La isla del tesoro·Episodio 13

La isla del tesoro

~13 min · 2606 palabras

Mucho vale haber sido militar, pero más todavía haber sido médico. No hay lugar para vacilaciones en nuestra profesión. De suerte que tomé una resolución en el acto y sin perder un instante volví a la playa y salté al esquife.

Por fortuna Hunter remaba con fuerza. Hicimos volar el agua, el bote se puso al costado al poco tiempo y subí a bordo de la goleta.

Los hallé a todos profundamente consternados, como era de suponer. El caballero estaba sentado, pálido como una sábana, pensando en la ruina a que nos había conducido, ¡pobre hombre de bien! Y uno de los seis marineros de proa no tenía mejor traza.

—He ahí un hombre —dijo el capitán Smollett señalándole con la cabeza— novicio en estas lides. Poco le faltó para desmayarse, doctor, al oír aquel alarido. Otro toque de timón y ese marinero se pasa a nuestro bando.

Expuse mi plan al capitán y entre ambos acordamos los pormenores de su ejecución.

Colocamos al viejo Redruth en el pasillo entre la cámara y el castillo de proa, con tres o cuatro mosquetes cargados y un colchón por trinchera. Hunter trajo el esquife bajo la lumbrera de popa, y Joyce y yo nos pusimos a cargarlo con latas de pólvora, mosquetes, sacos de galleta, cuñetes de tocino, un barrilillo de coñac y mi valiosísimo botiquín de cirujano.

Entretanto el caballero y el capitán permanecieron en cubierta, y este último llamó al timonel, que era el principal de los marineros a bordo.

—Señor Hands —le dijo—, aquí estamos dos hombres con dos pistolas cada uno. Si cualquiera de ustedes seis hace la menor señal, ese hombre muere.

Quedaron muy desconcertados, y tras breve consulta bajaron todos por la escotilla de proa, pensando sin duda cogernos por la espalda. Pero al ver a Redruth aguardándolos en el pasillo enrejado viraron en redondo en el acto y una cabeza asomó de nuevo sobre cubierta.

—¡Abajo, perro! —gritó el capitán.

Y la cabeza desapareció de nuevo; y no volvimos a saber más, por el momento, de aquellos seis marineros pusilánimes.

Para entonces, arrojando las cosas según venían, habíamos cargado el esquife con cuanto nos atrevimos. Joyce y yo salimos por la lumbrera de popa y enfilamos hacia tierra con cuanta fuerza daban los remos.

Este segundo viaje alarmó a los centinelas de la orilla. La tonadilla cesó de nuevo; y justo antes de que los perdiésemos de vista tras la pequeña punta, uno de ellos saltó a tierra y desapareció. Estuve a punto de cambiar de plan y destruir sus lanchas, pero temí que Silver y los demás anduviesen cerca y que pudiésemos perderlo todo por pretender demasiado.

Pronto tocamos tierra en el mismo paraje de antes y nos dispusimos a abastecer el fortín. Los tres hicimos el primer viaje cargados hasta los topes y arrojamos las provisiones por encima de la empalizada. Luego, dejando a Joyce para custodiarlas —un solo hombre ciertamente, pero con media docena de mosquetes—, Hunter y yo regresamos al bote y nos cargamos una vez más. Así proseguimos sin tomarnos respiro hasta que todo el cargamento quedó a buen recaudo, momento en que los dos criados tomaron posiciones en el fortín y yo, con todas mis fuerzas, remé de vuelta hacia La Española.

El habernos arriesgado a un segundo viaje parecía más temerario de lo que era en realidad. Ellos tenían la ventaja del número, por supuesto, pero nosotros la de las armas. Ninguno de los hombres de tierra poseía un mosquete, y antes de que pudiesen ponerse a tiro de pistola nos lisonjeábamos de poder dar buena cuenta de media docena por lo menos.

