La isla del tesoro
~14 min · 2772 palabras
De todos los rasgos sombríos de aquella tarde triste, esta manifiesta zozobra por parte de John el Largo parecía el peor con mucho.
Celebramos consejo en la cámara.
—Señor mío —dijo el capitán—, si me arriesgo a dar otra orden, el buque entero se nos vendrá encima en un segundo. Ya ve usted, señor, cuál es la situación: me responden con insolencia, ¿no es verdad? Pues bien, si replico, los chuzos volarán en dos brincos; si me callo, Silver comprenderá que abrigamos sospechas y la partida estará perdida. Ahora bien, sólo nos queda un hombre en quien confiar.
—¿Y quién es ese hombre? —preguntó el caballero.
—Silver, señor —respondió el capitán—; tiene tanto empeño como usted y yo en sofocar el conflicto. Esto no es más que una disputa pasajera; pronto los convencería si tuviese ocasión de hablarles a solas, y lo que propongo es brindarle esa ocasión. Permitamos a los hombres pasar la tarde en tierra firme. Si se van todos, nos quedamos con el buque y pelearemos. Si no se va ninguno, pues bien, mantendremos la cámara y Dios defienda la causa justa. Si se van algunos, créame, señor, que Silver los traerá de vuelta a bordo mansos como corderos.
Así se decidió: se repartieron pistolas cargadas a todos los hombres leales; Hunter, Joyce y Redruth fueron puestos al corriente de la situación y acogieron la noticia con menos asombro y con mejor espíritu del que habíamos esperado; y acto seguido el capitán subió a cubierta y se dirigió a la tripulación.
—Muchachos —dijo—, hemos tenido un día sofocante y todos estamos cansados y de mal talante. Una vuelta por tierra firme a nadie le vendrá mal: los botes están todavía en el agua; pueden tomar las lanchas y cuantos gusten bajar a tierra durante la tarde. Dispararé un cañonazo media hora antes de ponerse el sol.
Creo que aquellos necios debieron de figurarse que iban a tropezar con el tesoro al poner el pie en la arena, pues se les quitaron los humos de repente y prorrumpieron en un viva tan atronador que despertó el eco en una colina lejana y espantó una vez más a las aves, que revolotearon chillando en torno al fondeadero.
El capitán era demasiado listo para estorbar. Desapareció de la vista en un santiamén, dejando que Silver organizase la partida, y creo que hizo muy bien en retirarse. De haberse quedado en cubierta, ni siquiera habría podido fingir que ignoraba la situación. Todo estaba claro como la luz del sol. Silver era el verdadero capitán, y mandaba a una marinería harto levantisca. Los hombres de bien —y pronto pude comprobar que los había a bordo— debían de ser gente muy ruda y simple. O más bien, según supongo, la verdad era esta: que todos se hallaban desmoralizados por el mal ejemplo de los cabecillas, unos más, otros menos; y algunos, siendo en el fondo buenos muchachos, no se dejaban arrastrar más allá de cierto límite. Una cosa es holgazanear y escurrir el bulto, y otra muy distinta apoderarse de un navío y asesinar a hombres inocentes.
Al cabo, con todo, la expedición quedó dispuesta. Seis marineros permanecerían a bordo, y los trece restantes, incluido Silver, empezaron a embarcarse.
Fue entonces cuando cruzó por mi mollera la primera de las locas ocurrencias que tanto contribuyeron después a salvarnos la vida. Si Silver dejaba a seis hombres a bordo, era evidente que los nuestros no podían tomar el barco ni defenderlo con ventaja; y puesto que sólo quedaban seis marineros de guardia, era igualmente obvio que la gente de la cámara no precisaba por el momento de mi auxilio. Se me antojó de pronto bajar a tierra. En un abrir y cerrar de ojos me deslicé por la borda y me agazapé en la proa del bote más próximo, y casi en el mismo instante la embarcación se despegó del costado.
Nadie reparó en mí, fuera del remero de proa, que me dijo en voz baja: «¿Eres tú, Jim? Agacha la cabeza». Pero Silver, desde el otro bote, miró atentamente hacia nosotros y preguntó a gritos si era yo; y desde aquel momento empecé a lamentar amargamente lo que había hecho.
