La isla del tesoro
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Todo esto lo vi casi como en sueños, pues no me había repuesto aún de mi horrible espanto de unos minutos antes. Y entonces oí la voz del capitán Smollett impartiendo órdenes. La Española se ciñó un par de cuartas más al viento y puso un rumbo que libraría la isla por el este.
—Y ahora, muchachos —dijo el capitán cuando todo estuvo afirmado—, ¿ha visto alguno de ustedes esa tierra que tenemos por delante?
—Yo sí, señor —respondió Silver—. Hice aguada allí en un mercante en el que iba de cocinero.
—El fondeadero está al sur, detrás de un islote, según creo, ¿no es así? —preguntó el capitán.
—Sí, señor; la llaman la Isla del Esqueleto. Fue fondeadero habitual de piratas en otro tiempo, y un camarada que llevábamos a bordo se sabía todos los nombres que le daban. A esa colina del norte la llaman el Monte del Trinquete; son tres colinas en hilera hacia el sur: trinquete, mayor y mesana, señor. Pero a la mayor —esa grande con la nube encima— la llaman por lo común El Catalejo, por causa de la vigía que ponían cuando limpiaban fondos en el fondeadero, pues allí limpiaban sus navíos, con perdón de usted.
—Tengo aquí una carta náutica —dijo el capitán Smollett—. Mira a ver si es ese el paraje.
Los ojos de John el Largo centellearon en su cabeza al tomar el mapa; pero por el aspecto flamante del papel supe que estaba condenado a sufrir un desengaño. Aquel no era el mapa hallado en el cofre de Billy Bones, sino una copia exacta, completa en todos sus detalles —nombres, alturas y sondas— con la sola excepción de las cruces encarnadas y las notas manuscritas. Por agudo que debió de ser su despecho, Silver tuvo la serenidad de ocultarlo.
—Sí, señor —dijo—; este es el sitio, sin duda, y trazado con mucha pulcritud. ¿Quién habrá sido el dibujante? Los piratas eran demasiado ignorantes, digo yo. Sí, aquí está: «Fondeadero del capitán Kidd», exactamente como le llamaba mi camarada. Hay una fuerte corriente que corre hacia el sur y luego vira al norte a lo largo de la costa occidental. Muy acertado anduvo usted, señor —añadió—, al ceñirse al viento y ganar el barlovento de la isla. Al menos si su intención es entrar y dar carena, y no hay mejor sitio para eso en todas estas aguas.
—Gracias, buen hombre —dijo el capitán Smollett—. Más adelante te pediré ayuda. Puedes retirarte.
Me asombró la sangre fría con que John reconoció sus noticias de la isla, y confieso que me asusté bastante al verle acercarse a mí. Él no sabía, por descontado, que yo había escuchado su plática desde el barril de manzanas, y sin embargo le había cobrado ya tal horror a su crueldad, doblez y poderío que apenas pude disimular un estremecimiento cuando me puso la mano sobre el brazo.
—¡Ah! —dijo—, este sí que es un rincón delicioso, esta isla: un paraje magnífico para que un mozo salte a tierra. Te bañarás, te encaramarás a los árboles, cazarás cabras, sí, señor; y subirás a esas colinas como una cabra tú mismo. ¡Vaya si esto me hace sentir joven otra vez! A punto estaba de olvidar mi pata de palo. Es cosa placentera ser joven y tener diez dedos en los pies, puedes jurarlo. Cuando quieras dar una vuelta de exploración avisa al viejo John, y te preparará un bocado para que lo lleves contigo.
Y dándome una palmada amistosa en el hombro, se marchó cojeando hacia proa y bajó a su rancho.
El capitán Smollett, el caballero y el doctor Livesey conversaban juntos en el alcázar, y por vivos que fuesen mis deseos de contarles mi historia, no me atreví a interrumpirlos abiertamente. Mientras cavilaba en busca de algún pretexto verosímil, el doctor Livesey me llamó a su lado. Se había dejado la pipa abajo, y esclavo del tabaco como era, quería que bajase a buscársela; pero en cuanto estuve lo bastante cerca para hablar sin ser oído, solté de golpe: «Doctor, déjeme hablar. Haga que el capitán y el caballero bajen a la cámara y luego busque cualquier pretexto para llamarme. Traigo noticias espantosas».
