La isla del tesoro·Episodio 14

La isla del tesoro

~13 min · 2659 palabras

Se detuvieron como desconcertados, y antes de que se recobrasen no sólo el caballero y yo, sino también Hunter y Joyce desde el fortín, tuvimos tiempo de disparar. Los cuatro tiros salieron algo dispersos, pero surtieron efecto: uno de los enemigos cayó redondo y los demás, sin vacilar, dieron media vuelta y se zambulleron entre los árboles.

Tras recargar salimos fuera de la empalizada para atender al enemigo derribado. Estaba muerto como una piedra, atravesado el corazón de un balazo.

Empezábamos a felicitarnos por el buen éxito cuando en aquel preciso instante sonó una pistola en la maleza, una bala silbó junto a mi oído y el pobre Tom Redruth tropezó y cayó cuan largo era sobre el suelo. Tanto el caballero como yo respondimos al fuego, pero como no teníamos blanco al que apuntar es muy probable que sólo desperdiciásemos pólvora. Recargamos entonces y acudimos junto al pobre Tom.

El capitán y Gray le estaban examinando ya, y vi de una ojeada que todo había concluido.

Creo que la presteza de nuestra descarga dispersó a los sublevados una vez más, pues se nos permitió izar al pobre guardabosque por encima de la estacada y transportarlo, gimiendo y sangrando, al interior del fortín sin sufrir más hostigamiento.

¡Pobre viejo! No había soltado una sola palabra de sorpresa, queja, miedo ni asentimiento desde el principio de nuestras tribulaciones hasta este momento en que le depositábamos sobre el suelo del fortín para morir. Se había batido como un león tras su colchón en el pasillo; había obedecido todas las órdenes en silencio, con terquedad y fidelidad; era el más viejo de nuestra partida por una veintena de años; y ahora era a él, viejo y fiel servidor, a quien le tocaba morir.

El caballero cayó de rodillas a su lado y le besó la mano llorando como un niño.

—¿Me muero, señor doctor? —preguntó.

—Tom, muchacho —le dije yo—, vas a descansar.

—Ojalá les hubiese acertado antes con la escopeta —respondió él.

—Tom —dijo el caballero—, dime que me perdonas, ¿verdad que sí?

—¿Sería eso respetuoso de mi parte hacia vos, señor? —fue su respuesta—. De todos modos, ¡hágase así, amén!

Tras breve rato de silencio dijo que creía oportuno que alguien leyese una oración. «Es la costumbre, señor», añadió a modo de disculpa. Y poco después, sin pronunciar otra palabra, entregó el alma.

Entretanto el capitán, a quien había observado asombrosamente abultado de pecho y bolsillos, había sacado una gran variedad de efectos: la bandera británica, una Biblia, un rollo de cuerda recia, pluma, tinta, el diario de navegación y varias libras de tabaco. Había encontrado un pino derribado y desramado en el recinto, y con ayuda de Hunter lo había encajado en una esquina del fortín donde los leños se cruzaban formando ángulo. Luego, subiendo al tejado, izó la bandera con sus propias manos.

Esto pareció aliviarle sobremanera. Volvió a entrar en el fortín y se puso a hacer el inventario de las provisiones como si nada más existiese en el mundo. Pero no perdió de vista el fin de Tom a pesar de todo, y tan pronto hubo expirado se acercó con otra bandera y la extendió reverentemente sobre el cadáver.

—No se aflija, señor —dijo estrechando la mano del caballero—. Todo le va bien a él; nada tiene que temer quien cae en su puesto cumpliendo con su deber ante su capitán y su amo. Acaso no sea buena teología, pero es la pura verdad.

Luego me llevó aparte.

—Doctor Livesey —dijo—, ¿en cuántas semanas esperan usted y el señor armador el buque de socorro?

Le contesté que no era cuestión de semanas sino de meses; que si no regresábamos para fines de agosto Blandly enviaría a buscarnos, pero ni antes ni después. «Haga usted mismo la cuenta», le dije.

—Pues bien —repuso el capitán rascándose la cabeza—; aun haciendo la mayor concesión a los favores de la Providencia, diría que andamos muy apretados de bolina.