Las dos tripulaciones bogaron a porfía hacia la playa; pero el bote en que yo iba, habiendo salido con alguna ventaja y siendo a la vez más ligero y mejor tripulado, tomó la delantera a su compañero, y la proa dio contra los árboles de la orilla y me agarré a una rama, descolgándome y zambulléndome en la espesura más próxima, mientras Silver y los suyos se hallaban todavía a cien yardas detrás.
—¡Jim! ¡Jim! —le oí gritar.
Pero bien podéis suponer que no le hice ningún caso; saltando, agachándome y abriéndome paso entre las ramas, corrí derecho ante mi nariz hasta no poder más de fatiga.
XIV El primer golpe
Estaba tan contento de haberme escabullido de John el Largo que empecé a regocijarme y a mirar a mi alrededor con vivo interés aquella tierra extraña donde me hallaba.
Había cruzado un trecho cenagoso cubierto de sauces, espadañas y árboles extraños de pantano; y salía ahora al borde de una llanura abierta, ondulada y arenosa, de una milla de largo, salpicada de algunos pinos y de un gran número de árboles retorcidos, semejantes en su porte al roble, pero de follaje pálido como el de los sauces. Al otro lado de aquel descampado se alzaba una de las colinas, con dos picachos abruptos que relucían vivamente al sol.
Sentí entonces por primera vez el placer de la exploración. La isla estaba desierta; a mis compañeros de a bordo los había dejado atrás, y ante mí no vivían más que animales mudos y aves silvestres. Iba de un lado a otro entre la arboleda. Aquí y allá brotaban plantas desconocidas cubiertas de flores; de trecho en trecho veía culebras, y una de ellas levantó la cabeza sobre una cornisa de roca y me silbó con un chasquido parecido al de un trompo al girar. Poco me imaginaba yo que era una enemiga mortal y que aquel ruido era su célebre cascabel.
Llegué luego a un extenso matorral de aquellos árboles parecidos a encinas —robles marítimos o encinas verdes supe más tarde que se llamaban— que crecían achaparrados a ras de arena como zarzales, con las ramas caprichosamente retorcidas y la fronda espesa como un tejado de bálago. La espesura descendía desde lo alto de una de las lomas arenosas, ensanchándose y haciéndose más alta a medida que bajaba, hasta tocar la orilla del ancho tremedal cubierto de cañas por el cual el más próximo de los riachuelos se abría camino hacia el fondeadero. El cenagal humeaba bajo el sol abrasador, y la silueta de El Catalejo temblaba a través de la calina.
De repente se produjo una especie de alboroto entre las espadañas; un pato silvestre alzó el vuelo graznando, otro le siguió, y pronto una gran nube de pájaros revoloteó chillando en círculos por el aire sobre toda la superficie del pantano. Comprendí al instante que algunos de mis compañeros de barco debían de acercarse por la linde del cenagal. Y no me equivoqué, pues en seguida percibí las notas lejanas y apagadas de una voz humana que, a medida que aguzaba el oído, fue haciéndose más sonora y próxima.
Esto me infundió un pavor tremendo, y arrastrándome bajo la protección de la encina más cercana me acurruqué allí, escuchando con el sigilo de un ratón.
Otra voz respondió, y luego la primera, en la que reconocí al punto la de Silver, reanudó la plática y continuó hablando largo rato sin parar, interrumpida sólo de trecho en trecho por su interlocutor. A juzgar por el tono debían de estar hablando con vehemencia y casi con enojo; pero ninguna palabra clara llegaba hasta mi escondite.
Al cabo pareció que los dos hombres se detenían y acaso se sentaban, pues no sólo dejaron de aproximarse, sino que las propias aves comenzaron a calmarse y a descender de nuevo a sus posaderos en el pantano.
Empecé entonces a considerar que estaba desatendiendo mi obligación, y que puesto que había cometido la temeridad de desembarcar con aquellos forajidos, lo menos que podía hacer era enterarme de sus proyectos; de suerte que mi deber más llano y evidente consistía en acercarme cuanto pudiese al amparo de las ramas.
