La isla del tesoro·Episodio 12

La isla del tesoro

~13 min · 2668 palabras

Me hallaba ahora, a lo que parecía, cortado por ambos flancos: detrás de mí los asesinos, delante aquella criatura al acecho. Y al instante comencé a preferir los peligros conocidos a los desconocidos. El propio Silver parecía menos terrible en comparación con aquel ser de los bosques, y di media vuelta, mirando recelosamente sobre el hombro mientras desandaba mis pasos en dirección a los botes.

Al instante la figura reapareció y dando un amplio rodeo empezó a cortarme el paso. Estaba cansado de todos modos; pero aunque hubiese estado tan descansado como al levantarme, comprendí que sería inútil disputar en carrera con semejante adversario. De tronco en tronco la criatura volaba como un ciervo, corriendo sobre dos piernas como un hombre, pero a diferencia de cualquier hombre que jamás hubiese visto, doblando el espinazo casi en dos al correr. Con todo, era un hombre: de eso ya no cabía duda alguna.

Empecé a recordar lo que había oído de los caníbales. Estuve a punto de pedir socorro a gritos. Pero el simple hecho de que fuese un ser humano, por salvaje que pareciese, me tranquilizó un poco y mi temor a Silver revivió en la misma medida. Me detuve, por tanto, buscando algún medio de escape; y mientras cavilaba, me vino a la mente el recuerdo de mi pistola. En cuanto recordé que no me hallaba desarmado, el valor renació en mi pecho y encaré con resolución a aquel hombre de la isla, caminando a paso vivo hacia él.

Se había ocultado para entonces detrás de otro tronco; pero debía de estar vigilándome con atención, pues apenas empecé a avanzar en su dirección reapareció y dio un paso a mi encuentro. Luego vaciló, retrocedió, avanzó otra vez y al fin, para mi asombro y desconcierto, cayó de rodillas y me tendió las manos suplicantes.

Ante aquello volví a detenerme.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Ben Gunn —respondió con una voz ronca y desapacible como una cerradura mohosa—. Soy el pobre Ben Gunn, sí, señor; y hace tres años que no hablo con un cristiano.

Pude ver entonces que era un hombre blanco como yo y que sus facciones no carecían de gracia. Su piel, allí donde quedaba al descubierto, estaba requemada por el sol; hasta los labios se le habían vuelto negros y sus ojos claros causaban una extraña impresión en un rostro tan atezado. De todos los mendigos que había visto o imaginado, era el rey indiscutible de los harapos. Vestía jirones de lona vieja de barco y de paño marinero, y todo aquel extraordinario remiendo se sostenía por medio de los cierres más varios e inverosímiles: botones de latón, palitroques y vueltas de jarcia embreada. Alrededor del cinto llevaba una vieja correa de cuero con hebilla de latón, lo único sólido de toda su indumentaria.

—¡Tres años! —exclamé—. ¿Naufragaste?

—No, camarada —dijo—; me abandonaron aquí.

Había oído aquella palabra y sabía que correspondía a un castigo horrible muy frecuente entre los bucaneros, por el cual el culpable es abandonado en tierra con un poco de pólvora y munición en alguna isla desierta y remota.

—Me abandonaron aquí hace tres años —prosiguió—, y desde entonces he vivido de cabras, bayas y ostras. Dondequiera que se encuentre un hombre, digo yo, siempre puede arreglárselas solo. Pero, camarada, se me parte el corazón por probar comida de cristianos. ¿No llevarás por casualidad un pedazo de queso encima? ¿No? ¡Ay, cuántas noches he soñado con queso... tostado sobre todo... y al despertar me he encontrado aquí!

—Si vuelvo a subir a bordo de mi barco —dije yo—, tendrás queso por arrobas.

Durante todo este tiempo había estado tocando el paño de mi casaca, acariciándome las manos, mirándome las botas y mostrando, en las pausas de su conversación, el regocijo infantil de verse en compañía de un semejante. Pero ante mis últimas palabras se puso en guardia con una especie de suspicacia inquieta.

—¿Dices que si vuelves a bordo? —repitió—. ¿Y quién va a impedírtelo?

—Tú no, ya lo sé —le contesté.

