La isla del tesoro
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—¿Es un hombre ese Ben Gunn? —me preguntó.
—No lo sé muy bien, señor —le contesté—. No estoy muy seguro de si está en su sano juicio.
—Si cabe duda sobre el asunto, lo está —repuso el doctor—. Un hombre que lleva tres años mordiéndose las uñas en una isla desierta, Jim, no puede parecer tan cuerdo como tú o como yo: no está en la naturaleza humana. ¿Dijiste que tenía antojo de queso?
—Sí, señor, de queso —respondí.
—Pues bien, Jim —dijo—: repara en el provecho de ser mirado con las comidas. ¿Has visto mi tabaquera, verdad? Y jamás me has visto tomar rapé, y el motivo es que en mi tabaquera llevo un pedazo de queso de Parma: un queso hecho en Italia, muy sustancioso. Pues bien: ¡eso será para Ben Gunn!
Antes de cenar dimos sepultura al viejo Tom en la arena y permanecimos un rato descubiertos a su alrededor en medio de la brisa. Se había reunido bastante leña, pero no tanta como el capitán deseaba, de modo que meneó la cabeza y nos advirtió que al día siguiente deberíamos «volver a la faena con más bulto». Luego, cuando hubimos comido el tocino y tomado cada cual un buen vaso de grog cargado, los tres jefes se reunieron en un rincón para deliberar sobre nuestra situación.
Según parecía se hallaban sin saber qué partido tomar, pues las provisiones eran tan escasas que el hambre nos obligaría a rendirnos mucho antes de que pudiese llegar auxilio. Pero nuestra mejor esperanza, según convinieron, consistía en ir abatiendo a los bucaneros hasta que arriasen su bandera o huyesen con La Española. De diecinueve hombres habían quedado reducidos a quince; otros dos estaban heridos, y uno al menos —el caído junto al cañón— herido de gravedad si no muerto ya. Siempre que tuviésemos ocasión de disparar sobre ellos debíamos aprovecharla, cuidando al extremo nuestras propias vidas. Y contábamos además con dos poderosos aliados: el ron y el clima.
En cuanto a lo primero, aunque estábamos a media milla de distancia podíamos oírlos vociferar y cantar hasta muy entrada la noche; y en cuanto a lo segundo, el médico apostaba su peluca a que, acampados como se hallaban en la marisma y sin medicamentos, la mitad de ellos estarían tendidos con calenturas antes de una semana.
—De modo —añadió— que si no nos han derribado a todos antes, estarán deseosos de meterse en la goleta. Al fin y al cabo es un navío, y podrán dedicarse de nuevo a la piratería, supongo.
—Es el primer barco que he perdido en mi vida —dijo el capitán Smollett.
Yo estaba rendido de cansancio, como podéis suponer; y cuando logré conciliar el sueño, tras dar mil vueltas en mi litera, dormí como un madero.
Los demás se habían levantado hacía rato, habían desayunado ya y aumentado la provisión de leña en casi la mitad cuando me despertó un rumor de voces y carreras.
—¡Bandera parlamentaria! —oí decir a alguien; y luego, al punto, con un grito de sorpresa—: ¡El mismísimo Silver!
Y con eso salté en pie, me froté los ojos y corrí a una aspillera del muro.
XX La embajada de Silver
Efectivamente, dos hombres se hallaban al pie mismo de la estacada: uno de ellos ondeando un pañuelo blanco y el otro, nada menos que Silver en persona, de pie tranquilamente a su lado.
Era muy temprano todavía y la mañana más fría que jamás recuerdo haber visto: un hielo que calaba hasta los huesos. El cielo estaba claro y sin nubes, y las copas de los árboles brillaban doradas al sol. Pero donde Silver se hallaba con su acompañante todo permanecía en sombras y se hundían hasta las rodillas en una densa niebla blanca arrastrada durante la noche fuera del pantano. El frío y la neblina juntos presagiaban lo peor de aquella isla: era un paraje húmedo, palúdico y malsano a todas luces.
—Permanezcan adentro, muchachos —dijo el capitán—. Diez contra uno a que esto es una treta.
Luego dio el alto al bucanero:
—¿Quién vive? ¡Alto, o hacemos fuego!