El doctor mudó un tanto de semblante, pero al instante recobró su serenidad.
—Gracias, Jim —dijo en voz bastante alta—; era todo cuanto deseaba saber —como si me hubiese hecho una pregunta.
Y con eso dio media vuelta y volvió con los otros dos. Hablaron unos momentos en voz baja, y aunque ninguno de ellos dio un respingo, ni alzó la voz, ni silbó siquiera, fue evidente que el doctor Livesey les había transmitido mi aviso; pues lo siguiente que oí fue al capitán dando una orden a Job Anderson, y se tocó a llamada general de toda la tripulación.
—Muchachos —dijo el capitán Smollett—, tengo una palabra que decirles. Esta tierra que hemos avistado es el destino de nuestro viaje. El señor Trelawney, que es un caballero sumamente generoso según todos sabemos, acaba de preguntarme por su comportamiento, y como he podido asegurarle que todos a bordo han cumplido con su deber, arriba y abajo, como jamás pediría verlo mejor hecho, pues bien, él, yo y el doctor vamos a bajar a la cámara a brindar por la salud y la buena fortuna de USTEDES, y se les servirá una ración de grog para que brinden por la salud y la buena fortuna de NOSOTROS. Les diré lo que opino de esto: lo encuentro magnífico. Y si opinan como yo, darán un buen viva marinero por el caballero que lo dispone.
Siguió una aclamación general, como era natural; pero resonó tan llena y entusiasta que confieso que apenas podía creer que aquellos mismos hombres estuviesen tramando derramar nuestra sangre.
—¡Otro viva por el capitán Smollett! —gritó John el Largo cuando se apagó el primero.
Y este se dio también con redoblado ardor.
Acto seguido los tres caballeros bajaron a la cámara, y poco después llegó orden a proa de que Jim Hawkins se presentase abajo.
Los hallé a los tres sentados alrededor de la mesa, con una botella de vino español y pasas delante, y el médico fumando afanosamente con la peluca sobre las rodillas, lo cual era señal cierta de que se hallaba agitado. La ventana de popa estaba abierta, pues la noche era tibia, y se veía la luna brillando tras la estela del navío.
—Y ahora, Hawkins —dijo el caballero—, tienes algo que decir. Habla.
Hice lo que se me mandaba y, tan brevemente como pude, referí todos los pormenores de la conversación de Silver. Nadie me interrumpió hasta que hube concluido, ni ninguno de los tres hizo el menor movimiento, sino que mantuvieron los ojos clavados en mi rostro de principio a fin.
—Jim —dijo el doctor Livesey—, toma asiento.
Y me hicieron sentarme a la mesa a su lado, me escanciaron un vaso de vino, me llenaron las manos de pasas y los tres, uno tras otro y con sendas reverencias, brindaron por mi salud y me ofrecieron sus respetos por mi suerte y mi valor.
—Y ahora, capitán —dijo el caballero—, vos teníais razón y yo estaba equivocado. Me confieso un zopenco y aguardo vuestras órdenes.
—No más zopenco que yo, señor —respondió el capitán—. Jamás oí hablar de una tripulación dispuesta al motín que no diese señales de antemano para que cualquier hombre con ojos en la cara viese el peligro y tomase medidas en consecuencia. Pero esta tripulación —añadió— me deja perplejo.
—Capitán —dijo el doctor—, con vuestro permiso, ese es mérito de Silver. Es un hombre extraordinario.
—Luciría extraordinariamente bien colgado de una verga, señor —repuso el capitán—. Pero esto es charlar y no conduce a nada. Veo tres o cuatro puntos, y con permiso del señor Trelawney paso a exponerlos.
—Vos sois el capitán, señor mío. A vos os corresponde hablar —dijo el señor Trelawney con dignidad.
