La heredera del hielo negro·Episodio 03

El calor de la trinchera

~4 min · 866 palabras

Había un rollo de papel encerado atado con tendón y, debajo, un puñado de clavos de hierro limados en punta. Nerea desató el tendón con los dientes. Era un dibujo, trazado con carbón por una mano que ella conocía mejor que la suya: la cueva, la grieta del aire, y desde la grieta una línea que subía torcida por dentro del glaciar hasta salir a una cornisa marcada con tres rayas y un círculo. Junto a la línea, en la letra apretada de su madre: Doce varas. Hielo blando hasta la sexta. Luego piedra. Clavar y subir.

No era una despensa. Era una salida. Su madre la había empezado a abrir y no la había terminado.

Nerea pasó el dedo por las tres rayas y el círculo, la firma que su madre ponía en los serones para que los aduaneros supieran de quién era la sal que no iban a cobrar. Le ardieron los ojos, y no supo si era el frío.

Detrás de ella, Lope se movió bajo la capa.

—Tienes manos firmes para ser una forajida —dijo, con la voz todavía empañada de dolor.

—Y tú tienes mucho morro para ser un desertor. —Nerea enrolló el papel y se lo guardó en el jubón. No le habló de él. Todavía no—. Bebe.

Le pasó la petaca de aguardiente de enebro. Compartieron un trozo de cecina de cabra, a mordiscos medidos, y el aguardiente a sorbos que quemaban la garganta. Las horas pasaron sin que pudieran contarlas. La yesca se apagó y Nerea encendió otra, más corta. El frío empezó a bajar como baja el agua en un pozo, sin ruido, y el vaho de sus bocas caía al suelo convertido en escarcha antes de deshacerse.

◇

Cuando dejó de sentir las yemas de los dedos, Nerea supo que tenía que decidir. Lope ya se había quitado la coraza y la había arrojado al rincón, porque el acero helado le chupaba el calor del pecho como una sanguijuela. Ahora extendía su capa de paño de Segovia sobre la pizarra.

—Ven aquí —dijo—. Si nos quedamos a dos varas, mañana seremos dos estatuas para que nos encuentren los pastores dentro de tres siglos.

—Si me tocas donde no debes, te arranco el hombro que te acabo de poner.

—Me parece justo.

Se sentó a su lado, rígida como un poste. Él la envolvió con la capa y con el brazo bueno, sin apretar, y durante un rato largo fueron dos piedras juntas en la nieve. Luego el calor de Lope —un calor recio, que olía a humo de campamento y a cuero viejo— empezó a ablandarle la escarcha de la ropa, y Nerea dejó caer la frente en el hueco de su cuello porque no había otro sitio donde ponerla.

—¿Por qué no me disparaste en el puente? —preguntó a oscuras.

—Porque llevo veinte años derramando sangre por reyes que no distinguen una hogaza de una orden de degüello. —Tardó en seguir—. Y porque traigo algo que deberías ver. Está en el forro de la capa. Debajo de tu mano.

Ella tanteó el forro y encontró un papel doblado en cuatro. Encendió el último cabo de yesca. Era la orden. Sellada con lacre negro, con la rúbrica del coronel Hinojosa y el visto bueno de un oidor de Burgos. Volar la cornisa de las Ánimas al paso de la caravana. Y, debajo, una línea añadida con otra tinta: Que no quede testigo de la guía ni del capitán Aldana, que conoce el contenido de esta orden.

Nerea leyó la línea tres veces.

Pensó en la cuerda del puente cortada en bisel, en los muchachos empujando a las mulas hacia el saliente, en el chasquido seco de la cresta. No había sido una emboscada contra los clanes. Había sido una limpieza, con el nombre de cada uno escrito en tinta.

—A ti te querían porque sabes lo que dice —murmuró—. ¿Y a mí?

—A ti porque eres la única que conoce la ruta. Muerta la guía, la ruta se muere con ella. —Lope le apartó un mechón de la trenza de la cara, con unos dedos torpes que no sabían hacer aquello—. Por eso la he guardado. Si salimos, esa orden tiene que llegar a Oakhaven. Al príncipe. Con ella delante, ningún oidor podrá decir que fue la montaña.

—Si salimos.

—Si salimos.

◇

La yesca se apagó. Nerea no encendió otra. En la oscuridad completa, con el corazón de él latiendo contra su oreja, le pareció más fácil decirlo.

—Mi madre murió aquí dentro.

Lope no dijo que lo sentía. No dijo nada. Le pasó la mano por la espalda, despacio, de arriba abajo, como se calma a una mula asustada, y ella se rio con la cara hundida en su camisa porque era exactamente lo que estaba haciendo. Luego dejó de reírse. Levantó la cara. No supo quién buscó a quién; solo que tenía los labios agrietados por el frío y que los de él sabían a enebro.

Fue entonces cuando lo oyeron. Por encima de sus cabezas, a través de varas de nieve prensada: un golpe. Otro. El ritmo paciente y sordo de las palas.

Alguien estaba cavando hacia ellos.

Fin del Episodio 3 · de 4

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