—¿Qué quiere usted decir? —le pregunté.

—Es una lástima, señor, que hayamos perdido aquella segunda carga; a eso me refiero —respondió el capitán—. En cuanto a pólvora y munición nos arreglaremos. Pero las raciones son escasas, muy escasas... tan escasas, doctor Livesey, que casi estamos mejor sin esa boca de más.

Y señaló al cadáver cubierto por la bandera.

En aquel instante, con un bramido y un silbido, una bala rasera pasó muy por encima del tejado del fortín y fue a caer pesadamente lejos de nosotros entre los árboles.

—¡Ajá! —dijo el capitán—. ¡Fuego a discreción! Poca pólvora os queda ya, granujas.

Al segundo disparo afinaron mejor la puntería y la bala cayó dentro de la estacada, levantando una nube de arena pero sin causar más daño.

—Capitán —dijo el caballero—, la casa es del todo invisible desde el buque. Es a la bandera a lo que apuntan. ¿No sería más prudente arriarla?

—¡Arriar mi pabellón! —exclamó el capitán—. ¡Eso jamás, señor mío, yo no!; y apenas hubo pronunciado aquellas palabras creo que todos convinimos con él. Pues no sólo era muestra de noble sentimiento marinero, sino buena táctica además, demostrando a nuestros enemigos que despreciábamos su cañoneo.

Durante toda la tarde continuaron bombardeándonos. Bala tras bala pasaba de largo, se quedaba corta o levantaba la arena del recinto; pero tenían que tirar por elevación de suerte que el proyectil caía muerto enterrándose en la arena blanda. No teníamos rebote que temer; y aunque una bala perforó el tejado del fortín saliendo por el suelo, nos acostumbramos pronto a aquella clase de diversión y no le hacíamos más caso que a un juego de pelota.

—Una ventaja tiene todo esto —observó el capitán—: el bosque frente a nosotros está despejado con seguridad. La marea baja dura ya bastante rato; nuestros víveres deben de estar al descubierto. Voluntarios para ir a buscar tocino.

Gray y Hunter fueron los primeros en presentarse. Bien armados salieron de la estacada, pero la empresa resultó inútil. Los sublevados eran más audaces de lo que suponíamos o confiaban más en la artillería de Israel. Pues cuatro o cinco de ellos se hallaban atareados cargando con nuestras provisiones y vadeando con ellas hacia una de las lanchas fondeada cerca, aguantando un remo para mantenerla contra la corriente. Silver mandaba desde la popa; y cada uno de ellos iba provisto ahora de un mosquete sacado de algún depósito secreto que se tenían guardado.

El capitán se sentó a escribir el diario de a bordo, y este es el principio del asiento:

«Alexander Smollett, patrón; David Livesey, cirujano de a bordo; Abraham Gray, ayudante de carpintero; John Trelawney, armador; John Hunter y Richard Joyce, criados del armador, paisanos —siendo todos cuantos permanecen leales de la tripulación—, con víveres para diez días a media ración, saltaron a tierra hoy e izaron los colores británicos en el fortín de la Isla del Tesoro. Thomas Redruth, criado del armador, paisano, muerto por los sublevados de un balazo; James Hawkins, grumete...».

Y al mismo tiempo yo me preguntaba qué suerte habría corrido el pobre Jim Hawkins.

Sonó una llamada por la banda de tierra.

—Alguien nos llama —dijo Hunter, que estaba de guardia.

—¡Doctor! ¡Caballero! ¡Capitán! ¡Hola, Hunter, ¿eres tú?! —resonaron las voces.

Y corrí a la puerta a tiempo de ver a Jim Hawkins, sano y salvo, trepando por la empalizada.

XIX Jim Hawkins reanuda el relato: la guarnición de la estacada

Apenas vio Ben Gunn los colores se detuvo en seco, me sujetó por el brazo y se sentó.

—Mira tú por dónde —dijo—; ahí están tus amigos, no cabe duda.

—Mucho más probable es que sean los amotinados —le contesté.