—¡Bandera parlamentaria! —gritó Silver.
El capitán se hallaba en el porche, manteniéndose a cubierto de cualquier disparo a traición si lo intentaban. Se volvió y nos habló: «La guardia del doctor a las aspilleras. Doctor Livesey, tome el lado norte, si le place; Jim, al este; Gray, al oeste. La guardia de abajo, todos a cargar mosquetes. Vivos, muchachos, y con cuidado».
Y luego se volvió de nuevo hacia los sublevados:
—¿Y qué quieren con su bandera parlamentaria? —gritó.
Esta vez fue el otro hombre quien respondió:
—¡El capitán Silver, señor, que viene a tratar condiciones! —voceó.
—¡El capitán Silver! No le conozco. ¿Quién es ese? —gritó nuestro capitán. Y le oímos murmurar para sí—: ¿Capitán, dice? ¡Válgame Dios, menuda graduación!
John el Largo respondió por sí mismo: «Yo, señor. Estos pobres muchachos me han elegido capitán tras su deserción, mi capitán —cargando la voz con intención sobre la palabra «deserción»—. Estamos dispuestos a someternos si llegamos a un acuerdo, sin más disputas. Todo cuanto pido es su palabra de honor, capitán Smollett, de dejarme salir sano y salvo de esta estacada y concederme un minuto para ponerme fuera de tiro antes de disparar».
—Buen hombre —dijo el capitán Smollett—, no tengo el menor deseo de hablar con usted. Si desea hablar conmigo puede pasar, y eso es todo. Si hay traición será por su parte, y ¡que Dios se apiade de usted!
—¡Con eso basta, capitán! —gritó John el Largo alegremente—. Su palabra es suficiente. Sé tratar a un caballero, puede darlo por seguro.
Vimos al hombre de la bandera blanca intentar retener a Silver. No era de extrañar, vista la sequedad de la respuesta del capitán. Pero Silver se rió en su cara y le dio una palmada en la espalda como si el temor fuese un disparate. Se acercó luego a la estacada, tiró la muleta por encima, izó una pierna y con gran vigor y destreza logró salvar la valla y caer sano y salvo al otro lado.
Confieso que me hallaba demasiado embebido con lo que ocurría para servir de nada como centinela; en verdad había abandonado ya mi aspillera oriental y me había deslizado tras el capitán, que se había sentado en el umbral con los codos en las rodillas, la cabeza entre las manos y los ojos fijos en el agua que brotaba de la vieja caldera de hierro en la arena. Iba silbando una tonadilla campestre.
A Silver le costó un trabajo ímprobo subir la loma. Entre la pendiente del terreno, los gruesos tocones y la arena movediza, él y su muleta estaban tan desamparados como un navío en facha. Pero siguió adelante con tesón y en silencio, llegando al fin ante el capitán, a quien saludó con los mejores modales. Venía ataviado con sus mejores galas: una inmensa casaca azul repleta de botones de latón que le caía casi hasta las rodillas y un hermoso sombrero galoneado echado hacia atrás.
—Aquí está usted, buen hombre —dijo el capitán alzando la vista—. Será mejor que tome asiento.
—¿No me va a dejar entrar bajo techado, mi capitán? —se quejó John el Largo—. Hace una mañana bien fría, por cierto, para sentarse sobre la arena.
—Mire usted, Silver —dijo el capitán—: si hubiese preferido ser un hombre de bien podría estar sentado en su cocina. Es obra de usted mismo. O es usted mi cocinero de a bordo —y en tal caso se le trató con honores— o el capitán Silver, un vil sublevado y pirata, ¡y entonces puede irse a la horca!
—Bueno, bueno, mi capitán —respondió el cocinero sentándose sobre la arena según se le mandaba—, tendrá usted que darme una mano para levantarme de nuevo, eso es todo. Un paraje muy hermoso han elegido aquí. ¡Ah, hola, Jim! Muy buenos días, Jim. Doctor, a sus órdenes. ¡Vaya, si están todos reunidos como una familia feliz, en cierto modo!
—Si tiene algo que decir, buen hombre, más vale que lo suelte —dijo el capitán.