—Primer punto —comenzó el señor Smollett—: debemos seguir adelante, porque no podemos retroceder. Si diese la orden de virar en redondo se sublevarían en el acto. Segundo punto: tenemos tiempo por delante, al menos hasta que el tesoro sea encontrado. Tercer punto: hay marineros fieles. Ahora bien, señores, tarde o temprano tendremos que llegar a las manos, y lo que propongo es coger la ocasión por los pelos y dar la batalla algún buen día cuando menos se lo esperen. Podemos contar, supongo, con los criados de su propia casa, señor Trelawney.
—Tanto como conmigo mismo —declaró el caballero.
—Tres —calculó el capitán—; nosotros tres sumamos siete, contando con Hawkins aquí presente. Y ahora, ¿qué hay de los marineros honrados?
—Muy probablemente la propia gente de Trelawney —dijo el doctor—; aquellos que él contrató antes de topar con Silver.
—No —respondió el caballero—. Hands era de los míos.
—Pues creí que se podía confiar en Hands —añadió el capitán.
—¡Y pensar que todos son ingleses! —estalló el caballero—. ¡Señor, ganas me dan de volar el barco por los aires!
—Pues bien, caballeros —dijo el capitán—, lo mejor que puedo aconsejar no es mucho. Debemos ponernos a la capa, si les parece bien, y mantener buena vigilia. Es duro para los nervios, lo sé; más grato sería llegar a las manos. Pero no hay más remedio hasta saber con quién contamos. Ponerse a la capa y silbar pidiendo viento, ese es mi parecer.
—Jim —dijo el doctor— puede ayudarnos más que nadie. Los hombres no se recelan de él, y Jim es un muchacho observador.
—Hawkins, tengo una fe prodigiosa en ti —añadió el caballero.
Empecé a sentirme bastante angustiado ante esto, pues me consideraba enteramente desvalido; y con todo, por una singular cadena de circunstancias, fue en verdad gracias a mí como llegó la salvación. Entretanto, por más que hablásemos, sólo éramos siete de entre los veintiséis en quienes sabíamos que podíamos confiar; y de estos siete uno era un muchacho, de modo que los hombres maduros de nuestro bando éramos seis contra sus diecinueve.
XIII Cómo empezó mi aventura en tierra
El aspecto de la isla cuando subí a cubierta a la mañana siguiente había cambiado por completo. Aunque la brisa había cesado por entero, habíamos ganado mucho camino durante la noche y yacíamos encalmados a una media milla al sudeste de la baja costa oriental. Bosques de color gris cubrían gran parte de la superficie. Esta tonalidad uniforme se hallaba quebrada ciertamente por franjas de arena amarilla en las tierras bajas y por muchos árboles altos de la familia del pino que descollaba sobre los demás, unos aislados y otros en grupos; pero el colorido general era triste y monótono. Las colinas se alzaban desnudas sobre la vegetación en picachos de roca viva. Todas tenían formas extrañas, y El Catalejo, que era con mucho el más alto de la isla por unos trescientos o cuatrocientos pies, resultaba asimismo el más extraño de configuración, elevándose a pico por casi todos sus costados para quedar cortado de improviso en la cima como un pedestal para colocar una estatua.
La Española se balanceaba metiendo los imbornales bajo el oleaje del océano. Las botavaras tiraban de los motones, el timón golpeaba a un lado y a otro y todo el buque crujía, gemía y brincaba como una fábrica en movimiento. Tuve que agarrarme con fuerza al burda, y el mundo daba vueltas vertiginosamente ante mis ojos; pues aunque era bastante buen marinero cuando el buque andaba, este quedarse quieto y ser zarandeado como una botella era algo que jamás aprendí a soportar sin marearme, sobre todo por la mañana con el estómago vacío.
Acaso fuese esto, acaso fuese el aspecto de la isla, con sus bosques grises y melancólicos, sus picachos de piedra salvaje y la resaca que podíamos ver y oír bramar espumosa contra la escarpada playa; lo cierto es que, aunque el sol brillaba ardiente y luminoso y las aves marinas pescaban y chillaban en derredor nuestro, y cualquiera habría creído que nos alegraríamos de pisar tierra tras tan larga travesía, se me cayó el alma a los pies, como suele decirse, y desde la primera mirada cobré un odio profundo a la sola idea de la Isla del Tesoro.