Podía determinar con bastante exactitud la dirección de los dos hombres, no sólo por el sonido de sus voces, sino por la conducta de algunas aves que todavía aleteaban alarmadas sobre sus cabezas.
Gateando sobre manos y rodillas me encaminé lenta y resueltamente hacia ellos, hasta que al fin, asomando la cabeza por un hueco entre las hojas, pude divisar una cañada verde junto a la marisma, rodeada de espesos árboles, donde John Silver el Largo y otro marinero de la tripulación conversaban frente a frente.
El sol caía de plano sobre ellos. Silver había arrojado su sombrero al suelo a su lado, y su cara ancha, rubicunda y reluciente de sudor se volvía hacia la del otro en ademán suplicante.
—Camarada —le decía—, ¡si te hablo así es porque vales para mí oro en polvo, oro en polvo, puedes estar seguro! Si no te hubiese cobrado afecto como la pez al madero, ¿crees tú que estaría aquí advirtiéndote del peligro? Todo está perdido: no puedes evitarlo ni remediarlo; te hablo para salvarte el pescuezo, y si alguno de los más fieros lo supiese, ¿dónde me metería yo, Tom? Dime, ¿dónde iría a parar?
—Silver —dijo el otro marinero, y observé que no sólo tenía el rostro encendido sino que hablaba con voz ronca como un cuervo y temblorosa como una maroma tirante—: Silver, eres viejo, y eres honrado o al menos tienes fama de serlo; tienes dinero además, cosa que pocos pobres marineros poseen; y tienes valor, a menos que me equivoque. ¿Y vas a decirme que te dejas arrastrar por esa cuadrilla de pelafustanes? ¡Tú no! Tan cierto como que Dios me ve, antes me cortaría la mano. Si falto a mi deber...
Y en aquel momento fue interrumpido de improviso por un rumor. Había encontrado a uno de los hombres honrados; pues bien, allí mismo, en aquel instante, llegaban noticias de otro. Muy lejos, en el pantano, resonó de repente un grito furioso, seguido de otro casi al instante; y luego un alarido horrendo, desgarrador y prolongado. Los peñascos de El Catalejo lo repitieron veinte veces en sus ecos; toda la bandada de aves de la marisma se alzó de nuevo ensombreciendo el cielo con un zumbido unánime; y mucho después de que aquel clamor de muerte siguiese zumbando en mis oídos, el silencio recobró su imperio y sólo el rumor de los pájaros que descendían y el bramido lejano de la resaca turbaron la quietud de la tarde.
Tom había dado un brinco al oír aquel clamor, como un caballo espoleado; pero Silver ni pestañeó. Permaneció donde estaba, apoyado suavemente en su muleta, observando a su compañero como una serpiente a punto de arrojarse sobre su presa.
—¡John! —exclamó el marinero alargando la mano.
—¡Atrás! —gritó Silver, dando un salto hacia atrás de una vara, con la presteza y firmeza de un gimnasta profesional.
—Atrás, si te place, John Silver —dijo el otro—. Una mala conciencia es lo que te hace temerme. Pero ¡por el cielo!, dime: ¿qué ha sido eso?
—¿Eso? —repuso Silver sonriendo, pero más cauto que nunca, con sus ojos como dos puntos de alfiler en su carota, brillando como un fragmento de vidrio—. ¿Eso? ¡Bah!, me figuro que habrá sido Alan.
Y en aquel trance el bravo Tom se alzó con grandeza heroica.
—¡Alan! —gritó—. ¡Que Dios tenga en su gloria su alma de honrado marinero! Y en cuanto a ti, John Silver, mucho tiempo has sido compañero mío, ¡pero ya no lo eres más! Aunque muera como un perro moriré cumpliendo con mi deber. Habéis asesinado a Alan, ¿verdad? Mátame a mí también si puedes. ¡Pero yo te desafío!
Y dicho esto, aquel valiente dio resueltamente la espalda al cocinero y echó a andar hacia la orilla. Pero no estaba destinado a ir muy lejos. Con un alarido de furia, John se agarró a la rama de un árbol, sacó la muleta del sobaco y arrojó aquel proyectil extraño silbando por el aire. Dio al pobre Tom de punta y con violencia formidable en mitad de la espalda, entre los omóplatos. Levantó los brazos al aire, soltó una especie de jadeo y cayó tendido.