El caballero me aguardaba junto a la ventana de popa, pasada ya toda su congoja. Recogió la boza, la amarró firmemente y nos pusimos a cargar el esquife como si nos fuese la vida en ello. Tocino, pólvora y galleta constituían la carga, con sólo un mosquete y un alfanje para cada uno de nosotros: el caballero, yo, Redruth y el capitán. El resto de las armas y la pólvora las echamos al mar en dos brazas y media de agua, de suerte que podíamos ver el acero brillante relucir muy por debajo de nosotros al sol, sobre el fondo de arena limpia.

Para entonces la marea empezaba a vaciar y el buque borneaba sobre su ancla. Se oían voces lejanas que gritaban en dirección a las dos lanchas; y aunque esto nos tranquilizó respecto a Joyce y Hunter, que se hallaban bastante al este, advirtió a nuestra gente de que convenía partir.

Redruth abandonó su puesto en el pasillo y se descolgó en el bote, que llevamos luego bajo la bovedilla del buque para que fuese más cómodo para el capitán Smollett.

—A ver, muchachos —dijo—, ¿me oyen?

No hubo respuesta desde el castillo de proa.

—A ti me dirijo, Abraham Gray: a ti te hablo.

Tampoco hubo contestación.

—Gray —reanudó el señor Smollett alzando la voz—, abandono este barco y te ordeno que sigas a tu capitán. Sé que en el fondo eres un hombre de bien y me atrevo a decir que ninguno de ustedes es tan perverso como aparenta. Tengo mi reloj aquí en la mano: te doy treinta segundos para unirte a mí.

Siguió una pausa.

—Vamos, hombre —continuó el capitán—; no te quedes tanto tiempo en facha. Estoy arriesgando mi vida y la de estos buenos caballeros a cada segundo.

Hubo un forcejeo repentino, un ruido de golpes, y salió disparado Abraham Gray con un tajo de cuchillo en la mejilla, corriendo hacia el capitán como un perro al silbido del amo.

—¡Voy con usted, señor! —dijo.

Y al instante él y el capitán se arrojaron a nuestro bote, desatracamos y dimos boga larga.

Nos hallábamos ya fuera del navío, pero no todavía en tierra dentro de nuestra estacada.

XVII El doctor continúa el relato: el último viaje del esquife

Este quinto viaje fue enteramente distinto de los anteriores. En primer lugar, la pequeña cáscara de nuez en que navegábamos iba sumamente sobrecargada. Cinco hombres hechos y derechos, y tres de ellos —Trelawney, Redruth y el capitán— de más de seis pies de estatura, ya era más de lo que podía llevar. Añádase a esto la pólvora, el tocino y los sacos de pan. La borda iba rozando el agua por popa. Varias veces embarcamos un poco de agua, y mis calzones y los faldones de mi casaca estaban empapados antes de haber recorrido cien yardas.

El capitán nos hizo equilibrar el bote y logramos mantenerlo un poco más adrizado. Con todo, teníamos miedo hasta de respirar.

En segundo lugar, la marea vaciante tiraba con fuerza: una corriente rápida corría hacia el oeste por la rada y luego hacia el sur y hacia alta mar por el canal por donde habíamos entrado por la mañana. Las mismas rizadas eran un peligro para nuestra embarcación sobrecargada, pero lo peor era que nos desviaba de nuestro verdadero rumbo y nos apartaba de nuestro desembarcadero detrás de la punta. Si dejábamos que la corriente hiciese su capricho iríamos a parar junto a las lanchas, donde los piratas podían aparecer de un momento a otro.

—No puedo gobernar la proa hacia la estacada, señor —le dije al capitán. Yo llevaba el timón mientras él y Redruth, dos hombres de refresco, manejaban los remos—. La marea nos arrastra hacia abajo. ¿Podrían remar con un poco más de brío?

—No sin anegar el bote —dijo él—. Debe usted orzar, señor, si le place; orzar hasta que vea que gana terreno.

Probé y comprobé por experiencia que la corriente nos empujaba hacia el oeste hasta poner la proa derecho al este, es decir, casi en ángulo recto con el rumbo que debíamos seguir.

—Jamás llegaremos a tierra a este paso —dije yo.