—Tiene usted razón, capitán Smollett —respondió Silver—. El deber es el deber, ciertamente. Ahora bien, mire usted: fue una buena jugada la de ustedes anoche. No niego que fue una buena jugada. Algunos de ustedes manejan la barra con mucha soltura. Y no niego tampoco que algunos de mis hombres quedaron asustados... quizá todos lo quedaron; quizá yo mismo lo estuve; acaso por eso estoy aquí proponiendo condiciones. Pero fíjese bien, mi capitán: ¡no resultará dos veces, por vida mía! Tendremos que poner centinelas y aflojar un poco con el ron. Acaso crea usted que andábamos todos borrachos; pero le aseguro que yo estaba sobrio: sólo rendido de fatiga; y si me hubiese despertado un segundo antes los habría pillado en el acto, bien seguro. No estaba muerto cuando llegué junto a él, ¡eso no!
—¿Y bien? —dijo el capitán Smollett con la mayor flema.
Todo cuanto decía Silver era un acertijo para él, pero nadie lo habría sospechado por su tono. En cuanto a mí, empezaba a comprender. Las últimas palabras de Ben Gunn me vinieron a la memoria. Empecé a sospechar que había hecho una visita a los bucaneros mientras yacían ebrios en torno al fuego, y calculé con regocijo que sólo nos quedaban catorce enemigos de quienes cuidarnos.
—Pues bien, esto es lo que hay —dijo Silver—: queremos ese tesoro y lo tendremos... ¡ese es nuestro punto! Ustedes desean salvar el pellejo, según presumo; ese es el de ustedes. Tienen una carta náutica, ¿verdad?
—Eso depende —respondió el capitán.
—¡Bah!, la tienen, bien lo sé —repuso John el Largo—. No hace falta andar con rodeos con un servidor; no sirve de nada, puede creerlo. Lo que digo es que queremos su carta. Ahora bien, yo jamás le he deseado ningún mal a usted.
—Eso no cuela conmigo, buen hombre —interrumpió el capitán—. Sabemos de sobra lo que pensaba hacer con nosotros y no nos importa, pues ahora ya ve que no puede llevarlo a cabo.
Y el capitán le miró con calma disponiéndose a encender una pipa.
—Si Abe Gray... —empezó Silver.
—¡Basta de eso! —gritó el señor Smollett—. Gray nada me dijo y nada le pregunté; y lo que es más, antes preferiría verle a usted, a él y a toda esta isla volar por los aires. Ahí tiene mi parecer sobre el asunto, buen hombre.
Aquel ramalazo de entereza pareció templar a Silver. Se había estado amoscando, pero ahora recobró la compostura.
—Muy propio es —dijo—. No seré yo quien ponga límites a lo que los caballeros consideren correcto o dejen de considerar. Y viendo que se dispone usted a echar una fumada, mi capitán, me tomaré la libertad de hacer lo propio.
Llenó una pipa y la encendió; y ambos hombres permanecieron fumando en silencio durante largo rato, mirándose cara a cara de hito en hito, apisonando el tabaco o inclinándose hacia adelante para escupir. Daba gusto contemplarlos.
—Ahora bien —reanudó Silver—, la cosa está así: ustedes nos entregan la carta náutica para cobrar el tesoro y dejan de abatir a tiros a pobres marineros y de romperles la cabeza mientras duermen. Si hacen eso les ofrecemos a elegir: o se vienen a bordo con nosotros una vez embarcado el tesoro, y entonces les empeño mi palabra de honor de desembarcarlos sanos y salvos en cualquier parte firme; o si eso no es de su agrado, siendo algunos de mis hombres gentes rudas que les guardan rencor por la disciplina de a bordo, pueden quedarse aquí en la estacada. Repartiremos las provisiones con ustedes hombre por hombre, y empeño mi palabra como antes de dar la voz al primer barco que aviste para que venga a recogerlos. Ahora bien, convendrán en que eso es hablar claro. Más generosos no podríamos ser. Y espero —añadió alzando la voz— que todos cuantos están en este fortín pesen bien mis palabras, pues lo que se dice a uno se dice a todos.
El capitán Smollett se puso en pie y sacudió la ceniza de su pipa en la palma de la mano izquierda.
