La isla del tesoro
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El caballero, al oír esto, solía volver la espalda y pasear de arriba abajo por la cubierta con la barbilla en alto.
—Un ápice más de ese hombre —solía decir— y estallo.
Tuvimos algunas marejadas fuertes que sirvieron para demostrar las excelentes cualidades de La Española. Todos a bordo parecían muy contentos, y habrían sido difíciles de contentar de otro modo, pues en mi concepto jamás hubo tripulación tan mimada desde los días en que Noé se hizo a la mar. Se repartía doble ración de grog con el menor pretexto; había pudín en fechas señaladas, como por ejemplo si el caballero se enteraba del cumpleaños de algún marinero, y siempre un barril de manzanas abierto en el combés para que se sirviese cualquiera a su antojo.
—Jamás vi que saliese nada bueno de tales cosas —le decía el capitán al doctor Livesey—. Se echa a perder a los marineros de proa, se hacen unos demonios. Esa es mi convicción.
Pero bien que salió provecho del barril de manzanas, como habréis de oír; pues de no haber sido por él no habríamos tenido aviso alguno y habríamos perecido todos a manos de la traición.
Así fue como ocurrió la cosa.
Habíamos navegado con los alisios para tomar barlovento de la isla que buscábamos —no se me permite ser más explícito— y ahora corríamos hacia ella manteniendo rigurosa vigilia de día y de noche. Era aproximadamente el último día de nuestra travesía de ida, según los cálculos más largos; aquella noche, o a más tardar antes del mediodía siguiente, avistaríamos la Isla del Tesoro. Navegábamos con rumbo S.S.O., con viento constante por la aleta y mar en calma. La Española cabeceaba con ritmo parejo, hundiendo de vez en cuando el bauprés con un soplo de espuma. Las velas tiraban de arriba abajo; todos estábamos del mejor humor por hallarnos tan cerca del fin de la primera parte de nuestra aventura.
Pues bien, poco después de la puesta del sol, terminadas todas mis faenas y cuando me retiraba a mi litera, se me antojó comer una manzana. Subí corriendo a cubierta. La guardia estaba toda a proa oteando la isla. El timonel contemplaba la relinga de la vela y silbaba suavemente para sí, y ese era el único ruido fuera del susurro del agua contra las amuras y a lo largo de los costados del buque.
Me metí de cuerpo entero dentro del barril de manzanas y me encontré con que apenas quedaba una; pero sentado allí en la oscuridad, entre el rumor de las olas y el vaivén del barco, me había dormido o estaba a punto de dormirme cuando un hombre corpulento se sentó con cierta pesadez muy cerca de allí. El barril se estremeció al apoyar él la espalda contra sus duelas, y estaba a punto de saltar fuera cuando el hombre empezó a hablar. Era la voz de Silver, y antes de haber escuchado una docena de palabras no me habría mostrado por nada del mundo, sino que permanecí allí tendido, temblando y escuchando con el colmo del terror y de la curiosidad, pues por esa docena de palabras comprendí que la vida de todos los hombres de bien a bordo dependía únicamente de mí.
XI Lo que oí en el barril de manzanas
—No, yo no —decía Silver—. Flint era el capitán; yo era el intendente, gracias a mi pata de palo. En la misma andanada en que perdí la pierna perdió el viejo Pew los ojos. Era un cirujano de campanillas el que me amputó: de colegio y todo, con latín a cubos y qué sé yo; pero le colgaron como a un perro y le secaron al sol como a los demás en el castillo de Corso. Eran los hombres de Roberts, esos eran, y les vino por cambiar los nombres a sus barcos: Fortuna Real y demás. Ahora bien, como bautizan a un navío, así debe quedarse, digo yo. Así fue con el Casandra, que nos trajo a todos salvos a casa desde Malabar, después de que England apresó al Virrey de las Indias; así fue con el viejo Walrus, el navío de Flint, al que he visto chorreando sangre roja y a punto de zozobrar de puro cargado de oro.
—¡Ah! —exclamó otra voz, la del tripulante más joven de a bordo, llena evidentemente de admiración—. ¡Ese sí que era la flor de la canalla, ese Flint!