—Y muy bien que haces —exclamó—. Y tú... ¿cómo te llamas, camarada?

—Jim —le dije.

—Jim, Jim —repitió muy complacido al parecer—. Pues bien, Jim: he vivido tan miserablemente que te daría vergüenza saberlo. Por ejemplo, al mirarme, ¿creerías que tuve una madre piadosa? —preguntó.

—La verdad, no especialmente —respondí.

—¡Ah, pues la tuve! Muy piadosa. Y yo era un muchacho dócil y cristiano, que soltaba el catecismo tan de prisa que no se distinguía una palabra de otra. ¡Y mira en qué ha venido a parar, Jim! ¡Y todo empezó por jugar a los cuartos sobre las santas lápidas del cementerio! Por ahí empezó la cosa, pero fue mucho más allá; ¡y mi madre me lo dijo y lo profetizó todo, aquella santa mujer! Pero la Providencia me trajo aquí. Lo he pensado todo en esta isla solitaria y he vuelto a la piedad. Ya no me pillarás bebiendo mucho ron; un dedal para la buena suerte, nada más, a la primera ocasión. Me he propuesto ser bueno y sé cómo lograrlo. Y, Jim —miró a su alrededor y bajó la voz a un susurro—: soy rico.

Me convencí entonces de que el pobre infeliz se había vuelto loco en su soledad, y debí de demostrarlo en el semblante, pues repitió la afirmación con vehemencia: «¡Rico, rico, digo yo! Y te diré una cosa: haré de ti un hombre de provecho, Jim. ¡Ah, Jim, bendecirás tu suerte de haber sido el primero en topar conmigo!».

Y en aquel momento una sombra sombría cubrió de pronto su rostro, apretó su presa sobre mi mano y levantó un dedo amenazador ante mis ojos.

—Dime la verdad, Jim: ¿no será ese el navío de Flint? —preguntó.

Tuve entonces una feliz inspiración. Empecé a sospechar que había hallado un aliado y le contesté al instante:

—No es el barco de Flint y Flint ha muerto; pero te diré la verdad, puesto que me la preguntas: a bordo van algunos de los hombres de Flint, para desgracia de todos nosotros.

—¿No irá... un hombre... de una... sola pierna? —balbuceó con espanto.

—¿Silver? —pregunté.

—¡Ah, Silver! —dijo—. Ese era su nombre.

—Es el cocinero y el cabecilla de los suyos.

Me tenía todavía agarrado de la muñeca y me dio un fuerte apretón.

—Si te ha enviado John el Largo —dijo—, soy hombre muerto y bien lo sé. Pero ¿dónde te crees que estás?

Tomé una resolución en el acto y por toda respuesta le referí la historia completa de nuestra travesía y el aprieto en que nos encontrábamos. Me escuchó con el más vivo interés, y cuando hube concluido me pasó la mano por la cabeza.

—Eres un buen muchacho, Jim —dijo—; y están todos ustedes bien cogidos en un lazo, ¿verdad? Pues bien, confía en Ben Gunn: Ben Gunn es el hombre que necesitan. ¿Crees tú que tu señor armador se portaría con generosidad en caso de recibir ayuda, hallándose en tan mal trance como dices?

Le aseguré que el caballero era el hombre más desprendido del mundo.

—Ya, pero verás —repuso Ben Gunn—: no me refiero a que me ponga de portero en una cancela con una librea y esas cosas; ese no es mi rumbo, Jim. Lo que quiero decir es si se estiraría hasta soltar, pongamos por caso, unas mil libras de un dinero que es ya casi de uno.

—Estoy seguro de que sí —dije yo—. De todos modos la tripulación entera iba a tener parte.

—¿Y pasaje de regreso a casa? —añadió con una mirada de profunda astucia.

—¡Pero hombre! —exclamé—. El caballero es todo un caballero. Y además, si nos deshacemos de los otros, necesitaremos tu ayuda para gobernar el buque de vuelta.

—¡Ah! —dijo él—. Muy cierto —y pareció aliviarse grandemente.