—¿Es todo? —preguntó.
—¡Hasta la última palabra, por todos los santos! —respondió John—. Rechacen esto y no volverán a ver de mí más que balas de mosquete.
—Muy bien —dijo el capitán—. Ahora me va a escuchar a mí: si se presentan aquí uno a uno, desarmados, me comprometo a ponerles a todos los grilletes y llevarlos a Inglaterra a un juicio en regla. Si no lo hacen, me llamo Alexander Smollett, he izado la bandera de mi soberano y los mandaré a todos al fondo del mar. No pueden encontrar el tesoro; no pueden gobernar el buque: no hay un solo hombre entre ustedes capaz de maniobrar la goleta. No pueden vencernos: Gray se escapó de cinco de ustedes. Su barco está en facha, señor Silver; se hallan a sotavento de un arrecife y pronto lo comprobarán. Estoy aquí para decírselo; y son las últimas palabras amables que oirá de mi boca, pues ¡por el cielo!, le meteré una bala en el lomo la próxima vez que me cruce con usted. ¡Póngase en marcha, buen hombre! ¡Fuera de aquí a todo escape, mano sobre mano y al trote!
La cara de Silver era un poema: los ojos se le salían de las órbitas de furia. Sacudió la lumbre de su pipa.
—¡Deme una mano para levantarme! —gritó.
—Yo no —respondió el capitán.
—¿Quién me da una mano? —rugió.
Ninguno de nosotros se movió un ápice. Soltando las imprecaciones más viles se arrastró por la arena hasta aferrarse al cobertizo y poder alzarse de nuevo sobre su muleta. Escupió luego dentro del manantial.
—¡Tomen! —gritó—. Eso es lo que pienso de ustedes. ¡Antes de una hora romperé su viejo fortín como una pipa de ron! ¡Ríanse, por vida mía, ríanse! Antes de una hora reirán del otro lado de la boca. Los que mueran serán los afortunados.
Y con una maldición espantosa echó a andar a trompicones arrastrando la pierna por la arena, fue ayudado a pasar la estacada tras cuatro o cinco tentativas por el hombre de la bandera blanca y desapareció un segundo después entre la arboleda.
XXI El ataque
Tan pronto como Silver se hubo esfumado, el capitán, que le había estado vigilando de cerca, se volvió hacia el interior del fortín y halló que ninguno de nosotros se encontraba en su puesto fuera de Gray. Era la primera vez que le veíamos enojado.
—¡A sus puestos! —rugió. Y luego, mientras todos nos deslizábamos azorados a nuestras aspilleras—: Gray —dijo—, apuntaré su nombre en el diario de navegación: ha cumplido con su deber como un buen marino. Señor Trelawney, me asombro de usted, caballero. ¡Doctor, creí que había vestido el uniforme del rey! Si así sirvió en Fontenoy, señor mío, mejor habría estado en su litera.
La guardia del médico regresó a sus aspilleras, los demás nos pusimos a cargar los mosquetes de repuesto, y todos con la cara encendida de bochorno y con la mosca detrás de la oreja, como suele decirse.
El capitán nos contempló un rato en silencio. Luego habló:
—Muchachos —dijo—, le he soltado a Silver una andanada formidable. Lo hice a propósito para encenderles la sangre; y antes de una hora, como ha dicho, nos abordarán. Nos superan en número, no hace falta que se lo diga; pero combatimos al abrigo de los maderos, y hace un minuto habría dicho que combatíamos con disciplina. No tengo la menor duda de que podemos darles una tunda de padre y muy señor mío si se lo proponen.
Hizo luego la ronda y comprobó, según dijo, que todo estaba dispuesto.
En los dos costados cortos del fortín, este y oeste, sólo había dos aspilleras; en el lado sur, donde estaba el porche, otras dos; y en el lado norte, cinco. Había una veintena de mosquetes para los siete; la leña se había dispuesto en cuatro pilas —mesas bien podían llamarse—, una aproximadamente en mitad de cada lienzo, y sobre cada una de estas mesas había municiones y cuatro mosquetes cargados listos para la mano de los defensores. En el centro yacían alineados los alfanjes.
Fin del Episodio 15 · de 26
La isla del tesoro
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