—Davis era también un hombre de tomo y lomo, por lo que cuentan —dijo Silver—. Jamás navegué con él; primero con England, luego con Flint, esa es mi historia; y ahora aquí por mi propia cuenta, en cierto modo. Guardé novecientas libras bien seguras de los tiempos de England y dos mil después de Flint. No está mal para un marinero de proa: todo a buen recaudo en el banco. No es el ganar sino el ahorrar lo que vale, puedes estar seguro. ¿Dónde están ahora todos los hombres de England? No lo sé. ¿Dónde los de Flint? Pues la mayor parte a bordo de este buque, contentos de pillar el pudín; mendigando andaban algunos antes de esto. El viejo Pew, que había perdido la vista y debió haber tenido vergüenza, gastaba mil doscientas libras al año como un lord en el Parlamento. ¿Dónde está ahora? Bueno, ahora está muerto y bajo escotillas; pero durante dos años antes de eso, ¡que me parta un rayo, el hombre se moría de hambre! Mendigaba, robaba, degollaba y se moría de hambre con todo, ¡por vida mía!
—Bueno, poco provecho le trajo al cabo —dijo el marinero joven.
—Poco provecho les trae a los tontos, puedes darlo por seguro: ni eso ni nada —gritó Silver—. Pero mírame bien a mí: eres joven, es verdad, pero despierto como una centella. Lo vi nada más ponerte los ojos encima, y voy a hablarte como a un hombre.
Podéis imaginaros lo que sentí al oír a aquel viejo pícaro abominable dirigirse a otro con las mismas palabras lisonjeras que había empleado conmigo. Creo que, de haber podido, le habría matado a través de las duelas del barril. Entretanto, él prosiguió, sin sospechar que alguien le escuchaba.
—Así es la vida de los caballeros de fortuna. Viven con penalidades y se arriesgan a la horca, pero comen y beben como príncipes, y cuando termina una expedición, pues bien, llevan cientos de libras en lugar de unos pocos cuartos en los bolsillos. Ahora bien, la mayor parte se gasta en ron y diversiones, y vuelven a la mar en camisa. Pero no es ese mi rumbo. Yo lo guardo todo: una parte aquí, otra allá, y nada en demasía en ningún sitio por no despertar sospechas. Tengo cincuenta años, fíjate bien; una vez de vuelta de este viaje me retiro a vivir como un caballero en regla. Tiempo es ya, dirás tú. ¡Ah, pero entretanto me he regalado la vida, jamás me he privado de cuanto me pedía el cuerpo, y he dormido en blando y comido manjares todos mis días salvo cuando andaba en la mar! ¿Y cómo empecé? ¡De proa, como tú!
—Bien —dijo el otro—, pero todo el dinero se ha esfumado ya, ¿no es verdad? No te atreverás a asomar la cara por Bristol después de esto.
—¿Y dónde supones que está? —preguntó Silver con tono burlón.
—En Bristol, en los bancos y sitios semejantes —respondió su camarada.
—Allí estaba —dijo el cocinero—; allí estaba cuando levamos anclas. Pero mi vieja ya lo tiene todo en sus manos a estas horas. Y El Catalejo está vendido, con arriendo, clientela y enseres; y la vieja ha partido a reunirse conmigo. Te diría dónde, pues confío en ti; pero despertaría celos entre los compañeros.
—¿Y puedes fiarte de tu mujer? —preguntó el otro.
—Los caballeros de fortuna —repuso el cocinero— por lo común confían poco entre sí, y hacen muy bien, puedes darlo por sentado. Pero yo tengo una maña que me vale. Cuando un compañero me juega una mala pasada —uno que me conoce, quiero decir—, no vuelve a respirar en este mundo con el viejo John. Había quienes temían a Pew y quienes temían a Flint; pero el propio Flint me temía a mí. Me temía y estaba orgulloso de mí. Era la tripulación más feroz que jamás haya flotado la de Flint; el diablo en persona habría tenido miedo de navegar con ellos. Pues bien, te aseguro que no soy hombre jactancioso, y tú mismo ves con qué llaneza trato a la gente; pero cuando yo era intendente, corderos era poco para describir a los antiguos bucaneros de Flint. ¡Ah, puedes estar seguro de ti mismo en el barco del viejo John!
—Pues bien, te digo de veras —respondió el muchacho— que no me agradaba ni pizca el trato hasta haber hablado contigo, John; pero aquí tienes mi mano.