—¡Qué va! —exclamó—. En un sitio como este, donde nadie fondea sino caballeros de fortuna, Silver izaría la bandera pirata, puedes darlo por seguro. No, esos son tus amigos. Ha habido tiros además, y me figuro que tus amigos han llevado la mejor parte; y aquí los tienes en tierra en la vieja estacada que levantó Flint hace años y años. ¡Ah, menuda cabeza tenía Flint! Dejando a un lado el ron, jamás se vio hombre como él. A nadie temía, a nadie en el mundo; sólo a Silver... Silver era tan distinguido.

—Bueno —dije yo—, tal vez sea así y ojalá lo sea; con tanta mayor razón debo apresurarme a reunirme con mis amigos.

—Nada de eso, camarada —repuso Ben—; tú no. Eres un buen chico o me equivoco mucho; pero eres sólo un zagal, a fin de cuentas. Ahora bien, Ben Gunn es zorro viejo. Ni por todo el ron del mundo entraría yo allí adonde tú vas; no, señor, hasta no ver a tu caballero de cuna y tener su palabra de honor empeñada. Y no olvidarás mis palabras: «Muchísima más confianza (eso es lo que dirás), muchísima más confianza»... y entonces le pellizcas.

Y me dio un tercer pellizco con el mismo aire de malicia.

—Y cuando haga falta Ben Gunn ya sabes dónde encontrarle, Jim. Justo donde le has encontrado hoy. Y el que venga debe llevar algo blanco en la mano y venir solo. ¡Ah! Y le dirás esto: «Ben Gunn —dirás tú— tiene razones particulares».

—Bueno —dije yo—, creo que lo entiendo todo. Tienes una proposición que hacer, deseas ver al caballero o al doctor y se te puede encontrar donde te hallé hoy. ¿Es eso todo?

—¿Y a qué hora?, dirás tú —añadió—. Pues desde la observación de mediodía hasta las seis campanadas.

—Muy bien —dije yo—; ¿y ahora puedo marcharme?

—¿No lo olvidarás? —preguntó con inquietud—. Muchísima más confianza y razones particulares, dirás tú. Razones particulares, ese es el cabo de amarre; de hombre a hombre. Pues bien —añadió reteniéndome aún—, creo que puedes irte, Jim. Y si dieses con Silver, Jim, ¿no irías a vender a Ben Gunn? ¿Ni atado a cuatro caballos lo soltarías? No, dices tú. Y si esos piratas acampan en tierra, Jim, ¿qué dirías si amanece con viudas por la mañana?

Aquí le interrumpió una detonación tremenda y una bala de cañón cruzó desgajando las ramas y cayó en la arena a menos de cien yardas del paraje donde estábamos hablando. Al instante salimos corriendo cada cual por su lado.

Durante una buena hora los disparos continuaron retumbando por la isla y las balas desgajaban el bosque. Fui pasando de escondite en escondite, perseguido siempre, o así me lo parecía, por aquellos temibles proyectiles. Pero hacia el final del cañoneo, aunque no me atrevía todavía a encaminarme hacia la estacada donde caían las balas con mayor frecuencia, empecé a cobrar ánimos de nuevo y tras un largo rodeo hacia el este bajé arrastrándome entre la arboleda de la costa.

El sol acababa de ponerse, la brisa marina susurraba agitando los árboles y rizando la superficie grisácea del fondeadero; la marea estaba muy baja además y grandes extensiones de arena quedaban al descubierto; el aire, tras el calor del día, me helaba a través de la casaca.

La Española permanecía fondeada en el mismo paraje; pero ondeaba en su pico, sin duda alguna, la bandera negra con las tibias cruzadas: la enseña de la piratería. Mientras la miraba brilló otro fogonazo encarnado y sonó otro estampido que repercutió en los ecos, y una última bala rasera silbó en el aire. Fue el punto final del bombardeo.

Permanecí algún tiempo observando el ajetreo que siguió al ataque. Varios hombres destruían algo con hachas en la orilla cerca de la estacada: el pobre esquife, según descubrí más tarde. A lo lejos, cerca de la desembocadura del riachuelo, una gran fogata relucía entre los árboles, y entre aquel punto y el buque una de las lanchas no cesaba de ir y venir, tripulada por hombres a quienes había visto tan hoscos y que ahora gritaban en los remos como chicuelos. Pero había un tono en sus voces que olía a ron.