—Ahora te diré una cosa —prosiguió—. Te diré esto y nada más. Yo iba a bordo del buque de Flint cuando enterró el tesoro: él y seis marineros más... seis hombres fornidos. Estuvieron en tierra cerca de una semana y nosotros manteníamos la capa en el viejo Walrus. Un buen día subió la señal y llegó Flint solo en un bote pequeño, con la cabeza vendada con un pañuelo azul. El sol se levantaba y venía blanco como la cera por la roda. Pero allí estaba él, fíjate bien, y los seis muertos... muertos y enterrados. Cómo se las arregló, ni un solo hombre a bordo lo supo jamás. Fue combate, degüello y muerte repentina, cuando menos: él solo contra seis. Billy Bones era el segundo; John el Largo era el intendente; y le preguntaron dónde estaba el tesoro. «¡Ah! —dijo él—; podéis bajar a tierra si gustáis y quedaros allí; pero el navío se va a buscar más, ¡por vida mía!». Eso fue lo que dijo.

—Pues bien: tres años atrás venía yo en otro barco y avistamos esta isla. «Muchachos —les dije—, aquí está el tesoro de Flint; desembarquemos y busquémoslo». El capitán se enfadó con aquello, pero mis compañeros estuvieron todos conformes y saltaron a tierra. Doce días anduvieron buscándolo, y cada día tenían peores palabras para mí, hasta que una hermosa mañana toda la gente se fue a bordo. «En cuanto a ti, Benjamín Gunn —me dijeron—, aquí tienes una escopeta, una pala y un pico. Puedes quedarte aquí y buscarte el dinero de Flint tú solo».

—Pues bien, Jim: tres años llevo aquí sin probar bocado de cristiano desde aquel día hasta hoy. Pero mírame bien: fíjate en mí. ¿Tengo yo aspecto de marinero de proa? No, dices tú. Y no lo era tampoco, digo yo.

Y con esto me guiñó un ojo y me dio un fuerte pellizco.

—Tú repítele estas mismas palabras a tu señor armador, Jim —prosiguió—. «Y no lo era tampoco», esas son las palabras. Tres años ha sido el amo de esta isla, de día y de noche, con sol y con lluvia; y a veces pensaba tal vez en una oración (dirás tú), y a veces se acordaba de su anciana madre, si es que vive todavía (dirás); pero la mayor parte del tiempo de Gunn (esto es lo que dirás)... la mayor parte de su tiempo se le fue en otro asunto. Y entonces le das un pellizco, como yo a ti.

Y me volvió a pellizcar de la manera más confidencial.

—Luego —continuó— te pondrás en pie y dirás esto: «Gunn es un hombre de bien (dirás) y pone mucha más confianza... muchísima más confianza, fíjese bien, en un caballero de cuna que en estos caballeros de fortuna, habiendo sido él mismo uno de ellos».

—Bueno —dije yo—, no entiendo una sola palabra de lo que estás diciendo. Pero eso no viene al caso ahora; ¿cómo voy a volver a bordo?

—¡Ah! —dijo él—, esa es la dificultad, ciertamente. Pues bien, tengo mi bote, hecho con mis propias manos; lo guardo debajo de la peña blanca. Si las cosas se ponen feas, podríamos probarlo al anochecer. ¡Eh! —exclamó interrumpiéndose—. ¿Qué es eso?

Pues en aquel preciso instante, aunque al sol le quedaban todavía una o dos horas de curso, todos los ecos de la isla despertaron y retumbaron con el trueno formidable de un cañón.

—¡Han empezado a combatir! —grité—. ¡Sígueme!

Y eché a correr hacia el fondeadero, olvidados todos mis temores, mientras a mi lado el náufrago trotapa ligera y ágilmente cubierto con sus pieles de cabra.

—A la izquierda, a la izquierda —decía—; ¡tira a la izquierda, camarada Jim! ¡Por debajo de los árboles! Ahí maté mi primera cabra. Ya no bajan por aquí: se han encaramado a los riscos por miedo a Benjamín Gunn. ¡Ah! Y ahí está el sementerio —cementerio quiso decir—. ¿Ves los montículos? Aquí venía a rezar de vez en cuando, cuando me parecía que tocaba ser domingo. No era una capilla ciertamente, pero parecía cosa solemne; y además, dirás tú, Ben Gunn andaba escaso de medios: sin capellán y ni siquiera con una Biblia ni una bandera, dirás tú.