—Y buen muchacho has sido, y despierto también —respondió Silver, estrechándole la mano con tanta fuerza que hizo retemblar el barril—; y un mascarón de proa más pintiparado para caballero de fortuna jamás se ha visto bajo el sol.
Para entonces yo había comenzado a desentrañar el significado de sus términos. Por «caballero de fortuna» entendían llana y simplemente un vulgar pirata; y la breve escena que acababa de presenciar era el acto final de la corrupción de uno de los tripulantes honrados... acaso del último que quedaba a bordo. Pero en este punto pronto quedé desengañado, pues al soltar Silver un leve silbido, un tercer hombre se acercó y tomó asiento junto a ellos.
—Dick está con nosotros —dijo Silver.
—¡Ah, ya sabía yo que Dick era hombre cabal! —respondió la voz del timonel Israel Hands—. No es ningún tonto, Dick —y revolvió su bocado de tabaco y escupió—. Pero escucha aquí —prosiguió—: lo que quiero saber, Barbacoa, es cuánto tiempo vamos a seguir de bolina como un dichoso bote de provisiones. Estoy hasta la coronilla del capitán Smollett; ¡me ha importunado bastante, por vida mía! Quiero entrar en esa cámara, sí, señor. Quiero sus conservas y sus vinos y todo lo demás.
—Israel —dijo Silver—, tu cabeza vale bien poco y jamás valió mucho. Pero eres capaz de oír, según presumo; al menos tus orejas son bastante grandes. Pues bien, esto es lo que digo: dormirás a proa, comerás duro, hablarás bajo y te mantendrás sobrio hasta que yo dé la señal; y puedes darlo por seguro, hijo mío.
—Bueno, yo no me niego, ¿verdad? —gruñó el timonel—. Lo que digo es: ¿cuándo? Eso es lo que digo.
—¡Cuándo, por vida mía! —gritó Silver—. Pues bien, si quieres saberlo, te diré cuándo: en el último instante que me sea posible, ahí es cuándo. Aquí tenemos a un marino de primera, el capitán Smollett, que nos gobierna este dichoso navío. Aquí tenemos a ese caballero y a ese médico con un mapa y qué sé yo... no sé dónde está, ¿verdad? Ni tú tampoco, según dices. Pues bien, mi propósito es que ese caballero y ese doctor encuentren la plata y nos ayuden a subirla a bordo, por todos los santos. Luego ya veremos. Si estuviese seguro de todos vosotros, hijos de perra holandeses, haría que el capitán Smollett nos llevase a mitad de camino de regreso antes de dar el golpe.
—Pues digo yo que todos somos marineros a bordo —dijo el joven Dick.
—Todos somos marineros de proa, quieres decir —soltó Silver con aspereza—. Sabemos gobernar la caña, pero ¿quién sabe trazar el rumbo? En eso tropiezan todos ustedes, caballeros, de cabo a rabo. Si fuese por mí, haría que el capitán Smollett nos metiese de nuevo al menos en los alisios; así no tendríamos errores de cálculo ni andaríamos a una cucharada de agua al día. Pero sé de qué madera están hechos. Acabaré con ellos en la isla, tan pronto como el dinero esté a bordo, aunque sea una lástima. Pero ustedes nunca son felices si no están borrachos. ¡Maldita sea mi suerte, qué pena me da navegar con gentes de vuestra laya!
—Calma, John el Largo —exclamó Israel—. ¿Quién te está llevando la contraria?
—¿Cuántos grandes navíos creéis que he visto abordar? ¿Y cuántos muchachos despiertos secándose al sol en el muelle de las ejecuciones? —gritó Silver—. ¡Y todo por esta misma prisa y prisa y prisa! ¿Me oís? He visto unas cuantas cosas en el mar, bien seguro. Si mantuvieseis el rumbo un punto a barlovento, andaríais en carruaje, sí, señor. ¡Pero qué va! Os conozco bien. Mañana querréis vuestro trago de ron y que os lleven a la horca.
—Todo el mundo sabe que eres una especie de capellán, John; pero había otros que sabían aferrar y gobernar tan bien como tú —dijo Israel—. Les gustaba divertirse un poco, sí señor. No eran tan estirados, sino que se daban buena vida como alegres camaradas todos ellos.
—¿Ah, sí? —dijo Silver—. Bueno, ¿y dónde están ahora? Pew era de esa calaña y murió mendigando. Flint lo era y murió del ron en Savannah. ¡Ah, menuda cuadrilla eran, ciertamente! Pero a ver, ¿dónde están?