Teníamos por delante una penosa faena matinal, pues no había rastro de viento y hubo que echar los botes al agua y remolcar el barco tres o cuatro millas doblando la punta de la isla y subiendo por el angosto paso hasta el fondeadero situado detrás de la Isla del Esqueleto. Me ofrecí voluntario para uno de los botes, donde por descontado nada tenía que hacer. El calor era sofocante y los hombres refunfuñaban amargamente en la boga. Anderson mandaba mi bote, y en lugar de mantener a la tripulación en orden, gruñía tanto como el que más.
—Bueno —dijo soltando una maldición—, no durará para siempre.
Consideré esto como un pésimo indicio, pues hasta aquel día los marineros habían acudido prontos y diligentes a sus faenas; pero la sola vista de la isla había relajado las riendas de la disciplina.
Durante todo el trayecto John el Largo permaneció junto al timonel dirigiendo la derrota del navío. Conocía el paso como la palma de su mano, y aunque el hombre de la sonda hallaba en todas partes más fondo del indicado en la carta, John no vaciló ni una sola vez.
—Hay una fuerte corriente de marea vaciante —dijo—, y este canal ha sido abierto, en cierto modo, a fuerza de pala.
Fondeamos exactamente donde la carta náutica marcaba el ancla, a un tercio de milla de cada orilla: la tierra firme a un lado y la Isla del Esqueleto al otro. El fondo era de arena limpia. El chapuzón de nuestra ancla levantó nubes de pájaros que revolotearon chillando sobre los bosques; pero en menos de un minuto volvieron a posarse y todo quedó una vez más en silencio.
El paraje estaba por completo abrigado del viento, sepultado en espesuras cuyos árboles descendían hasta la línea de pleamar; las costas eran llanas en su mayor parte y las cumbres de las colinas se alzaban a lo lejos en una especie de anfiteatro, aquí una, allá otra. Dos riachuelos, o más bien dos marismas, desaguaban en este remanso, por llamarlo de algún modo; y la vegetación en torno a aquella parte de la ribera despedía un brillo ponzoñoso. Desde el buque nada se divisaba de la casa ni de la estacada, pues estaban enteramente ocultas entre la arboleda; y de no haber sido por la carta náutica de la caseta bien habríamos podido creernos los primeros en fondear allí desde que la isla emergió del océano.
No se movía un soplo de aire ni se escuchaba más sonido que el de la resaca bramando a media milla de distancia a lo largo de las playas y contra los arrecifes exteriores. Un peculiar olor a estancamiento flotaba sobre el fondeadero: olor a hojas empapadas y a troncos de árboles podridos. Observé que el doctor olfateaba una y otra vez como quien cata un huevo descompuesto.
—No sé qué habrá del tesoro —dijo—; pero me juego la peluca a que aquí hay fiebres.
Si la conducta de los marineros había sido alarmante en los botes, se tornó francamente amenazadora cuando subieron a bordo. Se tumbaban por la cubierta murmurando en corrillos. La menor orden era acogida con miradas hoscas y obedecida de mala gana y con negligencia. Hasta los hombres honrados parecían contagiados, pues no había un solo marinero que corrigiese a otro. La rebelión, a todas luces, pendía sobre nosotros como un nubarrón de tormenta.
Y no éramos únicamente nosotros los de la cámara quienes percibíamos el peligro. John el Largo trabajaba de firme yendo de grupo en grupo, derrochando buenos consejos, y en cuanto al ejemplo ningún hombre podía darlo mejor. Se superaba a sí mismo en celo y afabilidad; no tenía más que sonrisas para todos. Si se daba una orden, John saltaba sobre su muleta en un segundo con el más alegre «¡A la orden, mi capitán!» del mundo; y cuando no había otra cosa que hacer entonaba una canción tras otra, como para disimular el descontento de los demás.
Fin del Episodio 10 · de 26
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