Así continuó hablando mientras yo corría, sin esperar ni recibir respuesta alguna.

Al cañonazo siguió, tras un intervalo considerable, una descarga cerrada de fusilería.

Hubo otra pausa, y luego, a menos de un cuarto de milla ante mis ojos, divisé la bandera británica flameando en el aire sobre una arboleda.

CUARTA PARTE La estacada

XVI El doctor continúa el relato: cómo se abandonó el barco

Sería aproximadamente la una y media —las tres campanadas en lenguaje marinero— cuando los dos botes de La Española salieron hacia tierra. El capitán, el caballero y yo deliberábamos en la cámara sobre nuestra situación. De haber habido un soplo de viento nos habríamos echado sobre los seis sublevados que quedaron a bordo con nosotros, habríamos zarpado y ganado alta mar. Pero faltaba el viento; y para colmo de males bajó Hunter con la noticia de que Jim Hawkins se había deslizado en un bote y marchado a tierra con los demás.

Jamás se nos ocurrió dudar de Jim Hawkins, pero temíamos por su vida. Con los marineros en la disposición de ánimo en que andaban, parecía dudoso que volviésemos a ver al muchacho con vida. Subimos corriendo a cubierta. La brea bullía en las costuras; el hedor nauseabundo del paraje me revolvía el estómago; si alguna vez hubo un sitio que oliese a fiebres y disentería, era aquel fondeadero pestilente. Los seis granujas se hallaban sentados refunfuñando bajo un toldo en el castillo de proa; en tierra divisábamos las lanchas amarradas y a un hombre sentado en cada una, cerca de donde desemboca el riachuelo. Uno de ellos silbaba una tonadilla marinera.

La espera se hacía insoportable, y se resolvió que Hunter y yo bajásemos a tierra en el esquife en busca de noticias.

Las lanchas habían derivado a la derecha, pero Hunter y yo bogamos en derechura hacia la estacada señalada en la carta náutica. Los dos guardianes de los botes parecieron alarmarse con nuestra presencia; el silbido cesó y pude verlos deliberar sobre lo que debían hacer. De haber ido a avisar a Silver todo habría salido de modo diferente; pero tenían órdenes, según supongo, y prefirieron quedarse quietos en sus puestos y reanudar la tonadilla.

Había un pequeño recodo en la costa y goberné de suerte que quedase interpuesto entre nosotros; de modo que antes de saltar a tierra los perdimos de vista. Salté a la orilla y eché a andar tan aprisa como me atreví, con un gran pañuelo de seda bajo el sombrero para mitigar el calor y un par de pistolas amartilladas por precaución.

No había andado cien yardas cuando llegué a la estacada.

El paraje estaba dispuesto de la siguiente manera: un manantial de agua pura brotaba casi en la cumbre de una loma. Pues bien, sobre la loma y cercando el manantial habían levantado un sólido fortín de troncos capaz de albergar a dos veintenas de personas en caso de aprieto, con aspilleras para fusilería en todos sus costados. Alrededor habían talado un amplio espacio despejado, y el conjunto quedaba cerrado por una empalizada de seis pies de altura, sin puerta ni portillo, demasiado recia para ser derribada sin tiempo y fatiga y demasiado abierta para ofrecer abrigo a los asaltantes. Los defensores del fortín tenían todas las ventajas: podían mantenerse al amparo de los leños y disparar sobre los asaltantes como sobre perdices. No necesitaban más que buena vigilia y víveres; pues a no ser por sorpresa completa, habrían podido sostener la plaza contra un regimiento.

Lo que más me sedujo fue el manantial. Pues aunque estábamos bastante bien provistos en la cámara de La Española, con abundantes armas, municiones, vituallas y vinos excelentes, habíamos descuidado un detalle capital: no teníamos agua. Me hallaba cavilando sobre esto cuando resonó por la isla el grito desgarrador de un moribundo. No era yo nuevo ante la muerte violenta —había servido a Su Alteza Real el duque de Cumberland y recibido una herida en Fontenoy—; pero confieso que el pulso me dio un vuelco en el pecho. «Jim Hawkins ha muerto», fue mi primer pensamiento.

Fin del Episodio 12 · de 26

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