—Pero —preguntó Dick—, cuando les echemos mano, ¿qué vamos a hacer con ellos, al fin y al cabo?
—¡Ese es el hombre que a mí me gusta! —exclamó el cocinero con admiración—. A eso llamo yo hablar de negocios. Bueno, ¿qué pensáis vosotros? ¿Dejarlos en tierra abandonados como náufragos? Esa habría sido la costumbre de England. ¿O degollarlos como a otros tantos cerdos? Esa habría sido la de Flint o la de Billy Bones.
—Billy era hombre para eso —dijo Israel—. «Los muertos no muerden», solía decir. Bueno, ahora él mismo está muerto; ya sabe lo que es eso; y si alguna vez hubo un hombre rudo que tocase puerto, ese fue Billy.
—Tienes razón —dijo Silver—; rudo y decidido. Pero escuchadme bien: yo soy hombre apacible, todo un caballero, según decís; pero esta vez la cosa es seria. El deber es el deber, camaradas. Yo doy mi voto por la muerte. Cuando esté en el Parlamento y viaje en mi carroza, no quiero que ninguno de estos letrados de la cámara aparezca por casa de improviso, como el diablo en misa. Aguardar es mi lema; pero cuando llegue la hora, ¡a degüello con ellos!
—¡John —gritó el timonel—, eres todo un hombre!
—Ya lo dirás, Israel, cuando lo veas —dijo Silver—. Una sola cosa reclamo: reclamo a Trelawney. ¡Le retorceré ese pescuezo de becerro con estas propias manos! ¡Dick! —añadió interrumpiéndose—, salta un momento como buen mozo y tráeme una manzana para refrescarme el gaznate.
¡Figuraos el espanto que me acometió! Habría saltado fuera para huir de haber tenido fuerzas, pero las piernas y el corazón me fallaron por igual. Oí a Dick disponerse a levantarse, y entonces alguien pareció detenerle y la voz de Hands exclamó: «¡Bah, déjate de eso! No te pongas a chupar esa porquería, John. Echemos un trago de ron».
—Dick —dijo Silver—, me fío de ti. Tengo una marca en el barrilillo, tenlo presente. Ahí tienes la llave; llena un jarro y súbelo.
A pesar de mi pavor no pude menos de pensar para mis adentros que de aquel modo debió de conseguir el señor Arrow los licores fuertes que acabaron con él.
Dick tardó muy poco en regresar, y durante su ausencia Israel habló continuamente al oído del cocinero. Sólo pude cazar una o dos palabras, y con todo recogí una noticia de gran importancia, pues además de otros fragmentos que apuntaban al mismo fin, se oyó con claridad esta frase entera: «Ni un solo hombre más se nos unirá». De suerte que todavía quedaban hombres leales a bordo.
Cuando Dick regresó, los tres bebieron del jarro uno tras otro: el uno «A la buena suerte», otro con un «¡Por el viejo Flint!», y Silver en persona diciendo en tono cantarín: «¡Por nosotros mismos, y orza a barlovento, muchas presas y pudín a pasto!».
En aquel instante una claridad me iluminó dentro del barril, y al levantar la vista descubrí que la luna había salido, plateando la gavia de mesana y brillando blanca en la relinga de la trinqueta; y casi al mismo tiempo la voz del vigía gritó con fuerza: «¡Tierra a la vista!».
XII Consejo de guerra
Sobrevino una gran carrera de pasos sobre cubierta. Oí a la gente salir atropelladamente de la cámara y del castillo de proa, y deslizándome en un segundo fuera de mi barril, me escurrí tras la trinqueta, doblé hacia la popa y salí a cubierta despejada a tiempo de sumarme a Hunter y al doctor Livesey en su carrera hacia la amura de barlovento.
Toda la tripulación se hallaba ya allí congregada. Una faja de niebla se había levantado casi al mismo tiempo que la luna. Hacia el sudoeste divisamos dos colinas bajas, distantes unas dos millas una de otra, y alzándose tras una de ellas una tercera y más alta colina, cuya cumbre se hallaba todavía envuelta en la bruma. Las tres parecían de figura cónica y empinada.
Fin del Episodio 9 · de 26
La isla del tesoro
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