—Si es el único rumbo que podemos mantener, debemos mantenerlo —repuso el capitán—. Hay que remontar la corriente. Ya ve usted, señor: si caemos a sotavento del desembarcadero difícil es saber dónde tocaremos tierra, aparte del peligro de ser abordados por las lanchas; mientras que por donde vamos la corriente aflojará y podremos costear luego al abrigo de la orilla.

—La corriente afloja ya, señor —dijo Gray, que iba sentado a proa—; puede usted arribar un poco.

—Gracias, muchacho —dije yo, como si nada hubiese ocurrido, pues todos habíamos resuelto tácitamente tratarlo como a uno de los nuestros.

De pronto el capitán habló de nuevo y me pareció que su voz había mudado un tanto.

—¡El cañón! —dijo.

—He pensado en eso —respondí, seguro de que temía un bombardeo del fortín—. Jamás podrán llevar la pieza a tierra, y aunque lo hicieran nunca podrían arrastrarla por los bosques.

—Mire a popa, doctor —repuso el capitán.

Nos habíamos olvidado por completo de la colisa de a nueve; y allí, para nuestro horror, vimos a los cinco bribones afanados en quitarle la funda de lona embreada bajo la cual iba cubierta. No sólo eso, sino que me vino a la memoria en el mismo instante que las balas y la pólvora del cañón se habían quedado a bordo, y un golpe de hacha bastaría para ponerlo todo en manos de aquellos malvados.

—Israel era el artillero de Flint —dijo Gray con voz ronca.

A todo riesgo pusimos la proa del esquife en derechura al desembarcadero. Para entonces habíamos salido del curso más recio de la corriente de modo que gobernábamos aun con nuestra marcha necesariamente lenta, y pude mantener el rumbo firme hacia el objetivo. Pero lo peor era que con la derrota que llevábamos ofrecíamos el costado en vez de la popa a La Española y presentábamos un blanco grande como la puerta de un pajar.

Podía oír además de ver a aquel bribón de cara de aguardiente, Israel Hands, soltar una bala redonda sobre la cubierta.

—¿Quién es el mejor tirador? —preguntó el capitán.

—El señor Trelawney, con mucho —dije yo.

—Señor Trelawney, ¿tendría la bondad de voltearme a uno de esos hombres? A Hands, si es posible —dijo el capitán.

Trelawney estaba frío como el acero. Examinó el cebo de su fusil.

—¡Cuidado ahora con el arma, señor —gritó el capitán—, o anegará el bote! Que todos se preparen para equilibrarlo cuando apunte.

El caballero alzó el fusil, cesó la boga y nos inclinamos hacia la otra banda para mantener el equilibrio, y todo se hizo con tanta destreza que no embarcamos ni una gota.

Para entonces habían hecho girar la pieza sobre la colisa, y Hands, que se hallaba en la boca con la baqueta, resultaba en consecuencia el más expuesto. No tuvimos suerte, con todo; pues al disparar Trelawney el artillero se agachó, la bala silbó sobre él y fue uno de los otros cuatro quien cayó.

El clamor que soltó fue repetido no sólo por sus compañeros de a bordo sino por un gran número de voces desde la orilla, y al mirar hacia allá vi a los demás piratas salir en tropel de entre los árboles y arrojarse atropelladamente en los botes.

—Ahí vienen las lanchas, señor —dije yo.

—¡Boga larga, pues! —gritó el capitán—. No importa si anegamos el bote ahora. Si no ganamos la orilla, todo está perdido.

—Sólo tripulan una de las lanchas, señor —añadí—; la gente de la otra muy probablemente irá por tierra para cortarnos el paso.

—Tendrán que correr de firme, señor —respondió el capitán—. Marineros en tierra, ya sabe usted. No me preocupan ellos: me preocupa la bala rasera. ¡Un tiro de bolos! La doncella de mi señora no fallaría. Avísenos, caballero, cuando vea arder la mecha y aguantaremos la pala.

