pero estaba decidido a llevarla a cabo con todas las precauciones imaginables. Aquellas galletas, si algo me ocurría, me librarían al menos de morir de inanición hasta bien entrada la jornada siguiente.

Lo siguiente de que me apoderé fue de un par de pistolas, y como llevaba ya una polvorera y balas me sentí bien provisto de munición.

En cuanto al plan que abrigaba en mi cabeza no era malo en sí mismo: proponíame bajar por la lengua arenosa que separa el fondeadero del mar abierto, buscar la roca blanca descubierta la tarde anterior y cerciorarme de si era allí donde Ben Gunn ocultaba su bote, empresa harto digna de intentarse según sigo creyendo hoy día. Pero como estaba seguro de que no me concederían permiso para abandonar el recinto, mi único camino consistía en escurrir el bulto y fugarme cuando nadie mirase, lo cual constituía un procedimiento tan ruin que afeaba la empresa misma. Pero yo no era más que un zagal y ya había tomado mi resolución.

Pues bien, según se presentaron las cosas, hallé una ocasión magnífica. El caballero y Gray se hallaban atareados ayudando al capitán con sus vendajes; el campo estaba libre; salté la empalizada de un brinco y me metí en lo más espeso de la arboleda, y antes de que se advirtiese mi ausencia me hallaba ya fuera del alcance de la voz de mis compañeros.

Esta fue mi segunda locura, mucho peor que la primera por cuanto dejaba sólo a dos hombres válidos para custodiar la casa; pero al igual que la primera contribuyó grandemente a la salvación de todos nosotros.

Tomé en derechura el camino hacia la costa oriental de la isla, decidido a avanzar por la banda marina de la restinga para evitar cualquier riesgo de ser visto desde el fondeadero. Era ya avanzada la tarde aunque todavía hacía sol y calor. Mientras cruzaba los altos pinares podía escuchar a lo lejos no sólo el bramido incesante de la resaca sino el agitarse de las frondas y el frotar de las ramas que demostraban que la brisa marina soplaba más alta de lo común. Pronto me alcanzaron ráfagas de aire fresco, y pocos pasos más adelante salí a los linderos descubiertos de la arboleda y vi el océano extenderse azul y luminoso hasta el horizonte y las olas rodar espumosas a lo largo de la ribera.

Fin del Episodio 16 · de 26

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