Al cabo creí oportuno regresar hacia la estacada. Me hallaba bastante lejos en la baja lengua de arena que cierra el fondeadero por el este y que se une en bajamar con la Isla del Esqueleto; y al ponerme en pie divisé a cierta distancia a lo largo de la lengua, sobresaliendo entre matorrales bajos, una roca aislada bastante alta y de un color singularmente blanco. Se me ocurrió que aquella podía ser la peña blanca de que había hablado Ben Gunn, y que algún día podríamos necesitar un bote y yo sabría dónde buscarlo.

Fui bordeando entonces por el bosque hasta ganar la parte posterior de la estacada, y pronto fui recibido con los brazos abiertos por nuestros fieles amigos.

No tardé en relatar mi aventura y me puse a examinar el alojamiento. El fortín estaba construido con troncos de pino sin desbastar: techumbre, paredes y suelo. Este último se alzaba en varios puntos a un pie o pie y medio sobre la superficie de la arena. Había un cobertizo a la puerta, y bajo él brotaba el manantial en una pileta artificial bastante singular: ni más ni menos que una gran caldera de hierro de a bordo, desfondada y enterrada hasta las asas en la arena, según decía el capitán.

Poco quedaba en la casa fuera de la armazón de troncos; pero en un rincón había una losa de piedra a modo de hogar y un cesto de hierro enmohecido para contener el fuego.

Las laderas de la loma y todo el recinto interior de la estacada habían sido talados para construir el fortín, y por los tocones podía colegirse la soberbia arboleda que allí se había destruido. La mayor parte de la tierra vegetal había sido arrastrada por las aguas o sepultada por la arena tras talar los árboles; sólo donde el riachuelo bajaba desde la caldera subsistía una espesa capa de musgo con algunos helechos y matas rastreras de color verde vivo entre la arena. Muy cerca de la empalizada —demasiado cerca para una buena defensa, según decían— el bosque crecía alto y tupido: todo de abetos por el lado de tierra, pero mezclado con muchas encinas marítimas hacia la parte de la mar.

La brisa fría del atardecer, de la cual he hablado ya, silbaba por todas las rendijas de aquel tosco edificio y rociaba el suelo con una continua lluvia de arena menuda. Teníamos arena en los ojos, arena en los dientes, arena en nuestras raciones y arena bullendo en el manantial al fondo de la caldera, exactamente igual que gachas a punto de romper a hervir. Nuestra chimenea era un agujero cuadrado en el tejado; sólo una pequeña parte del humo lograba salir por él, y el resto formaba remolinos por la estancia haciéndonos toser y llorar.

Añádase a esto que Gray, el nuevo camarada, llevaba la cara vendada por la herida que había recibido al separarse de los sublevados, y que el pobre viejo Tom Redruth, insepulto todavía, yacía a lo largo de la pared, yerto y rígido bajo la bandera británica.

De habernos dejado mano sobre mano todos habríamos caído en el abatimiento; pero el capitán Smollett no era hombre para consentir semejante cosa. Nos reunió a todos ante sí y nos dividió en guardias: el doctor, Gray y yo por un lado; el caballero, Hunter y Joyce por el otro. Aunque estábamos rendidos, dos salieron a buscar leña; otros dos se pusieron a cavar una fosa para Redruth; al doctor se le nombró cocinero; a mí me pusieron de centinela a la puerta; y el capitán en persona iba de unos a otros, levantando los ánimos y arrimando el hombro dondequiera que hacía falta.

De rato en rato el médico se acercaba a la puerta a tomar el aire y a descansar los ojos, casi cegados por el humo, y siempre que lo hacía tenía una palabra de aliento para mí.

—Ese hombre, Smollett —me dijo una vez—, es mejor hombre que yo. Y cuando yo digo eso, Jim, créeme que significa mucho.

Otra vez vino y permaneció callado un momento. Luego ladeó la cabeza y me miró pensativo.

Fin del Episodio 14 · de 26

La isla del tesoro

Siguiente Episodio 15~13 minLa isla del tesoro“—Pues bien, Jim —dijo—: repara en el provecho de ser mirado con las comidas.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.