Si quedó malherido o sólo contuso nadie pudo saberlo jamás. Muy probable es, a juzgar por el golpe seco, que se partiese la espina dorsal en el acto. Pero no tuvo tiempo de recobrarse. Silver, ágil como un mono aun sin pierna ni muleta, se echó encima de él en un segundo y le hundió dos veces el cuchillo hasta la empuñadura en aquel cuerpo indefenso. Desde mi escondite le oí jadear con fuerza a cada puñalada.
No sé con certeza lo que es un desmayo, pero sé muy bien que durante los instantes que siguieron el mundo entero se desvaneció ante mis ojos en una niebla vertiginosa: Silver, los pájaros y la alta cima de El Catalejo giraban en remolino y patas arriba ante mi vista, con toda clase de campanas doblando y voces lejanas sonando en mis oídos.
Cuando volví en mí, el monstruo se había recobrado, con la muleta bajo el brazo y el sombrero en la cabeza. Ante él yacía Tom inmóvil sobre la hierba; pero el asesino no le prestaba la menor atención, limpiando la hoja ensangrentada de su cuchillo en un mechón de hierba. Todo lo demás seguía inmutable: el sol caía implacable sobre el pantano humeante y el agudo peñasco de la cumbre, y apenas lograba persuadirme de que allí acababa de cometerse un asesinato y de que una vida humana había sido segada con crueldad ante mis propios ojos hacía un instante.
Entonces John metió la mano en el bolsillo, sacó un silbato y lanzó varios toques modulados que resonaron a lo lejos por el aire caluroso. Yo ignoraba, por descontado, el significado de la señal, pero al instante despertó mis temores. Iban a acudir más forajidos. Podían descubrirme. Ya habían dado muerte a dos de los hombres honrados; después de Tom y Alan, ¿no me tocaría a mí el turno?
Al punto empecé a retroceder y a arrastrarme, con cuanta presteza y cautela me fue posible, hacia la parte más despejada del bosque. Mientras lo hacía, oí gritos de llamada que iban y venían entre el viejo bucanero y sus secuaces, y aquel rumor de peligro me prestó alas. Apenas me vi libre de la maleza eché a correr como jamás había corrido en mi vida, sin cuidarme del rumbo de mi fuga con tal de alejarme de los asesinos; y a medida que corría el terror crecía en mi ánimo hasta convertirse en un frenesí desesperado.
A decir verdad, ¿cabía imaginar a nadie más perdido que yo? Al sonar el cañonazo, ¿cómo me atrevería a bajar a los botes entre aquellos malvados, calientes todavía por su crimen? ¿Acaso el primero que me viese no me retorcería el pescuezo como a una agachadiza? Mi propia ausencia, ¿no sería para ellos una prueba evidente de mi zozobra y por ende de que lo sabía todo? Todo había concluido, pensaba yo. ¡Adiós a La Española; adiós al caballero, al doctor y al capitán! No me quedaba otra alternativa que morir de inanición o perecer a manos de los sublevados.
Todo este tiempo, según digo, continuaba corriendo, y sin darme cuenta me había acercado al pie de la pequeña colina de los dos picachos y me hallaba en una parte de la isla donde las encinas crecían más espaciadas y parecían más semejantes a verdaderos árboles de bosque por su porte y dimensiones. Mezclados con ellas se alzaban algunos pinos dispersos, de cincuenta a setenta pies de altura. El aire olía también con mucha más frescura que allá abajo junto al cenagal.
Y aquí una nueva alarma me detuvo en seco con el corazón palpitante.
XV El hombre de la isla
De la ladera de la colina, que era allí empinada y pedregosa, se desprendió una cascada de grava que bajó rodando y rebotando entre los árboles. Mis ojos se volvieron instintivamente hacia aquel paraje y vi una figura saltar con suma rapidez tras el tronco de un pino. Qué fuese, si oso, hombre o mono, de ningún modo podía saberlo. Parecía oscura y peluda; nada más pude colegir. Pero el terror de aquella nueva aparición me clavó inmóvil en el sitio.
Fin del Episodio 11 · de 26
La isla del tesoro
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.