Entretanto habíamos ganado terreno a buen paso para una embarcación tan sobrecargada, y apenas habíamos embarcado agua en la maniobra. Estábamos ya muy cerca: treinta o cuarenta paladas y vararíamos en la playa, pues la marea vaciante había descubierto ya una estrecha faja de arena bajo los árboles. La lancha enemiga ya no era temible: la pequeña punta nos la ocultaba a la vista. La marea baja, que tan cruelmente nos había demorado, nos compensaba ahora retrasando a nuestros perseguidores. El único peligro era el cañón.

—Si me atreviese —dijo el capitán— me detendría a derribar a otro hombre.

Pero era evidente que no pensaban demorar el disparo por nada del mundo. Ni siquiera habían mirado a su camarada caído, aunque no estaba muerto y pude verle arrastrarse por la cubierta.

—¡Listo! —gritó el caballero.

—¡Aguanta! —gritó el capitán veloz como un eco.

Y él y Redruth ciaron con un golpe formidable que metió la popa bajo el agua. El estampido estalló en el mismo instante. Este fue el primer cañonazo que oyó Jim, pues el disparo del caballero no había llegado hasta él. Por dónde pasó la bala ninguno de nosotros lo supo con certeza, pero me imagino que debió de volar sobre nuestras cabezas y que el viento de su paso contribuyó a nuestro desastre.

De todos modos el esquife se fue a pique por popa, muy suavemente, en tres pies de agua, dejándonos al capitán y a mí en pie, frente a frente. Los otros tres se dieron una zambullida completa y salieron chorreando y resoplando.

Hasta aquí no hubo gran daño: no se perdieron vidas y pudimos ganar la orilla a pie enjuto. Pero todos nuestros pertrechos quedaron en el fondo, y para empeorar las cosas sólo dos fusiles de los cinco se hallaban en condiciones de servir. El mío lo había arrebatado de las rodillas alzándolo sobre mi cabeza por una especie de instinto. En cuanto al capitán, lo llevaba terciado a la espalda y como hombre prudente con la llave hacia arriba. Los otros tres se habían ido al fondo con el bote.

Para aumentar nuestra inquietud oímos voces que se aproximaban ya por el bosque a lo largo de la orilla, y teníamos no sólo el peligro de quedar aislados de la estacada en nuestro estado maltrecho sino el temor de si Hunter y Joyce, de verse acometidos por media docena de hombres, sabrían mantenerse firmes. Hunter era hombre seguro, bien lo sabíamos; Joyce era caso dudoso: un criado afable y educado para sacudir la ropa, pero de ningún modo hecho para la guerra.

Con todas estas zozobras en el pecho vadeamos hacia la playa con la mayor presteza posible, dejando tras de nosotros el pobre esquife y una buena mitad de nuestra pólvora y provisiones.

XVIII El doctor continúa el relato: fin de la primera jornada de combate

Cruzamos a toda prisa la faja de bosque que nos separaba de la estacada, y a cada paso que dábamos las voces de los bucaneros resonaban más próximas. Pronto pudimos oír sus pisadas al correr y el chasquido de las ramas al abrirse paso entre la espesura.

Comprendí que íbamos a tener una refriega seria y examiné el cebo de mi fusil.

—Capitán —dije—, Trelawney es un tirador certero. Dele su fusil; el suyo no sirve para nada.

Cambiaron las armas, y Trelawney, sereno y frío como desde el principio del alboroto, se detuvo un instante para comprobar que todo estaba en orden. Al mismo tiempo, al ver a Gray desarmado, le entregué mi alfanje. Nos alegró el alma a todos verle escupirse en la mano, fruncir el entrecejo y hacer zumbar la hoja en el aire. Por todas sus trazas era evidente que nuestro nuevo compañero valía su peso en oro.

Cuarenta pasos más allá llegamos al borde del bosque y vimos la empalizada delante de nosotros. Alcanzamos el recinto aproximadamente por mitad del lado sur, y casi al mismo tiempo siete sublevados, con el contramaestre Job Anderson a la cabeza, aparecieron corriendo a grandes voces por la esquina sudoeste.

Fin del Episodio 13 · de 26

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